laberinto marth lovera

Va de aprender a salir del laberinto.

laberinto marth lovera

¿Alguna vez habéis estado en un laberinto?

Según el diccionario de la RAE, laberinto significa: «lugar formado artificiosamente por calles y encrucijadas, para confundir a quien se adentre en él, de modo que no pueda acertar con la salida». También puede ser: «cosa confusa y enredada».

Hace un par de años tuve la oportunidad de vivir esa experiencia, la de adentrarme en un entramado de elevados setos que se erigen como paredes que trazan callejuelas que parecen no ir a ningún sitio. Fue en el norte, específicamente en Villapresente, Cantabria.

Al inicio fue excitante. Mi parte más competitiva se afanó en no perder la orientación dentro de aquel lugar que parecía salido de una película de ficción. Intenté utilizar una estrategia para encontrar el centro para, después, intentar salir de él. La primera opción, girar solo hacia la derecha, no me fue de mucha utilidad. Aquello no me llevaba a ningún lugar. Cada rincón era igual al anterior y pronto descubrí que tocaba regresar al punto de inicio para tomar una ruta alternativa. Volví a la casilla de salida habiendo perdido tiempo y algo de paciencia.

Entonces desconocía que el laberinto ha sido asociado, a lo largo de la historia de la humanidad y por diversas culturas, con lo espiritual, que representa de algún modo la búsqueda del centro personal, una búsqueda a la que solo se puede acceder superando diversas pruebas.

Recuerdo que aquella tarde dentro del Laberinto de Villapresente –lugar que os recomiendo visitar–, después de intentar mi primera y fallida estrategia, la segunda opción que se me ocurrió fue prestar muchísima atención al camino. Mirar con detalle los setos. Observar si alguna rama sobresalía más que otra, encontrar alguna flor, algún espacio hueco entre los árboles. Cualquier cosa que me fuera útil para orientarme. ¿no sucede lo mismo con el camino del búsqueda interior?

Entonces recordé el famoso mito griego del Minotauro, relacionado con el laberinto de Creta. El mito habla de que el laberinto fue construido por Dédalos para esconder al Minotauro. Teseo, en su empeño, abatió al Minotauro y logró salir del laberinto gracias al hilo de Ariadna, que lo guio hasta la salida.

Dentro de aquel laberinto en el que me adentré de forma voluntaria y lúdica, reflexioné sobre las ocasiones en las que nos encontramos en situaciones parecidas. Circunstancias plenas de encrucijadas, de callejones que parecen no tener sentido alguno. Damos vueltas sobre nuestros pasos sin saber qué camino elegir. Nos enfrentamos a elecciones que, o bien nos permiten avanzar y superar el entramado para salir de él, o nos dejan inmovibles y abatidos sin saber cómo encontrar la salida. ¿Derecha o izquierda?, ¿avanzar o detenerse?, ¿tomar o dejar?, ¿quedarse o marcharse?, ¿sí o no? ¿Sostener o soltar?

Fue cuando me di cuenta de que, en ocasiones, la vida se asemeja en un laberinto en el que a veces, con suerte y si prestamos la suficiente atención, encontramos una señal que, cual hilo de Ariadna en la famosa historia griega, nos guíe hacia la salida.

En mi opinión, creo que ese hilo es la intuición. Ese sexto sentido que todas y todos poseemos y del que a veces nos desconectamos. Porque, según lo veo, cuando prestamos atención, sucede algo dentro de nuestro cuerpo que, de forma aparentemente absurda e ilógica, nos da la información de lo adecuado en ese momento, como si gritase desde dentro lo que hacer o decir, y con ello nos regalase alguna pista de la mejor opción disponible.

Hasta que me puse a investigar, no sabía que existían varios tipos de laberintos, y los que más fascinación me producen, porque lo experimenté en mis propias carnes, son los llamados multiviarios. En ellos, para llegar a su centro y salir, existen varios caminos posibles. Algunos correctos y otros incorrectos. ¡Como la vida misma!

Observo el transcurrir de la vida como un laberinto multiviario. Nos encontramos con encrucijadas, callejuelas que, sin orden aparente, nos confrontan con la impaciencia, la desesperación, la frustración y la incertidumbre. El dolor, la rabia y la determinación de probarnos.

Lo cierto es que, la única forma de salir de un laberinto, es avanzar. Y fue lo que hice aquella vez, avanzar manteniendo la calma en intentando disfrutar de la experiencia entre risas. Después de 37 minutos. Estaba fuera, observando el trazado desde una plataforma. Contenta de haber superado aquella prueba.

¿Y vosotros? ¿Cuándo fue la última vez que os sentisteis como en el interior de un laberinto?

Por cierto, os recomiendo el libro «Laberinto» de Eley Grey. Os atrapará y da para mucha reflexión.

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Va de aprender a dar parte de lo propio a otros.

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Muchas personas nacen con lo que llamo el gen del compartir. Y es que compartir lo que tienen les sale de forma natural. A otros en cambio les cuesta la vida misma. Hay quienes insisten en aprender día a día este arte, y quienes dejan este mundo sin haber experimentado la fortuna de compartir.

