Orgullo

eternamente en tus ojos orgullo 2020 martha lovera
eternamente en tus ojos orgullo 2020 martha lovera 1
Eternamente Orgullosa

Va de que hay que sentir orgullo y no tenerlo.

Como sabéis, y si no lo sabéis os lo digo, este es el mes del Orgullo, el orgullo LGTB. Mes durante el que los colores del arcoíris toman las calles en gesto reivindicativo con intensión de hacer visible esa realidad que todavía demasiadas personas quieren obviar, tapar y censurar. Debo confesaros que mi yo inmadura de hace algunos años, bastantes años, no comprendía el motivo de este día, hasta que me di cuenta que había estado siendo una ignorante, y que había sido bendecida con la ausencia de agresión alguna contra mi persona a causa de mi orientación sexual. Toda una fortuna. También es cierto que mientras viví en mi país de origen obvié comentar el “pequeño detalle” de que me gustaban las mujeres, quizás porque ni yo misma comprendía lo que me pasaba y carecía de referentes. Con la metamorfosis producida por la inmigración llegó la oportunidad de, por primera vez, aprender a vivirme y aceptarme al completo, inicié la verbalización de mi orientación sexual con una forma sorprendentemente natural y por fortuna el hecho de ser mujer, lesbiana e inmigrante nunca ha sido la causa de ningún problema para mí, ni en lo laboral ni en lo social. Poco después me tropecé de bruces con la realidad y todos sus matices y reconocí que no pertenezco a la mayoría, y cuánto dolor me causó darme cuenta de ello. Sin ir muy lejos, hace unos días me impactó leer en la prensa una penosa e indignante noticia, uno de esos sucesos que, lamentablemente, se dan con demasiada frecuencia aunque no se divulguen por los medios; una joven activista LGTB egipcia se suicidó después de no poder recuperarse del estrés post traumático provocado por las torturas a las que fue sometida durante tres meses en prisión. Había pasado tiempo de aquello y vivía en Canadá, un país gayfriendly que la habían acogido, sin embargo la profundidad de las heridas sufridas en su psique y su alma no soportaron el peso de lo vivido llevándola a sucumbir en la oscuridad hasta terminar quitándose la vida.  ¿Cuál fue su crimen? Mostrar con orgullo una bandera arcoíris en un concierto.

Según la RAE, orgullo, significa “sentimiento de satisfacción por los logros, capacidades o méritos propios o por algo en lo que una persona se siente concernida”. Así que sí, siento ORGULLO, así en mayúsculas, orgullo de todas y cada una de las personas que no se han doblegado a la exigencia de un mundo enfermo, de una sociedad intolerante, aunque les costase la vida. Siento ORGULLO por todas y cada una de las personas que han sido vejadas, agredidas y pisoteadas por el solo hecho de ser visibles, de no esconderse, de mostrarse al completo y quienes, con sus acciones, sentaron las bases para que muchas y muchos podamos a día de hoy vivirnos en libertad. Pero sabemos que todo lo conseguido es demasiado frágil, basta con un pequeño giro en la política y todo puede acabarse (tengo experiencia en ello, sino observad la Venezuela de los 50 y la de ahora). Cuando digo que todo puede acabar en un abrir y cerrar de ojos no hablo solo de lo conseguido por el movimiento LGTB; la democracia, la economía y el estado de bienestar son demasiado frágiles, por ello es necesario tener presencia constante en la calle, en la sociedad y defender lo que nos pertenece, no solo al colectivo LGTB, sino todo lo que nos pertenece por ser seres humanos, por ser mujeres, por haber nacido.

Ese es el motivo por el que hay que llenar las calles de arcoíris y mostrar lo que somos con orgullo y defender nuestro derecho de vivir con las mismas condiciones que el resto, ya que tenemos las mismas obligaciones lo mínimo es tener los mismos derechos ¿no? Por eso la necesidad de seguir mostrando a través de la cultura y las artes; la literatura, el cine, la poesía, el teatro y la publicidad, personajes tan diversos como la sociedad plural en la que vivimos, porque aspirar a que un día, espero que pronto, la sociedad no se horrorice por leer la voz de un transexual, las vivencias de una lesbiana bisexual, las peripecias de una familia poliamorosa, las anécdotas de un niño que tiene dos mamás; dos hombres fundidos en un beso o incluso la congoja de un anciano homosexual seropositivo que vive en soledad, no debería ser utopía, sino una aspiración lícita y respetable de querer transformar nuestro mundo en un lugar amable y respetuoso con lo diferente, donde podamos todas y todos sentirnos orgullosos de ser… Humanos. No debería ser un deseo o un anhelo sino una realidad tangible.

¿Y ustedes? ¿De qué sienten orgullo?

Dolor en los pies.

pies descalzos martha lovera 1
pies descalzos martha lovera 1

Va de cambiar los zapatos

Hace unas semanas, antes que todo esto empezara, vi con extrañeza que la mayoría de mis zapatos de uso diario me provocaban cierto dolor en los pies. No suelen dolerme los pies, ni cuando he hecho tramos del Camino de Santiago. La verdad es que tengo unos pies que no suelen quejarse de las arremetidas que les doy. Quizás tenga que ver con que procuro invertir en zapatos de calidad; me parece que comprar buenos zapatos, una buena cama y una buena almohada, más que gastar es invertir en salud. El caso es que, a propósito de esos episodios de dolor, me dio por mirar con detenimiento mis zapatos. Miré el estado de sus suelas, las plantillas, contrafuertes, lengüetas, punteras y arcos —yo tampoco sabía las partes de un zapato pero, como soy una friki, las investigué para esta entrada— lo cierto es que los inspeccioné al milímetro y observé, con cierto asombro, que un par estaba agrietado por el centro de la suela con esta apenas gastada; otros estaban deformados hacia la supinación (parte lateral externa) y el otro par había perdido firmeza en el contrafuerte dejando a mis pies bailar. Como podéis imaginar eso no sucede de la noche a la mañana. El desgaste es algo progresivo, sin embargo hacía un par de semanas que sentía ese dolor agudo, a veces en el empeine, otras en las plantas y en otras ocasiones fueron los talones los que se quejaron.

