Salto Ángel, Venezuela Martha Lovera

Va de mi reconciliación con mi venezolanidad.

Según el diccionario de la RAE, conciliar, significa: “poner de acuerdo a dos o más personas o cosas, hacer compatibles dos o más cosas o granjear un ánimo o un sentimiento determinados”, y hoy, tras unos días de mi regreso de la tierra que me vio nacer —días en los que sigo sintiendo cómo lo vivido me sigue atravesando—, puedo asegurar con total certeza de que este viaje sirvió para iniciar una etapa para reconciliarme con mi venezolanidad.

Hacía demasiado que estaba peleada con ella y, según lo sentía y vivía, me sobraban motivos para estarlo; motivos que, trascendidos, dejan de tener peso y no merecen ser mencionados en esta entrada. He de reconocer que tuvo mucho que ver la anterior visita a mis tierras, por allí en 2014, que me dejó muy mal sabor de boca y que me impidió incluso extrañar mi tierra, mis raíces y mi cultura, tanto que, hasta que no volví a vivirla con todos mis sentidos, no fui capaz de reconocer cuánto la echaba de menos.

Esta vez, por primera vez en mi existencia como emigrante, regresaría vestida con mi versión de turista, esa que muy joven me arrebató la inseguridad que se apoderó del país. Así que, con la ilusión apaciguada para no irme de bruces, pasé años reflexionando sobre el momento oportuno y adecuado para hacer realidad uno de los sueños de mi vida, subir el Tepuy Roraima, un sueño que se me sembró en el alma cuando tenía 15 años y vi por primera vez la cadena de Tepuyes desde la carretera de la Gran Sabana.

Lo primero, como en todo proyecto de envergadura, fue verbalizar el sueño; aterrizarlo, airearlo, hablarlo, visualizarlo, escribirlo y, lo más importante, compartirlo con otras personas que, igual de entusiastas que una, me impulsaran a hacerlo realidad. Y así lo hice. Se formó entonces un maravilloso clan que, un poco en broma, un poco como deseo y otro poco como reto grupal, dio vida al RDP, el “Roraima Diosas Project”. Tras eso, poco a poco, con la ilusión de quien proyecta el viaje de su vida fui leyendo, investigando, y planificando del proyecto. Un día, durante una comida como quien no quiere la cosa, dijimos: “¡Nos vamos!”.

La inseguridad e incertidumbre no se hicieron de esperar, hacía nueve años que no pisaba suelo venezolano y me había desvinculado totalmente del día a día de mis compatriotas y sus peripecias, básicamente porque, la última vez que fui, por diversas causas, había decretado indignada: ¡No vuelvo para esta M….a! No contaba entonces con que el Roraima, “la madre de todas las aguas” me atraería con su hipnótico poder. Tuve que ponerme al día con los cambios que atravesó el país.

Como en Venezuela lo sencillo puede ser complicado, decidí que debía contar con el soporte de los mejores, total, iba a hacer realidad uno de los sueños de mi vida, la ocasión lo merecía, así que ni corta ni perezosa contacté con la única persona que podía orientarme al respecto, la gran Valentina Quintero, una periodista, activista de protección del medio ambiente con la venezolanidad bien alta y que sigue anclada en mi tierra que además, sin proponérselo ni saberlo, sembró en mi el espíritu aventurero con su programa de televisión que mi versión infantil veía cada domingo. Ella, con la amabilidad, el rigor y la sobriedad que la caracterizan, sin dudarlo ni un segundo me dijo: “Tienes que ir con Odimar López, una mujer montaña y la única mujer guía de la zona”. Así que contacté con ella y su empresa Ecoaventura Tours, y desde el primer instante me sentí acompañada y guiada por ella y Ricardo Flores. Almas grandes y nobles, profesionales que con pasión y entregan dedican sus días a que la experiencia de quienes vamos por esas tierras sea una vivencia extraordinaria, sublime e inolvidable.

Pasó aproximadamente un año de preparativos y gestiones varias. Empezamos por concretar vuelos ya que, según Ricardo, la mejor opción era entrar por Brasil, para lo que echamos mano de una gestora local, Viajes Oceanis, con Verónica como enlace, que se encargó de forma amable e impecable a trazar nuestra ruta desde España hasta Boa Vista en Brasil. Una vez cruzado el Atlántico, debíamos concertar traslados terrestres y vuelos internos para ir a sorprender a mi familia en Valencia, para lo que la ayuda de Ricardo de Ecoaventura Tours y de Luisa y Jesús de Europviajes fue inestimable.

Ordenado todo y, como sucede cuando llega el momento del gran salto, llegó el vértigo, de pronto había pasado un año y nos encontrábamos en el restaurante de Cabañas Friedenau —el hermoso y acogedor alojamiento concertado para el grupo en Santa Elena de Uairén, cuidad al sudeste de Venezuela—, habiendo atravesado una frontera terrestre acompañadas en todo momento por el equipo de Ecoaventura Tours. Nos disponíamos a escuchar de la voz de los propios Ricardo y Odimar las instrucciones para iniciar nuestra travesía al día siguiente. He de confesar que sentí temor, hasta ese momento no había sido del todo consciente de la envergadura de lo que se venía, pero ya no había vuelta atrás y sabía que estaba preparada.

Esa noche con el vértigo recorriendo nuestras venas preparamos mochilas, aligeramos carga, ajustamos equipaje y a las cinco de la mañana estábamos en pie, con los 4×4 a la espera de nuestras mochilas y el delicioso desayuno servido, todo listo para emprender camino.

El primer tramo se hizo hacia el norte durante aproximadamente una hora por la Troncal 10, carretera que une Venezuela y Brasil, vislumbrado el hermoso verdor de la Gran Sabana con sus montes y valles moteados de morichales, hasta un poco antes de llegar a la comunidad indígena de San Francisco de Yuruaní. Desde allí tomamos un desvió que nos llevaría por otra hora y media en carretera de tierra hasta la comunidad de ParayTepuy (Poblado indígena Pemón ubicado a 1400 msnm), donde se encuentra unos de los puntos de accesos al Roraima.

A nuestra llegada, la comunidad estaba expectante a nuestra espera. Se orquestó un fantástico y coordinado despliegue de medios que parecía la perfecta ejecución de una hermosa coreografía para descargar todo lo necesario para nuestra expedición. Finalizado el baile, Ricardo y Odimar nos presentaron al equipo de porteadores que sería nuestro sostén, apoyo y guía durante siete días. Me maravilló la serena presencia, la firme determinación, la extraordinaria fuerza, el coraje, el respeto y la abnegada entrega que esos pequeños cuerpos de no más de metro sesenta emanan con su andar pausado y silencioso. No sabía entonces que viviría una de las experiencias más excitantes y exigentes a nivel físico, mental y emocional, que se convertiría con diferencia en una de las mejores experiencias de mi vida, y que sin duda recomiendo a quienes amen el senderismo y deseen perderse en paisajes de ficción.

La travesía, según lo viví, consta de 3 partes. La primera etapa, de un total de dos días, en la que se alternan tramos de caminata en la sabana con ascensos y descensos no demasiado pronunciados, atravesando ríos, durante la que jugueteamos con un clima inestable que, lo mismo nos ahogaba de calor que al poco nos empapa a causa de un inesperado aguacero. El primer tramo se hace desde ParayTepuy hasta Río Ték donde, nada más llegar, nos regalamos nuestro primer baño de rio y pasamos la primera noche con el Roraima y el Kukenan al fondo. ¡Qué espectáculo! Viéndolo tan cerca y tan grande impactaba aún más. El segundo día, con mayor ascenso, cruzamos varios ríos (Ték y Kukenan), nos detuvimos para comer en un lugar en la sabana llamado “Campamento militar”, donde tuve mi primer contacto con los mosquitos que me acompañarían hasta llegar a la cumbre, y seguimos hasta Campamento Base, con un ascenso de mayor inclinación y exigencia que, nada más superarlo, nos recibió la imponencia de “La Pared” que me dejó sin habla.