Compartir, según la RAE, significa: «Dicho de una persona: hacer a otra partícipe de algo que es suyo» o «Dicho de una persona: tener con otra algo en común».  Lo reconozco, de pequeña había muchas cosas que no estaba dispuesta a compartir, por ejemplo: la espectacular gelatina de colores que hacía mi mamá para los cumpleaños o las tajadas (lajas de plátano maduro frito) que muchas veces servían de guarnición para comer.

De adulta también tuve que esforzarme por compartir ciertas cosas porque temía que, al hacerlo, otros las perdieran o no las cuidaran tanto como yo. ¿Qué puedo deciros? Crecí con la frase de «quien no cuida lo que tiene, a pedir se queda». ¿Os suena? Seguro que sí.

Sin embargo, cuando se trata de información de utilidad me sucede lo contrario. Desde muy joven he sido consciente de los beneficios de compartir la información que sabemos puede ser de utilidad a otras personas. ¿De qué sirve saber algo útil si no se comparte? Reconozco que en otras ocasiones no me es tan sencillo compartir, por ejemplo, a la hora de compartir mi espacio vital, mi tiempo y mi hogar. He tenido que aprender poco a poco, a ejercitarme y practicar día a día y, aun así, soy bastante recelosa al respecto.

Hablando de compartir, esta semana ha ido de compartir la información que tras mucha lectura y vivencias he ido atesorando durante mi existencia; información que valoro sobremanera y que me habría gustado que alguien, durante mi adolescencia, me hubiese facilitado. Hablo de información de aquellas cosas que nos condiciona la vida, no de conocimientos que aparecen en los libros de texto que mandan en el cole o el instituto. Hablo de lo que, lamentablemente, sigue sin aparecer en los programas de estudios.  

Antiguamente esa información (la de utilidad para la vida), era transmitida de generación en generación a través de cuentos, durante las noches de silencio y quietud cuando las familias y amistades reposaban del duro día de trabajo sentados al reflejo de una hoguera. ¿Nació así eso que llamamos sabiduría popular? Puede ser.

El caso es que disfruto compartiendo con otras personas todo lo que llega a mis manos, a mi mente y mi alma que, de algún modo, me cambia la perspectiva, me da un chute de energía o incluso ha llegado a cambiarme la vida, cosas como la importancia de las palabras y el uso que le damos, la importancia de ser consciente y coherente en nuestro día a día, en nuestros actos, en el uso de nuestro verbo; y ¡cómo no!, la importancia de aprender a relacionarnos de manera equilibrada y ecológica. ¿Fácil? No, claro que no. Fácil no es, pero al menos no es imposible.

Os garantizo que compartir solo trae beneficios, cuando se hace desde la voluntad de aportar valor. Pero para ello considero que hay que estar en disposición de aprender con humildad, de reconocer nuestros errores, de empaparnos de vivencias y explorarnos en diversas formas y situaciones a fin de acumular el rodaje que dará forma a nuestra sabiduría.

Lo curioso es que hay quienes, en el afán de compartir y compartirse, se olvidan de sus propias necesidades y límites hasta desdibujar sus fronteras y quedar vacías y vacíos. Según lo veo, esto no tiene mucho sentido. Es como perderse para que otras personas se encuentren.

En el otro extremo hay personas que insisten en capturar momentos, personas, objetos, experiencias; encarcelan los amores y la información a fin de acumularlos, para pasearlos delante de otros en un intento desesperado porque les vean, por sentirse en superioridad moral; para creerse más importantes y al final, se ahogan, se empachan, se vuelven un contenedor sin sentido de información que termina siendo inútil porque solo existe en sus cabezas y nadan en un mar de soledad, aislados en su propia información, en toneladas de conocimiento. Una pena.

De momento, seguiré compartiendo, con quienes puedan y deseen recibirla, toda la información verdadera, útil y buena (como decía Sócrates) que llegue a mis manos. De eso va mi proyecto «Historia de vida» en el que, a modo de Biblioteca Humana, hablo que cuanto he aprendido durante mi existencia, y comparto con las y los alumnos de los institutos información acerca de diversidad, inmigración, respeto y responsabilidad afectiva.

Espero podamos seguir compartiendo, a través de las letras, lo que nos hace mejores, y quizás así un día el mundo sea un lugar más amable.

Por cierto, ¿Qué tal se os da eso de compartir?

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Va de ocultar y ocultarse.

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¿Hay historias que nacen para permanecer ocultas detrás de una puerta? En ocasiones reflexiono acerca de ello y en esa reflexión coincidí con «La oculta», nombre que los personajes de la novela «El olvido que seremos» de Héctor Abad Faciolince le dieron a una finca; una propiedad de los protagonistas de la historia en la que suceden algunos acontecimientos importantes de la trama.  

Oculta/o, según la RAE, significa: «escondido, ignorado, que no se da a conocer, ni se deja ver ni se deja sentir», significa «que está tapado o cubierto con algo». También tiene la acepción de: «que no tiene explicación o no se puede entender por ser misterioso o enigmático» (esta me gusta más).

Considero que hay mucho oculto en nuestros días. Intenciones, sentimientos, emociones; acciones pasadas, pensamientos futuros, planes y deseo, recuerdos e historias. Y es que hay cosas que al parecer, en esta sociedad, nacieron para mantenerse ocultas.