Hice memoria en un intento de localizar cuándo los había comprado y no hacía tanto, uno de ellos no llegaban a dos años, ¿tanto había caminado con ellos? Sí, les llamo zapatos “de uso diario”, pero al ser varios pares no los utilizo todos los días, los voy intercambiando. Me dio la sensación de que esos zapatos habían durado menos de lo esperado. Ver mis zapatos deformes, gastados y agrietados me conectó con el camino recorrido durante esos dos años, con los paisajes compartidos, las experiencias vividas sobre sus suelas, los terrenos transitados y pensé que ese desgaste parecía una muestra de los tantísimos cambios experimentados en tan poco tiempo; solo dos años que, coincidiendo con los relatados por las personas más cercanas a mi vida, me hizo pensar que ese desgaste era algo experimentado por muchas personas a mi alrededor durante el mismo margen de tiempo.

Tal vez, antes de esta pausa obligada, íbamos muy deprisa, y las cosas sucedían a tal velocidad que nos pillaban demasiado distraídos como para sentir lo que esos cambios provocaban en nuestro organismo. Dolores sin causa aparente, brotes de llanto o rabia sin estímulo reconocible, cansancio, falta de concentración, de sueño o incluso de ilusión. ¿Os suenan esos síntomas? Si os digo que la mayoría de los pacientes que acude a urgencias lo hace por uno o varios de ellos, ¿me creeríais? Pues así era, así era en nuestra vida de entonces; veloz, sin pausa, a lo loco y es ahora, con esta pausa obligada que a muchas personas nos pilló como a esos zapatos, desgastados, cuando nos estamos dando cuenta. Creo que de forma generalizada los dos últimos años fueron especialmente complicados, años de despedidas, de rupturas (reales o metafóricas) y puede que necesitábamos detenernos para valorar el global de todo lo ocurrido. Os animo a hacer un balance de vuestros dos últimos años de existencia, pre pandemia, seguro que pasasteis por algo similar.

Albert Espinosa dice que “todas las pérdidas son ganancias” y que “los errores son aciertos fuera de contexto”. Creo que tiene razón, pero mientras lo aprendemos, toca transitar este terreno de incertidumbre, cambios inesperados y pérdidas como mejor se pueda y para eso hay que tener los zapatos adecuados, ¡que no se puede ir a la montaña en tacones!, y en mi caso, por el bien de mis dientes, no voy en tacones a ningún sitio. Necesitamos zapatos buenos y adecuados; a veces también toca plantearse la posibilidad de ponerse en los zapatos de otras personas, empatía le llaman. Al parecer estos días están siendo una oportunidad para aprenderla y ejercitarla, ¿días de perdernos para encontrarnos?

Cuando caminamos vemos pasar todo a nuestro alrededor: paisajes, personas u objetos, a nuestro ritmo si están inmóviles o al múltiplo de nuestra velocidad y la suya si son animados y eso a veces es complejo de encajar. La mayoría de mortales pasamos media vida intentando adecuar nuestro andar, en velocidad y trayectoria, a las circunstancias o al andar de las personas que amamos y eso, en algún momento, termina desgastándonos. ¿Os suena? Seguro que sí. Nunca es sencillo seguir nuestro propio camino y hacerlo a nuestro paso; nunca es sencillo dejar atrás y seguir el rumbo propio aunque implique caminar en solitario. Días antes de esta pausa acompañé a una amiga a sacar sus pertenencias de su taquilla y transportarlas en cajas hasta su coche. Habíamos compartido once años de trabajo y a fuerza de ese compartir y de muchas noches de guardia, que las noches dan para mucho, se transformó en una gran amiga. Se marchaba del trabajo y aunque fui feliz por ella, me sorprendí con un nudo en la garganta; sentí pena porque nuestros caminos se bifurcaban, sus huellas, al menos laboralmente, se alejaban de las mías y encajar cosas como esa siempre es difícil.

Volviendo a los zapatos, todas y todos tenemos ese par que se adapta como un guante a nuestros pies, que son ligeros, nos gustan estéticamente y que curiosamente van a juego con la mayoría de nuestra ropa. Zapatos que forman parte de nuestro día a día, testigos de miles de historias, algunas salpicadas por agua de mar, de lluvia, lágrimas o barro. Y de pronto, esos zapatos provocan daño dificultando nuestro andar. Cuando eso me sucede lo primero que hago es buscar un modelo exacto para sustituirlos, pero la mayoría de las veces no existe así que debo elegir unos nuevos, con otras características, otro color y, lo más complicado al menos para mí, bajar los viejos al contenedor y dejarlos atrás. Ahora os pediré un favor. Volved a leer el párrafo y cambiad la palabra zapatos por: trabajo, relaciones, vivencias. ¡Uf!

