escribir martha lovera

Va de la importancia de escribir.

escribir martha lovera

Desde pequeña necesito escribir. Sí, necesito. Es una necesidad porque para mí todo pasa por la escritura. Desde lo más básico como hacer el listado de cosas pendientes, pasando por la lista de pros y contras a la hora de tomar una decisión, hasta lo más complejo como un trabajo de investigación, o las novelas y relatos.

En mi opinión escribir nos da claridad, perspectiva, y permite que aterricemos ideas y proyectos para que, sobre el papel, se transformen hasta finalmente hacerse realidad.

Cuando escribimos pasan cosas fascinantes en nuestro cerebro, cosas de las que prefiero no hablaros porque corro el peligro de quedarme en bucle y alejarme del tema de esta entrada, escribir, ese maravilloso arte que ha transformado a la humanidad. Eso sí, os animo a investigar sobre el tema.

Gracias a la escritura la humanidad ha compartido conocimientos e información que ha superado el paso del tiempo en forma de papiros, libros y enciclopedias. También nos hemos mantenido en contacto con nuestros afectos. Se nos olvida que en la actualidad todo es muy sencillo e inmediato gracias a las aplicaciones de mensajería instantánea, pero no hace mucho dependíamos de las cartas escritas y del correo postal para tener noticias de quienes estaban lejos.

Os voy a contar una anécdota que os facilitará comprender cuan importante veo la escritura en el día a día. Hace algún tiempo, en un libro de finanzas, di con un concepto que me pareció fascinante. El autor decía que venimos al mundo con nueve monedas de diez años cada una, y que debíamos elegir muy bien en qué las invertimos. Interesante, ¿a que sí?

El caso es que, aunque me encantan los números, decidí llevar el concepto hacia a mi terreno, el de las letras. Desde entonces pienso que cada persona es un libro que, con suerte y en el mejor de los casos, tendrá nueve capítulos de diez años cada uno, y que somos responsables de escribir cada uno de esos capítulos. ¿Qué aventuras contaremos? ¿Qué personajes aparecerán como protagonistas o secundarios? ¿Cuántas páginas dedicaremos a un evento desafortunado?

Es una metáfora que comparto con los y las alumnas cuando imparto la charla «Historia de vida» en los institutos. En ella insisto en la importancia de ser conscientes de que este libro que somos debe ser escrito por nosotros mismos. Y les advierto de lo sencillo de que no sea así. Si no prestamos atención podemos caer en la trampa de dejar nuestro boli y papel en manos de otras personas –padres, madres, maestros, jefas, hermanos, amistades, parejas, etc. –,  y que terminen siendo ellas y ellos quienes escriban el guion de nuestra historia. Así que atentas y atentos.

En esa línea de ideas, hace unos días una persona muy querida me pidió que tuviera con otra un gesto que no salía de mi corazón. De solo imaginarlo me provocó cierta repulsión, rechazo y angustia. ¿Alguien intentaba por mí escribir unas páginas en mi libro? Todo apuntaba a que sí. El caso es que, con esa metáfora en mente, por segunda vez en un par de años, me senté boli y papel en mano e hice el listado de pros y contras de hacer o no aquel gesto. Necesitaba poner orden a mis sentimientos y pensamientos, y asegurarme de que no se trataba de un arrebato, una pataleta o del tan peligroso orgullo.

¿El resultado? Fui consciente de que, en mi historia de vida, hay personajes que se merecen pocas páginas. Páginas que permití fueran impregnadas de dolor, indiferencia, falta de empatía, interés y falso amor. Personas que, pese a ello, aportaron a mi historia lo necesario para mi aprendizaje porque, sin duda alguna, de todo se aprende. La mejor enseñanza fue darme cuenta de que ciertos personajes/personas no merecen más páginas en el libro de mi vida. Así que opté por dejarlos de escribir.

Evidentemente cada persona, situación o suceso de nuestra vida, y cada una de nuestras acciones, se imprimen en la trama que es nuestra historia vital y, cuando no son de nuestro agrado no podemos arrancar las páginas sin más, por más que nos gustaría. Forman parte de la evolución de la persona que somos.

Es cierto, a veces nos vemos cautivas en historias que ocupan demasiadas páginas, a merced de los caprichos y vaivenes de la historia de otros personajes que, en realidad, son secundarios. Hasta que volvemos a adueñarnos de nuestro boli y nuestro papel (dignidad y amor propio), y conectamos con que los y las verdaderas protagonistas de nuestra historia, somos nosotras y nosotros mismos.

Y ustedes, ¿qué personajes tenéis en la historia de vuestra vida? ¿Qué aventura estáis contando en ella?

laberinto marth lovera

Va de aprender a salir del laberinto.

laberinto marth lovera

¿Alguna vez habéis estado en un laberinto?

Según el diccionario de la RAE, laberinto significa: «lugar formado artificiosamente por calles y encrucijadas, para confundir a quien se adentre en él, de modo que no pueda acertar con la salida». También puede ser: «cosa confusa y enredada».

Hace un par de años tuve la oportunidad de vivir esa experiencia, la de adentrarme en un entramado de elevados setos que se erigen como paredes que trazan callejuelas que parecen no ir a ningún sitio. Fue en el norte, específicamente en Villapresente, Cantabria.

Al inicio fue excitante. Mi parte más competitiva se afanó en no perder la orientación dentro de aquel lugar que parecía salido de una película de ficción. Intenté utilizar una estrategia para encontrar el centro para, después, intentar salir de él. La primera opción, girar solo hacia la derecha, no me fue de mucha utilidad. Aquello no me llevaba a ningún lugar. Cada rincón era igual al anterior y pronto descubrí que tocaba regresar al punto de inicio para tomar una ruta alternativa. Volví a la casilla de salida habiendo perdido tiempo y algo de paciencia.

Entonces desconocía que el laberinto ha sido asociado, a lo largo de la historia de la humanidad y por diversas culturas, con lo espiritual, que representa de algún modo la búsqueda del centro personal, una búsqueda a la que solo se puede acceder superando diversas pruebas.

Recuerdo que aquella tarde dentro del Laberinto de Villapresente –lugar que os recomiendo visitar–, después de intentar mi primera y fallida estrategia, la segunda opción que se me ocurrió fue prestar muchísima atención al camino. Mirar con detalle los setos. Observar si alguna rama sobresalía más que otra, encontrar alguna flor, algún espacio hueco entre los árboles. Cualquier cosa que me fuera útil para orientarme. ¿no sucede lo mismo con el camino del búsqueda interior?