Se oculta el niño travieso que toca el interfono y sale corriendo, se ocultan amoríos y a los amantes, y hasta a veces se oculta la necesidad de abrazar (amar o sentir) cuando se intuye que no encaja en lo establecido o no será correspondido.

¿Se oculta el odio? No, a veces se nos permite mostrarlo.  De hecho, en los medios de comunicación día a día desfilan más actos violentos que besos apasionados. A algunas personas les han enseñado desde pequeñas a que se les note la rabia, esa que emana de sus entrañas desde la incomprensión por lo diferente y desconocido. A otras en cambio nos han prohibido hasta sentirla.

Y el amor, ¿se oculta el amor? Parece que eso es harina de otro costal. Al amor, según la forma en que se exprese,  al parecer a veces también hay que mantenerlo oculto, que si no eres una fresca. «Que no se te note que te gusta no sea que pierda el interés». Es lo que sucede con las féminas. A los chicos directamente se les pide ocultar lo que sienten, si es frustración o pena. De sus lágrimas ni hablar porque «los machos no lloran»

Por ocultar a nosotras nos enseñan desde pequeñas a ocultar nuestro sangrado y algunas madres se han visto en la tesitura de ocultar el pecho con el que alimentan a sus retoños. «Tápate, que no te vean la teta». Y así nos escondemos tras una puerta que cierran desde fuera y que nos impide SER y vivir como deseamos y necesitamos.

Que necesitas cuidados y atención, ¡te aguantas! Que sientes celos o frustración, mejor lo escondes. Que sientes deseo, disimula la intensidad. Que te duele algo, calladita y no seas exagerada. De la misma forma, cómo no, se espera que ocultemos nuestra felicidad si quienes nos rodean lo están pasando mal, y se exige ocultar la tristeza si al de al lado le está yendo bien.

«No cuentes tus planes y proyectos», «no digas cuánto ganas», «no se lo cuentes a tu marido», «no se lo digas a mamá» y así un sin fin de absurdeces. ¡Cuántas cosas permanecen ocultas en la cotidianidad!

Dicen que todo ser humano tiene un deseo inconfesable o como mínimo algo que ocultar, y hay quienes desarrollan destreza para ocultar quiénes son y esconder una parte de su vida. Eso me ha llevado a hacerme la siguiente pregunta: ¿está la sociedad preparada para que los seres humanos nos mostremos tal y como somos? Creo que, como yo, sabéis la respuesta.

Está claro que a veces ocultamos lo que sentimos o pensamos por temor a ser juzgados o etiquetados. A veces ocultamos lo que hacemos, bien para evitar destacar (no sea que el ofendidito de turno se resienta), bien para evitar daños colaterales. A veces ocultamos nuestros errores para evitar que nos señalen. A veces ocultamos que amamos para escapar de la posibilidad de que nos dañen.

Y de ocultación en ocultación nos vamos desdibujando tras un personaje que poco a poco crece y a veces nos supera, hasta el punto de no reconocernos.

¿Y tú? ¿Qué ocultas?

silencio martha lovera

Va de abrazar el silencio

silencio martha lovera

Hay silencios que irrumpen en nuestras vidas como un trueno; ensordecedores, sorpresivos y contundentes. Silencios que duelen y cuya onda expansiva se extiende a la profundidad de nuestro organismo hasta hacerse con cada una de sus células. Hablo de esos silencios que saben a vacío, a soledad. Quizás sean los provocados por la voz de un ser querido que se apaga, o la risa de un amigo que se va porque, como dice la famosa canción, «algo se muere en el alma cuando un amigo se va».

Sin embargo, hay otro tipo de silencios, los que a mi modo de ver vienen a apaciguar nuestras tormentas, y que deben ser respetados y transitados con paciencia y compasión. Silencios necesarios para volver a escuchar el latir del propio corazón. Silencios que merecen su espacio, aun cuando aparezcan acompañados de rabia, frustración o dolor. Son esos los silencios que nos rasgan las vestiduras y nos dejan frente a la indefensión de la vulnerabilidad.

En el diccionario de la RAE la palabra silencio cuenta con seis acepciones. Me llamó la atención la que lo define como «falta de ruido». Y es así, nos rodeamos de tanto ruido que en ocasiones no podemos escuchar ni lo que necesitamos, ni lo que nuestro cuerpo, mente y alma piden a modo de síntomas.

Pese a ser terapéutico, no sabemos procurarnos espacios de silencios, y cuánta necesidad tenemos de ellos, y lo reparador que puede ser. Acallar el mundanal ruido e intentar enmudecer nuestros pensamientos se considera un ejercicio necesario y eficaz para encontrar un poco de paz entre tanto caos, pero como animales parlantes nos cuesta horrores silenciar o mantenernos en silencio.