La situación actual nos ha cambiado el paisaje, el terreno por donde caminar, nos ha detenido en seco durante una temporada, viviendo los días con las pantuflas de andar por casa o descalzos. Seguro que cuando volvamos a pasear, que espero sea pronto, lo haremos de otra forma. Ojalá sea con consciencia, mayor disfrute y saboreando cada paso como si fuera el primero y a la vez el último. Volviendo a lo esencial, a lo sencillo, caminando como cuando aprendimos a hacerlo siendo bebés: maravillados, con curiosidad y… descalzos.

A veces es necesario, por un tiempo, caminar sin zapatos y cambiar de rumbo.

La clave está en la lectura

lectura de clave martha lovera
lectura de clave martha lovera

Va de aprender a leer en la clave adecuada.

Muchos de ustedes saben que, a parte de la escritura, otra de mis aficiones es la música, y en este mundillo no basta con tener buen oído o ser un haz con el ritmo para ser música; hay que saber leer partituras; saber leer en clave y, no siendo bastante complicado aprender este que considero un nuevo idioma, existen varias claves; que si la de Sol en segunda, la de Fa en cuarta, la de Do en tercera. Todas ellas notas musicales que, según en qué línea del pentagrama se aposente, dará su nombre a dicha línea. Por tanto, el mismo pentagrama con las mismas figuras musicales tiene un código, una lectura y un sonido considerablemente distinto que solo depende de la clave que domina la partitura. Por tanto, lo que para mí es un Fa para otras persona puede ser un Do, o un Re. Complejo ¿verdad? Pues no lo es tanto, una vez que se le pilla el truco y sabiendo que, como todo en la vida, la música es cuestión de dedicación, práctica, paciencia y también de reconocer, como dice el título, que la clave está en la lectura.

Cuando no se sabe leer partituras al inicio es más difícil, pero poco a poco, a base de conocer el código: las diversas figuras, símbolos, alteraciones, modulaciones y mucha práctica, seremos capaces de comunicar con soltura través de la música. ¿Os suena de algo todo esto? ¿No os parece similar a nuestro sistema de comunicación convencional? El hablado y escrito. En él también debemos conocer los códigos, en este caso los del lenguaje, para logar comunicarnos de forma efectiva. Por eso cuando no hablamos el mismo idioma que nuestro interlocutor (no leemos en la misma clave) es casi imposible la comunicación, aunque dicen los que saben que siempre terminamos comunicando, aún sin hablar, que para eso están los gestos, pero mejor no meternos allí.

Estamos en un momento complejo, sin precedente, en el que la realidad nos golpea a todos por igual y eso pasa muy pocas veces en la vida. Por primera vez nos sucede lo mismo a todos por igual y, a propósito del confinamiento, quienes estamos en el mundo de las letras, estamos animando a la gente a leer. Siento que, como sociedad, esto nos va a cambiar a mejor aunque sé que después de todo aún quedará mucho por hacer, porque tenemos mala memoria y es más que probable que en cuanto pase la tormenta que ha supuesto esta dura realidad colectiva, quizás cada uno vuelva a sumergirse en su realidad individual, porque es la tendencia, tendemos a leer cada uno en su clave, según sus códigos (creencias y valores) y, casi siempre por inercia nos cerramos a la existencia de otros códigos en pro de abrir debates que nos ayuden a solucionar los colaterales que para cada cual deriven de esta pandemia. Es muy probable que después de todo dejemos de pensar en colectivo y eso imposibilitará la buena comunicación. Sucede cuando estamos enfadados, tenemos miedo o nos sentimos vulnerable, cada una de las partes, toda digna y con todo el derecho del mundo, se mantiene en su escaque, sin reconocer que, lo que para mí es un Fa, para la otra persona puede ser un Do, volviendo a separarnos de la otra persona. Y es justo en ese momento en el que tenemos que volver a todo lo aprendido durante este tiempo de encierro y de esta situación.

Estamos aprendiendo solidaridad, empatía, compasión; a funcionar como un solo ser, estamos volviendo a lo esencial, a conectar con lo realmente importante, y estamos dejando de lado lo urgente, porque no siempre coincide con lo importante. Esta situación nos está haciendo ajustarnos, afinar el ojo y el oído para que la melodía que toquemos a partir del día que todo pase, salga sin disonancia, como una hermosa sinfonía perfectamente compuesta, la melodía de la vida. Pero solo lo lograremos si sacamos una lectura adecuada de todo esto. Así que sí, la clave está en la lectura, y en la lectura está la clave.

Sé que ahora es imposible leer con claridad todo lo que este dichoso virus nos ha traído para aprender, pero lo haremos, ya lo estamos haciendo. Muchas personas estamos reflexionando sobre la forma en la que leemos nuestros pensamientos, sentimientos, acciones… nuestra vida. ¡Ya era hora!, y ¿en qué clave creéis que leemos cuando estamos tristes, frustrados, decepcionados o agobiados? En una clave que nos vuelve grises, que opaca la tesitura de nuestra melodía interior e incluso nos apaga, y eso termina afectando nuestro organismo y lo que hacemos. Si algo he aprendido de la música y la medicina es que nuestro cerebro es como un niño inocente, siempre termina creyéndose lo que le contamos, lo que leemos, así que cuidado con lo que leamos en esta temporada, que aún nos queda de encierro.

