amordazadas martha lovera

Va de no dejarse amordazar

amordazar martha lovera

Todo ser humano desea experimentar el amor. Ese sublime sentimiento que desata pasiones (y que para algunos significa amordazar), y que a veces causa dolores de cabeza. Desde que nacemos necesitamos sentirnos amados y amar; y conforme crecemos aprendemos que suspirar, perder la noción del tiempo y el espacio, y sentir el revoloteo de las famosas mariposas en el estómago es una delicia; es cuando empezamos a desear amar.

De algún modo anhelamos ese estímulo que erice nuestra piel tras un beso o una caricia, y por supuesto queremos amar con todas sus letras. Sin embargo, ¿sabemos lo que es el amor? Amar, según la RAE significa: «TENER amor a algo o alguien». Quizás de ese concepto deriven todos nuestros problemas  –al menos los relacionados con el amor –, porque creemos que amar es tener, poseer.

En mi opinión, la mayoría confundimos lo que vemos en telenovelas, comedias románticas, o lo primero que sentimos cuando conocemos a ESA persona, con el amor. Nada más lejos de la realidad. Según quienes estudian el tema, ese flechazo que provoca noches insomnes y ansias de estar a cada minuto con el ser amado, no es más que la escenificación de una reacción química que sucede en nuestros órganos a causa del enamoramiento y, por fortuna, dura lo que dura (entre pocos meses a tres años). Apuntan que nuestro organismo no soportaría ese subidón químico durante demasiado tiempo. Pero, ¡qué rico se siente!, ¿a que sí?

La química del enamoramiento (que no del amor) es tan intensa y poderosa que nos hace sumergirnos en el caos, la contradicción y en ocasiones hasta en una indiscreta e imprudente sensación de locura. Somos capaces de sentir dos emociones opuestas a la vez, de hacer cosas inimaginables y nos hace conectar con la otra persona de forma inexplicable. ¿Será un amor de vidas pasadas?, nos preguntamos.

Y sí, es posible que esa sea una de las causas de esa conexión sublime (porque al final el cuerpo y el alma SABEN), sin embargo, es bueno tener presente que esa sensación tan agradable y alocada también es causada por una cascada de neurotransmisores y hormonas, que provocan que nuestro cerebro entre en un estado de enajenación alucinante.

Cuando esa química se desata, el enamoramiento parece gobernar nuestra existencia (hay quienes lo denominan la Energía de la Nueva Relación) y nos guste o no, tiene fecha de caducidad. De allí la importancia de reconocer cuánto dista del amor. Según profesionales en neurobiología, esas sustancias impactan en nuestro cerebro del mismo modo que cualquier droga potente, por eso son tan dolorosas las rupturas, porque, literalmente, se experimentan como síndrome de abstinencia. Y no nos enseñan nada de esto, es algo que vamos aprendiendo a trompicones, por ensayo y error, y que cuesta muchas lágrimas y a veces hasta nos hace perder la salud o incluso la vida, en el peor de los casos. ¿Quizás por eso dicen que el amor es ciego y la locura lo acompaña?

Esto ocurre porque en nombre del «amor» en ocasiones, mientras vagamos en esa ceguera no nos damos cuenta en dónde nos metemos ni con quien, y caemos en los brazos de personas que entienden el amor como AMORdazar; seres que atrapan y despliegan una invisible red constrictora sobre quienes dicen amar. Persona que capturan, encierran, encorsetan y limitan lo que un ser humano es para transformarlo en lo que ellas o ellos desean que sea, abanderando un «porque te quiero» (mientras hagas lo que yo quiero, sería la letra pequeña).

Y con esa forma de pensar, sentir y actuar sueltan perlas como: «¿Me vas a dejar aquí para irte con tus amigas?», «si de verdad me quisieras no harías eso», «con lo que he hecho por ti y así me lo pagas», «eres mi vida», «nadie te ama como yo»; y así un sinfín de frases, gestos, acciones y omisiones, –hay quien en su estrategia ignora a quien ama –, que limitan la manera en que una persona vive, piensa, expresa y siente la vida y el amor, condicionando cada uno de sus pasos.

Entones, ¿y el amor?¿Dónde queda en todo esto? La neurociencia habla de que, una vez superada la etapa química (el enamoramiento) y desintoxicado el cerebro de esas sustancias, entran en escena los valores, la cultura, las creencias, el compromiso y la voluntad de cada quien. Hace su debut la razón y se empieza a construir y afianzar el vínculo. Es cuando por fin vemos con claridad a nuestro ser amado (defectos incluidos), y lo que somos con y para él o ella; si hay o no compatibilidad, si nos ahoga o nos libera, si tenemos chispa o estamos apagadas, si estamos saludables o no (porque todo este tiempo el cuerpo lo supo). Es cuando se cae de manera estrepitosa en la realidad de lo que es.

Ojalá nos enseñaran esto en la escuela, sabríamos que esas mariposas y esas noches insomnes son producto de la norepinefrina; sabríamos que ese período de entre poco meses a tres años no define el amor que sentimos por una persona, y sobre todo nos evitaríamos muchos errores, lágrimas (dolores y enfermedades) en nombre del «amor», en nombre de sostener lo insostenible.

Pero este solo es el punto de vista de una persona romántica que, como muchas otras, también ha caído en la trampa del mal amor, pero que ha aprendido a prestar atención para no dejarse AMORdazar por eso que algunas personas creen que es amor. Lo confieso, a veces no lo he logrado.

Y ustedes, ¿Cuándo fue la última vez que un «amor» les amordazó?

PD: aplíquese a todo tipo de amor.