Entonces recordé el famoso mito griego del Minotauro, relacionado con el laberinto de Creta. El mito habla de que el laberinto fue construido por Dédalos para esconder al Minotauro. Teseo, en su empeño, abatió al Minotauro y logró salir del laberinto gracias al hilo de Ariadna, que lo guio hasta la salida.

Dentro de aquel laberinto en el que me adentré de forma voluntaria y lúdica, reflexioné sobre las ocasiones en las que nos encontramos en situaciones parecidas. Circunstancias plenas de encrucijadas, de callejones que parecen no tener sentido alguno. Damos vueltas sobre nuestros pasos sin saber qué camino elegir. Nos enfrentamos a elecciones que, o bien nos permiten avanzar y superar el entramado para salir de él, o nos dejan inmovibles y abatidos sin saber cómo encontrar la salida. ¿Derecha o izquierda?, ¿avanzar o detenerse?, ¿tomar o dejar?, ¿quedarse o marcharse?, ¿sí o no? ¿Sostener o soltar?

Fue cuando me di cuenta de que, en ocasiones, la vida se asemeja en un laberinto en el que a veces, con suerte y si prestamos la suficiente atención, encontramos una señal que, cual hilo de Ariadna en la famosa historia griega, nos guíe hacia la salida.

En mi opinión, creo que ese hilo es la intuición. Ese sexto sentido que todas y todos poseemos y del que a veces nos desconectamos. Porque, según lo veo, cuando prestamos atención, sucede algo dentro de nuestro cuerpo que, de forma aparentemente absurda e ilógica, nos da la información de lo adecuado en ese momento, como si gritase desde dentro lo que hacer o decir, y con ello nos regalase alguna pista de la mejor opción disponible.

Hasta que me puse a investigar, no sabía que existían varios tipos de laberintos, y los que más fascinación me producen, porque lo experimenté en mis propias carnes, son los llamados multiviarios. En ellos, para llegar a su centro y salir, existen varios caminos posibles. Algunos correctos y otros incorrectos. ¡Como la vida misma!

Observo el transcurrir de la vida como un laberinto multiviario. Nos encontramos con encrucijadas, callejuelas que, sin orden aparente, nos confrontan con la impaciencia, la desesperación, la frustración y la incertidumbre. El dolor, la rabia y la determinación de probarnos.

Lo cierto es que, la única forma de salir de un laberinto, es avanzar. Y fue lo que hice aquella vez, avanzar manteniendo la calma en intentando disfrutar de la experiencia entre risas. Después de 37 minutos. Estaba fuera, observando el trazado desde una plataforma. Contenta de haber superado aquella prueba.

¿Y vosotros? ¿Cuándo fue la última vez que os sentisteis como en el interior de un laberinto?

Por cierto, os recomiendo el libro «Laberinto» de Eley Grey. Os atrapará y da para mucha reflexión.

compartir martha lovera2

Va de aprender a dar parte de lo propio a otros.

compartir martha lovera2

Muchas personas nacen con lo que llamo el gen del compartir. Y es que compartir lo que tienen les sale de forma natural. A otros en cambio les cuesta la vida misma. Hay quienes insisten en aprender día a día este arte, y quienes dejan este mundo sin haber experimentado la fortuna de compartir.

Compartir, según la RAE, significa: «Dicho de una persona: hacer a otra partícipe de algo que es suyo» o «Dicho de una persona: tener con otra algo en común».  Lo reconozco, de pequeña había muchas cosas que no estaba dispuesta a compartir, por ejemplo: la espectacular gelatina de colores que hacía mi mamá para los cumpleaños o las tajadas (lajas de plátano maduro frito) que muchas veces servían de guarnición para comer.

De adulta también tuve que esforzarme por compartir ciertas cosas porque temía que, al hacerlo, otros las perdieran o no las cuidaran tanto como yo. ¿Qué puedo deciros? Crecí con la frase de «quien no cuida lo que tiene, a pedir se queda». ¿Os suena? Seguro que sí.

Sin embargo, cuando se trata de información de utilidad me sucede lo contrario. Desde muy joven he sido consciente de los beneficios de compartir la información que sabemos puede ser de utilidad a otras personas. ¿De qué sirve saber algo útil si no se comparte? Reconozco que en otras ocasiones no me es tan sencillo compartir, por ejemplo, a la hora de compartir mi espacio vital, mi tiempo y mi hogar. He tenido que aprender poco a poco, a ejercitarme y practicar día a día y, aun así, soy bastante recelosa al respecto.

Hablando de compartir, esta semana ha ido de compartir la información que tras mucha lectura y vivencias he ido atesorando durante mi existencia; información que valoro sobremanera y que me habría gustado que alguien, durante mi adolescencia, me hubiese facilitado. Hablo de información de aquellas cosas que nos condiciona la vida, no de conocimientos que aparecen en los libros de texto que mandan en el cole o el instituto. Hablo de lo que, lamentablemente, sigue sin aparecer en los programas de estudios.  

Antiguamente esa información (la de utilidad para la vida), era transmitida de generación en generación a través de cuentos, durante las noches de silencio y quietud cuando las familias y amistades reposaban del duro día de trabajo sentados al reflejo de una hoguera. ¿Nació así eso que llamamos sabiduría popular? Puede ser.

El caso es que disfruto compartiendo con otras personas todo lo que llega a mis manos, a mi mente y mi alma que, de algún modo, me cambia la perspectiva, me da un chute de energía o incluso ha llegado a cambiarme la vida, cosas como la importancia de las palabras y el uso que le damos, la importancia de ser consciente y coherente en nuestro día a día, en nuestros actos, en el uso de nuestro verbo; y ¡cómo no!, la importancia de aprender a relacionarnos de manera equilibrada y ecológica. ¿Fácil? No, claro que no. Fácil no es, pero al menos no es imposible.

Os garantizo que compartir solo trae beneficios, cuando se hace desde la voluntad de aportar valor. Pero para ello considero que hay que estar en disposición de aprender con humildad, de reconocer nuestros errores, de empaparnos de vivencias y explorarnos en diversas formas y situaciones a fin de acumular el rodaje que dará forma a nuestra sabiduría.

Lo curioso es que hay quienes, en el afán de compartir y compartirse, se olvidan de sus propias necesidades y límites hasta desdibujar sus fronteras y quedar vacías y vacíos. Según lo veo, esto no tiene mucho sentido. Es como perderse para que otras personas se encuentren.

En el otro extremo hay personas que insisten en capturar momentos, personas, objetos, experiencias; encarcelan los amores y la información a fin de acumularlos, para pasearlos delante de otros en un intento desesperado porque les vean, por sentirse en superioridad moral; para creerse más importantes y al final, se ahogan, se empachan, se vuelven un contenedor sin sentido de información que termina siendo inútil porque solo existe en sus cabezas y nadan en un mar de soledad, aislados en su propia información, en toneladas de conocimiento. Una pena.