Hay silencios que son inevitables, algunos indeseados y otros más que necesarios, como los de una composición musical, en la que los silencios son tan hermosos y llenos de significados como cada uno de los sonidos de la melodía. Y, al igual que en la música, en la vida también hay que recurrir  al silencio. A veces lo hacemos como último recurso para nuestra protección. Es necesario silenciar las palabras necias de quienes insultan o menosprecian; acallar a quien hace de las excusas su mejor defensa, a quien grita con mentiras u ofensas su verdad. A veces toca apagar la voz de quienes pretenden anteponer sus necesidades a las nuestras. Sí, aunque duela, porque a veces no queda otra que silenciar a quienes no respetan nuestros límites, se ríen de nuestras necesidades o traspasan con su ruido nuestras fronteras.

En ocasiones, por nuestra salud neuronal, mental, emocional y física, sentimos la necesidad de silenciar el teléfono móvil y los famosos grupos de WhatsApp. ¿Y por qué no lo hacemos? Quizás porque tememos al silencio. Hay quienes no son capaces de estar ni un minuto en silencio. Hay quienes necesitan tanto escucharse que suben la voz a decibelios nocivos para cualquier oído, y quienes no callan ni bajo el agua dejando una estela de blablablá insufrible, transformando en cantinfladas cuanto expresan. Cantinfladas porque este personaje era muy hábil en hablar mucho sin decir nada. ¿Os suena?

Me gusta el silencio, de hecho, de tanto en tanto necesito del silencio, a veces hasta tal punto que me encantaría meterme dentro de una cámara de depravación sensorial. Reconozco que de pequeña no era así. Mi versión infante cantaba, silbaba, hacía ruido con cualquier objeto que encontrara en el camino, supongo que era porque estaba descubriendo mi vena musical. Ahora, como aprendiz de trombonista, reconozco la importancia musical del silencio. He aprendido a contarlos y a prestarles atención, porque en nuestras partituras puede haber compases y compases llenos de silencios que se vuelven eternos y, si te descuidas, te pierdes. Son silencios que cuando llegan a su final abren paso una vez más a nuestra melodía y ese contraste crea magia. ¡Como la vida misma!

Según lo vivo, el silencio ayuda a desconectar y también a conectar; da tiempo para digerir la información y también ayuda a la expresión. En una conversación ha de ajustarse no solo para generar turnos de palabra si no (y esta versión se usa poco) para generar el espacio necesario para reflexionar acerca de lo que se está diciendo y comprender el mensaje. Esto, obviamente, se da en condiciones ideales. En discusiones o encuentros con quienes saben oír pero no escuchan, o con quienes son monologuista profesionales, es imposible y es donde nace el ruido ensordecedor.

Apagar ese ruido, silenciarlo, cuesta y requiere entrenamiento. Hay lugares donde se practica a diario el silencio con disciplina y determinación, como algunos monasterios y templos. Hace algún tiempo estuve en uno de ellos. Fue mi primera experiencia en un retiro en el que había que respetar el «noble silencio», así le llaman. Al indagar a qué se referían me dijeron: «no se puede hablar, ni hacer ruido». Pensé que me iba a dar un síncope, pero ¡cómo no voy a poder hablar! Resultó ser una de las experiencias más reparadoras, enriquecedoras y fascinantes que he vivido.

Mantener el silencio abre nuestros sentidos a otros estímulos. Aprendí el valor que resta a la comunicación la existencia de una cháchara sin sentido, porque a veces, la mejor palabra que podemos decir es una mirada silente. Aprendí a apreciar el sonido del viento que roza las ramas de los árboles y a deleitarme con el trino de los pájaros, o el fascinante sonido del oleaje. Qué maravilla el sin fin de sonidos que aporta la naturaleza para serenarnos, ¿Cuándo fue la última vez que escuchasteis un corazón latir? (El propio o el de un ser amado).

Según la etimología, la palabra silencio, viene del verbo latín silēre que significa estar callado. ¡Y cuánto cuesta estar callados! Quizás nuestro miedo al silencio podría traducirse en miedo a la soledad, ¿al no ser? Hace algún tiempo reflexiono acerca de ello, y me ha servido para darme cuenta de que hay personas con las que me es agotador estar porque no hacen una pausa ni para respirar, parecen la turbina de un avión incesante e incansable, y no digo que haya algo malo en ellas, solo digo que para mi cerebro, se hace agotador.

Silencio, hermoso y sublime silencio, qué beneficio aportas y qué poco te valoramos.

dolor martha lovera

Va de aprehender del dolor y comprehender.

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Tememos al dolor. A la mayoría de las personas no nos gusta sentir dolor. Obviamente excluyo de este grupo a quienes sienten placer con el dolor, por ejemplo, quienes practican el BDSM u otras prácticas sexuales no convencionales. Que muy bien está que les guste, mientras sea consensuado y haya consentimiento mutuo explícito (y sin relación de poder). De momento, no es mi caso. Detesto sentir dolor, me crispa, le temo y me enfada. Sin embargo, reconozco que nuestro cuerpo lo necesita. El dolor, en su expresión fisiológica, tiene el objetivo de avisarnos de que algo no va bien.

La palabra dolor, etimológicamente, proviene del verbo latino dolore que significa sufrir y, en origen, ser golpeado. Y es así, ¿Quién no ha sufrido alguna vez en la vida las embestidas del dolor? Quizás haya aparecido tras el clásico (y puñetero) tropezón del dedo meñique de un pie contra la esquina de la cama, o a consecuencia de una caída o tras una decepción. El hecho es que convivimos con el dolor.