Estos días de estar más tiempo en casa son días de poner el ojo en nuestra forma de leer; días de reconocer y modificar, si hace falta, nuestros códigos; y por qué no, darle otra lectura a esta situación que nos afecta a todas y todos. Una lectura que nos mejore, que nos lleve a escuchar y ver nuestro lado más oscuro para mejorarlo, que nos conecte con nuestra verdad y la de quienes nos rodean, porque solo así creceremos como seres humanos y nos transformaremos en una nueva y mejorada humanidad.

Os deseo una nutricia lectura durante los días que quedan.

Abrazos, fuerza, y sobre todo, quedaros en casa, elegid un buen libro y a leer.

Historias de nunca jamás

fotografía nocturna montoro martha lovera
fotografía nocturna montoro martha lovera

Va de historias que no deberían empezar nunca jamás.

Cuando pensamos en una historia o en un cuento, seguramente a la mayoría de nosotros nos viene a la cabeza el típico inicio de los cuentos infantiles. Frases como: “erase una vez” o “había una vez”. Cuando pensé en esta historia, lo primero que vino a mi mente fue esa isla descrita por J. M. Barrie en Peter Pan, El país de nunca jamás. Esta es una historia de nunca jamás, porque hay historias que nunca jamás deberían existir, que nunca jamás deberían comenzar. ¿Queréis que os la cuente? Pues vamos allá.

En un lugar cercano, podría ser el salón de mi casa, la escuela de tus hijos, la cocina de nuestra vecina o la calle por donde tu mejor amigo pasea su perro; escondida entre las diminutas motas de polvo que se mueven con el azar del viento, vive una pequeña figura con manos en forma de tenazas que tiene el poder de cambiar la vida a quienes toca. Nació muy débil en el cielo infinito como una más de las constelaciones que en este bailan. Una más entre miles de millares de estrellas. Soñaba con ser grande, con que la vieran. Un día, en su deseo de crecer y hacerse fuerte, tropezó con una caracola mágica que, según contaban, cumplía los deseos de quien le hablaba, pero debía tener cuidado pues si la despertaba podría ser desastroso. La diminuta cangrejita cogió con una de sus tenazas la caracola y la colocó cerca de su oído y, en su afán por sobresalir, sin prestar atención a las advertencias de quienes conocían la fama de la hermosa caracola, gritó con toda la potencia de su voz: “¡quiero ser grande! ¡Quiero que me vean!”. La caracola despertó de su ensoñación enfadada y, utilizando el sonido del mar, susurró: “verás cumplido tu deseo pero para ello, eternamente cambiarás la vida de las personas y vagaras entre ellas; te verán pero jamás serás querida, tendrás mil caras y te temerán”. La pequeña cangrejita, emocionada por la respuesta inicial de la caracola, no escuchó la condición que esta impuso a modo de rumor marítimo y, sin pensarlo un segundo, aceptó. Empezó entonces su andadura entre los seres humanos, vagaba entre ellos como una diminuta célula que, en el momento menos pensado, crecía desordenada, haciéndose visible.

Una mañana en el parque se acercó a una preciosa niña morena de ojos dulces y larga cabellera llamada Jimena que jugaba alegremente con su hermano. La cangrejita se metió debajo de su piel y de inmediato el cuerpo de la pequeña comenzó a cambiar. No corría con la misma facilidad y algunos dolores aparecieron en su delicado cuerpo infantil. Sus padres angustiados la llevaron al médico. La cangrejita estaba feliz porque crecía como tanto deseaba, y esa mañana por fin la verían. Y así fue, tras una de esas fotografías que solo hacen en los hospitales, apareció. No logró ver su cara, en su lugar vio el miedo y la tristeza en los ojos de la pequeña y de sus familiares. Deseó nunca haberse encontrado con aquella caracola. Los médicos la llamaban Cáncer y, cuando la gente escuchaba su nombre, lloraba y sentía miedo. Pero los médicos contaban con una pócima mágica para que dejara de crecer dentro del cuerpo de Jimena. Cáncer sintió miedo, no quería volver a ser pequeña, estaba muy a gusto en el cuerpo de la niña. Con las primeras gotas de la pócima recorriendo las venas de la pequeña Cáncer sintió dolor. Tras veintiún días, una nueva fotografía y quizás más pócima, volverían a mirarla. Esta vez Cáncer miró en el espejo cómo la larga y hermosa cabellera oscura de Jimena había desaparecido y como su cuerpecito se hizo delgado. La cangrejita se sintió triste, comprendió que su presencia dentro de la pequeña había cambiado a la niña por completo, fue entonces cuando dejó de crecer. Tras varios ciclos, Cáncer volvía a ser muy débil y pequeña, una diminuta constelación en el universo infinito, hasta que un día se desvaneció volviendo a ser el polvo que era en su nacimiento. Los médicos, felices, dieron la noticia a Jimena y a sus padres. Cáncer se había ido, no sabían si más tarde regresaría o si se había ido para siempre. De momento, ya no estaba dentro de Jimena y aquello era una gran noticia, un verdadero triunfo. La vida de la cangrejita se hizo cada vez más difícil porque los seres humanos se unieron para buscar fórmulas, elixires y pócimas para que nunca más volviera a cambiar la vida de ninguna persona. Jimena volvió a jugar feliz con sus amigos y sus padres fueron felices al verla crecer al igual que su cabello.

Esta historia es de esas que nunca jamás deberían comenzar. Es una toma de consciencia de la dolorosa realidad que produce la omnipresencia de una enfermedad como el cáncer; de cómo, nos guste o no, todas y todos somos pacientes en potencia y sobretodo, es un homenaje a quienes día a día son tocados por el cáncer, a quienes día a día beben la pócima para superar la enfermedad.