PPD: según las estadísticas las mujeres somos más frecuentemente «AMORdazadas». Si eres una de ellas, busca ayuda, NO ESTÁS SOLA.

fragil martha lovera

Va de sentirse frágil.

fragil martha lovera

No me enseñaron lo que significa ser o sentirse frágil. Creo que a ninguna persona la preparan para vivirse en esa versión, al contrario, nos enseñan a ser fuertes, a luchar, a superarlo todo y así, a veces sin querer, cuelgan sobre nuestro cuello la medalla de luchador o luchadora, «¡Campeona! ¡Campeón! ¡Va!, ¿tú puedes!», sin saber el daño que esa etiqueta y esa ovación pueden ocasionar.

En estos dos meses de baja he reflexionado en profundidad al respecto pues, de golpe y porrazo, la vida me hizo recordar algo que como médica sé muy bien (la teoría siempre es más sencilla), pero que tendemos a olvidar con el trajín del día a día; me encontré frente a frente con la fragilidad del cuerpo humano.

Frágil, según la RAE, significa: «Quebradizo, y que con facilidad se hace pedazos», «débil, que puede deteriorarse con facilidad» o «dicho de una persona: de escasa fuerza física o moral». Al conectar con la fragilidad de mi cuerpo –y con ello con la de mis circunstancias y mi propia vida –, experimenté cómo me hacía sentir y ahondé en ello.

Aunque esta lesión en el pie sea una tontería –comparada con otras cosas de mayor gravedad y peor progresión y pronóstico –, ha sido la tontería que me obligó a detenerme, a dejar de hacer muchas cosas y a conectar con lo frágil que es todo, y trajo consigo una nueva perspectiva y algunos descubrimientos.  Os cuento.

Estos sesenta días he descubierto las infinitas barreras con las que las personas con diversidad funcional se topan a diario. Cosas sencillas que ni asoman por la cabeza de quienes se desplazan sobre sus piernas, por ejemplo: alcanzar un producto en la parte alta de una estantería en un supermercado, el ancho de las puertas, el tamaño de los ascensores, el temblor que provoca en el cuerpo los adoquines de las aceras y que amenazan con hacer saltar los riñones de sus fosas o el impacto que pueden tener tan solo cinco centímetro de un bordillo.

Me encontré de frente con lo complejo que puede ser adaptarse forzosamente a algo que no agrada, algo que de súbito secuestra tu independencia y autonomía, un algo que merma las actividades de tu día a día, desconfigura tu cotidianidad y además, te obliga a permanecer horas y horas en casa. Porque desde que aparece ese evento que te vuelve frágil todo ronda alrededor de lo que es posible o no alcanzar en este estado, y de lo que las citas varias permiten o no hacer. Por cierto, ¿tan difícil es agrupar las visitas médicas y pruebas a los pacientes para disminuir los desplazamientos? (Esto ya lo pensaba mi versión médica).

Ese listado es lo que ahora mismo tengo fresco en mi mente. ¿Lo más difícil? Descubrir, a través de las miradas que recibimos de otros, cómo llegamos a mirar a quienes, por alguna razón, son diferentes. ¿Lo habéis pensado alguna vez? Os explico.

Están los que directamente no miran, luego están quienes miran con lástima y apartan la mirada y por último, los que miran y además VEN y se ponen al servicio con un: «¿necesitas ayuda?». Esas personas me enamoran. Espero pertenecer a ese club. ¿Os habéis preguntado cómo miráis? Es interesante.

Sé que una lesión en un pie no es nada en comparación a lo que transitan cantidad de personas que de pronto se encuentra atrapadas en una espiral infinita que, cual montaña rusa, los sube y baja a velocidad de vértigo tras escuchar un diagnóstico que las transforma ipso facto en frágiles y cambia su vida y la de sus familiares para siempre.

Sentirse frágil es cuanto menos incómodo. ¿Quién lleva bien sentirse frágil? Sin embargo, estos días he notado que puede haber cierta belleza en la fragilidad. Según mi punto de vista, la fragilidad nos torna personas cuidadosas. Cuando sabemos que algo se puede romper, de forma natural, la tendencia es a cuidarlo más y mejor. De pronto prestamos atención a esos detalles que antes ni nos pasaban por la cabeza, (vale para la vajilla, el coche, el propio cuerpo, las relaciones o lo que prefiráis).

Por cierto, hace dos días fue el día mundial contra el cáncer de mama, y muchas de las personas que lo han sufrido –esa o cualquier otra enfermedad desgastante –,  en algún momento se han tenido que vivir, sin apenas fuerzas, con esa pesadísima medalla de «luchadora» oscilando en su cuello y se pueden llegar a sentir culpa por pensar siquiera de lejos en «dejar de luchar».  aunque sea un día, aunque sea para reposar un poco. Duro, muy duro. Así que me he propuesto ser más cuidadosa al respecto.

¿Y ustedes? ¿Se han cruzado con vuestra versión frágil?

reparar 2 martha lovera

Va de reparar y (Re) pararse

reparar 2 martha lovera

A veces vivimos tan deprisa que no somos conscientes de la necesidad de parar y reparar(se). Vamos como pollos sin cabezas, corremos a toda prisa sin saber muy bien a dónde ni para qué. Y es cuando de golpe y porrazo un evento fortuito nos detiene. Lo hace de forma abrupta porque quizás, y digo quizás, sea la única forma de que paremos.

Según la RAE, reparar tiene, nada más y nada menos que, once acepciones. De todas ellas, las que atañen a este caso en particular –el mío–, y en orden secuencial son, en primer momento: “pararse, detenerse o hacer alto en una parte”; seguido de: atender, considerar o reflexionar”; para continuar con: “restablecer las fuerzas, dar aliento o vigor para así, finalmente llegar a: “arreglar algo que está roto o estropeado”.

¿A que es una maravilla? Este único verbo ha sido capaz de describir todo un proceso, el que durante este tiempo en el banquillo –como jugadora emergente, no como acusada –, he llegado a comprender (al menos eso creo).