La segunda etapa, consta de un total de cuatro días. Inicia el tercer día de caminata con un ascenso por la famosa rampa que en 1884 Im Thurn y Perkins utilizaron para hacer cumbre por primera vez. Es, según mi experiencia, la etapa de mayor exigencia porque el terreno irregular, resbaladizo, repleto de rocas puntiagudas, raíces y la humedad hacen de las suyas y ponen a prueba la determinación y la concentración, y a la vez la vegetación invita a darse un respiro para contemplar su belleza. Confieso que durante ese tramo hubo instantes de miedo, me pregunté qué hacía allí, para qué lo hacía. Supongo que es lo que tiene aventurarse a hacer realidad un sueño, que exige esfuerzo y sacrificio. También os digo que en todo momento me sentí acompañada por la fuerza del equipo, liderado por nuestro guía Andrés, Odimar —que también nos acompañó—, y cada una de las y los porteadores que se cruzaban con nosotros. Ese día apoyé mi frente en “La Pared” y con la piel erizada, el alma apretada y lágrimas en los ojos pedí permiso al Roraima para acceder a ese espacio sagrado. La fuerza de esas tierras me atravesó y un llanto desgarrado reventó mi pecho. Fue conmovedor y fascinante dejarme abrazar por la madre de todas las aguas que nos recibía amorosa.

Superado el impacto del ascenso por el “Paso de las lágrimas”, toqué el cielo al llegar a la cumbre, cuando volvió a invadirme la algarabía hasta el llanto y donde me abracé a Odimar plena de gratitud por cuanto olía, veía y sentía. Durante 3 días estuvimos alojados en el Hotel Principal, un saliente en la roca con vistas privilegiadas al Maverick (punto de mayor altura) que cobijó nuestras tiendas y nos protegió de los inesperados cambios de clima. Una constante durante la travesía fue encontrar el campamento (tiendas, baños y cocina) montado para nuestra llegada. No sé cómo lo hacían, parecía que esos pequeños hombres y mujeres se teletransportaban de forma sigilosa por la montaña a fin de hacer nuestra experiencia lo más agradable posible.

Durante las 3 noches que permanecimos en la cumbre hubo espacio para explorar parte de los 30 km2 que da vida a la formación geológica más antigua del planeta, que inspiró a Sir Arthur Conan Doyle a escribir su famosa novela “El Mundo Perdido”. Paseamos por paisajes lunares, nos sumergimos en las aguas de los famosos jacuzzis, nos dejamos atrapar por el vértigo que provocan las vistas desde “La Ventana”, nos tumbamos a descansar sobre varios metros de cuarzo en “El valle de los cristales”, y pare de contar. Sin duda, la travesía al Roraima es una experiencia que atraviesa no solo los sentidos sino el alma.

La tercera y última etapa se completa en dos días, con un descenso, a mi modo de ver, igual de exigente que el ascenso, que se hace de un tirón desde la cumbre hasta el campamento de Río Ték, con un más que merecido baño en el río como premio de cierre y se culmina con una última pernocta a los pies de los colosos Roraima y Kukenan, que dan su protección mientras se reponen fuerzas para la caminata del día siguiente hasta ParayTepuy, que nosotras, como diosas que nos decretamos en este viaje, decidimos aventurarnos a hacer en moto.

Para esas fechas ya había superado los primeros diez días de mi viaje a Venezuela, el sentido de comunidad, la amabilidad, la disposición constante y afable, la atención amorosa y respetuosa de Odimar, Ricardo y el resto del equipo de Ecoaventura Tours, quienes nos atendieron con mimo en todo momento, empezaba a reconciliarme con mi venezolanidad. Estaba por finalizar el primer tramo del viaje y tocaba la parte mas exigente a nivel emocional, llegar a Valencia para reencontrarme con mi gente que, hasta mi llegada, no me sabían por territorio venezolano.

En esta segunda parte del viaje no faltaron las aventuras. La primera, atravesar en coche la Troncal 10 rumbo al norte del país hasta la ciudad de Puerto Ordaz. Son 605km los que separan Santa Elena de Uairén de Puerto Ordaz, sin embargo, debido al lamentable estado de la carretera, que a partir del Km 88 es zona minera, un trayecto que debería poder hacerse en 8 a 9 horas, se transformó en una travesía de 14 horas sorteando baches y agujeros que parecían el socavón de un meteorito impactado en tierra. Conecté con la pobreza crítica de las personas que, lamentablemente, deben dedicarse a la minería por ser la única opción que tienen para sobrevivir.

Atravesamos un total de 15 alcabalas encontrándonos con todo tipo de funcionarios militares que, en su mayoría para mi sorpresa, tuvo un trato correcto con las turistas que éramos. Algunos también fueron muy amables y algún que otro resabiado (el que menos) tuvo una actitud de soberbia omnipotencia que he de confesar, me exasperó. Hubo que cruzar una barricada que hacía 48 horas se había instalado en Tumeremo, y volver a pagar parte del trayecto por el que ya habíamos pagado, ya que, para nuestra suerte, solo dejaban pasar a mujeres y niños a pie. Por fortuna nuestro chófer, Miguel Martínez, de la Cooperativa Tucanes Viajes de Santa Elena de Uairén —cuidadosamente elegido por Ricardo de Ecoaventura Tours—, nos hizo sentir seguras en todo momento y, consciente de que la barricada era un imprevisto que le impedía finalizar su trabajo y llevarnos hasta nuestro destino final, amablemente contactó con otro chófer de la cooperativa de taxis de Tumeremo, José Alexander Sánchez (“Margarito” para los amigos), que se encontraba al otro lado de la barricada, y que amablemente nos llevó sanas y salvas hasta Puerto Ordaz.

Superadas las 14 horas en carretera y el estrés vivido, esa noche en Puerto Ordaz nos encontramos con la otra realidad del país, haríamos noche en el ostentoso e impecable Hotel Eurobuilding, prohibitivo para la mayoría de Venezolanos y que sin embargo pudimos disfrutar gracias a una oferta y al cambio de moneda que desde Europa nos favorecía. Así es mi amada Venezuela, territorio donde conviven tantas realidades como venezolanos existen, y donde un día el pueblo se aventuró a dolarizar el país, lo que ha permitido irse reconstruyendo poco a poco desde la pandemia, lo que me llenó de asombro a la par de orgullo.

Habiendo descansado y repuesto fuerzas de la experiencia minera, a las 7am despegábamos en el cuarto vuelo de nuestra aventura rumbo al Aeropuerto Internacional de Maiquetía en La Guaira, donde nos esperaba Anderson Crespo, un hombre dicharachero, gentil y trabajador que forma parte del personal de Europviajes en Venezuela, y que fue el encargado no solo de trasladarnos en coche, unos 189Km hacia el sur oeste del país hasta mi Valencia natal, sino que se dedicó amablemente a ponerme al día de todos los cambios experimentados en mi terruño en casi una década de ausencia, entre ellos, el más llamativo, las múltiples devaluaciones del Bolívar con sus respectivos cambios en la denominación de los billetes. Me mostró cómo conviven los “billetes viejos” con los actuales y además con el dólar estadounidense. Honestamente me explotó el cerebro y admiré aún más si cabía la capacidad de adaptación, el espíritu de superación y la creatividad del pueblo venezolano, que le hace sortear cuanto obstáculo aparece en su cotidianidad —y creedme, no son pocos, algo tan sencillo como repostar gasolina puede convertirse, según la zona del país, en una labor titánica—, con tal de superarse.

Me encontré con los vendedores ambulantes míticos de los peajes que ahora están organizados en cooperativas perfectamente identificados con numeración y uniformes, y que siguen vendiendo las famosas Panelas de San Joaquín, ahora por 10$ el paquete, lo que me pareció excesivo y terminé por no acceder a la oferta a la baja que hizo mientras corría al lado del coche durante nuestro paso por el peaje. Otra cosa que me sorprendió fue el regreso del cobro en los peajes, ahora transformados en enormes estructuras super modernas con telepago incluido y una tarifas descabelladas, unos 15Bs el turismo (unos 0.42$). Es una de las pocas cosas para lo que aún se puede utilizar la moneda local.

Una vez en valencia, llegamos a la Posada La Pastora, una hermosa casona colonial de 200 años gestionada por la maravillosa Odéisis, Mamá O, una entrañable mujer que nos hizo sentir como en casa y que fue cómplice de uno de mis hermanos para sorprenderme. A partir de ese momento empezaría el aluvión de encuentros y la sacudida interior que suponía para mí volver a encontrarme con mi gente y sobre todo, encontrarme con la triste realidad de que, esta vez, no abrazaría a algunos de mis seres queridos. Sin embargo, era muy consciente de que este viaje iba de cierres y despedidas, y así me permití hacerlo. Me encontré con una Valencia distinta a la de hace 9 años, una Valencia que me hizo sentir segura mientras deambule por sus calles llenas de recuerdos. Una Valencia que intentaba parecerse a la que viví durante mi infancia, llena de luz y actividad, repleta de personas amables y un ambiente calmo parecido al que viví durante mi adolescencia.