Según la RAE, dolor, significa: «sensación molesta y aflictiva de una parte del cuerpo por causa interior o exterior» o «sentimiento de pena y congoja». Según estas acepciones, es obvio que a parte del cuerpo, también puede dolernos el alma. Y, según quienes estudian el tema, a su vez el dolor emocional puede desencadenar dolor físico.

En medicina definen el dolor como una «experiencia sensorial y emocional desagradable que tiene un complejo componente individual y subjetivo». Quizás por eso es tan difícil saber a ciencia cierta cuánto y cómo duele algo a otras personas, pese a que es mal de muchos.

En España alrededor de seis millones de personas adultas sufren de dolor, de hecho, es la segunda causa de enfermedad crónica (el dolor de espalda), con lo que esto conlleva: alteraciones del sueño y del estado de ánimo, bajas laborales o incapacidades. Lo curioso es que en estas estadísticas solo tienen en cuenta el dolor físico. Si sumaran el dolor emocional (sí, ese dolor existe, es el que aparece tras una pérdida), las cifras serían para alucinar.

Según mi punto de vista, sentir dolor, sin duda alguna, provoca cambios, como mínimo nos pone en alerta, nos protege, limita e impide que hagamos aquello que, sin dolor, haríamos; y en el mejor de los casos, transforma a quien lo padece. También están a quienes el dolor directamente y de manera fulminante les destroza la vida –y las relaciones –, porque a menos que ejercitemos la empatía, no sabemos lidiar con el dolor ajeno, (ya cuesta lo suyo lidiar con el propio).

Lo anterior sucede cuando es el cuerpo el que duele pero, ¿qué pasa cuando nos duele el alma? Hay a quienes les duelen los afectos, los días y hasta la vida, aunque no lo parezca y lo disimulen muy bien. Por eso hay que prestar mucha atención al dolor y hacer algo con él; y no adaptarse jamás a lo que duele, lo que viene siendo, poner remedio.

En mi opinión, lo triste (y grave) de esto es que algunas personas terminan en depresión y hasta quitándose la vida en busca de aliviar su dolor (según el INE en 2020 en España hubo 3.941 suicidios). De allí la importancia de hablar de lo que nos aqueja, de explorar esa molesta experiencia (en el cuerpo o en el alma), que puede hacerse insoportable por no aliviar. Los profesionales de la salud mental insisten en que el solo hecho de hablar de ello tiene efecto analgésico.

Y me permito añadir que si hablamos de nuestros dolores con nuestros afectos, sintiéndonos libres y seguros de echar alguna lágrima o despotricar alguna barbaridad que, por descabellada, termine desencadenando la risa de los presentes; y después del drama terminar con un abrazo, es más probable que el dolor disminuya de manera significativa. O al menos nuestro cerebro se olvidará de él por unos instantes. ¡Benditas endorfinas!, ¡Alabada sea la oxitocina! Por desgracia a muchas personas esto no les funciona.

Durante estos meses he estado en contacto con el dolor más que nunca, esta vez en primera persona y no como testigo. Y he de deciros que he aprendido y mucho. Puede que haya influido mi necesidad de convertir en útiles las cosas adversas que suceden en la vida; de alquimizar, «gestar la experiencia» y aprehender lo más que pueda de ellas. Aunque muchas veces no lo logre y termine dándome de cabezazos contra una pared por querer comprender algo que no tiene sentido, preferí decantarme por mirar con lupa mis dolores y exprimirlos.

Al inicio pensaba que era solo dolor físico, pero no. Gracias a esta versión doliente de mi cuerpo (que desconocía) he tenido la oportunidad de detenerme y observar con atención todos los dolores que mi alma no había podido transitar. Dolores viejos, negados e ignorados durante años que se habían instalado en un rinconcito apartado de mi atención. Y supe que, cuando el cuerpo duele – y obliga a sentarse y sentirse –, se abren las compuertas que retienen otros dolores. Y esos dolores viejos saltaron insolentes hacia mi cara. ¡Menudo percal! Tremenda sacudida.

Por fortuna (ahora soy capaz de verlo así) este parón me ha dado el tiempo suficiente para aprender a dialogar con mi cuerpo y atender cada uno de los mensajes de alerta que envía a modo de dolores (corporales o emocionales). Es un ejercicio que he incorporado a mi rutina diaria y que os recomiendo. Detenerse y preguntar a nuestro cuerpo qué quiere decirnos, qué necesita. Sí, puede parecer una locura, pero intentadlo, os garantizo que flipareis, que el cuerpo es sabio y se entera de todo antes que la mente, además sabe muy bien que no siempre lo que queremos es lo que necesitamos.

Eso sí, os invito a prestar mucha atención a eso de hablar de nuestros dolores no sea que nos pasemos. En ocasiones de tanto hablar y mirar lo que nos duele, nuestro cerebro puede interpretar como doloroso algo que no lo es, o seguir sintiendo dolor aunque se elimine (o cure) su causa. También podemos llegar a excusarnos y escondernos tras el dolor para no hacer lo que hay que hacer. Y si nuestra mente interpreta que obtiene algún beneficio del dolor y lo rentabiliza –que la mente y el inconsciente son muy retorcidos por paradójico y alocado que parezca –, podemos creer que es mejor vivir en una ranchera (cantando «ay, ay, ay, ay») que hacerse cargo y resolver.