Durante este tiempo en el que la vida me forzó a hacer un alto en el camino, atendí y reflexioné sobre tantas cosas que podría escribir las entradas del próximo año y dos novelas más con ellas. Este tiempo mirándome (y mimándome) me dio la oportunidad de restablecer fuerzas, recuperar el vigor y ahora, toca la última fase, la de arreglar lo que está roto.

¿Cuántas cosas rotas hay en nuestras vidas, aunque no lo parezcan? Hay cosas que se rompen sin hacer ruido, sin que se vea grieta alguna, sin causar dolor (en apariencia). También hay roturas que nos crujen por dentro, retumban en nuestros días, tambalean nuestras certezas y nos quitan el aliento. Pero no lo vemos, ni lo sentimos, porque… vamos corriendo.

Y de pronto, algo sucede, nos detenemos, y el tiempo (la gente, la vida) sigue adelante pero sin nuestra presencia. Hemos quedado inmóviles, quizás es el dolor el que nos impide seguir a lo loco, a veces es cuestión de mecánica (no podemos movernos). Y es cuando reparamos (consideramos) en que hacía tiempo que algo no iba bien, hacía tiempo que el cuerpo nos avisaba –porque el cuerpo siempre sabe y avisa –, hacía tiempo que algo no encajaba y no fluíamos. Nos tropezábamos, llegábamos tarde, olvidábamos cosas, ¿no dormíamos bien? Pero nosotros, a la nuestra. «¿Hay quienes están peor!, ¡pero si no puedo quejarme!», nos repetimos.

Día a día, las horas pasaban frente a nuestros ojos y nosotros, a la carrera, al trabajo, a las obligaciones, a los deberes y las obligaciones. ¿Y cuándo nos priorizamos? ¿Cuándo? ¿Cuándo ya no queda de otra? Esa suele ser la opción por la que solemos decantarnos la mayoría. Nos miramos cuando ya no hay otra cosa en la que reparar, cuando ya no hay nada con qué distraernos.

Nuestro cuerpo sí que sabe cómo hacerlo (parar y repararse). Aún con nuestra escasa o nula colaboración, el cuerpo tiene sus ciclos para repararse. Disminuye la marcha cuando hace falta, acelera el ritmo cuando es necesario. Pero nosotros, a la nuestra. Si un día notamos más cansancio (eso es de improductivos), en lugar de hacer lo que el cuerpo nos pide –descansar –, nos largamos al gimnasio, de ruta por la montaña «porque solo puedo los domingos», y nos machacamos.

Si un día nos pide silencio, colocamos música a todo volumen o hablamos sin parar con tal de no escucharnos. Porque eso de enterarse de lo que realmente se siente y desea, asusta porque no siempre gusta. Si un día nuestro cuerpo nos pide soledad y quietud –¿Quietud? ¿Silencio? ¿Pero qué es eso? ¿Para qué sirve?–, nos escondemos en un «no tengo tiempo», mantenemos el plan trazado y quedamos con nuestros amigos, con la familia, con los colegas del curro, del gimnasio (con todos a la vez, cuantos más mejor), todo con tal de no estar a solas con nuestro propio ser, con tal de no escuchar nuestras necesidades y atenderlas.

Y así siempre, erre que erre. Corremos, lo hacemos a diario sin darnos cuenta y en todos los ámbitos; en el trabajo, las relaciones y hasta con los pasatiempos. Y, no conforme con eso, lo transmitimos a los peques, ¡Ale!, al inglés, al karate, al futbol con la excusa de que aprenda. Y sí, aprenderá muchas cosas, también a estar ocupado y a no atenderse. Y como no paramos y no nos permitimos repararnos, el cuerpo (o la vida en su infinita sabiduría), un día se apiada de nosotros y nos pone una zancadilla, y ¡zas! Nos hace parar, con una caída (como a mí), enfermando o con alguna pérdida (despido, ruptura, desempleo o todas a la vez).

Es cuando finalmente, obligados, buscamos un refugio donde repararnos, y por fin nos damos cuenta de cuánto necesitábamos reparar, de cómo necesitábamos esa parada, de cuánto daño nos estábamos haciendo.

Y vosotros, ¿desde cuándo no paráis?¿Cuál es vuestro refugio donde repararos?

ceguera martha lovera

Va de sufrir ceguera sin ser ciego.

ceguera martha lovera

Ceguera, según la RAE, aparte de: “total privación de la vista” o “especie de oftalmia que suele dejar ciego al enfermo”, también significa: “alucinación, afecto que ofusca la razón”. Y a eso me refiere cuando afirmo que no es lo mismo ser ciega que estarlo, porque podemos estar ciegos sin necesidad de serlo por ejemplo, cuando nuestros órganos visuales funcionan perfectamente pero no logramos ver. ¿me seguís?

Echando mano de esta acepción pienso que muchas personas estamos o hemos estado alguna vez sufriendo de ceguera. Lo estamos cuando algo nos nubla hasta el punto de vendarnos los ojos, y vaya si hay situaciones, circunstancias, momentos y personas que pueden cegarnos. Desde esta perspectiva, considero que podemos quedarnos a ciegas de dos maneras, o porque nos encandilan o por quedarnos a oscuras.

Según lo veo, el primer mecanismo podría darse cuando algo hermoso, sublime o maravilloso se posa frente a nuestros ojos y, al recibir su destello, sucede lo mismo que al mirar al sol, que imposibilita ver lo que es. ¿No sucede así cuando nos enamoramos? ¿Os suena de algo? Estoy segura que sí.

Qué bonita sensación esa y qué duro cuando, nada más se ajustan las pupilas, logramos ver que, lo que parecía tan brillante, en realidad solo era un espejismo. ¿El motivo? La caída de las hormonas del enamoramiento que nos estampa contra la realidad. Lo bueno es que, nada más recuperamos la visión, casi siempre se ha establecido un vínculo y la voluntad y el compromiso abren paso al amor, aunque esto no siempre sea lo adecuado, pero eso da para otra entrada.