Una Valencia que se reconstruye gracias al ímpetu de su juventud que, según me contaron, tras la pandemia, comenzó a emprender de tal forma, que hasta las famosas cadenas de comida rápida McDonald’s y Burger King se están quedando sin clientela debido a la extraordinaria oferta y variedad de comida callejera que ahora se ha organizado en hermosos y cuidados locales, con una fusión gastronómica a precios de saldo, ¡alucinante!

Me satisfizo ver que quizás una parte de las y los venezolanos ha despertado y empieza a ser consciente del poder que tiene para cambiar su realidad. También es cierto que aún queda mucho por hacer y que los mayores lo tienen muy difícil, pero ver ese pequeño cambio me hizo sentir esperanzas.

Como los días disponibles eran los que eran y todo emigrante venezolano que se respete, al volver a Venezuela, no puede dejar de pasarse un día de la playa, nada más amaneció, como es costumbre venezolana, nos pusimos en marcha rumbo a Chichiriviche, a 130km y dos horas de camino. Nos llevó un amable y nostálgico Canario, emigrante en Venezuela hace demasiado, cuya mirada se ilusionó al escuchar el acento Español. Rafael, de Amana Tour, nos condujo con destreza y alegría entre cocoteros. Hicimos la parada reglamentaria en “El Palito” y paladeamos las explosivas empanadas y arepitas dulces de sus famosos e históricos puestos ambulantes. El día había comenzado con una lluvia poco habitual para esas fechas y sobre las 10: 00 llegábamos a nuestro destino, donde nos esperaba César de Hokuturismo con su lancha “Pura Vida” a punto en el embarcadero. Qué maravilla y delicia volver a sentir mi amado Mar Caribe salpicando mi cara, con la voz de César y ese sentido del humor entrañable que lo caracteriza, superando el ruido del motor fuera de borda con cada explicación. Visitamos los manglares, la cueva de la Virgen, y la impactante cueva del Indio que, para mi, fue de lo mejor del trayecto, para cerrar comiéndonos un delicioso pargo frito con patacones y ensalada rayada a orillas del mar en Cayo Muerto.

De regreso a Valencia tocó cierre con la familia, como fue y como será, en el patio de casa, llenos de risas, anécdotas, alegría y gratitud y obviamente con una caja de polarcitas frescas que, para mi sorpresa, ahora llegan a domicilio con delivery con hielo incluido por la módica suma de 25$ la caja de 36 quintos (si no tienes vacío). Mientras yo cerraba con mi gente, las otras tres cuartas partes del grupo, para mi ignorancia y sorpresa, disfrutaban de la esencia venezolana asistiendo, de forma sorprendente, a una noche de Mises. Sobre las 19:30 se adentraban en el Teatro Municipal de Valencia como invitadas de honor a la elección de Miss Ecology Venezuela 2023. Podéis imaginaros mi cara al día siguiente cuando me contaron su aventura. Si es que Venezuela es tierra donde el realismo mágico se vive en el día a día, en esa tierra todo es posible.

Antes de dejar Valencia tuve la oportunidad de volver a los sabores de mi infancia con un más que añorado desayuno en la mítica Pastelería Carabobo, donde sus empleadas atendieron risueñas a cada uno de mis antojos. Volví a comer los deliciosos cachitos, los pastelitos, su café marroncito de suave sabor dulce y con bastante espuma (como los hacen en mi tierra), y los profiteroles con cubierta de caramelo, que ya no hacían pero sacaron una hornada especialmente para calmar mi antojo. Qué maravilla volver a mi infancia a través de sus sabores. Tras eso, fue momento de un paseo por el centro, que hacía 18 años que no pisaba y que viví con alegría pues ya era primero de noviembre y, clásico en mi tierra, ese día se inaugura la navidad. El espíritu navideño que empezaba a asomar en la decoración de las calles, y los festivales con niños cantando gaitas en la Plaza Sucre me erizaron la piel.

Después de 48 horas inolvidables e intensas, entre lágrimas dejé mi Valencia natal para embarcarme en la tercera y última etapa de mi viaje de reconciliación, el día jueves 2 de noviembre volábamos desde Maiquetía hasta Canaima. Esta vez visitaríamos la parte este del Parque Nacional donde nos esperaba un cierre por todo lo alto, el maravilloso hospedaje de WaküLodge, un espectacular espacio embutido en plena selva desde cuyo jardín se observa perenne la hermosa Laguna de Canaima con cada uno de sus saltos. Una empresa familiar que ha hecho de esas tierras su hogar y de la atención con excelencia y dedicación al turista su pasión y vocación. Un fabuloso equipo humano, con su atómica dueña Mary a la cabeza, que con presencia infinita está al tanto de que cada una de las personas que habitemos el alojamiento nos sintamos a gusto, cuidadas, y confortables. Un lujo de lugar con exquisita atención. Además de las maravillosas habitaciones, los hermosos espacios comunes, el trato cortés y amable de su equipo y la deliciosa gastronomía que se degusta. La experiencia en WaküLodge es insuperable por la coordinación y la gestión de cada una de sus actividades. Paseos en curiara por la laguna con entrada al interior de las cascadas del salto Sapo y Hacha, la amorosa explicación de sus guías, y el top de su oferta, la pernocta a los pies del Salto Ángel, sin duda alguna hizo de este cierre un digno final para esta travesía.

No puedo sentirme más satisfecha, plena y agradecida por todo lo vivido durante estos 21 días. Regreso a mi hogar sintiéndome llena de vitalidad, de orgullo por mi tierra y su gente, que siguen manteniendo vivo el espíritu comunitario y el modo colaborativo que tanto hemos olvidado por estos lares. Cierto, aún falta mucho por avanzar y una parte de mí sigue sintiendo que un día, por allí a mediados de los noventa, me robaron un país y no me lo han devuelto, pero también sé que el pueblo venezolano seguirá reconstruyéndose y superará los obstáculos que le vengan.

Escribo esta entrada con el único propósito de compartir mi experiencia en mi tierra, deseando que muchas y muchos, como yo, os animéis a vivirla, porque Venezuela y su gente, lo merece.

¿Cómo no iba a terminar reconciliándome con mi venezolanidad habiéndome impregnado de esta manera de mi tierra y su gente?

¿Y ustedes?, ¿a qué esperan para hacer realidad sus sueños?

espiral martha lovera

Va de aprender a salir de la espiral.

espiral martha lovera

Una espiral, sobre todo cuando la veo en la naturaleza, me provoca fascinación. Observarla me cautiva de forma tal que parece que me sumerjo en una especie de hipnosis. Esa curva, perfectamente trazada que gira sobre ángulos tan precisos hasta el infinito, se adueña de mi atención hasta desconectarme de lo que me rodea. 

Hace algún tiempo, investigando acerca de esa maravillosa perfección, di con una famosa fórmula matemática, la secuencia de Fibonacci, una sucesión infinita de números naturales de la que resulta la espiral áurea. ¿Habéis oído hablar de ella? Resulta que, hace muchos años, en la India, un tal Pingala descubrió la secuencia matemática. Más tarde, Leonardo de Pisa, la daría a conocer en occidente a propósito de la cría de unos conejos. ¡Lo que dieron de sí esos animalitos! 

La secuencia de Fibonacci se trata de una secuencia numérica en la que cada número corresponde a la suma de los dos anteriores. Lo hermoso es que la espiral perfecta generada por esa secuencia está presente en múltiples configuraciones biológicas, por ejemplo: la distribución de las ramas de los árboles, de las hojas en un tallo, de las semillas en un girasol y en la concha de un nautilus. 

Y os preguntaréis, ¿por qué os suelto este rollo? Pues porque uno de los dignificados que el diccionario de la RAE da a espiral es: “sucesión creciente de acontecimientos” y, ¿Cuántas veces nos descubrimos inmersos en espirales absurdas de caos? ¿En trabajos que nos consumen, en discusiones que giran y giran sin llegar a una solución, en relaciones que nos centrifugan el alma hasta acabar con nuestra alegría y nuestras ganas?

Sin embargo, para el propósito que me trae hasta esta entrada, prefiero enfocarme en el significado de la fórmula matemática, porque para mí, ese concepto lo deberíamos tener muy pero que muy en cuenta en nuestro día a día, ¡somos la suma de los dos anteriores!

Nuestra existencia, según lo veo, es una espiral de la que no somos conscientes; una estructura perfectamente diseñada en la que cada uno de nosotros forma parte de sistemas (humanos) que oscilan en un caos perfecto dentro de un universo infinito. Venimos cargados de información que transmitimos, casi por ósmosis, a quienes se cruzan en nuestro camino y, a modo de impacto emocional, vibración o intercambio energético, altera para siempre aquello con lo que nos relacionamos.  