En mi experiencia, la utilidad de este ejercicio es muy potente, porque permite ver al dolor como un mensajero, y conectar con lo que no está bien, lo que altera, desestabiliza y provoca incomodidad a fin de remediarlo. Reconozco que hay dolores que simple y llanamente vienen a fastidiarnos la existencia y son del todo inmerecidos (e innecesarios), como el caso del Síndrome de Sensibilidad Central, lo que considero un desatinado capricho del cuerpo humano al que la ciencia debe horas en investigación.

En mi opinión hay que mirar a los ojos al dolor y, en la medida de lo posible, sacarle provecho para mejorarnos. Eso no quiere decir que haya que vivir con dolor o convertirnos en mártires, que para eso ha evolucionado la industria farmacéutica y las técnicas de salud e higiene mental y emocional (que para calmar el dolor no todo son pastillas) y no se justifica bajo ningún concepto que un ser humano sufra por dolor, a menos que, en pleno uso de sus facultades, sea su elección.

Pienso, y esto es una opinión personal, que a veces el dolor puede servir para desprenderse de lo que nos daña (física, emocional y mentalmente). Hacerlo a veces también duele, claro que duele. Sin embargo, una vez hechos los cambios y conforme pasan los días, es más que probable que el dolor vaya mejorando.

Eso sí, si algún dolor nuevo e inexplicable os aqueja, no dejéis de visitar a un profesional de la medicina porque, primero lo primero, habría que descartar si algo anda mal en el cuerpo.

Espero que narraros mi experiencia con mi dolor os sea de utilidad, para mí escribir de ello ha sido sanador.

Mis respetos a quienes día a día lidian con algún tipo de dolor.

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Ayer pasé la tarde con mis amigos de la Federación Andaluza Arco Iris de Granada, Fer y Rafa de Guadix –quienes hacen una labor extraordinaria por el colectivo en la zona –, y mi querida Carmen Rosario Martín presidenta de la Asociación Mujeres por la diversidad –Asociación Andaluza Eco-TransFeminista desde 2011 –, maestra, poetisa y activista por los derechos de las mujeres LBT.

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Hace tiempo que colaboro con estas asociaciones porque me parece fascinante los proyectos que llevan adelante, uno de ellos y el que más me toca la fibra, las Bibliotecas Arco iris, una iniciativa para llevar la literatura LGTBIQ+ a las Bibliotecas municipales.

Siempre que nos juntamos nos lo pasamos muy bien y me siento afortunada de formar parte de movimientos como estos. Estuvimos hablando de literatura, y de temas varios y ¡qué mejor manera de despedir el año!

Aquí podéis ver el en vivo en su canal de Instagram.

Agradecida a quienes se pudieron conectar ese día y a la gente de Arco Iris por contar conmigo.

renunciar martha lovera

Va de aprender a renunciar

renunciar martha lovera

Para la mayoría de las y los mortales no es nada fácil (ni sencillo) renunciar. Se nos enseña desde muy peques a esforzarnos, a luchar, a darlo todo y continuar hasta conseguir el objetivo, «pase lo que pase, cueste lo que cuesta y caiga quien caiga», pero ¿a renunciar? A renunciar no solo no nos enseñan si no que se nos niega el derecho de siquiera verlo como posibilidad. Sin embargo, según lo veo, no pocas veces hay que barajar la renuncia como opción plausible.

Renunciar, según la RAE, significa: «hacer dejación voluntaria, dimisión o apartamiento de algo que se tiene, o se puede tener;  desistir de algún empeño o proyecto, o privarse o prescindir de algo o de alguien». ¡Ay, qué bonita la teoría!

En mi opinión, renunciar no debería verse como una acto de soberbia o rebeldía. Renunciar a que nos exploten, a permanecer donde sentimos que no nos quieren, respetan o valoran no debería ser condenado como cobardía, que de eso nada. Renunciar, como mínimo, debería mirarse como una declaración de intenciones, un acto de reconocimiento y validación de las propias necesidades y, a fin de cuentas, como un acto de amor (propio).

Sin embargo, socialmente, y con demasiada frecuencia, renunciar es visto como un fracaso y hasta es señalado despectivamente por quienes aúpan la ley del esfuerzo desmedido. Pero no, no todo aquello por lo que un ser humano se esfuerza termina dando sus frutos (y no todos los frutos son beneficiosos. A veces se atragantan e indigestan). No hay más que mirar a Sísifo, condenado a empujar cuesta arriba una piedra que, antes de alcanzar la cima, rodaba hacia abajo. Y él allí, dale que te pego a subir la piedra, y la piedra que no, que mejor hacia abajo. ¿Os suena esa tozudez sin sentido?

¿Cuántas veces, negándonos a renunciar, emulamos al Sísifo condenado e insistimos en persistir en el esfuerzo por conseguir algo (o alguien) que, sencillamente no está destinado a ser? Al menos no en ese momento o en esas circunstancias. ¿Cómo, por no renunciar, nos afanamos a seguir siendo esa versión conocida de nosotras y nosotros mismos porque «yo soy así», o porque es la versión que dimos a conocer a los demás y parecen estar a gusto con ella? (Aunque el traje nos apriete hasta la asfixia).