La segunda causa de ceguera, según mi opinión, es la oscuridad absoluta, esa en que muchas personas hemos estado en algún momento de nuestras vidas. Cuando algo doloroso nos golpea y nos empuja al lado oscuro, empañando las gafas con las que vemos la vida.

Una decepción, una ruptura, la pérdida de un ser querido, hace que perdamos la capacidad de disfrutar del brillo que hay en la alegría de lo cotidiano. De pronto todo está en una escala de grises vacía y triste. A veces sucede por el efecto de sustancias que nuestro organismo secreta, como cuando se eleva el cortisol (la hormona del estrés) y nos paraliza, y nos sumerge en tal ceguera que hasta dejamos de ver quiénes somos. ¿Pero solo el dolor puede cegar? Creo que no, creo que la mayor ceguera es la ignorancia.

Estos días, a propósito de lo que sucede en el mundo, he visto con dolor cuánta ceguera produce la ignorancia, la falta de empatía y las ansias de poder y control. Lo que unos cuantos están haciendo a diario con millones de personas lo confirma, por ejemplo, lo que están haciendo a la población afgana.

Siempre que la ignorancia se hace con una posición de poder, ciega y deja ciegos, y lo peor, quita luz a millones de inocentes.

Qué dolor y qué pena que haya tanta ceguera que, unida a que muchas personas miramos en otra dirección, provoque que a demasiados inocentes les apaguen la luz de la vida . Y no solo se los deja a ciegas, también sordos, mudos e inmóviles ante la impunidad con la que campan la injusticia, el despotismo, el dogmatismo y el autoritarismo. ¿Cuánto sufrimiento necesitamos como humanidad para dejar de mirar desde lejos, fijar la vista en lo verdaderamente importante y pasar a la acción?

Hoy el foco de esos seres oscuros está allá, en Afganistán, Cuba o Venezuela (para hacer corta la lista), y nosotros (desde una posición privilegiada) miramos desde la talanquera, y olvidamos que ese foco puede cambiar en cualquier momento.

Me permito recordarnos que un día, no hace mucho, el foco estuvo aquí. No hace mucho, por estas fechas y por estos lares, le apagaron la mirada a millones de inocentes, entre ellos a un poeta, el que quería todo verde, el que le pedía a la luna que huyera. A Lorca lo cegaron porque veía el mundo, el amor y las relaciones de forma diferente a la de sus opresores. Por fortuna sus letras transcendieron a la ceguera de sus captores y asesinos ( y la de quienes miraron hacia otro lado) y, pese a ellos, muchos años después, Lorca aún sigue vivo.

Pero no todos han podido vivir después de que les mataran y se nos olvida. Lo olvidamos porque ahora estamos bien, porque quienes tienen afición de sacar los ojos a inocentes están ahora en otra geografía, pero en cualquier momento podemos ser nosotros la diana de su ignorancia y su odio.

¿Cuándo vamos a dejar de estar en esa ceguera infame?

¿Cuánto sufrimiento más estamos dispuestos a permitir, porque no es nuestro?

cuidado martha lovera
cuidado martha lovera

Va de cuidar(se) y ¿tener cuidado?

¿A quien no le han dicho alguna vez “ten cuidado” o “¡Cuídate!”? Cuando pienso en la palabra cuidado, siento que denota algo que a la mayoría, desde temprana edad, nos enseñan a “tener”, pero a muy pocas personas se nos instruye en lo que considero el arte de cuidar y ser cuidado (que no es lo mismo que tener cuidado).  

Cuidado, según el diccionario de la RAE, tiene las siguientes acepciones: “solicitud y atención para hacer bien algo; acción de cuidar (asistir, guardar, conservar); recelo, preocupación, temor”. También se utiliza para advertir que un peligro está cerca o que hay riesgo de caer en algún error.

Como seguramente habréis experimentado, toda madre que se respete dice a su prole al salir de la casa, como si de una cantaleta se tratase, “ten cuidado”, sobre todo si se trata de una niña. La frecuencia de este gesto se eleva exponencialmente cuando esa niña se vuelve una adolescente y empieza con sus salidas nocturnas. Lo que me produce tristeza es que nuestras madres, aunque estemos en la adultez y casi rondando la cincuentena, sigan sintiendo esa necesidad de advertir a sus hijas de los peligros que acechan a las mujeres y sigan gritando ese “ten cuidado”, pero he descubierto que es su forma de cuidar.

Cuidar a veces no es sencillo, porque en el intento de hacerlo, en ocasiones, se causa daño. En mi caso por ejemplo, en mi afán por “cuidar” mis plantas, sin querer terminaba ahogándolas de tanto regalas. (Aplíquese esta frase a relaciones al igual que a las plantas). Así que me ha tocado aprender a cuidar de otra forma, aprender que a veces cuidar es dejar de regar.

En este aprendizaje (que parece no acabar) me di cuenta de que me era/¿es? sumamente difícil recibir cuidados porque me incomodaba, me hacía sentir que necesitaba de otras personas. Sabéis de lo que hablo, ¿a que sí? Así que en este proceso he comprendido que cuidar, igual que dejarse cuidar, es un arte, y que como todo arte se puede aprender y entrenar; y que hay tantas formas de hacerlo como personas hay en el mundo.

Hay quienes cuidan enviando un mensaje inesperado preguntando “cómo estás”; otros hacen de comer, otros abrazan. Hay quienes para cuidar minan el teléfono de emojis sonrientes. Otros llaman una vez por semana y otros improvisan un secuestro exprés a modo de paseo. A algunos les da por hacerte reír hasta el llanto y hay quienes regalan silencios nutricios de esos que acompañan. Lo que he observado es que para cuidar, según mi punto de vista, hay que querer. Y no hablo de querer como el acto de sentir amor, que también, sino de tener la voluntad de hacerlo, de resolver y tener la determinación de transformar la palabra en acción.