Esta historia es para ti Jimena, mi querida niña de ojos dulces.

Lo no perfecto

rosa con espinas martha lovera
rosa con espinas martha lovera 1

El encanto de lo que no es perfecto.

Este título, lo no perfecto, lo elijo a propósito de que hace poco terminé de leer un libro llamado: Wabi Sabi, aprender a aceptar la imperfección, de un psicólogo llamado Tomás Navarro y que encontré por “casualidad”. Sí, así entre comillas, porque cada vez creo menos en las casualidades. Pero ese es tema para otra entrada.

Wabi Sabi es un término japonés que describe una visión que abraza la belleza de la imperfección y suele ir de la mano de una técnica, también japonesa, llamada Kintsugi (de hecho, el libro en su portada la muestra). Esta técnica, literalmente significa, reparación de oro. Se trata de cubrir con una mezcla de resina y polvo de oro, plata o platino, las roturas sufridas por un objeto. Al igual que Wabi Sabi, es una filosofía de vida que plantea que las roturas y reparaciones forman parte de la historia de un objeto haciendo hermoso lo imperfecto, mostrándolo. Si no habéis oído hablar de ello os animo a investigar un poco que es muy interesante esa visión, creedme, que los japoneses son muy listos. Bueno, a lo que iba. En el libro Tomás Navarro habla, en clave de psicología, de muchas verdades una de ellas de cómo podemos enloquecer buscando la perfección. Hace algunos años que este tipo de lecturas llaman poderosamente mi atención porque siento la necesidad de comprender cómo funcionamos las personas, por qué hacemos lo que hacemos y por qué nos duelen o alegran las cosas, aunque a muchos les pueda sonar a autoayuda o a “magufadas” como dice un amigo. Lo cierto es que necesito comprender el porqué de las cosas aunque muchas no tengan explicación alguna y terminen pasando porque sí. De cualquier manera, todo lo que nos ocurre termina transformándonos, incluso las roturas, y me fascina la capacidad de transformación que, para bien o para mal, tenemos los seres humanos y cómo cambiamos constantemente aunque, incluir esos cambios en nuestra rutina diaria hasta integrarlos, suponiendo que así se quiera, solo nos lo planteamos cuando algo o alguien pone frente a nuestros ojos la manera que tenemos de reaccionar, pensar, sentir y actuar; cuando nos hacen mirar nuestras grietas, dejándonos en evidencia y haciendo que nos cuestionemos.

Los expertos en psicología aseguran que los seres humanos también tenemos una capacidad abismal para evadirnos y auto-engañarnos, por eso es necesario darnos de bruces con las verdades que nos traen este tipo de lecturas, porque nos aportan información sobre nuestros complejos mecanismos inconscientes. Al menos a mí me sirve para procurar conocerme cada día un poco más, comprender y aprender. He de reconocer que en eso de “abrazar la imperfección” estoy en pañales. Tengo una tendencia más que elevada hacia el perfeccionismo que, acompañada de la auto-exigencia, me puede envolver en unos berenjenales nada agradables, pero estoy trabajando en ello, me estoy quitando el vicio. A propósito de esto recuerdo cuando recibí el libro Wabi Sabi, lo abrí ilusionada porque fue uno de mis regalos de cumpleaños del año pasado. El caso es que al retirar el precinto y abrirlo, noté que tenía un defecto, una de sus páginas estaba mal cortada, como si el papel se hubiera plegado sobre sí mismo, y el resultado fue una página ilegible. No sé si se trataba de un experimento sociológico del autor, pero tardé poco en ir a la librería y cambiarlo. Hay imperfecciones que pueden ser como piedrecitas en los zapatos y, al menos yo, de momento, no estoy preparada para abrazarlas. Hay otras que pueden llevar a resultados catastróficos, ¿imagináis a un mecánico abrazando la imperfección mientras repara los frenos de un coche? O ¿A un cirujano permitiéndoselo mientras opera un corazón? No sé yo…

El caso es que en un capítulo de Wabi Sabi el autor habla de las redes sociales y de cómo colocamos en ellas solo lo que nos gusta, nos llena o lo bonito de nuestros días. De inmediato eché un vistazo a mi cuenta personal de Instagram, que hoy cuenta con casi cinco mil imágenes y, efectivamente Tomás está en lo cierto. Al parecer acotamos nuestras vidas mostrando solo lo extraordinario y bonito de nuestra realidad, cubriendo de aparente perfección algo que es todo menos perfecto. Eso puede llevar a interpretaciones erróneas por parte de quienes observan esas imágenes, que pueden ir desde pensar que quien las protagoniza es una/un engreído que se cree la última Coca-Cola del desierto, pasando por la ilusión de que no tiene problemas o preocupaciones, hasta llegar a asegurar que es una especie de cruzada que se hace para “restregar” su “buena vida” a quienes lo observan. Creo que nada más alejado de la realidad, pienso que simplemente se trata de poner el foco en lo agradable, en todas esas cosas, situaciones, momentos y personas que nos nutren y mejoran como seres humanos y, ser felices compartiéndolo. Una especie de grito al estilo de: ¡Espabila! Que aunque las cosas parezcan torcidas, también hay cosas bellas.