Nos modificamos unos a otros de forma constante, a veces imperceptible, implacable e irrevocable, y creamos una danza en apariencia caótica en la que, por más inverosímil que se nos antoje, hay un orden, el orden de lo que algunas religiones tildan de divino, y que corresponde a las leyes de ese enigmático “campo” que la física cuántica describe cada vez con mayor precisión; un campo que, cual enorme biblioteca, está pleno de información; un campo cuya materialización quizás aspira al número áureo, definido como: “número irracional que representa la igualdad entre la proporción de dos segmentos de diferente longitud, y el cociente de la suma de ellos y el segmento con más longitud”.

Y aquí viene lo que reverbera en mi mente y mis sentidos hace días, lo verdaderamente fascinante: ¡qué maravilloso sería ejercitarnos día a día en darle cabida a la magia y el misticismo de las proporciones!; a crear espacio en nuestra cotidianidad para recibir (y respetar) la igualdad que reside entre dos diferencias. A mi modo de ver, es lo que verdaderamente enriquece los sistemas humanos. 

Lo lamentable, que hay sistemas que no practican ni la proporción, ni dan espacio (respeto o escucha) a la diferencia y esa, en mi opinión, es la verdadera condena de cualquier sistema, llámese matrimonio, amistad, familia, empresa o equipo; lo que termina empujándolo hacia una espiral de fracaso que impide cualquier transformación y evolución hacia la excelencia. 

Hoy he querido utilizar esta reflexión para despedirme, momentáneamente, de este blog. ¿El motivo? No quiero que este espacio se convierta en una espiral sin sentido que gire “porque sí” o “porque toca”.

Al contrario, deseo darle el tiempo necesario para que se autorregule, y que tenga la libertad de cambiar y evolucionar tanto como me ha inspirado a mí a hacerlo. 

Me despido del blog durante un tiempo indeterminado, agradecida de cada una de las curvas que habéis transitado conmigo a través de mis letras. Obviamente seguiré escribiendo, y seguiré a vuestro alcance a través de las redes pero, de momento, se vienen curvas de cambios en mi vida que requieren mayor (y mejor) atención por mi parte. 

Seguiremos encontrándonos en esta espiral eterna que es la vida. Mientras tanto, os animo a reflexionar sobre las espirales que tenéis activas en vuestras vidas, esas que os restan os consumen y os quitan la libertad de ser. Y, si podéis, salid de allí corriendo. Si por el motivo que fuera no podéis, os recomiendo buscar ayuda. A veces resulta muy difícil salir de una espiral.

per version martha lovera

Va de versiones y perversiones

per version martha lovera

¿Cuántas versiones nos habitan? Hoy quiero empezar la entrada con esta pregunta, me ronda estos días a propósito de que alguien me dijo una frase muy sonada: «¡No conocía esa versión tuya!», refiriéndose a mi versión de escritora. ¿Somos capaces de reconocer todas nuestras versiones? ¿Cuál de ellas es nuestra mejor versión?

Según la Rae, versión, significa: «modo que tiene cada uno de referir un mismo suceso», o también: «cada una de las formas que adopta la relación de un suceso, el texto de una obra o la interpretación de un tema». Si ese suceso es nuestra vida, o ese tema es nuestra existencia, ¿Cuántas versiones propias hemos conocido? La de hija o hijo, la de hermana o hermano, la profesional; la versión de pareja, la forma de amiga, y sí, también nuestra versión infantil que, de vez en cuando se hace oír con alguna pataleta.

Versiones cada cual con sus peculiaridades porque, no es igual nuestro comportamiento en el trabajo que en la intimidad con un grupo de amistades. A veces exteriorizamos nuestra versión alegre, otras la pesimista; en ocasiones es nuestra versión más caótica la que se hace con el mando y otras sale a la luz la ecuánime y nos salva. Parece que dentro de nuestra alma y nuestra mente habitan múltiples versiones, como si de personajes de una obra de teatro se tratase. Se mueven a sus anchas dentro del continente que es nuestro cuerpo (y nuestra mente), y a veces sucede que les da por pelearse, y cada una tira hacia su lado sumergiéndonos en un conflicto. Cuando pasa, el lio está servido, pero eso da para otra entrada.

Volviendo a las (per)versiones, muchas de esas versiones son socialmente aceptadas. La versión deportista, la versión amable, la versión honesta. ¿Qué pasa con las que no lo son tanto? Nuestra versión iracunda, la versión reivindicativa (esa que escuece en estamentos como el laboral, el político o el social). ¿Qué sucede cuando nuestras prácticas sexuales, nuestra expresión de género, nuestra identidad o nuestra manera de relacionarnos afectivamente no calzan con lo frecuente?

Lamentablemente, la sociedad donde vivimos puede ser muy hostil y poco amable con esas versiones, incluso aún son tildadas de perversiones (acción o efecto de pervertir, según la Rae). Hay lugares y espacios en los que aún, las personas que amamos a una persona de nuestro mismo sexo, o quienes se visten como una chica siendo un chico, o quien elige –de forma ética y consensuada–, tener varios vínculos sexo-afectivos (y lo hace saber, porque si lo oculta y es infiel está hasta bien visto), somos catalogados de pervertidos.

En el diccionario de la Rae, pervertir, significa: «viciar con malas doctrinas o ejemplos las costumbres, la fe, el gusto, etc.» o «perturbar el orden o estado de las cosas» y ¡cómo fastidia a quienes se creen en superioridad moral –por el solo hecho de pertenecer al grupo de lo frecuente y habitual (que abanderan como «lo normal») –,  que les muevan las convicciones con otras formas de estar en el mundo. Es razonable, el statu quo se les tambalea y, cuando eso sucede, son empujados contra una realidad para la que no están preparados.

En mi opinión, vivirnos en diferentes versiones nos hace conocer nuestro interior, experimentar de lo que somos capaces, aporta herramientas para enfrentarnos a ese statu quo que a veces huele a rancio (y salir de él si no somos felices),. Vivir y explorar todas y cada una de nuestras versiones puede conectarnos con la empatía, la compasión, y ser más amables con la diversidad, interior y exterior.  ¿Qué hay de malo en ello?

Y vuestras versiones, ¿Cómo se llevan?

abrasar martha lovera

Va de abrasar y ser abrasado.

abrasar martha lovera

No, no es un error ortográfico, aunque en un primer momento el cerebro quiera hacernos creer que es así. Abrasar es un verbo que, a mi modo de ver, tiene mucha fuerza y, a propósito del calor y el fuego que hemos vivido en la comarca durante este agosto, he decidido hablar de él.

Abrasar, según la RAE, tiene diez acepciones, alguna que desconocía por completo, como: «Destruir, consumir, malbaratar los bienes y caudales». Otro de sus significados parece una obviedad. Se trata de: «reducir a brasa, quemar».

Cuando pienso en algo que abrasa, mi mente me lleva a algo arrollador, descontrolado, arrebatador y puede que hasta agresivo. Esas sensaciones a veces se asocian a lo que produce en nuestra mente, cuerpo y alma la pasión, o a la voracidad de algo que consume con violencia, como el fuego, ¿o el amor?, o más bien ¿el enamoramiento? Porque es innegable que ese intenso subidón de química –el enamoramiento–, da un golpe de estado en nuestro cerebro y abrasa nuestra razón.

Estos días el interior de nuestra comarca ha sido abrasado por un fuego voraz. Mientras ardían hectáreas y hectáreas del verdor de nuestros valles (Vall d’ Ebo y Vall de Gallinera, os animo a visitarlos cuando todo esto termine), muchas personas observábamos con dolor las montañas cercanas mientras eran consumidas. Algunos pueblos tuvieron que ser desalojados, y cientos de personas tuvieron que salir de sus casas con lo puesto. Mi abrazo y apoyo para esas personas.

Y mientras unos eran obligados a dejar sus viviendas y se alejaban de la zona catastrófica obligados, empujados por el fuego, otros se dirigían hacia allí con paso firme y decidido. Batallones de hombres y mujeres, valientes e incansables, quienes se enfrentan con gallardía a las llamas y tienen como el sino de su existencia negociar con el fuego, se encaminaban hacia nuestros montes con el único objetivo de extinguirlo, y reducir a cenizas lo que ardía. Mi respeto y admiración para ellas y ellos.

Observar desde lejos ese fuego, presenciar cómo, durante días, la ciudad era cubierta por una lluvia de cenizas y el cielo se cubría de gris a causa de la bruma densa producto del humo que nacía a menos de treinta kilómetros, me hizo conectar con todo lo que, en un momento dado, puede abrasarnos.