De momento, seguiré compartiendo, con quienes puedan y deseen recibirla, toda la información verdadera, útil y buena (como decía Sócrates) que llegue a mis manos. De eso va mi proyecto «Historia de vida» en el que, a modo de Biblioteca Humana, hablo que cuanto he aprendido durante mi existencia, y comparto con las y los alumnos de los institutos información acerca de diversidad, inmigración, respeto y responsabilidad afectiva.

Espero podamos seguir compartiendo, a través de las letras, lo que nos hace mejores, y quizás así un día el mundo sea un lugar más amable.

Por cierto, ¿Qué tal se os da eso de compartir?

silencio martha lovera

Va de abrazar el silencio

silencio martha lovera

Hay silencios que irrumpen en nuestras vidas como un trueno; ensordecedores, sorpresivos y contundentes. Silencios que duelen y cuya onda expansiva se extiende a la profundidad de nuestro organismo hasta hacerse con cada una de sus células. Hablo de esos silencios que saben a vacío, a soledad. Quizás sean los provocados por la voz de un ser querido que se apaga, o la risa de un amigo que se va porque, como dice la famosa canción, «algo se muere en el alma cuando un amigo se va».

Sin embargo, hay otro tipo de silencios, los que a mi modo de ver vienen a apaciguar nuestras tormentas, y que deben ser respetados y transitados con paciencia y compasión. Silencios necesarios para volver a escuchar el latir del propio corazón. Silencios que merecen su espacio, aun cuando aparezcan acompañados de rabia, frustración o dolor. Son esos los silencios que nos rasgan las vestiduras y nos dejan frente a la indefensión de la vulnerabilidad.

En el diccionario de la RAE la palabra silencio cuenta con seis acepciones. Me llamó la atención la que lo define como «falta de ruido». Y es así, nos rodeamos de tanto ruido que en ocasiones no podemos escuchar ni lo que necesitamos, ni lo que nuestro cuerpo, mente y alma piden a modo de síntomas.

Pese a ser terapéutico, no sabemos procurarnos espacios de silencios, y cuánta necesidad tenemos de ellos, y lo reparador que puede ser. Acallar el mundanal ruido e intentar enmudecer nuestros pensamientos se considera un ejercicio necesario y eficaz para encontrar un poco de paz entre tanto caos, pero como animales parlantes nos cuesta horrores silenciar o mantenernos en silencio.

Hay silencios que son inevitables, algunos indeseados y otros más que necesarios, como los de una composición musical, en la que los silencios son tan hermosos y llenos de significados como cada uno de los sonidos de la melodía. Y, al igual que en la música, en la vida también hay que recurrir  al silencio. A veces lo hacemos como último recurso para nuestra protección. Es necesario silenciar las palabras necias de quienes insultan o menosprecian; acallar a quien hace de las excusas su mejor defensa, a quien grita con mentiras u ofensas su verdad. A veces toca apagar la voz de quienes pretenden anteponer sus necesidades a las nuestras. Sí, aunque duela, porque a veces no queda otra que silenciar a quienes no respetan nuestros límites, se ríen de nuestras necesidades o traspasan con su ruido nuestras fronteras.

En ocasiones, por nuestra salud neuronal, mental, emocional y física, sentimos la necesidad de silenciar el teléfono móvil y los famosos grupos de WhatsApp. ¿Y por qué no lo hacemos? Quizás porque tememos al silencio. Hay quienes no son capaces de estar ni un minuto en silencio. Hay quienes necesitan tanto escucharse que suben la voz a decibelios nocivos para cualquier oído, y quienes no callan ni bajo el agua dejando una estela de blablablá insufrible, transformando en cantinfladas cuanto expresan. Cantinfladas porque este personaje era muy hábil en hablar mucho sin decir nada. ¿Os suena?

Me gusta el silencio, de hecho, de tanto en tanto necesito del silencio, a veces hasta tal punto que me encantaría meterme dentro de una cámara de depravación sensorial. Reconozco que de pequeña no era así. Mi versión infante cantaba, silbaba, hacía ruido con cualquier objeto que encontrara en el camino, supongo que era porque estaba descubriendo mi vena musical. Ahora, como aprendiz de trombonista, reconozco la importancia musical del silencio. He aprendido a contarlos y a prestarles atención, porque en nuestras partituras puede haber compases y compases llenos de silencios que se vuelven eternos y, si te descuidas, te pierdes. Son silencios que cuando llegan a su final abren paso una vez más a nuestra melodía y ese contraste crea magia. ¡Como la vida misma!

Según lo vivo, el silencio ayuda a desconectar y también a conectar; da tiempo para digerir la información y también ayuda a la expresión. En una conversación ha de ajustarse no solo para generar turnos de palabra si no (y esta versión se usa poco) para generar el espacio necesario para reflexionar acerca de lo que se está diciendo y comprender el mensaje. Esto, obviamente, se da en condiciones ideales. En discusiones o encuentros con quienes saben oír pero no escuchan, o con quienes son monologuista profesionales, es imposible y es donde nace el ruido ensordecedor.

Apagar ese ruido, silenciarlo, cuesta y requiere entrenamiento. Hay lugares donde se practica a diario el silencio con disciplina y determinación, como algunos monasterios y templos. Hace algún tiempo estuve en uno de ellos. Fue mi primera experiencia en un retiro en el que había que respetar el «noble silencio», así le llaman. Al indagar a qué se referían me dijeron: «no se puede hablar, ni hacer ruido». Pensé que me iba a dar un síncope, pero ¡cómo no voy a poder hablar! Resultó ser una de las experiencias más reparadoras, enriquecedoras y fascinantes que he vivido.

Mantener el silencio abre nuestros sentidos a otros estímulos. Aprendí el valor que resta a la comunicación la existencia de una cháchara sin sentido, porque a veces, la mejor palabra que podemos decir es una mirada silente. Aprendí a apreciar el sonido del viento que roza las ramas de los árboles y a deleitarme con el trino de los pájaros, o el fascinante sonido del oleaje. Qué maravilla el sin fin de sonidos que aporta la naturaleza para serenarnos, ¿Cuándo fue la última vez que escuchasteis un corazón latir? (El propio o el de un ser amado).

Según la etimología, la palabra silencio, viene del verbo latín silēre que significa estar callado. ¡Y cuánto cuesta estar callados! Quizás nuestro miedo al silencio podría traducirse en miedo a la soledad, ¿al no ser? Hace algún tiempo reflexiono acerca de ello, y me ha servido para darme cuenta de que hay personas con las que me es agotador estar porque no hacen una pausa ni para respirar, parecen la turbina de un avión incesante e incansable, y no digo que haya algo malo en ellas, solo digo que para mi cerebro, se hace agotador.