En el otro extremo están los que, a sabiendas de que necesitan ser cuidados, se resisten, luchan, agreden y se ponen a la defensiva o incluso desaparecen con tal de no sentirse vulnerables. También están los que crecieron creyendo que los golpes, los celos y los insultos son una forma de cuidar y querer. “Si ese niño te golpea es porque te quiere” ¿os suena? (menuda locura) Y también existen quienes se vuelven adictos a que otras personas los “cuiden” y se olvidan del acutocuidado. ¡Qué bonita palabra y qué tarde se la conoce!

El caso es que considero que, antes de enseñarnos a tener cuidado o a cuidar deberían enseñarnos a practicar el autocuidado para así poder cuidar y dejarnos cuidar de forma consciente y ecológica; porque también están los que desde temprana edad confunden cuidar con oprimir y tiranizan un acto de amor con exigencias.

Quienes saben de psicología dicen que quienes elegimos profesiones como la medicina, los servicios sociales o la misma psicología somos “cuidadores natos”; como si hubiera un gen que predisponga a quien lo porta a cuidar (lo mismo es así y no lo sé) y además ya si eres una mujer (que se siente como tal) parece que socialmente el cuidar está dentro de tus deberes (casi obligaciones) y la razón de ser tu existencia.

Considero que, repitiendo una frase que me fascina de Alex Rovira “amar es cuidar”, quien sea capaz de sentir amor (y todes tenemos esa capacidad) también tiene no solo la capacidad, sino la responsabilidad de cuidar; independiente del sexo o el rol que elija, pero hay que empezar por cuidarse a una misma/o, sin embargo ¿a quién le enseñan esto en la escuela?

¿Y ustedes? ¿Cómo llevan eso del autocuidado?

fortuna martha lovera
fortuna martha lovera

Va de sentir y vivir fortuna.

Fortuna, según la RAE, significa: “Encadenamiento de los sucesos, considerado como fortuito, circunstancia casual de personas y cosas; suerte favorable y éxito”. Quizás por ello en nuestra sociedad está popularizada que fortuna es que a la gente le vaya bien, porque se identifica con la acepción de “éxito”. Sin embargo, al parecer, su significado es variado, tanto como personas hay. ¿Y cómo llegué a esta conclusión? Os lo cuento.

Hace unos días un conocido y yo debatíamos acerca de lo que significa ser afortunado. De esa conversación concluimos que es algo tan subjetivo como el concepto de felicidad, depende de lo que para quien es prioritario. Esa persona insistía en que para él la fortuna era tener dinero. Al escucharlo me pregunté ¿para qué? También dijo que fortuna era tener un buen trabajo y yo volví a preguntarme en mi interior: ¿para qué? Y así, con cada una de sus respuestas, me fui sumergiendo en la reflexión acerca del significado que le doy a la fortuna, porque como muchas cosas en la vida, creo que una cosa por sí misma no tiene mayor significado que el que le otorgamos.

En esa reflexión descubrí que para mí la fortuna no va unida a lo material. No es tener doce cifras en una cuenta bancaria, una casa enorme frente a la playa o un costoso deportivo. Fortuna para mí es no tener que esperar al fin de semana para disfrutar de tu familia y amigos. Significa no ansiar que lleguen las vacaciones para irte de viaje y no tener que arañarle tiempo a una jornada laboral de ocho, doce, diecisiete o veinticuatro horas para dedicar unos minutos a hacer lo que realmente te apasiona.

Para mí fortuna es decir: “hoy me quedo en casa y en pijama” y poder hacerlo; o que se estropee el frigorífico, el coche o la lavadora y no enloquecer pensando en cómo resolverlo, no porque se cuente con suficiente dinero para solventar imprevistos sino porque se tiene la certeza de que entre las capacidades propias y la red de apoyo construida con vínculos sólidos, cualquier percance será superado.

Para mí fortuna es no tener miedo de enfermar porque se tiene acceso a los servicios sanitarios y a los cuidados necesarios. Fortuna es decir: “voy a echarme la siesta en la playa” y poder hacerlo. Es que te apetezca comer algo y poder comerlo. Es poder vivir de lo que te gusta y hacer lo que te apetezca sin sentirte preso de los condicionamientos o juicios ajenos.

Considero que fortuna es tener agua corriente que sale del grifo. Es tener hambre y poder comer. Es poder andar, respirar y sentir con cada uno de los sentidos. Fortuna es mirar alrededor y sentirse agradecida por esos vínculos que mejoran nuestra vida y transforman un día cualquiera en maravilloso después de preguntar: “¿qué haces? ¿Paseamos?” Y que ese paseo se transforme en desayuno y charlas animadas frente al mar; y risas y abrazos donde una se siente mirada, nutrida y feliz porque son un refugio donde repararse.

Según mi forma de ver, fortuna es poder convertir un miércoles en domingo y escabullirse del ajetreado ritmo de la ciudad para perderse paseando en la naturaleza, porque según mi visión, la fortuna se viste de cotidianidad cuando no se teme perder la vida entre disparos y bombas, o a consecuencia de una enfermedad; cuando no se corre peligro por caminar de la mano de la persona que se ama; cuando no se siente miedo a ser capturada, amordazada, apaleada, violada o vendida al mejor postor.

En mi opinión, la fortuna no tiene nada que ver con lo fortuito aunque sea uno de sus significados. Tampoco es casual ni está relacionada con la suerte. Para mí la fortuna es algo que se siente, se ejercita y se construye, y que conste que no estoy hablando de dinero, que también.

¿Y ustedes? ¿Cuándo fue la última vez que sintieron la fortuna en vuestros días?

vulnerable martha lovera
vulnerable martha lovera

Va de sentirse vulnerable

Hace unos días que pienso acerca de lo que significa ser vulnerable, acerca de la vulnerabilidad y en cómo muchas personas huimos de ella. Vulnerable, según la RAE, significa: “Que puede ser herido o recibir lesión, física o moralmente”.