Como sabéis, mi segunda novela se titula Aquello que fuimos, y desde que la empecé a escribir he estado en contacto con el doloroso pero necesario arte de renunciar (y sigo aprehendiendo). Renunciar a aquello que fuimos, como mínimo, provoca una sensación de escozor entre la piel y los huesos que cala tan hondo que se cree que todo, incluso la propia existencia, se perderá para siempre. Y de algún modo es así, porque una parte de la propia alma muere con esa renuncia, y el vértigo que eso provoca es indescriptible. Seguro sabéis de lo que hablo.

Por eso no es fácil renunciar, dejar atrás versiones propias, lugares, personas, proyectos, empleos, relaciones, ideas y sueños; aún así, cuando postergar esa renuncia supone que los valores y las necesidades propias se desdibujen, que la ilusión y la alegría se difuminen, y que el cuerpo y la mente se alteren hasta perder la salud, parece que renunciar es la única opción.

Pero no, la mayoría seguimos aferrándonos a aquello que, cual carcoma, nos corroe desde dentro y ¿por qué? Al parecer, quienes investigan, le han puesto nombre a esto, Efecto Concorde, y describe a la perfección lo que sucede cuando, en lugar de pensar en el futuro para hacer un análisis objetivo de la situación y tomar una decisión que nos sea favorable, nos agarramos a lo invertido en el pasado, lo que termina nublando la perspectiva hasta, literalmente, arruinarnos (y ojalá fuera solo económicamente).

Este final de año deseo para todas y todos que aprendamos el arte de renunciar (yo sigo practicando día a día), hasta que logremos renunciar a las propias convicciones y esquemas, y con cada renuncia nuestros corazones rebosen de algarabía por renacer para SER, sin más.

¿Estáis en disposición de renunciar por un próspero 2022?

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Ayer fui muy feliz gracias a la entrevista que me hizo Fran Rebollero para Diversitat Alacant, una entidad privada sin ánimo de lucro (ONG) de carácter socioeducativo y sociocomunitario que nace en 2001 para luchar contra la discriminación y el odio que sufren lesbianas, gais, bisexuales y personas trans; de la que soy vocal en el Consell Valencià LGTBIQ y cuya labor es de gran importancia para el colectivo LGTBIQ en el país Valenciano.

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El encuentro lo hicimos en formato virtual a través de Instagram, donde pasamos un rato agradable conversando sobre literatura –a propósito de la publicación de Aquello que fuimos –, y de la importancia de que las personas LGTBIQ sigamos encontrando referentes en todos los espacios posible.

Agradecida a Fran y a toda la gente de Diversitat Alacant por contar conmigo.

Aquí podréis ver el video colgado en la cuenta de Instagram de Diversitat.

amordazadas martha lovera

Va de no dejarse amordazar

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Todo ser humano desea experimentar el amor. Ese sublime sentimiento que desata pasiones (y que para algunos significa amordazar), y que a veces causa dolores de cabeza. Desde que nacemos necesitamos sentirnos amados y amar; y conforme crecemos aprendemos que suspirar, perder la noción del tiempo y el espacio, y sentir el revoloteo de las famosas mariposas en el estómago es una delicia; es cuando empezamos a desear amar.

De algún modo anhelamos ese estímulo que erice nuestra piel tras un beso o una caricia, y por supuesto queremos amar con todas sus letras. Sin embargo, ¿sabemos lo que es el amor? Amar, según la RAE significa: «TENER amor a algo o alguien». Quizás de ese concepto deriven todos nuestros problemas  –al menos los relacionados con el amor –, porque creemos que amar es tener, poseer.

En mi opinión, la mayoría confundimos lo que vemos en telenovelas, comedias románticas, o lo primero que sentimos cuando conocemos a ESA persona, con el amor. Nada más lejos de la realidad. Según quienes estudian el tema, ese flechazo que provoca noches insomnes y ansias de estar a cada minuto con el ser amado, no es más que la escenificación de una reacción química que sucede en nuestros órganos a causa del enamoramiento y, por fortuna, dura lo que dura (entre pocos meses a tres años). Apuntan que nuestro organismo no soportaría ese subidón químico durante demasiado tiempo. Pero, ¡qué rico se siente!, ¿a que sí?

La química del enamoramiento (que no del amor) es tan intensa y poderosa que nos hace sumergirnos en el caos, la contradicción y en ocasiones hasta en una indiscreta e imprudente sensación de locura. Somos capaces de sentir dos emociones opuestas a la vez, de hacer cosas inimaginables y nos hace conectar con la otra persona de forma inexplicable. ¿Será un amor de vidas pasadas?, nos preguntamos.

Y sí, es posible que esa sea una de las causas de esa conexión sublime (porque al final el cuerpo y el alma SABEN), sin embargo, es bueno tener presente que esa sensación tan agradable y alocada también es causada por una cascada de neurotransmisores y hormonas, que provocan que nuestro cerebro entre en un estado de enajenación alucinante.