Silencio, hermoso y sublime silencio, qué beneficio aportas y qué poco te valoramos.

dolor martha lovera

Va de aprehender del dolor y comprehender.

dolor martha lovera 1

Tememos al dolor. A la mayoría de las personas no nos gusta sentir dolor. Obviamente excluyo de este grupo a quienes sienten placer con el dolor, por ejemplo, quienes practican el BDSM u otras prácticas sexuales no convencionales. Que muy bien está que les guste, mientras sea consensuado y haya consentimiento mutuo explícito (y sin relación de poder). De momento, no es mi caso. Detesto sentir dolor, me crispa, le temo y me enfada. Sin embargo, reconozco que nuestro cuerpo lo necesita. El dolor, en su expresión fisiológica, tiene el objetivo de avisarnos de que algo no va bien.

La palabra dolor, etimológicamente, proviene del verbo latino dolore que significa sufrir y, en origen, ser golpeado. Y es así, ¿Quién no ha sufrido alguna vez en la vida las embestidas del dolor? Quizás haya aparecido tras el clásico (y puñetero) tropezón del dedo meñique de un pie contra la esquina de la cama, o a consecuencia de una caída o tras una decepción. El hecho es que convivimos con el dolor.

Según la RAE, dolor, significa: «sensación molesta y aflictiva de una parte del cuerpo por causa interior o exterior» o «sentimiento de pena y congoja». Según estas acepciones, es obvio que a parte del cuerpo, también puede dolernos el alma. Y, según quienes estudian el tema, a su vez el dolor emocional puede desencadenar dolor físico.

En medicina definen el dolor como una «experiencia sensorial y emocional desagradable que tiene un complejo componente individual y subjetivo». Quizás por eso es tan difícil saber a ciencia cierta cuánto y cómo duele algo a otras personas, pese a que es mal de muchos.

En España alrededor de seis millones de personas adultas sufren de dolor, de hecho, es la segunda causa de enfermedad crónica (el dolor de espalda), con lo que esto conlleva: alteraciones del sueño y del estado de ánimo, bajas laborales o incapacidades. Lo curioso es que en estas estadísticas solo tienen en cuenta el dolor físico. Si sumaran el dolor emocional (sí, ese dolor existe, es el que aparece tras una pérdida), las cifras serían para alucinar.

Según mi punto de vista, sentir dolor, sin duda alguna, provoca cambios, como mínimo nos pone en alerta, nos protege, limita e impide que hagamos aquello que, sin dolor, haríamos; y en el mejor de los casos, transforma a quien lo padece. También están a quienes el dolor directamente y de manera fulminante les destroza la vida –y las relaciones –, porque a menos que ejercitemos la empatía, no sabemos lidiar con el dolor ajeno, (ya cuesta lo suyo lidiar con el propio).

Lo anterior sucede cuando es el cuerpo el que duele pero, ¿qué pasa cuando nos duele el alma? Hay a quienes les duelen los afectos, los días y hasta la vida, aunque no lo parezca y lo disimulen muy bien. Por eso hay que prestar mucha atención al dolor y hacer algo con él; y no adaptarse jamás a lo que duele, lo que viene siendo, poner remedio.

En mi opinión, lo triste (y grave) de esto es que algunas personas terminan en depresión y hasta quitándose la vida en busca de aliviar su dolor (según el INE en 2020 en España hubo 3.941 suicidios). De allí la importancia de hablar de lo que nos aqueja, de explorar esa molesta experiencia (en el cuerpo o en el alma), que puede hacerse insoportable por no aliviar. Los profesionales de la salud mental insisten en que el solo hecho de hablar de ello tiene efecto analgésico.

Y me permito añadir que si hablamos de nuestros dolores con nuestros afectos, sintiéndonos libres y seguros de echar alguna lágrima o despotricar alguna barbaridad que, por descabellada, termine desencadenando la risa de los presentes; y después del drama terminar con un abrazo, es más probable que el dolor disminuya de manera significativa. O al menos nuestro cerebro se olvidará de él por unos instantes. ¡Benditas endorfinas!, ¡Alabada sea la oxitocina! Por desgracia a muchas personas esto no les funciona.

Durante estos meses he estado en contacto con el dolor más que nunca, esta vez en primera persona y no como testigo. Y he de deciros que he aprendido y mucho. Puede que haya influido mi necesidad de convertir en útiles las cosas adversas que suceden en la vida; de alquimizar, «gestar la experiencia» y aprehender lo más que pueda de ellas. Aunque muchas veces no lo logre y termine dándome de cabezazos contra una pared por querer comprender algo que no tiene sentido, preferí decantarme por mirar con lupa mis dolores y exprimirlos.

Al inicio pensaba que era solo dolor físico, pero no. Gracias a esta versión doliente de mi cuerpo (que desconocía) he tenido la oportunidad de detenerme y observar con atención todos los dolores que mi alma no había podido transitar. Dolores viejos, negados e ignorados durante años que se habían instalado en un rinconcito apartado de mi atención. Y supe que, cuando el cuerpo duele – y obliga a sentarse y sentirse –, se abren las compuertas que retienen otros dolores. Y esos dolores viejos saltaron insolentes hacia mi cara. ¡Menudo percal! Tremenda sacudida.

Por fortuna (ahora soy capaz de verlo así) este parón me ha dado el tiempo suficiente para aprender a dialogar con mi cuerpo y atender cada uno de los mensajes de alerta que envía a modo de dolores (corporales o emocionales). Es un ejercicio que he incorporado a mi rutina diaria y que os recomiendo. Detenerse y preguntar a nuestro cuerpo qué quiere decirnos, qué necesita. Sí, puede parecer una locura, pero intentadlo, os garantizo que flipareis, que el cuerpo es sabio y se entera de todo antes que la mente, además sabe muy bien que no siempre lo que queremos es lo que necesitamos.

Eso sí, os invito a prestar mucha atención a eso de hablar de nuestros dolores no sea que nos pasemos. En ocasiones de tanto hablar y mirar lo que nos duele, nuestro cerebro puede interpretar como doloroso algo que no lo es, o seguir sintiendo dolor aunque se elimine (o cure) su causa. También podemos llegar a excusarnos y escondernos tras el dolor para no hacer lo que hay que hacer. Y si nuestra mente interpreta que obtiene algún beneficio del dolor y lo rentabiliza –que la mente y el inconsciente son muy retorcidos por paradójico y alocado que parezca –, podemos creer que es mejor vivir en una ranchera (cantando «ay, ay, ay, ay») que hacerse cargo y resolver.