Y sí, queramos o no, nos guste o no, todas y todos en algún momento somos diana de algo o alguien que termina por herirnos. Sin embargo, pese a ese daño, considero que hay algo hermoso y difícil de explicar en la vulnerabilidad, y es que esta se define como una cualidad; “elemento o carácter distintivo de la naturaleza de algo o alguien”; entonces la vulnerabilidad es la cualidad de ser vulnerable, y los seres humanos nacemos con esa distinción, está en nuestra naturaleza desde que existimos. En mi opinión no hay nada más potente y a la vez más frágil que un embrión abriéndose paso a la existencia. Reconozcámoslos de una vez, somos vulnerables hasta la médula y hasta el día de nuestra muerte, aunque nos desvivamos por negarlo y ocultarlo.

Pienso que quizás nuestro problema con la palabra vulnerable viene porque la confundimos con debilidad, y nada más lejos de la realidad; considero que para mostrar las costuras hay que ser fuerte y valiente, porque significa rasgarse las vestiduras y mostrar nuestro interior. Cuando mostramos nuestra fragilidad nos volvemos más amables, y no porque nos tornemos complacientes o afectuosos, -es más que probable que cuando nos percibimos en situación de vulnerabilidad seamos algo hostiles-, sino más bien, como la misma palabra indica, porque nos volvemos “digno de ser amado.

Sería maravilloso mostrar la vulnerabilidad sin tapujos ¿a qué sí?, pero en una sociedad que sigue educando en la competencia y la rivalidad, donde se sigue inculcando que gana el más fuerte, que las lágrimas se guardan y que se debe estar bien a toda costa parece complejo. En una sociedad que aboga por la cultura del esfuerzo (a veces desmedido), de atropellar a quien encontremos en el camino con tal de conseguir nuestro objetivo; una sociedad que ha extraviado valores como el respeto, el amor al prójimo y la ética, y para mi gusto con demasiados indiferentes e ignorantes sueltos que andan por allí mirando solo sus ombligos, se hace cuesta arriba dar libertad a eso que nos hace frágiles, mostrarnos sin reservas y entregarnos desde el alma.

Aún con todo, según mi punto de vista, nos deberían enseñar desde pequeños a abrir el pecho con mayor frecuencia y sin tanto recelo; a mostrar y compartir nuestra vulnerabilidad (sobre todo a los chicos, que lo tenéis peor) y así recordaríamos que está presente en todo ser humano, incluso en todo viviente (¿cuán vulnerable es una flor?); el solo hecho de estar vivos nos hace vulnerables, aunque insistamos en desconocer la fragilidad de la vida y miremos de reojo nuestra finitud. Es cierto, mostrándola se corre el riesgo de que nos dañen, pero en todo caso, ocultarla no evita ese daño. ¿Cuántas veces, sin querer, terminamos siendo heridos por quienes dicen amarnos, que es a quienes solemos mostrarnos a corazón abierto? Y ¿Qué pasa? Al final solo lloramos, rabiamos, culpamos, nos aterramos, sanamos y en el proceso aprendemos.

Algo curioso que he observado en la vulnerabilidad es que por desgracia pocas veces nos encontramos con ella desde el amor; en su lugar lo hacemos desde la rabia, la impotencia y la frustración de vernos desnudos e indefensos, o de ver a quienes amamos en situación de vulnerabilidad. Quizás porque no se ha tenido la suerte de vivir esa vulnerabilidad en compañía del amor, o porque de algún modo otros se han aprovechado o burlado de ella.

Quizás por eso cuesta tanto reconocerse vulnerable y aprender a serlo con la serenidad, solemnidad y respeto que en mi opinión amerita, porque ignoramos que cuando la vulnerabilidad y el amor bailan juntos se crea el más hermoso de los vínculos.

¿Y ustedes? ¿Cuándo fue la última vez que os vivisteis vulnerables?

optimismo martha lovera

Va de entrenar el optimismo

optimismo martha lovera

Llevo varios días dándole vueltas a cuál sería el tema adecuado para iniciar las entradas del blog este año y, gracias a mi primera lectura de esta recién estrenada vuelta al sol, di con la clave: el optimismo. Una de mis personas es, en mi opinión, la personificación del optimismo. Ella es capaz de reír a boca llena y ver el lado positivo en las peores circunstancias, y es algo que admiro de ella. Hay quienes como ella nacen con ese don corriendo por sus venas, otros en cambio debemos esforzarnos por practicarlo.

Según la RAE, el optimismo no es más que “la propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable”. En mi opinión, dadas las circunstancias, necesitamos elevadas dosis de optimismo. La palabra, proveniente del latín “optimun” (el mejor), fue utilizada por primera vez por allí en 1710 por un filósofo alemán. Al investigar me di cuenta que el optimismo, como doctrina, ha tenido durante años muy mala prensa. Se tilda de soñadores, ilusos e ingenuos a quienes lo practican. Y me pregunto, ¿qué tiene de malo pensar y creer que las cosas son favorables e irán a mejor?

Lo que la ciencia dice al respecto es que para la mente y para el cuerpo todo son ventajas. Al parecer quienes investigan desde hace décadas el optimismo y la felicidad -y no son pocos quienes están en ello-, han comprobado que todo lo que se produce en nuestra mente (pensamientos y sentimientos) viaja a través del sistema nervioso y endocrino hasta nuestro cuerpo, y esa química altera, para bien o para mal, el ritmo del corazón, la presión arterial, el sistema inmune y otras funciones del organismo.