Como bien sabéis otra de mis pasiones es la fotografía, me gusta capturar instantes y compartirlas con mis amigas y amigos, cuidándome de no perderme un amanecer por verlo tras una pantalla o a través del objetivo de mi cámara. Sin embargo, después de leer Wabi Sabi, caí en cuenta de que igual me gusta tanto la fotografía porque con ella se hace eterno una fracción de segundo pudiendo recurrir a esa imagen siempre que se desee o también porque me permite poner el enfoque en lo bonito y lo agradable de todo cuanto me rodea y así camuflar lo que no lo es tanto, lo que escuece, lo que duele. ¿Cómo no hacerlo? Como a la mayoría de mortales prefiero lo bueno a lo malo, la abundancia a la escasez, la risa al llanto y la vida a la muerte. Sin embargo, como en la foto de la cabecera, las rosas también tienen espinas y… ¿No es todo parte de lo mismo? ¿Las dos caras de una misma moneda llamada vida? Y, al menos la mía, es de todo menos perfecta pero… ¡qué bien sienta vivirla!, porque significa que estoy viva.

¿Y ustedes? ¿Cómo llevan la imperfección?

Llega el 20/20 con su visión óptima.

feliz año 2020 cartilla snellen martha lovera

20/20. Esto va de visión óptima:

Esta vez, valiéndome de la numeración del año entrante, el 2020, nos quiero desear una visión óptima, de 20/20. Os explico… La foto de la cabecera es la cartilla estándar de Snellen, utilizada en el sistema anglosajón para medir la agudeza visual, es decir, la claridad o nitidez de la visión. En oftalmología, la visión 20/20 corresponde a una visión óptima, y es a lo que se aspira cuando nos corrigen con gafas, lentillas o cirugía.

Así que este es mi deseo para el venidero año. Una visión 20/20 para todas y todos. Que venga con la nitidez y claridad necesarias para darnos mejor perspectiva, esa que nos permita tomar decisiones acertadas y adecuadas. Que nos permita mantener el enfoque en todo lo que amamos y, sobre todo, en cómo lo amamos. Nos deseo visión 20/20 para discernir lo que nos falta (y buscarlo) y también lo que nos sobra (y dejarlo atrás). Visión 20/20 para mirar lo que deseamos mejorar y lo que debemos aceptar; lo que está a nuestro alcance y podemos modificar y lo que no lo está y así “perderlo de vista”.

Nos deseo que, agudizando la vista, tomemos contacto con la mejor versión de nosotras y nosotros mismos.

Nos deseo una visión limpia, sin lágrimas que empañen nuestras córneas manteniéndolas bien transparentes para que nuestros cristalinos puedan enfocar lo que queda atrás, lejos, a distancia de un recuerdo y así seguir evolucionando con lo aprendido y también, para enfocar lo que tenemos más cerquita y poder seguir aprehendiendo. Y si por algún motivo tienen que llegar las lágrimas que sirvan para limpiar nuestras lentes y ajustar el ángulo de visión a uno que nos mantenga moviéndonos por la vida mirando más que viendo. Porque ver no es lo mismo que mirar, aunque erróneamente se utilicen de forma indistinta.

Nos deseo una visión global, de gran angular, sin puntos ciegos, con una buena acomodación y con enfoque óptimo para vosotras y vosotros mismos y para lo que nos rodea.

Feliz Noche Vieja y un nítido y enfocado 2020.

Celebraciones

eternamente en tus ojos en el árbol de navidad martha lovera
eternamente en tus ojos en el árbol de navidad martha lovera

Celebraciones: de lo que se celebra y cómo se celebra.

Celebrar, según el diccionario de la RAE, significa: “Ensalzar públicamente a un ser sagrado o un hecho solemne, religioso o profano, dedicando uno o más días a su recuerdo”. También está el significado de “mostrar o sentir alegría o agrado por algo”. Lo seres humanos somos mucho de celebraciones, sobre todo al final de un ciclo como este, el último mes del año. Desde épocas inmemoriales se celebran rituales de múltiples formas y colores, y por los más diversos y a veces disparatados motivos. Se celebran los nacimientos, cumpleaños, finales de curso y el santo. Celebramos fiestas varias y días emblemáticos. El día de la madre, del niño, del padre, de la diversidad funcional. El día del Orgullo, del árbol y así sin parar de contar. Con la globalización y la transculturalidad que encierran los fenómenos migratorios se ha hecho cada vez más presente la fusión de las celebraciones, aunque pienso que puede que haya más de marketing y consumismo que de otra cosa y así, nos vemos celebrando Halloween en Europa y el Janucá en algún país centroamericano. Todo esto tiene una parte muy bonita que es la de mantener vivas nuestras tradiciones allí donde nos encontremos y compartir lo celebrable con nuestros amigos, sin embargo, también hemos llegado a celebrar “la fiesta del corcho” o “Santa gana” por el solo hecho de tener una excusa para festejar. Por celebrar hasta se celebran fiestas de separaciones y divorcios que, todo sea dicho, seguro habrá muchos que son para celebrarlos y a lo grande.