En mi experiencia, la utilidad de este ejercicio es muy potente, porque permite ver al dolor como un mensajero, y conectar con lo que no está bien, lo que altera, desestabiliza y provoca incomodidad a fin de remediarlo. Reconozco que hay dolores que simple y llanamente vienen a fastidiarnos la existencia y son del todo inmerecidos (e innecesarios), como el caso del Síndrome de Sensibilidad Central, lo que considero un desatinado capricho del cuerpo humano al que la ciencia debe horas en investigación.

En mi opinión hay que mirar a los ojos al dolor y, en la medida de lo posible, sacarle provecho para mejorarnos. Eso no quiere decir que haya que vivir con dolor o convertirnos en mártires, que para eso ha evolucionado la industria farmacéutica y las técnicas de salud e higiene mental y emocional (que para calmar el dolor no todo son pastillas) y no se justifica bajo ningún concepto que un ser humano sufra por dolor, a menos que, en pleno uso de sus facultades, sea su elección.

Pienso, y esto es una opinión personal, que a veces el dolor puede servir para desprenderse de lo que nos daña (física, emocional y mentalmente). Hacerlo a veces también duele, claro que duele. Sin embargo, una vez hechos los cambios y conforme pasan los días, es más que probable que el dolor vaya mejorando.

Eso sí, si algún dolor nuevo e inexplicable os aqueja, no dejéis de visitar a un profesional de la medicina porque, primero lo primero, habría que descartar si algo anda mal en el cuerpo.

Espero que narraros mi experiencia con mi dolor os sea de utilidad, para mí escribir de ello ha sido sanador.

Mis respetos a quienes día a día lidian con algún tipo de dolor.

renunciar martha lovera

Va de aprender a renunciar

renunciar martha lovera

Para la mayoría de las y los mortales no es nada fácil (ni sencillo) renunciar. Se nos enseña desde muy peques a esforzarnos, a luchar, a darlo todo y continuar hasta conseguir el objetivo, «pase lo que pase, cueste lo que cuesta y caiga quien caiga», pero ¿a renunciar? A renunciar no solo no nos enseñan si no que se nos niega el derecho de siquiera verlo como posibilidad. Sin embargo, según lo veo, no pocas veces hay que barajar la renuncia como opción plausible.

Renunciar, según la RAE, significa: «hacer dejación voluntaria, dimisión o apartamiento de algo que se tiene, o se puede tener;  desistir de algún empeño o proyecto, o privarse o prescindir de algo o de alguien». ¡Ay, qué bonita la teoría!

En mi opinión, renunciar no debería verse como una acto de soberbia o rebeldía. Renunciar a que nos exploten, a permanecer donde sentimos que no nos quieren, respetan o valoran no debería ser condenado como cobardía, que de eso nada. Renunciar, como mínimo, debería mirarse como una declaración de intenciones, un acto de reconocimiento y validación de las propias necesidades y, a fin de cuentas, como un acto de amor (propio).

Sin embargo, socialmente, y con demasiada frecuencia, renunciar es visto como un fracaso y hasta es señalado despectivamente por quienes aúpan la ley del esfuerzo desmedido. Pero no, no todo aquello por lo que un ser humano se esfuerza termina dando sus frutos (y no todos los frutos son beneficiosos. A veces se atragantan e indigestan). No hay más que mirar a Sísifo, condenado a empujar cuesta arriba una piedra que, antes de alcanzar la cima, rodaba hacia abajo. Y él allí, dale que te pego a subir la piedra, y la piedra que no, que mejor hacia abajo. ¿Os suena esa tozudez sin sentido?

¿Cuántas veces, negándonos a renunciar, emulamos al Sísifo condenado e insistimos en persistir en el esfuerzo por conseguir algo (o alguien) que, sencillamente no está destinado a ser? Al menos no en ese momento o en esas circunstancias. ¿Cómo, por no renunciar, nos afanamos a seguir siendo esa versión conocida de nosotras y nosotros mismos porque «yo soy así», o porque es la versión que dimos a conocer a los demás y parecen estar a gusto con ella? (Aunque el traje nos apriete hasta la asfixia).

Como sabéis, mi segunda novela se titula Aquello que fuimos, y desde que la empecé a escribir he estado en contacto con el doloroso pero necesario arte de renunciar (y sigo aprehendiendo). Renunciar a aquello que fuimos, como mínimo, provoca una sensación de escozor entre la piel y los huesos que cala tan hondo que se cree que todo, incluso la propia existencia, se perderá para siempre. Y de algún modo es así, porque una parte de la propia alma muere con esa renuncia, y el vértigo que eso provoca es indescriptible. Seguro sabéis de lo que hablo.

Por eso no es fácil renunciar, dejar atrás versiones propias, lugares, personas, proyectos, empleos, relaciones, ideas y sueños; aún así, cuando postergar esa renuncia supone que los valores y las necesidades propias se desdibujen, que la ilusión y la alegría se difuminen, y que el cuerpo y la mente se alteren hasta perder la salud, parece que renunciar es la única opción.

Pero no, la mayoría seguimos aferrándonos a aquello que, cual carcoma, nos corroe desde dentro y ¿por qué? Al parecer, quienes investigan, le han puesto nombre a esto, Efecto Concorde, y describe a la perfección lo que sucede cuando, en lugar de pensar en el futuro para hacer un análisis objetivo de la situación y tomar una decisión que nos sea favorable, nos agarramos a lo invertido en el pasado, lo que termina nublando la perspectiva hasta, literalmente, arruinarnos (y ojalá fuera solo económicamente).

Este final de año deseo para todas y todos que aprendamos el arte de renunciar (yo sigo practicando día a día), hasta que logremos renunciar a las propias convicciones y esquemas, y con cada renuncia nuestros corazones rebosen de algarabía por renacer para SER, sin más.

¿Estáis en disposición de renunciar por un próspero 2022?

amordazadas martha lovera

Va de no dejarse amordazar

amordazar martha lovera

Todo ser humano desea experimentar el amor. Ese sublime sentimiento que desata pasiones (y que para algunos significa amordazar), y que a veces causa dolores de cabeza. Desde que nacemos necesitamos sentirnos amados y amar; y conforme crecemos aprendemos que suspirar, perder la noción del tiempo y el espacio, y sentir el revoloteo de las famosas mariposas en el estómago es una delicia; es cuando empezamos a desear amar.