Cuando esa química se desata, el enamoramiento parece gobernar nuestra existencia (hay quienes lo denominan la Energía de la Nueva Relación) y nos guste o no, tiene fecha de caducidad. De allí la importancia de reconocer cuánto dista del amor. Según profesionales en neurobiología, esas sustancias impactan en nuestro cerebro del mismo modo que cualquier droga potente, por eso son tan dolorosas las rupturas, porque, literalmente, se experimentan como síndrome de abstinencia. Y no nos enseñan nada de esto, es algo que vamos aprendiendo a trompicones, por ensayo y error, y que cuesta muchas lágrimas y a veces hasta nos hace perder la salud o incluso la vida, en el peor de los casos. ¿Quizás por eso dicen que el amor es ciego y la locura lo acompaña?

Esto ocurre porque en nombre del «amor» en ocasiones, mientras vagamos en esa ceguera no nos damos cuenta en dónde nos metemos ni con quien, y caemos en los brazos de personas que entienden el amor como AMORdazar; seres que atrapan y despliegan una invisible red constrictora sobre quienes dicen amar. Persona que capturan, encierran, encorsetan y limitan lo que un ser humano es para transformarlo en lo que ellas o ellos desean que sea, abanderando un «porque te quiero» (mientras hagas lo que yo quiero, sería la letra pequeña).

Y con esa forma de pensar, sentir y actuar sueltan perlas como: «¿Me vas a dejar aquí para irte con tus amigas?», «si de verdad me quisieras no harías eso», «con lo que he hecho por ti y así me lo pagas», «eres mi vida», «nadie te ama como yo»; y así un sinfín de frases, gestos, acciones y omisiones, –hay quien en su estrategia ignora a quien ama –, que limitan la manera en que una persona vive, piensa, expresa y siente la vida y el amor, condicionando cada uno de sus pasos.

Entones, ¿y el amor?¿Dónde queda en todo esto? La neurociencia habla de que, una vez superada la etapa química (el enamoramiento) y desintoxicado el cerebro de esas sustancias, entran en escena los valores, la cultura, las creencias, el compromiso y la voluntad de cada quien. Hace su debut la razón y se empieza a construir y afianzar el vínculo. Es cuando por fin vemos con claridad a nuestro ser amado (defectos incluidos), y lo que somos con y para él o ella; si hay o no compatibilidad, si nos ahoga o nos libera, si tenemos chispa o estamos apagadas, si estamos saludables o no (porque todo este tiempo el cuerpo lo supo). Es cuando se cae de manera estrepitosa en la realidad de lo que es.

Ojalá nos enseñaran esto en la escuela, sabríamos que esas mariposas y esas noches insomnes son producto de la norepinefrina; sabríamos que ese período de entre poco meses a tres años no define el amor que sentimos por una persona, y sobre todo nos evitaríamos muchos errores, lágrimas (dolores y enfermedades) en nombre del «amor», en nombre de sostener lo insostenible.

Pero este solo es el punto de vista de una persona romántica que, como muchas otras, también ha caído en la trampa del mal amor, pero que ha aprendido a prestar atención para no dejarse AMORdazar por eso que algunas personas creen que es amor. Lo confieso, a veces no lo he logrado.

Y ustedes, ¿Cuándo fue la última vez que un «amor» les amordazó?

PD: aplíquese a todo tipo de amor.

PPD: según las estadísticas las mujeres somos más frecuentemente «AMORdazadas». Si eres una de ellas, busca ayuda, NO ESTÁS SOLA.

faea2899

Anoche disfruté feliz en la presentación en Xàbia de Aquello que fuimos. La cita tuvo lugar en el salón de actos del Museo Arqueológico y Etnológico Soler Blasco, un espacio que me encanta por su elegancia y sencillez. Pese a la lluvia pudimos disfrutar de un encuentro entrañable.

Me siento agradecida y afortunada de haber podido compartir con todas las personas que estuvieron allí. Fue una noche agradable pese al frío que hacía fuera. Una charla entre amigos, cercana y amena moderada por mi queridísima amiga Miriam Ferrer Tur, antropóloga y trabajadora social asentada en la localidad, con la que tengo una estrecha relación y gran complicidad (y eso se nota a leguas), uno de los tesoros que me ha dado esta tierra.

Tuve la fortuna de recibir el apoyo de mis queridos y admirados Santi Marcilla (un mago para alucinar y mejor persona), Ely López (un excelente ser humano y cantante de las que erizan la piel) y Pura María García (mujer grande que crea magia con sus poesías) que se acercaron a verme y cuya presencia me hizo especial ilusión porque admiro lo que hacen y la pasión con la que lo hacen.

También, como siempre, conté con el apoyo del Ayuntamiento de Xàbia, La librería y papelería Puerto, y la Concejalía de Cultura de la mano de su Concejal Quico Moragues, además de la habitual ayuda de Ximo Bolufer.

Me siento plena y feliz porque, pese a la lluvia, estuvisteis allí conmigo y pudimos disfrutar de las letras. Siempre soy feliz de compartir con mi gente de Xàbia lo que creo porque es mi segunda casa.

Os dejo el enlace de lo que se vivió anoche aquí. Espero que lo disfrutéis.