Yo soy mucho de celebrar. Pienso que todo debe tener su espacio para ser honrado/festejado, incluso las despedidas. Hablando de despedidas, ¿sabéis que hay países donde la muerte se convierte en una verdadera fiesta? El que se lleva la palma es Ghana, pero eso da para otro post. Bueno, a lo que iba, me gusta celebrar, sobre todo mi cumpleaños que, interiormente lo celebro a año vencido, es decir, que en un par de días cuando cumpla los cuarenta, en vez de celebrar los cuarenta estaré celebrando que superé los treinta y nueve. Festejaré que llegué sana y salva a la cuarta planta, que sobreviví a doce meses y que estoy, en teoría, preparada para otros doce meses más, pero sobre todo celebraré que estoy viva. Por eso me cuesta tanto comprender a las personas que no les gusta celebrar su cumpleaños, aunque lo respete. Tanto soy de celebrar mi cumple que, como por aquí se celebra mucho eso del Mig Any que si de los Moros y Cristianos, que si de las Fallas, etcétera, pues me he adjudicado el 23 de junio como el mig any de mi cumpleaños. Lo sé, soy una friki, pero… ¿Por qué no?

A propósito de mi cumpleaños tengo unas cuantas tradiciones y protocolos alrededor de ese día que procuro practicar en la medida de lo posible. Una de ellas, la principal: no trabajar ese día. La segunda en orden de importancia: amanecer en casa esa mañana y la tercera y no por ello menos importante, soplar las velas, pero ojo, no me vale cualquier tipo de velas, me gustan las de números que así en la foto se sabe qué cumpleaños fue. Hay otra práctica habitual en mi cumpleaños que, culturalmente, choca mucho con la tradición española. Y es que en Venezuela eso de que el cumpleañero invite a los demás es todo un sinsentido. Es el cumpleañero quien debe ser honrado, invitado y agasajado. Por ello, a mis amistades más cercanas, siempre les repito: “No esperéis que os invite a algo por mi cumple” y ellos se ríen. Tanto es así que durante estos quince años de inmigrante es la única tradición a la que no me he adaptado ni pienso hacerlo, aunque por aquí esté muy arraigado eso de convidar por el cumple.

Volviendo a lo de las celebraciones, también me gusta mucho celebrar la navidad y dar regalos. Esa ilusión que se ve en los ojos de quien abre el regalo, para mí, es un regalo en sí misma. En Venezuela celebramos el “Niño Jesús”, nada de Papá Noel, Santa Claus o Los Reyes Magos que tienen mi respeto, pero todo son ventajas en nuestra modalidad navideña. Anda que no tiene mérito que un niño recién nacido vaya repartiendo regalos por el mundo. En el caso de Papá Noel es un hombretón rodeado de duendes con su gran trineo a 9 renos de potencia. Y los Reyes de Oriente, como buenos Reyes, echan mano de su séquito de pajes para organizarlo todo. En este apartado quiero detenerme porque por más fan que sea del niño Jesús, los Reyes Magos de Gata de Gorgos son para alucinar, yo de ustedes iría corriendo a verlos. A lo que iba, que un niño se encargue de todo ese jaleo, claro que tiene mérito, es mágico. Además, abrir los regalos el 25 por la mañana tiene el plus de disfrutarlos más días antes que acaben las vacaciones escolares. Pensad en ello detenidamente. Si es que todo son ventajas ¿no?

A propósito de esto último, la prueba fehaciente de que nuestra unidad familiar vive en la pluralidad cultural quedó plasmada en los anales de la familia cuando la mañana de un 25 de diciembre mi suegro, en pijama y colocado de pie en la base de la escalera de su casa, gritó: “Ha llegado el niño Jesús” emocionado, refiriéndose a que ya estaban los regalos bajo el árbol. Desde entonces se hacen los regalos tanto el 25 de diciembre como el 6 de enero, según estemos juntos o no. Sin embargo, mi amor y yo hemos llegado al siguiente pacto, ella me entrega mi regalo más destacado el 25 de diciembre y yo le entrego su regalo importante para reyes. Así todas contentas y cada una mantiene su tradición.

En fin, y ya voy finalizando, creo que es importante celebrar, celebrar no solo en las fechas señaladas, que también, sino celebrar minuto a minuto la vida, porque el solo hecho de estar es un regalo. De hecho, hoy se cumplen 17 años de que casi no estoy en este mundo, de allí mi agradecimiento y mi afán de celebración, pero eso os lo contaré en otra ocasión. Os animo a celebrar, siempre que podáis y así lo sintáis por absurdo que parezca y sobre todo, también os animo a no hacerlo si es lo que sentís, que parece que en estas fechas todo tiene que ser paz, amor, bonito y armonioso y, nos guste o no, las adversidades no conocen de tradiciones, celebraciones y fechas especiales. Así que haced lo que sintáis.

Feliz Noche Buena y una excelente Navidad a todas y todos.

¿Te puedo llamar?

telefono antiguo martha lovera
telefono antiguo martha lovera

Mientras preguntamos: ¿Te puedo llamar?, se esfuma la espontaneidad.

Estoy segura de que os suena eso de… ¿Te puedo llamar? que, dicho sea de paso, me hace mucha gracia. ¿Cuántas veces al día la utilizamos? ¿Con quién la usamos? Os digo que soy bastante negada a echar mano de esa pregunta, incluso me he pillado en algún momento enfadándome cuando me la hacen aunque he de reconocer que, como es una práctica habitual y cada vez más extendida, al final termino utilizándola más de lo que me gustaría. Os explico por qué me desagrada tanto.