De algún modo anhelamos ese estímulo que erice nuestra piel tras un beso o una caricia, y por supuesto queremos amar con todas sus letras. Sin embargo, ¿sabemos lo que es el amor? Amar, según la RAE significa: «TENER amor a algo o alguien». Quizás de ese concepto deriven todos nuestros problemas  –al menos los relacionados con el amor –, porque creemos que amar es tener, poseer.

En mi opinión, la mayoría confundimos lo que vemos en telenovelas, comedias románticas, o lo primero que sentimos cuando conocemos a ESA persona, con el amor. Nada más lejos de la realidad. Según quienes estudian el tema, ese flechazo que provoca noches insomnes y ansias de estar a cada minuto con el ser amado, no es más que la escenificación de una reacción química que sucede en nuestros órganos a causa del enamoramiento y, por fortuna, dura lo que dura (entre pocos meses a tres años). Apuntan que nuestro organismo no soportaría ese subidón químico durante demasiado tiempo. Pero, ¡qué rico se siente!, ¿a que sí?

La química del enamoramiento (que no del amor) es tan intensa y poderosa que nos hace sumergirnos en el caos, la contradicción y en ocasiones hasta en una indiscreta e imprudente sensación de locura. Somos capaces de sentir dos emociones opuestas a la vez, de hacer cosas inimaginables y nos hace conectar con la otra persona de forma inexplicable. ¿Será un amor de vidas pasadas?, nos preguntamos.

Y sí, es posible que esa sea una de las causas de esa conexión sublime (porque al final el cuerpo y el alma SABEN), sin embargo, es bueno tener presente que esa sensación tan agradable y alocada también es causada por una cascada de neurotransmisores y hormonas, que provocan que nuestro cerebro entre en un estado de enajenación alucinante.

Cuando esa química se desata, el enamoramiento parece gobernar nuestra existencia (hay quienes lo denominan la Energía de la Nueva Relación) y nos guste o no, tiene fecha de caducidad. De allí la importancia de reconocer cuánto dista del amor. Según profesionales en neurobiología, esas sustancias impactan en nuestro cerebro del mismo modo que cualquier droga potente, por eso son tan dolorosas las rupturas, porque, literalmente, se experimentan como síndrome de abstinencia. Y no nos enseñan nada de esto, es algo que vamos aprendiendo a trompicones, por ensayo y error, y que cuesta muchas lágrimas y a veces hasta nos hace perder la salud o incluso la vida, en el peor de los casos. ¿Quizás por eso dicen que el amor es ciego y la locura lo acompaña?

Esto ocurre porque en nombre del «amor» en ocasiones, mientras vagamos en esa ceguera no nos damos cuenta en dónde nos metemos ni con quien, y caemos en los brazos de personas que entienden el amor como AMORdazar; seres que atrapan y despliegan una invisible red constrictora sobre quienes dicen amar. Persona que capturan, encierran, encorsetan y limitan lo que un ser humano es para transformarlo en lo que ellas o ellos desean que sea, abanderando un «porque te quiero» (mientras hagas lo que yo quiero, sería la letra pequeña).

Y con esa forma de pensar, sentir y actuar sueltan perlas como: «¿Me vas a dejar aquí para irte con tus amigas?», «si de verdad me quisieras no harías eso», «con lo que he hecho por ti y así me lo pagas», «eres mi vida», «nadie te ama como yo»; y así un sinfín de frases, gestos, acciones y omisiones, –hay quien en su estrategia ignora a quien ama –, que limitan la manera en que una persona vive, piensa, expresa y siente la vida y el amor, condicionando cada uno de sus pasos.

Entones, ¿y el amor?¿Dónde queda en todo esto? La neurociencia habla de que, una vez superada la etapa química (el enamoramiento) y desintoxicado el cerebro de esas sustancias, entran en escena los valores, la cultura, las creencias, el compromiso y la voluntad de cada quien. Hace su debut la razón y se empieza a construir y afianzar el vínculo. Es cuando por fin vemos con claridad a nuestro ser amado (defectos incluidos), y lo que somos con y para él o ella; si hay o no compatibilidad, si nos ahoga o nos libera, si tenemos chispa o estamos apagadas, si estamos saludables o no (porque todo este tiempo el cuerpo lo supo). Es cuando se cae de manera estrepitosa en la realidad de lo que es.

Ojalá nos enseñaran esto en la escuela, sabríamos que esas mariposas y esas noches insomnes son producto de la norepinefrina; sabríamos que ese período de entre poco meses a tres años no define el amor que sentimos por una persona, y sobre todo nos evitaríamos muchos errores, lágrimas (dolores y enfermedades) en nombre del «amor», en nombre de sostener lo insostenible.

Pero este solo es el punto de vista de una persona romántica que, como muchas otras, también ha caído en la trampa del mal amor, pero que ha aprendido a prestar atención para no dejarse AMORdazar por eso que algunas personas creen que es amor. Lo confieso, a veces no lo he logrado.

Y ustedes, ¿Cuándo fue la última vez que un «amor» les amordazó?

PD: aplíquese a todo tipo de amor.

PPD: según las estadísticas las mujeres somos más frecuentemente «AMORdazadas». Si eres una de ellas, busca ayuda, NO ESTÁS SOLA.

fragil martha lovera

Va de sentirse frágil.

fragil martha lovera

No me enseñaron lo que significa ser o sentirse frágil. Creo que a ninguna persona la preparan para vivirse en esa versión, al contrario, nos enseñan a ser fuertes, a luchar, a superarlo todo y así, a veces sin querer, cuelgan sobre nuestro cuello la medalla de luchador o luchadora, «¡Campeona! ¡Campeón! ¡Va!, ¿tú puedes!», sin saber el daño que esa etiqueta y esa ovación pueden ocasionar.

En estos dos meses de baja he reflexionado en profundidad al respecto pues, de golpe y porrazo, la vida me hizo recordar algo que como médica sé muy bien (la teoría siempre es más sencilla), pero que tendemos a olvidar con el trajín del día a día; me encontré frente a frente con la fragilidad del cuerpo humano.

Frágil, según la RAE, significa: «Quebradizo, y que con facilidad se hace pedazos», «débil, que puede deteriorarse con facilidad» o «dicho de una persona: de escasa fuerza física o moral». Al conectar con la fragilidad de mi cuerpo –y con ello con la de mis circunstancias y mi propia vida –, experimenté cómo me hacía sentir y ahondé en ello.

Aunque esta lesión en el pie sea una tontería –comparada con otras cosas de mayor gravedad y peor progresión y pronóstico –, ha sido la tontería que me obligó a detenerme, a dejar de hacer muchas cosas y a conectar con lo frágil que es todo, y trajo consigo una nueva perspectiva y algunos descubrimientos.  Os cuento.