Se dice que nos abrasan  –y abrazan ¡cómo no!– las pasiones, en especial el amor, pero también nos abrasan esas cosas que nos avergüenzan o dejan resentidos. ¿Puede el amor ser una de ellas? ¿Algo que nos deje llenos de vergüenza y resentimiento?

Coincidiréis conmigo en que sí, porque a veces ese sentimiento arrebatador, intenso y sublime, avanza inclemente e implacable por nuestro continente con la soberbia del fuego, y puede que no solo nuestras venas ardan con el calor que emana, sino que también puede abrasar nuestras convicciones, nuestros valores y principios y, de algún modo, puede que dejemos de ser quienes somos y hagamos cosas que jamás pensamos que haríamos.

También abrasan algunos alimentos y, a mi modo de ver, algunos los pensamientos. Creo que pocas cosas hay tan inflamables como un pensamiento dañino, de esos que debilitan y que, por desgracia, suelen aparecer en bucle si no prestamos atención. Son ese tipo de pensamientos los que abrasan nuestras certezas y, si no tenemos a mano un buen cortafuego mental, pueden transformarnos en seres inseguros, con miedo a ser y hacer; a existir y a vivir.

También hay seres que pueden llegar a abrasar nuestra autoconfianza, o la fe que depositamos en el ser humano. A esos conatos de incendio es mejor no avivarlos. ¿Sabéis que el fuego se aviva con el oxígeno? Pues mejor respirar lejos de ese tipo de personas, porque al final, sin darnos cuenta, podemos dejarnos arder.

Estos días las ideas acerca de la nueva novela están abrasando con más intensidad mi mente, encienden una llama que espero pronto os de calor. Mientras ese momento llega sigo sintiendo el sofoco de este agosto y deseo que los valles del interior, muy pronto, regresen a su verdor.

¿Y a ustedes? ¿Qué os abrasa?

escribir martha lovera

Va de la importancia de escribir.

escribir martha lovera

Desde pequeña necesito escribir. Sí, necesito. Es una necesidad porque para mí todo pasa por la escritura. Desde lo más básico como hacer el listado de cosas pendientes, pasando por la lista de pros y contras a la hora de tomar una decisión, hasta lo más complejo como un trabajo de investigación, o las novelas y relatos.

En mi opinión escribir nos da claridad, perspectiva, y permite que aterricemos ideas y proyectos para que, sobre el papel, se transformen hasta finalmente hacerse realidad.

Cuando escribimos pasan cosas fascinantes en nuestro cerebro, cosas de las que prefiero no hablaros porque corro el peligro de quedarme en bucle y alejarme del tema de esta entrada, escribir, ese maravilloso arte que ha transformado a la humanidad. Eso sí, os animo a investigar sobre el tema.

Gracias a la escritura la humanidad ha compartido conocimientos e información que ha superado el paso del tiempo en forma de papiros, libros y enciclopedias. También nos hemos mantenido en contacto con nuestros afectos. Se nos olvida que en la actualidad todo es muy sencillo e inmediato gracias a las aplicaciones de mensajería instantánea, pero no hace mucho dependíamos de las cartas escritas y del correo postal para tener noticias de quienes estaban lejos.

Os voy a contar una anécdota que os facilitará comprender cuan importante veo la escritura en el día a día. Hace algún tiempo, en un libro de finanzas, di con un concepto que me pareció fascinante. El autor decía que venimos al mundo con nueve monedas de diez años cada una, y que debíamos elegir muy bien en qué las invertimos. Interesante, ¿a que sí?

El caso es que, aunque me encantan los números, decidí llevar el concepto hacia a mi terreno, el de las letras. Desde entonces pienso que cada persona es un libro que, con suerte y en el mejor de los casos, tendrá nueve capítulos de diez años cada uno, y que somos responsables de escribir cada uno de esos capítulos. ¿Qué aventuras contaremos? ¿Qué personajes aparecerán como protagonistas o secundarios? ¿Cuántas páginas dedicaremos a un evento desafortunado?

Es una metáfora que comparto con los y las alumnas cuando imparto la charla «Historia de vida» en los institutos. En ella insisto en la importancia de ser conscientes de que este libro que somos debe ser escrito por nosotros mismos. Y les advierto de lo sencillo de que no sea así. Si no prestamos atención podemos caer en la trampa de dejar nuestro boli y papel en manos de otras personas –padres, madres, maestros, jefas, hermanos, amistades, parejas, etc. –,  y que terminen siendo ellas y ellos quienes escriban el guion de nuestra historia. Así que atentas y atentos.

En esa línea de ideas, hace unos días una persona muy querida me pidió que tuviera con otra un gesto que no salía de mi corazón. De solo imaginarlo me provocó cierta repulsión, rechazo y angustia. ¿Alguien intentaba por mí escribir unas páginas en mi libro? Todo apuntaba a que sí. El caso es que, con esa metáfora en mente, por segunda vez en un par de años, me senté boli y papel en mano e hice el listado de pros y contras de hacer o no aquel gesto. Necesitaba poner orden a mis sentimientos y pensamientos, y asegurarme de que no se trataba de un arrebato, una pataleta o del tan peligroso orgullo.

¿El resultado? Fui consciente de que, en mi historia de vida, hay personajes que se merecen pocas páginas. Páginas que permití fueran impregnadas de dolor, indiferencia, falta de empatía, interés y falso amor. Personas que, pese a ello, aportaron a mi historia lo necesario para mi aprendizaje porque, sin duda alguna, de todo se aprende. La mejor enseñanza fue darme cuenta de que ciertos personajes/personas no merecen más páginas en el libro de mi vida. Así que opté por dejarlos de escribir.

Evidentemente cada persona, situación o suceso de nuestra vida, y cada una de nuestras acciones, se imprimen en la trama que es nuestra historia vital y, cuando no son de nuestro agrado no podemos arrancar las páginas sin más, por más que nos gustaría. Forman parte de la evolución de la persona que somos.

Es cierto, a veces nos vemos cautivas en historias que ocupan demasiadas páginas, a merced de los caprichos y vaivenes de la historia de otros personajes que, en realidad, son secundarios. Hasta que volvemos a adueñarnos de nuestro boli y nuestro papel (dignidad y amor propio), y conectamos con que los y las verdaderas protagonistas de nuestra historia, somos nosotras y nosotros mismos.

Y ustedes, ¿qué personajes tenéis en la historia de vuestra vida? ¿Qué aventura estáis contando en ella?

laberinto marth lovera

Va de aprender a salir del laberinto.

laberinto marth lovera

¿Alguna vez habéis estado en un laberinto?

Según el diccionario de la RAE, laberinto significa: «lugar formado artificiosamente por calles y encrucijadas, para confundir a quien se adentre en él, de modo que no pueda acertar con la salida». También puede ser: «cosa confusa y enredada».

Hace un par de años tuve la oportunidad de vivir esa experiencia, la de adentrarme en un entramado de elevados setos que se erigen como paredes que trazan callejuelas que parecen no ir a ningún sitio. Fue en el norte, específicamente en Villapresente, Cantabria.

Al inicio fue excitante. Mi parte más competitiva se afanó en no perder la orientación dentro de aquel lugar que parecía salido de una película de ficción. Intenté utilizar una estrategia para encontrar el centro para, después, intentar salir de él. La primera opción, girar solo hacia la derecha, no me fue de mucha utilidad. Aquello no me llevaba a ningún lugar. Cada rincón era igual al anterior y pronto descubrí que tocaba regresar al punto de inicio para tomar una ruta alternativa. Volví a la casilla de salida habiendo perdido tiempo y algo de paciencia.

Entonces desconocía que el laberinto ha sido asociado, a lo largo de la historia de la humanidad y por diversas culturas, con lo espiritual, que representa de algún modo la búsqueda del centro personal, una búsqueda a la que solo se puede acceder superando diversas pruebas.

Recuerdo que aquella tarde dentro del Laberinto de Villapresente –lugar que os recomiendo visitar–, después de intentar mi primera y fallida estrategia, la segunda opción que se me ocurrió fue prestar muchísima atención al camino. Mirar con detalle los setos. Observar si alguna rama sobresalía más que otra, encontrar alguna flor, algún espacio hueco entre los árboles. Cualquier cosa que me fuera útil para orientarme. ¿no sucede lo mismo con el camino del búsqueda interior?