En mi país somos muy zalameros y vamos demostrando constantemente el afecto a quienes lo profesamos de un modo bastante cercano e informal que, para otras culturas y formas de expresión, podría parecer empalagoso, ¿abusivo? Pero así es nuestra comunicación. Nos permitimos licencias en nuestro hacer y nuestro lenguaje para con los amigos que, reconozco, a veces echo de menos. Os pongo en situación. Durante el tiempo que viví en Venezuela mis amigos, los de allí, solían aparecer por mi casa sin previo aviso, aun no estando yo en ella y, dependiendo de su tiempo disponible, se daba el caso del que entraba y se ponían a conversar con mi abuela o el que le decía eso de: “vieja, prepárame una arepita” y ella, encantada de la vida, allí que iba y la preparaba. Mis amigos entraban a la cocina, abrían la nevera y se servían de lo que les apetecía sin pedir permiso, bastaba avisar que lo harían con frases como: “vejuca, voy a agarrar agua”. Sí, agarrar, porque para nosotros eso de coger es otra cosa que ya os explicaré. Mi infancia, adolescencia e incluso primera adultez la viví de ese modo. No se nos ocurría jamás llamar por teléfono para decir eso de: ¿Puedo ir pa’ tu casa? Simplemente aparecías y, si tu amigo no estaba, lo esperabas, en el porche tomando un refresco o en el patio de la casa jugando con sus perros, que también eran las mascotas de uno, o en su cama viendo televisión o conversando con el familiar que se encontrara en ese momento en la vivienda, o haciendo los recados a la abuela. Al llegar aquí que eso fuera de un modo distinto para mí supuso un choque porque la forma habitual por estos lares es quedar. Es frecuente escuchar: Oye, ¿quedamos? y eso de emplazar citas para ver a los amigos se me antojaba extraño. Ahora ya me he acostumbrado… creo.

Con la llegada de la mensajería instantánea usamos ese medio para anticiparnos a la mayoría de nuestros movimientos. Avisamos a tiempo real por dónde vamos. Mandamos nuestra ubicación y, cómo no, lanzamos la pregunta famosa de: ¿Te puedo llamar? Reflexionando sobre ello me planteo que quizás nos hemos vuelto tan absurdamente protectores de nuestros tiempos y espacios que vemos con recelo que sean vulnerados. Así que sí, es habitual hoy día quitar espontaneidad a una simple llamada y enviar la dichosa pregunta antes. Para mí es como si, cuando esta herramienta no existía, hubiésemos enviado un telegrama o una carta preguntando si podíamos tocar la puerta. Ese recelo me hace mucha gracia porque con la llegada de estas aplicaciones de mensajería coincidió la llegada de las redes sociales y entonces, ¿publicamos todo o casi todo lo que hacemos y vivimos pero necesitamos preguntar el “te puedo llamar”? Todo esto me deja algo confusa porque a mí, que no me molesta que me entren llamadas y si, por el motivo que sea, no quiero que me entren o no puedo atender, pues pongo el móvil en silencio o en modo avión y listo. A lo que iba, a mí me sigue gustando marcar el número y hablar. Me gusta escuchar el tono de voz, las risas que nunca podrán ser transmitidas por un emoticono y, obviamente, prefiero mirar a los ojos pero eso es aun más complejo. Como vamos como pollo sin cabeza, hay que emplazar quedadas con semanas o meses de antelación y cruzar los dedos para que “puedan ser”.

Tengo varios amigos que son artistas en eso de enviar el mensaje con el fulano ¿te puedo llamar? y eso que les tengo dicho: Tú llama cuando te apetezca. Sin embargo, no lo hacen y a veces, por enviar un mensaje en lugar de hacer la llamada, nos hemos perdido la oportunidad de tomarnos un café o darnos un paseo, porque nos enteramos horas después de que en ese momento, que ya se esfumó, habríamos coincidido haciendo posible un encuentro, materializando lo espontáneo. ¡Qué pena y qué absurdas somos las personas! Entonces yo, que no suelo hacer esa pregunta e incluso, según quien me la haga me molesta, no puedo evitar pensar que la persona que sí la formula de forma habitual vive ese sencillo gesto, el de recibir una llamada, como ¿una intromisión? ¿Un abuso de confianza? A saber. Creo que todo es más sencillo.

Estamos en diciembre y se acercan fechas en las que los mensajes y las llamadas son protagonistas. Si contabilizáramos la totalidad de segundos invertidos este mes en escribir la preguntita antes materializar la llamada, no sé cuántas horas estaremos perdiendo cada año, pero seguro que ese dato nos sorprendería. Y ya si cuantificáramos la cantidad de momentos que nos perdemos por preguntar en lugar de pasar a la acción y hacer la llamada, seguramente sería muy triste darnos cuenta de que son demasiados y muy valiosos.

Retomando lo de las fechas decembrinas, os cuento una anécdota familiar. Mi bisabuela, Mimí, era implacable con la tradición de felicitar a la gente por la navidad, sus cumpleaños, o por todo lo celebrable en sus vidas. Recuerdo que con sus noventa y tantos años seguía pidiendo que le marcaran los teléfonos de sus amistades y personas queridas para hacer esa llamada. ¿Os imagináis la cara que habría puesto de haberse enterado de cómo hoy día pedimos permiso/autorización al destinatario para hacerle una llamada? Se habría tronchado de la risa y nos habría dejado a todas y todos, como sociedad, de ridículos ante sus ojos. Así que a ver si dejamos el teclado a un lado y pulsamos los números porque en estos tiempos de excesiva digitación tampoco aplica eso de levantar el auricular.

Por cierto, antes de terminar, ¿recordáis la sensación tan satisfactoria que provocaba colgarle el teléfono a alguien cuando estabais enfadados? Hasta esa magia se ha perdido con las nuevas tecnologías.