Estos sesenta días he descubierto las infinitas barreras con las que las personas con diversidad funcional se topan a diario. Cosas sencillas que ni asoman por la cabeza de quienes se desplazan sobre sus piernas, por ejemplo: alcanzar un producto en la parte alta de una estantería en un supermercado, el ancho de las puertas, el tamaño de los ascensores, el temblor que provoca en el cuerpo los adoquines de las aceras y que amenazan con hacer saltar los riñones de sus fosas o el impacto que pueden tener tan solo cinco centímetro de un bordillo.

Me encontré de frente con lo complejo que puede ser adaptarse forzosamente a algo que no agrada, algo que de súbito secuestra tu independencia y autonomía, un algo que merma las actividades de tu día a día, desconfigura tu cotidianidad y además, te obliga a permanecer horas y horas en casa. Porque desde que aparece ese evento que te vuelve frágil todo ronda alrededor de lo que es posible o no alcanzar en este estado, y de lo que las citas varias permiten o no hacer. Por cierto, ¿tan difícil es agrupar las visitas médicas y pruebas a los pacientes para disminuir los desplazamientos? (Esto ya lo pensaba mi versión médica).

Ese listado es lo que ahora mismo tengo fresco en mi mente. ¿Lo más difícil? Descubrir, a través de las miradas que recibimos de otros, cómo llegamos a mirar a quienes, por alguna razón, son diferentes. ¿Lo habéis pensado alguna vez? Os explico.

Están los que directamente no miran, luego están quienes miran con lástima y apartan la mirada y por último, los que miran y además VEN y se ponen al servicio con un: «¿necesitas ayuda?». Esas personas me enamoran. Espero pertenecer a ese club. ¿Os habéis preguntado cómo miráis? Es interesante.

Sé que una lesión en un pie no es nada en comparación a lo que transitan cantidad de personas que de pronto se encuentra atrapadas en una espiral infinita que, cual montaña rusa, los sube y baja a velocidad de vértigo tras escuchar un diagnóstico que las transforma ipso facto en frágiles y cambia su vida y la de sus familiares para siempre.

Sentirse frágil es cuanto menos incómodo. ¿Quién lleva bien sentirse frágil? Sin embargo, estos días he notado que puede haber cierta belleza en la fragilidad. Según mi punto de vista, la fragilidad nos torna personas cuidadosas. Cuando sabemos que algo se puede romper, de forma natural, la tendencia es a cuidarlo más y mejor. De pronto prestamos atención a esos detalles que antes ni nos pasaban por la cabeza, (vale para la vajilla, el coche, el propio cuerpo, las relaciones o lo que prefiráis).

Por cierto, hace dos días fue el día mundial contra el cáncer de mama, y muchas de las personas que lo han sufrido –esa o cualquier otra enfermedad desgastante –,  en algún momento se han tenido que vivir, sin apenas fuerzas, con esa pesadísima medalla de «luchadora» oscilando en su cuello y se pueden llegar a sentir culpa por pensar siquiera de lejos en «dejar de luchar».  aunque sea un día, aunque sea para reposar un poco. Duro, muy duro. Así que me he propuesto ser más cuidadosa al respecto.

¿Y ustedes? ¿Se han cruzado con vuestra versión frágil?

reparar 2 martha lovera

Va de reparar y (Re) pararse

reparar 2 martha lovera

A veces vivimos tan deprisa que no somos conscientes de la necesidad de parar y reparar(se). Vamos como pollos sin cabezas, corremos a toda prisa sin saber muy bien a dónde ni para qué. Y es cuando de golpe y porrazo un evento fortuito nos detiene. Lo hace de forma abrupta porque quizás, y digo quizás, sea la única forma de que paremos.

Según la RAE, reparar tiene, nada más y nada menos que, once acepciones. De todas ellas, las que atañen a este caso en particular –el mío–, y en orden secuencial son, en primer momento: “pararse, detenerse o hacer alto en una parte”; seguido de: atender, considerar o reflexionar”; para continuar con: “restablecer las fuerzas, dar aliento o vigor para así, finalmente llegar a: “arreglar algo que está roto o estropeado”.

¿A que es una maravilla? Este único verbo ha sido capaz de describir todo un proceso, el que durante este tiempo en el banquillo –como jugadora emergente, no como acusada –, he llegado a comprender (al menos eso creo).

Durante este tiempo en el que la vida me forzó a hacer un alto en el camino, atendí y reflexioné sobre tantas cosas que podría escribir las entradas del próximo año y dos novelas más con ellas. Este tiempo mirándome (y mimándome) me dio la oportunidad de restablecer fuerzas, recuperar el vigor y ahora, toca la última fase, la de arreglar lo que está roto.

¿Cuántas cosas rotas hay en nuestras vidas, aunque no lo parezcan? Hay cosas que se rompen sin hacer ruido, sin que se vea grieta alguna, sin causar dolor (en apariencia). También hay roturas que nos crujen por dentro, retumban en nuestros días, tambalean nuestras certezas y nos quitan el aliento. Pero no lo vemos, ni lo sentimos, porque… vamos corriendo.

Y de pronto, algo sucede, nos detenemos, y el tiempo (la gente, la vida) sigue adelante pero sin nuestra presencia. Hemos quedado inmóviles, quizás es el dolor el que nos impide seguir a lo loco, a veces es cuestión de mecánica (no podemos movernos). Y es cuando reparamos (consideramos) en que hacía tiempo que algo no iba bien, hacía tiempo que el cuerpo nos avisaba –porque el cuerpo siempre sabe y avisa –, hacía tiempo que algo no encajaba y no fluíamos. Nos tropezábamos, llegábamos tarde, olvidábamos cosas, ¿no dormíamos bien? Pero nosotros, a la nuestra. «¿Hay quienes están peor!, ¡pero si no puedo quejarme!», nos repetimos.

Día a día, las horas pasaban frente a nuestros ojos y nosotros, a la carrera, al trabajo, a las obligaciones, a los deberes y las obligaciones. ¿Y cuándo nos priorizamos? ¿Cuándo? ¿Cuándo ya no queda de otra? Esa suele ser la opción por la que solemos decantarnos la mayoría. Nos miramos cuando ya no hay otra cosa en la que reparar, cuando ya no hay nada con qué distraernos.

Nuestro cuerpo sí que sabe cómo hacerlo (parar y repararse). Aún con nuestra escasa o nula colaboración, el cuerpo tiene sus ciclos para repararse. Disminuye la marcha cuando hace falta, acelera el ritmo cuando es necesario. Pero nosotros, a la nuestra. Si un día notamos más cansancio (eso es de improductivos), en lugar de hacer lo que el cuerpo nos pide –descansar –, nos largamos al gimnasio, de ruta por la montaña «porque solo puedo los domingos», y nos machacamos.