Entonces recordé el famoso mito griego del Minotauro, relacionado con el laberinto de Creta. El mito habla de que el laberinto fue construido por Dédalos para esconder al Minotauro. Teseo, en su empeño, abatió al Minotauro y logró salir del laberinto gracias al hilo de Ariadna, que lo guio hasta la salida.

Dentro de aquel laberinto en el que me adentré de forma voluntaria y lúdica, reflexioné sobre las ocasiones en las que nos encontramos en situaciones parecidas. Circunstancias plenas de encrucijadas, de callejones que parecen no tener sentido alguno. Damos vueltas sobre nuestros pasos sin saber qué camino elegir. Nos enfrentamos a elecciones que, o bien nos permiten avanzar y superar el entramado para salir de él, o nos dejan inmovibles y abatidos sin saber cómo encontrar la salida. ¿Derecha o izquierda?, ¿avanzar o detenerse?, ¿tomar o dejar?, ¿quedarse o marcharse?, ¿sí o no? ¿Sostener o soltar?

Fue cuando me di cuenta de que, en ocasiones, la vida se asemeja en un laberinto en el que a veces, con suerte y si prestamos la suficiente atención, encontramos una señal que, cual hilo de Ariadna en la famosa historia griega, nos guíe hacia la salida.

En mi opinión, creo que ese hilo es la intuición. Ese sexto sentido que todas y todos poseemos y del que a veces nos desconectamos. Porque, según lo veo, cuando prestamos atención, sucede algo dentro de nuestro cuerpo que, de forma aparentemente absurda e ilógica, nos da la información de lo adecuado en ese momento, como si gritase desde dentro lo que hacer o decir, y con ello nos regalase alguna pista de la mejor opción disponible.

Hasta que me puse a investigar, no sabía que existían varios tipos de laberintos, y los que más fascinación me producen, porque lo experimenté en mis propias carnes, son los llamados multiviarios. En ellos, para llegar a su centro y salir, existen varios caminos posibles. Algunos correctos y otros incorrectos. ¡Como la vida misma!

Observo el transcurrir de la vida como un laberinto multiviario. Nos encontramos con encrucijadas, callejuelas que, sin orden aparente, nos confrontan con la impaciencia, la desesperación, la frustración y la incertidumbre. El dolor, la rabia y la determinación de probarnos.

Lo cierto es que, la única forma de salir de un laberinto, es avanzar. Y fue lo que hice aquella vez, avanzar manteniendo la calma en intentando disfrutar de la experiencia entre risas. Después de 37 minutos. Estaba fuera, observando el trazado desde una plataforma. Contenta de haber superado aquella prueba.

¿Y vosotros? ¿Cuándo fue la última vez que os sentisteis como en el interior de un laberinto?

Por cierto, os recomiendo el libro «Laberinto» de Eley Grey. Os atrapará y da para mucha reflexión.

compartir martha lovera2

Va de aprender a dar parte de lo propio a otros.

compartir martha lovera2

Muchas personas nacen con lo que llamo el gen del compartir. Y es que compartir lo que tienen les sale de forma natural. A otros en cambio les cuesta la vida misma. Hay quienes insisten en aprender día a día este arte, y quienes dejan este mundo sin haber experimentado la fortuna de compartir.

Compartir, según la RAE, significa: «Dicho de una persona: hacer a otra partícipe de algo que es suyo» o «Dicho de una persona: tener con otra algo en común».  Lo reconozco, de pequeña había muchas cosas que no estaba dispuesta a compartir, por ejemplo: la espectacular gelatina de colores que hacía mi mamá para los cumpleaños o las tajadas (lajas de plátano maduro frito) que muchas veces servían de guarnición para comer.

De adulta también tuve que esforzarme por compartir ciertas cosas porque temía que, al hacerlo, otros las perdieran o no las cuidaran tanto como yo. ¿Qué puedo deciros? Crecí con la frase de «quien no cuida lo que tiene, a pedir se queda». ¿Os suena? Seguro que sí.

Sin embargo, cuando se trata de información de utilidad me sucede lo contrario. Desde muy joven he sido consciente de los beneficios de compartir la información que sabemos puede ser de utilidad a otras personas. ¿De qué sirve saber algo útil si no se comparte? Reconozco que en otras ocasiones no me es tan sencillo compartir, por ejemplo, a la hora de compartir mi espacio vital, mi tiempo y mi hogar. He tenido que aprender poco a poco, a ejercitarme y practicar día a día y, aun así, soy bastante recelosa al respecto.

Hablando de compartir, esta semana ha ido de compartir la información que tras mucha lectura y vivencias he ido atesorando durante mi existencia; información que valoro sobremanera y que me habría gustado que alguien, durante mi adolescencia, me hubiese facilitado. Hablo de información de aquellas cosas que nos condiciona la vida, no de conocimientos que aparecen en los libros de texto que mandan en el cole o el instituto. Hablo de lo que, lamentablemente, sigue sin aparecer en los programas de estudios.  

Antiguamente esa información (la de utilidad para la vida), era transmitida de generación en generación a través de cuentos, durante las noches de silencio y quietud cuando las familias y amistades reposaban del duro día de trabajo sentados al reflejo de una hoguera. ¿Nació así eso que llamamos sabiduría popular? Puede ser.

El caso es que disfruto compartiendo con otras personas todo lo que llega a mis manos, a mi mente y mi alma que, de algún modo, me cambia la perspectiva, me da un chute de energía o incluso ha llegado a cambiarme la vida, cosas como la importancia de las palabras y el uso que le damos, la importancia de ser consciente y coherente en nuestro día a día, en nuestros actos, en el uso de nuestro verbo; y ¡cómo no!, la importancia de aprender a relacionarnos de manera equilibrada y ecológica. ¿Fácil? No, claro que no. Fácil no es, pero al menos no es imposible.

Os garantizo que compartir solo trae beneficios, cuando se hace desde la voluntad de aportar valor. Pero para ello considero que hay que estar en disposición de aprender con humildad, de reconocer nuestros errores, de empaparnos de vivencias y explorarnos en diversas formas y situaciones a fin de acumular el rodaje que dará forma a nuestra sabiduría.

Lo curioso es que hay quienes, en el afán de compartir y compartirse, se olvidan de sus propias necesidades y límites hasta desdibujar sus fronteras y quedar vacías y vacíos. Según lo veo, esto no tiene mucho sentido. Es como perderse para que otras personas se encuentren.

En el otro extremo hay personas que insisten en capturar momentos, personas, objetos, experiencias; encarcelan los amores y la información a fin de acumularlos, para pasearlos delante de otros en un intento desesperado porque les vean, por sentirse en superioridad moral; para creerse más importantes y al final, se ahogan, se empachan, se vuelven un contenedor sin sentido de información que termina siendo inútil porque solo existe en sus cabezas y nadan en un mar de soledad, aislados en su propia información, en toneladas de conocimiento. Una pena.

De momento, seguiré compartiendo, con quienes puedan y deseen recibirla, toda la información verdadera, útil y buena (como decía Sócrates) que llegue a mis manos. De eso va mi proyecto «Historia de vida» en el que, a modo de Biblioteca Humana, hablo que cuanto he aprendido durante mi existencia, y comparto con las y los alumnos de los institutos información acerca de diversidad, inmigración, respeto y responsabilidad afectiva.

Espero podamos seguir compartiendo, a través de las letras, lo que nos hace mejores, y quizás así un día el mundo sea un lugar más amable.

Por cierto, ¿Qué tal se os da eso de compartir?

silencio martha lovera

Va de abrazar el silencio

silencio martha lovera

Hay silencios que irrumpen en nuestras vidas como un trueno; ensordecedores, sorpresivos y contundentes. Silencios que duelen y cuya onda expansiva se extiende a la profundidad de nuestro organismo hasta hacerse con cada una de sus células. Hablo de esos silencios que saben a vacío, a soledad. Quizás sean los provocados por la voz de un ser querido que se apaga, o la risa de un amigo que se va porque, como dice la famosa canción, «algo se muere en el alma cuando un amigo se va».

Sin embargo, hay otro tipo de silencios, los que a mi modo de ver vienen a apaciguar nuestras tormentas, y que deben ser respetados y transitados con paciencia y compasión. Silencios necesarios para volver a escuchar el latir del propio corazón. Silencios que merecen su espacio, aun cuando aparezcan acompañados de rabia, frustración o dolor. Son esos los silencios que nos rasgan las vestiduras y nos dejan frente a la indefensión de la vulnerabilidad.

En el diccionario de la RAE la palabra silencio cuenta con seis acepciones. Me llamó la atención la que lo define como «falta de ruido». Y es así, nos rodeamos de tanto ruido que en ocasiones no podemos escuchar ni lo que necesitamos, ni lo que nuestro cuerpo, mente y alma piden a modo de síntomas.