Así lo confirma Luis Rojas Marcos, un prestigioso psiquiatra, en su último libro “Optimismo y salud”; en él, el doctor Rojas Marcos, también da pistas de los peligros de no ejercer el optimismo y cataloga de “venenos del optimismo” a la indefensión crónica y al pesimismo maligno. En la misma línea Pascal habló de la esperanza como aliada del optimismo y en el mismo sentido Russel citó al humor y el entusiasmo, pero ¿cómo se practica esto en el día a día?, ¿cómo mantener el talante optimista con la que está cayendo? ¿Cómo ser optimista cuando te obligan a cerrar el negocio que sustenta tu familia o cuando un ser querido está ingresado en un hospital?

Los expertos dicen que tener esperanza es esencial, así como también lo es pensar que las cosas están en nuestras manos y recordar lo bueno que hemos vivido y logrado. En mi opinión quizás serviría de algo enfocarse en la belleza, la alegría de lo sencillo y lo bonito de lo cotidiano. Sabemos que esto no siempre es fácil de lograr, sin embargo, ¿habéis visto cómo funcionan los niños? Sonríen sin saber a veces ni por qué, no se preocupan, ni se dejan angustiar por el pasado ni por el futuro, simplemente están y son… NIÑOS; seres cargados de inocencia que se limitan a existir en su eterno presente sin más pretensiones. ¿Será la inocencia la clave? A saber.

Con todo esto en mente y transitando por este enero que llegó como un déjà vu tengo una propuesta, ¿os animáis a ejercitaros conmigo en el optimismo? Podemos iniciar con una tabla muy sencilla de ejercicios diarios: 1- Mirar al cielo unos segundos. 2- Crear belleza con lo que sea que hagamos y 3- Sonreír sin motivo (que el cerebro termina creyéndoselo). ¿Qué os parece?

Sé que habrá días en los que la realidad nos alcanzará como una apisonadora, días en los que creeremos que las circunstancias son nefastas, que no hay salida y las lágrimas rodarán por nuestras mejillas y cuando eso pase ¿qué haremos?, ¿dejarnos vencer? No creo que sea la mejor opción.

Prefiero apostar por volver a ser niñas y niños y olvidarnos por unos minutos de esa realidad que nos causa daño; desdibujarla tras un telón que cual carpa de un enorme circo nos lleve a experimentar la alegría del juego aunque sea durante unos minutos, porque ver la realidad de lo que sucede, con su crudeza y sus matices oscuros, no está reñido con elegir libre y conscientemente esforzarnos por mejorarla, con apostar por una actitud que nos lleve hacia la consecución de la felicidad de cada cual, que terminará siendo la del conjunto porque, como dijo el gran Gabo, “no hay medicina que cure lo que no cura la felicidad”.

¿Os apuntáis conmigo a este gimnasio gratuito y al aire libre o tenéis un mejor plan que aprender a estar sanas y sanos?

luces y sombras martha lovera

Va de mirar las luces y sombras.

luces y sombras martha lovera

Para mí este año ha estado repleto de luces y sombras, y en esa dicotomía he pasado días pensando en un título para la última entrada de este accidentado año. En busca de la idea más acertada me fui a la última entrada del 2019, ¿la recordáis? “Llega el 20/20 con su visión óptima”. En ella pedí y deseé para todas y todos precisamente eso, una visión nítida, claridad… ¡Y vaya si la hemos tenido! De golpe y porrazo nos quitaron la venda de los ojos y la situación nos retó -y sigue haciéndolo- a mirar lo que es, tal y como es, y eso, según mi punto de vista, nunca en sencillo.

Mi sensación ha sido como de ir corriendo a toda pastilla y de repente sufrir un apagón. ¿Os ponéis en situación? En mi caso, y creo que en la mayoría, supongo que en una situación así la reacción inmediata sería detener la carrera, permanecer quieta y esperar a que las pupilas se ajusten a la oscuridad, para así retomar el camino a otro ritmo. Esa escena me ha conectado con una de mis pasiones, la fotografía.

Según el diccionario de la RAE, fotografía significa “procedimiento o técnica que permite obtener imágenes fijas de la realidad mediante la acción de la luz sobre una superficie sensible o sobre un sensor”, para ello esa luz debe pasar por un diafragma; una especie de pupila que está en el interior del lente, parecido a la pupila humana con la diferencia que la nuestra se ajusta de manera automática.

La pupila, de forma natural, se abre cuando todo está muy oscuro y se cierra cuando hay demasiada luz, sin embargo, en el diafragma de una cámara ese movimiento de apertura y cierre es regulable con una valor llamado velocidad de obturación y es lo que hace posible hacer magia en la oscuridad porque permite capturar imágenes con poca luz.

¿Habéis visto alguna vez esas hermosas fotografías en las que se ve la vía láctea, las estrellas o el agua como algodones? Pues son producto de permanecer inmóvil (la cámara debe estar sobre un trípode), de tener paciencia (porque la foto, literalmente, se está tomando durante un rato) y regular la cantidad de luz que entra. Si hay algo que me gusta en la vida son las fotografías, verlas y hacerlas. Tener ese poder casi sobrenatural de hacer eterno un instante, de parar el tiempo en una imagen me parece sencillamente sublime. Ese juego es posible gracias a un adecuado manejo de la luz y la oscuridad.

Para mí este año que nos ha cambiado la vida a todas y todos, ha sido un bajón súbito de la velocidad, un año repleto de luces y sombras en el que a muchas personas se les apagó la luz, a otras nos hizo mirar a los ojos a esa oscuridad que tanto aterra y desde allí, comprendiéndola y ajustando nuestras pupilas, por fin pudimos ver la luz…

¿No había pedido claridad y nitidez? ¡Pues toma claridad! Entonces no sabía que VER a veces puede ser muy doloroso, como cuando miramos un rato hacia el sol. Descubrir que hay personas que ya no estarán, que ya no somos las mismas personas, que un ciclo termina para no volver, eso nunca es fácil, sin embargo hay que seguir generando recuerdos y haciendo fotos, ¿no?