Si un día nos pide silencio, colocamos música a todo volumen o hablamos sin parar con tal de no escucharnos. Porque eso de enterarse de lo que realmente se siente y desea, asusta porque no siempre gusta. Si un día nuestro cuerpo nos pide soledad y quietud –¿Quietud? ¿Silencio? ¿Pero qué es eso? ¿Para qué sirve?–, nos escondemos en un «no tengo tiempo», mantenemos el plan trazado y quedamos con nuestros amigos, con la familia, con los colegas del curro, del gimnasio (con todos a la vez, cuantos más mejor), todo con tal de no estar a solas con nuestro propio ser, con tal de no escuchar nuestras necesidades y atenderlas.

Y así siempre, erre que erre. Corremos, lo hacemos a diario sin darnos cuenta y en todos los ámbitos; en el trabajo, las relaciones y hasta con los pasatiempos. Y, no conforme con eso, lo transmitimos a los peques, ¡Ale!, al inglés, al karate, al futbol con la excusa de que aprenda. Y sí, aprenderá muchas cosas, también a estar ocupado y a no atenderse. Y como no paramos y no nos permitimos repararnos, el cuerpo (o la vida en su infinita sabiduría), un día se apiada de nosotros y nos pone una zancadilla, y ¡zas! Nos hace parar, con una caída (como a mí), enfermando o con alguna pérdida (despido, ruptura, desempleo o todas a la vez).

Es cuando finalmente, obligados, buscamos un refugio donde repararnos, y por fin nos damos cuenta de cuánto necesitábamos reparar, de cómo necesitábamos esa parada, de cuánto daño nos estábamos haciendo.

Y vosotros, ¿desde cuándo no paráis?¿Cuál es vuestro refugio donde repararos?

ceguera martha lovera

Va de sufrir ceguera sin ser ciego.

ceguera martha lovera

Ceguera, según la RAE, aparte de: “total privación de la vista” o “especie de oftalmia que suele dejar ciego al enfermo”, también significa: “alucinación, afecto que ofusca la razón”. Y a eso me refiere cuando afirmo que no es lo mismo ser ciega que estarlo, porque podemos estar ciegos sin necesidad de serlo por ejemplo, cuando nuestros órganos visuales funcionan perfectamente pero no logramos ver. ¿me seguís?

Echando mano de esta acepción pienso que muchas personas estamos o hemos estado alguna vez sufriendo de ceguera. Lo estamos cuando algo nos nubla hasta el punto de vendarnos los ojos, y vaya si hay situaciones, circunstancias, momentos y personas que pueden cegarnos. Desde esta perspectiva, considero que podemos quedarnos a ciegas de dos maneras, o porque nos encandilan o por quedarnos a oscuras.

Según lo veo, el primer mecanismo podría darse cuando algo hermoso, sublime o maravilloso se posa frente a nuestros ojos y, al recibir su destello, sucede lo mismo que al mirar al sol, que imposibilita ver lo que es. ¿No sucede así cuando nos enamoramos? ¿Os suena de algo? Estoy segura que sí.

Qué bonita sensación esa y qué duro cuando, nada más se ajustan las pupilas, logramos ver que, lo que parecía tan brillante, en realidad solo era un espejismo. ¿El motivo? La caída de las hormonas del enamoramiento que nos estampa contra la realidad. Lo bueno es que, nada más recuperamos la visión, casi siempre se ha establecido un vínculo y la voluntad y el compromiso abren paso al amor, aunque esto no siempre sea lo adecuado, pero eso da para otra entrada.

La segunda causa de ceguera, según mi opinión, es la oscuridad absoluta, esa en que muchas personas hemos estado en algún momento de nuestras vidas. Cuando algo doloroso nos golpea y nos empuja al lado oscuro, empañando las gafas con las que vemos la vida.

Una decepción, una ruptura, la pérdida de un ser querido, hace que perdamos la capacidad de disfrutar del brillo que hay en la alegría de lo cotidiano. De pronto todo está en una escala de grises vacía y triste. A veces sucede por el efecto de sustancias que nuestro organismo secreta, como cuando se eleva el cortisol (la hormona del estrés) y nos paraliza, y nos sumerge en tal ceguera que hasta dejamos de ver quiénes somos. ¿Pero solo el dolor puede cegar? Creo que no, creo que la mayor ceguera es la ignorancia.

Estos días, a propósito de lo que sucede en el mundo, he visto con dolor cuánta ceguera produce la ignorancia, la falta de empatía y las ansias de poder y control. Lo que unos cuantos están haciendo a diario con millones de personas lo confirma, por ejemplo, lo que están haciendo a la población afgana.

Siempre que la ignorancia se hace con una posición de poder, ciega y deja ciegos, y lo peor, quita luz a millones de inocentes.

Qué dolor y qué pena que haya tanta ceguera que, unida a que muchas personas miramos en otra dirección, provoque que a demasiados inocentes les apaguen la luz de la vida . Y no solo se los deja a ciegas, también sordos, mudos e inmóviles ante la impunidad con la que campan la injusticia, el despotismo, el dogmatismo y el autoritarismo. ¿Cuánto sufrimiento necesitamos como humanidad para dejar de mirar desde lejos, fijar la vista en lo verdaderamente importante y pasar a la acción?

Hoy el foco de esos seres oscuros está allá, en Afganistán, Cuba o Venezuela (para hacer corta la lista), y nosotros (desde una posición privilegiada) miramos desde la talanquera, y olvidamos que ese foco puede cambiar en cualquier momento.

Me permito recordarnos que un día, no hace mucho, el foco estuvo aquí. No hace mucho, por estas fechas y por estos lares, le apagaron la mirada a millones de inocentes, entre ellos a un poeta, el que quería todo verde, el que le pedía a la luna que huyera. A Lorca lo cegaron porque veía el mundo, el amor y las relaciones de forma diferente a la de sus opresores. Por fortuna sus letras transcendieron a la ceguera de sus captores y asesinos ( y la de quienes miraron hacia otro lado) y, pese a ellos, muchos años después, Lorca aún sigue vivo.

Pero no todos han podido vivir después de que les mataran y se nos olvida. Lo olvidamos porque ahora estamos bien, porque quienes tienen afición de sacar los ojos a inocentes están ahora en otra geografía, pero en cualquier momento podemos ser nosotros la diana de su ignorancia y su odio.

¿Cuándo vamos a dejar de estar en esa ceguera infame?

¿Cuánto sufrimiento más estamos dispuestos a permitir, porque no es nuestro?