Pese a ser terapéutico, no sabemos procurarnos espacios de silencios, y cuánta necesidad tenemos de ellos, y lo reparador que puede ser. Acallar el mundanal ruido e intentar enmudecer nuestros pensamientos se considera un ejercicio necesario y eficaz para encontrar un poco de paz entre tanto caos, pero como animales parlantes nos cuesta horrores silenciar o mantenernos en silencio.

Hay silencios que son inevitables, algunos indeseados y otros más que necesarios, como los de una composición musical, en la que los silencios son tan hermosos y llenos de significados como cada uno de los sonidos de la melodía. Y, al igual que en la música, en la vida también hay que recurrir  al silencio. A veces lo hacemos como último recurso para nuestra protección. Es necesario silenciar las palabras necias de quienes insultan o menosprecian; acallar a quien hace de las excusas su mejor defensa, a quien grita con mentiras u ofensas su verdad. A veces toca apagar la voz de quienes pretenden anteponer sus necesidades a las nuestras. Sí, aunque duela, porque a veces no queda otra que silenciar a quienes no respetan nuestros límites, se ríen de nuestras necesidades o traspasan con su ruido nuestras fronteras.

En ocasiones, por nuestra salud neuronal, mental, emocional y física, sentimos la necesidad de silenciar el teléfono móvil y los famosos grupos de WhatsApp. ¿Y por qué no lo hacemos? Quizás porque tememos al silencio. Hay quienes no son capaces de estar ni un minuto en silencio. Hay quienes necesitan tanto escucharse que suben la voz a decibelios nocivos para cualquier oído, y quienes no callan ni bajo el agua dejando una estela de blablablá insufrible, transformando en cantinfladas cuanto expresan. Cantinfladas porque este personaje era muy hábil en hablar mucho sin decir nada. ¿Os suena?

Me gusta el silencio, de hecho, de tanto en tanto necesito del silencio, a veces hasta tal punto que me encantaría meterme dentro de una cámara de depravación sensorial. Reconozco que de pequeña no era así. Mi versión infante cantaba, silbaba, hacía ruido con cualquier objeto que encontrara en el camino, supongo que era porque estaba descubriendo mi vena musical. Ahora, como aprendiz de trombonista, reconozco la importancia musical del silencio. He aprendido a contarlos y a prestarles atención, porque en nuestras partituras puede haber compases y compases llenos de silencios que se vuelven eternos y, si te descuidas, te pierdes. Son silencios que cuando llegan a su final abren paso una vez más a nuestra melodía y ese contraste crea magia. ¡Como la vida misma!

Según lo vivo, el silencio ayuda a desconectar y también a conectar; da tiempo para digerir la información y también ayuda a la expresión. En una conversación ha de ajustarse no solo para generar turnos de palabra si no (y esta versión se usa poco) para generar el espacio necesario para reflexionar acerca de lo que se está diciendo y comprender el mensaje. Esto, obviamente, se da en condiciones ideales. En discusiones o encuentros con quienes saben oír pero no escuchan, o con quienes son monologuista profesionales, es imposible y es donde nace el ruido ensordecedor.

Apagar ese ruido, silenciarlo, cuesta y requiere entrenamiento. Hay lugares donde se practica a diario el silencio con disciplina y determinación, como algunos monasterios y templos. Hace algún tiempo estuve en uno de ellos. Fue mi primera experiencia en un retiro en el que había que respetar el «noble silencio», así le llaman. Al indagar a qué se referían me dijeron: «no se puede hablar, ni hacer ruido». Pensé que me iba a dar un síncope, pero ¡cómo no voy a poder hablar! Resultó ser una de las experiencias más reparadoras, enriquecedoras y fascinantes que he vivido.

Mantener el silencio abre nuestros sentidos a otros estímulos. Aprendí el valor que resta a la comunicación la existencia de una cháchara sin sentido, porque a veces, la mejor palabra que podemos decir es una mirada silente. Aprendí a apreciar el sonido del viento que roza las ramas de los árboles y a deleitarme con el trino de los pájaros, o el fascinante sonido del oleaje. Qué maravilla el sin fin de sonidos que aporta la naturaleza para serenarnos, ¿Cuándo fue la última vez que escuchasteis un corazón latir? (El propio o el de un ser amado).

Según la etimología, la palabra silencio, viene del verbo latín silēre que significa estar callado. ¡Y cuánto cuesta estar callados! Quizás nuestro miedo al silencio podría traducirse en miedo a la soledad, ¿al no ser? Hace algún tiempo reflexiono acerca de ello, y me ha servido para darme cuenta de que hay personas con las que me es agotador estar porque no hacen una pausa ni para respirar, parecen la turbina de un avión incesante e incansable, y no digo que haya algo malo en ellas, solo digo que para mi cerebro, se hace agotador.

Silencio, hermoso y sublime silencio, qué beneficio aportas y qué poco te valoramos.

dolor martha lovera

Va de aprehender del dolor y comprehender.

dolor martha lovera 1

Tememos al dolor. A la mayoría de las personas no nos gusta sentir dolor. Obviamente excluyo de este grupo a quienes sienten placer con el dolor, por ejemplo, quienes practican el BDSM u otras prácticas sexuales no convencionales. Que muy bien está que les guste, mientras sea consensuado y haya consentimiento mutuo explícito (y sin relación de poder). De momento, no es mi caso. Detesto sentir dolor, me crispa, le temo y me enfada. Sin embargo, reconozco que nuestro cuerpo lo necesita. El dolor, en su expresión fisiológica, tiene el objetivo de avisarnos de que algo no va bien.

La palabra dolor, etimológicamente, proviene del verbo latino dolore que significa sufrir y, en origen, ser golpeado. Y es así, ¿Quién no ha sufrido alguna vez en la vida las embestidas del dolor? Quizás haya aparecido tras el clásico (y puñetero) tropezón del dedo meñique de un pie contra la esquina de la cama, o a consecuencia de una caída o tras una decepción. El hecho es que convivimos con el dolor.

Según la RAE, dolor, significa: «sensación molesta y aflictiva de una parte del cuerpo por causa interior o exterior» o «sentimiento de pena y congoja». Según estas acepciones, es obvio que a parte del cuerpo, también puede dolernos el alma. Y, según quienes estudian el tema, a su vez el dolor emocional puede desencadenar dolor físico.

En medicina definen el dolor como una «experiencia sensorial y emocional desagradable que tiene un complejo componente individual y subjetivo». Quizás por eso es tan difícil saber a ciencia cierta cuánto y cómo duele algo a otras personas, pese a que es mal de muchos.

En España alrededor de seis millones de personas adultas sufren de dolor, de hecho, es la segunda causa de enfermedad crónica (el dolor de espalda), con lo que esto conlleva: alteraciones del sueño y del estado de ánimo, bajas laborales o incapacidades. Lo curioso es que en estas estadísticas solo tienen en cuenta el dolor físico. Si sumaran el dolor emocional (sí, ese dolor existe, es el que aparece tras una pérdida), las cifras serían para alucinar.

Según mi punto de vista, sentir dolor, sin duda alguna, provoca cambios, como mínimo nos pone en alerta, nos protege, limita e impide que hagamos aquello que, sin dolor, haríamos; y en el mejor de los casos, transforma a quien lo padece. También están a quienes el dolor directamente y de manera fulminante les destroza la vida –y las relaciones –, porque a menos que ejercitemos la empatía, no sabemos lidiar con el dolor ajeno, (ya cuesta lo suyo lidiar con el propio).

Lo anterior sucede cuando es el cuerpo el que duele pero, ¿qué pasa cuando nos duele el alma? Hay a quienes les duelen los afectos, los días y hasta la vida, aunque no lo parezca y lo disimulen muy bien. Por eso hay que prestar mucha atención al dolor y hacer algo con él; y no adaptarse jamás a lo que duele, lo que viene siendo, poner remedio.

En mi opinión, lo triste (y grave) de esto es que algunas personas terminan en depresión y hasta quitándose la vida en busca de aliviar su dolor (según el INE en 2020 en España hubo 3.941 suicidios). De allí la importancia de hablar de lo que nos aqueja, de explorar esa molesta experiencia (en el cuerpo o en el alma), que puede hacerse insoportable por no aliviar. Los profesionales de la salud mental insisten en que el solo hecho de hablar de ello tiene efecto analgésico.