Obviamente también ha habido cosas buenas. Para mí lo bonito de este año es que supe que en la vida, como en la fotografía a baja velocidad (o nocturna), también se pueden crear cosas hermosas desde la oscuridad, de hecho este libro de relatos titulado “Tenemos la cura” surgió en plena oscuridad del confinamiento y es una joya, os animo a leerlo.

Lo que considero que está claro es que para crear en la oscuridad hay que bajar la velocidad, permanecer bien quieta y centrar el foco en lo que se desea. Pienso que la fotografía nocturna habla de eso, de quietud, paciencia y voluntad; una triada que considero necesaria para cualquier cosa en la vida y es lo que deseo para mí y para ustedes el venidero año.

¡A por muchas fotos más! A por un saludable 2021.

confianza martha lovera

Va de sentir confianza y de ser confiable.

confianza martha lovera

Sentir confianza no siempre es sencillo, porque para llegar a confiar en algo o en alguien hay que creer en ello y esto no siempre es posible. Hace unos días, paseando con uno de mis sobrinos por una escarpada cala, fui testigo de un gesto que considero la escenificación de la confianza. El peque es un niño acostumbrado a pasear por la montaña. Desde muy temprana edad ya iba de senderismo envuelto en una mochila pegadito al pecho de su padre o de su madre. Recuerdo cómo con ojos bien abiertos, de esos que hablan de las ganas de comerse el mundo, aún siendo muy pequeño capturaba con curiosidad e ilusión todo lo que su inocente mirada alcanzaba a ver. El caso es que ahora con apenas cuatro años es un pequeño niño de la selva, un explorador todo terreno. Es fascinante verlo descalzo saltar por las rocas de calas en las que más de un adulto, presos del miedo y la inseguridad, trastabillamos y tropezamos con destreza.

El caso es que hace unos días nos escapamos su madre, él y yo a una de esas calas escondidas. Como buen explorador, el pequeño es de madrugar y a eso de las doce del mediodía, cuando emprendimos la retirada, su pequeño cuerpecito no daba más de sí. Intentó caminar pero las piernecitas le fallaban y sus ojitos empezaban a estar a media asta. En un momento del trayecto llegamos a un desnivel considerable que fui la primera en sortear y, para mi sorpresa, el pequeño se abalanzó hasta mi ubicación y se dejó caer en mis brazos a la vez que soltaba la mano de su madre que servía de apoyo. Eso para mí es la confianza. Se sintió seguro, tuvo la certeza de que no lo dejaríamos caer y se dejó llevar. Simplemente confió. Ese gesto, que me pilló por sorpresa por la altura y forma del desnivel en el que estábamos, me hizo reflexionar sobre el momento en que dejamos atrás esa certeza y empezamos a desconfiar.

Confianza, según el diccionario de la RAE, significa: esperanza firme que se tiene de alguien o algo; seguridad que alguien tiene en sí mismo. Al leer el concepto me pareció curioso que, cuando se habla de confianza, si se refiere a un tercero se define como esperanza, pero cuando se enfoca a la propia persona se habla de seguridad. A mi modo de ver, coincidiendo con las palabras de Alex Rovira, la confianza es un valor, ese que nos hace CREER y la única condición sine qua non para CREAR. La limitante que veo en ella es que la confianza no admite grados, es binaria; o se tiene o no se tiene; o está o no está.

La confianza se gana con esfuerzo y se pierde con facilidad y esto la torna frágil. Creo que la confianza vincula, llena de intimidad a cualquier relación porque con ella nos sentimos respetadas y respetados, reconocidas y reconocidos… nos sentimos a salvo. Sintiéndonos en confianza tenemos la certeza de que podemos dejar nuestro corazón en la mano de nuestro ser confiable porque sabemos que todo estará bien. Es cierto que no toda persona es digna de confianza. Hay quien, escudándose en la confianza y a sabiendas del daño que puedan ocasionar sus actos, muestra con desparpajo su parte más abusiva y descarada. También están quienes se afanan en cometer “errores” (así entre comillas porque considero que un error que es hábito poco tiene de error) y, bajo el amparo de la confianza de tanto errar y equivocarse terminan por perder la confianza depositada en ellos. Quizás de allí el dicho popular que reza: “la confianza da asco”. Así que sí, es verdad, no toda persona es confiable pero, ¡cuan maravilloso es encontrarse con una que sí lo es!

Siento que en estos tiempos que nos está tocando vivir el modo de poner en acción la confianza debe pasar por sentir seguridad con quienes nos rodean, tener la certeza de que a su lado estamos a salvo y que esas personas lo están en nuestra compañía. Quizás así podamos dejar de lado la esperanza, que está muy bien sentirla, sin olvidar que no deja de ser “un estado de ánimo que aparece cuando lo deseable se torna alcanzable”. La confianza requiere consciencia y responsabilidad. Es un acto de ejercicio diario porque no se puede ser confiable un día y al otro no.

Hablando de confianza, seguro conocéis alguna de esas dinámicas de grupo en las que hay que dejarse dirigir de un sitio a otro con los ojos tapados o dejarse caer hacia atrás con los ojos vendados para ser sostenido por quien está a nuestra espalda. ¿A cuántos se os ha puesto el cuello tenso de solo de pensarlo? A mí desde luego que sí. Pues los expertos dicen que así se trabaja la confianza. Sin embargo, según mi punto de vista, la única forma de cultivar la confianza es a base de ser confiable, ¿Cómo confiar en una persona que no se comporta de forma confiable?

Creo que la confianza, como todo valor, se demuestra con hechos. No se puede fingir con palabras, ni transmitir con la sola intención. No se puede forzar. La veo como una reluciente pieza de cerámica, valiosa y hermosa pero, una vez se rompe, por más que se usen mil filigranas para unir sus trozos, jamás volverá a ser como era.

¿Y ustedes?, ¿son confiables?, ¿ cuándo fue la última vez que dejaron su corazón en la mano de otra persona?