Y me permito añadir que si hablamos de nuestros dolores con nuestros afectos, sintiéndonos libres y seguros de echar alguna lágrima o despotricar alguna barbaridad que, por descabellada, termine desencadenando la risa de los presentes; y después del drama terminar con un abrazo, es más probable que el dolor disminuya de manera significativa. O al menos nuestro cerebro se olvidará de él por unos instantes. ¡Benditas endorfinas!, ¡Alabada sea la oxitocina! Por desgracia a muchas personas esto no les funciona.

Durante estos meses he estado en contacto con el dolor más que nunca, esta vez en primera persona y no como testigo. Y he de deciros que he aprendido y mucho. Puede que haya influido mi necesidad de convertir en útiles las cosas adversas que suceden en la vida; de alquimizar, «gestar la experiencia» y aprehender lo más que pueda de ellas. Aunque muchas veces no lo logre y termine dándome de cabezazos contra una pared por querer comprender algo que no tiene sentido, preferí decantarme por mirar con lupa mis dolores y exprimirlos.

Al inicio pensaba que era solo dolor físico, pero no. Gracias a esta versión doliente de mi cuerpo (que desconocía) he tenido la oportunidad de detenerme y observar con atención todos los dolores que mi alma no había podido transitar. Dolores viejos, negados e ignorados durante años que se habían instalado en un rinconcito apartado de mi atención. Y supe que, cuando el cuerpo duele – y obliga a sentarse y sentirse –, se abren las compuertas que retienen otros dolores. Y esos dolores viejos saltaron insolentes hacia mi cara. ¡Menudo percal! Tremenda sacudida.

Por fortuna (ahora soy capaz de verlo así) este parón me ha dado el tiempo suficiente para aprender a dialogar con mi cuerpo y atender cada uno de los mensajes de alerta que envía a modo de dolores (corporales o emocionales). Es un ejercicio que he incorporado a mi rutina diaria y que os recomiendo. Detenerse y preguntar a nuestro cuerpo qué quiere decirnos, qué necesita. Sí, puede parecer una locura, pero intentadlo, os garantizo que flipareis, que el cuerpo es sabio y se entera de todo antes que la mente, además sabe muy bien que no siempre lo que queremos es lo que necesitamos.

Eso sí, os invito a prestar mucha atención a eso de hablar de nuestros dolores no sea que nos pasemos. En ocasiones de tanto hablar y mirar lo que nos duele, nuestro cerebro puede interpretar como doloroso algo que no lo es, o seguir sintiendo dolor aunque se elimine (o cure) su causa. También podemos llegar a excusarnos y escondernos tras el dolor para no hacer lo que hay que hacer. Y si nuestra mente interpreta que obtiene algún beneficio del dolor y lo rentabiliza –que la mente y el inconsciente son muy retorcidos por paradójico y alocado que parezca –, podemos creer que es mejor vivir en una ranchera (cantando «ay, ay, ay, ay») que hacerse cargo y resolver.

En mi experiencia, la utilidad de este ejercicio es muy potente, porque permite ver al dolor como un mensajero, y conectar con lo que no está bien, lo que altera, desestabiliza y provoca incomodidad a fin de remediarlo. Reconozco que hay dolores que simple y llanamente vienen a fastidiarnos la existencia y son del todo inmerecidos (e innecesarios), como el caso del Síndrome de Sensibilidad Central, lo que considero un desatinado capricho del cuerpo humano al que la ciencia debe horas en investigación.

En mi opinión hay que mirar a los ojos al dolor y, en la medida de lo posible, sacarle provecho para mejorarnos. Eso no quiere decir que haya que vivir con dolor o convertirnos en mártires, que para eso ha evolucionado la industria farmacéutica y las técnicas de salud e higiene mental y emocional (que para calmar el dolor no todo son pastillas) y no se justifica bajo ningún concepto que un ser humano sufra por dolor, a menos que, en pleno uso de sus facultades, sea su elección.

Pienso, y esto es una opinión personal, que a veces el dolor puede servir para desprenderse de lo que nos daña (física, emocional y mentalmente). Hacerlo a veces también duele, claro que duele. Sin embargo, una vez hechos los cambios y conforme pasan los días, es más que probable que el dolor vaya mejorando.

Eso sí, si algún dolor nuevo e inexplicable os aqueja, no dejéis de visitar a un profesional de la medicina porque, primero lo primero, habría que descartar si algo anda mal en el cuerpo.

Espero que narraros mi experiencia con mi dolor os sea de utilidad, para mí escribir de ello ha sido sanador.

Mis respetos a quienes día a día lidian con algún tipo de dolor.

renunciar martha lovera

Va de aprender a renunciar

renunciar martha lovera

Para la mayoría de las y los mortales no es nada fácil (ni sencillo) renunciar. Se nos enseña desde muy peques a esforzarnos, a luchar, a darlo todo y continuar hasta conseguir el objetivo, «pase lo que pase, cueste lo que cuesta y caiga quien caiga», pero ¿a renunciar? A renunciar no solo no nos enseñan si no que se nos niega el derecho de siquiera verlo como posibilidad. Sin embargo, según lo veo, no pocas veces hay que barajar la renuncia como opción plausible.

Renunciar, según la RAE, significa: «hacer dejación voluntaria, dimisión o apartamiento de algo que se tiene, o se puede tener;  desistir de algún empeño o proyecto, o privarse o prescindir de algo o de alguien». ¡Ay, qué bonita la teoría!

En mi opinión, renunciar no debería verse como una acto de soberbia o rebeldía. Renunciar a que nos exploten, a permanecer donde sentimos que no nos quieren, respetan o valoran no debería ser condenado como cobardía, que de eso nada. Renunciar, como mínimo, debería mirarse como una declaración de intenciones, un acto de reconocimiento y validación de las propias necesidades y, a fin de cuentas, como un acto de amor (propio).

Sin embargo, socialmente, y con demasiada frecuencia, renunciar es visto como un fracaso y hasta es señalado despectivamente por quienes aúpan la ley del esfuerzo desmedido. Pero no, no todo aquello por lo que un ser humano se esfuerza termina dando sus frutos (y no todos los frutos son beneficiosos. A veces se atragantan e indigestan). No hay más que mirar a Sísifo, condenado a empujar cuesta arriba una piedra que, antes de alcanzar la cima, rodaba hacia abajo. Y él allí, dale que te pego a subir la piedra, y la piedra que no, que mejor hacia abajo. ¿Os suena esa tozudez sin sentido?

¿Cuántas veces, negándonos a renunciar, emulamos al Sísifo condenado e insistimos en persistir en el esfuerzo por conseguir algo (o alguien) que, sencillamente no está destinado a ser? Al menos no en ese momento o en esas circunstancias. ¿Cómo, por no renunciar, nos afanamos a seguir siendo esa versión conocida de nosotras y nosotros mismos porque «yo soy así», o porque es la versión que dimos a conocer a los demás y parecen estar a gusto con ella? (Aunque el traje nos apriete hasta la asfixia).

Como sabéis, mi segunda novela se titula Aquello que fuimos, y desde que la empecé a escribir he estado en contacto con el doloroso pero necesario arte de renunciar (y sigo aprehendiendo). Renunciar a aquello que fuimos, como mínimo, provoca una sensación de escozor entre la piel y los huesos que cala tan hondo que se cree que todo, incluso la propia existencia, se perderá para siempre. Y de algún modo es así, porque una parte de la propia alma muere con esa renuncia, y el vértigo que eso provoca es indescriptible. Seguro sabéis de lo que hablo.

Por eso no es fácil renunciar, dejar atrás versiones propias, lugares, personas, proyectos, empleos, relaciones, ideas y sueños; aún así, cuando postergar esa renuncia supone que los valores y las necesidades propias se desdibujen, que la ilusión y la alegría se difuminen, y que el cuerpo y la mente se alteren hasta perder la salud, parece que renunciar es la única opción.

Pero no, la mayoría seguimos aferrándonos a aquello que, cual carcoma, nos corroe desde dentro y ¿por qué? Al parecer, quienes investigan, le han puesto nombre a esto, Efecto Concorde, y describe a la perfección lo que sucede cuando, en lugar de pensar en el futuro para hacer un análisis objetivo de la situación y tomar una decisión que nos sea favorable, nos agarramos a lo invertido en el pasado, lo que termina nublando la perspectiva hasta, literalmente, arruinarnos (y ojalá fuera solo económicamente).

Este final de año deseo para todas y todos que aprendamos el arte de renunciar (yo sigo practicando día a día), hasta que logremos renunciar a las propias convicciones y esquemas, y con cada renuncia nuestros corazones rebosen de algarabía por renacer para SER, sin más.

¿Estáis en disposición de renunciar por un próspero 2022?