Historias de nunca jamás

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fotografía nocturna montoro martha lovera

Va de historias que no deberían empezar nunca jamás.

Cuando pensamos en una historia o en un cuento, seguramente a la mayoría de nosotros nos viene a la cabeza el típico inicio de los cuentos infantiles. Frases como: “erase una vez” o “había una vez”. Cuando pensé en esta historia, lo primero que vino a mi mente fue esa isla descrita por J. M. Barrie en Peter Pan, El país de nunca jamás. Esta es una historia de nunca jamás, porque hay historias que nunca jamás deberían existir, que nunca jamás deberían comenzar. ¿Queréis que os la cuente? Pues vamos allá.

En un lugar cercano, podría ser el salón de mi casa, la escuela de tus hijos, la cocina de nuestra vecina o la calle por donde tu mejor amigo pasea su perro; escondida entre las diminutas motas de polvo que se mueven con el azar del viento, vive una pequeña figura con manos en forma de tenazas que tiene el poder de cambiar la vida a quienes toca. Nació muy débil en el cielo infinito como una más de las constelaciones que en este bailan. Una más entre miles de millares de estrellas. Soñaba con ser grande, con que la vieran. Un día, en su deseo de crecer y hacerse fuerte, tropezó con una caracola mágica que, según contaban, cumplía los deseos de quien le hablaba, pero debía tener cuidado pues si la despertaba podría ser desastroso. La diminuta cangrejita cogió con una de sus tenazas la caracola y la colocó cerca de su oído y, en su afán por sobresalir, sin prestar atención a las advertencias de quienes conocían la fama de la hermosa caracola, gritó con toda la potencia de su voz: “¡quiero ser grande! ¡Quiero que me vean!”. La caracola despertó de su ensoñación enfadada y, utilizando el sonido del mar, susurró: “verás cumplido tu deseo pero para ello, eternamente cambiarás la vida de las personas y vagaras entre ellas; te verán pero jamás serás querida, tendrás mil caras y te temerán”. La pequeña cangrejita, emocionada por la respuesta inicial de la caracola, no escuchó la condición que esta impuso a modo de rumor marítimo y, sin pensarlo un segundo, aceptó. Empezó entonces su andadura entre los seres humanos, vagaba entre ellos como una diminuta célula que, en el momento menos pensado, crecía desordenada, haciéndose visible.

Una mañana en el parque se acercó a una preciosa niña morena de ojos dulces y larga cabellera llamada Jimena que jugaba alegremente con su hermano. La cangrejita se metió debajo de su piel y de inmediato el cuerpo de la pequeña comenzó a cambiar. No corría con la misma facilidad y algunos dolores aparecieron en su delicado cuerpo infantil. Sus padres angustiados la llevaron al médico. La cangrejita estaba feliz porque crecía como tanto deseaba, y esa mañana por fin la verían. Y así fue, tras una de esas fotografías que solo hacen en los hospitales, apareció. No logró ver su cara, en su lugar vio el miedo y la tristeza en los ojos de la pequeña y de sus familiares. Deseó nunca haberse encontrado con aquella caracola. Los médicos la llamaban Cáncer y, cuando la gente escuchaba su nombre, lloraba y sentía miedo. Pero los médicos contaban con una pócima mágica para que dejara de crecer dentro del cuerpo de Jimena. Cáncer sintió miedo, no quería volver a ser pequeña, estaba muy a gusto en el cuerpo de la niña. Con las primeras gotas de la pócima recorriendo las venas de la pequeña Cáncer sintió dolor. Tras veintiún días, una nueva fotografía y quizás más pócima, volverían a mirarla. Esta vez Cáncer miró en el espejo cómo la larga y hermosa cabellera oscura de Jimena había desaparecido y como su cuerpecito se hizo delgado. La cangrejita se sintió triste, comprendió que su presencia dentro de la pequeña había cambiado a la niña por completo, fue entonces cuando dejó de crecer. Tras varios ciclos, Cáncer volvía a ser muy débil y pequeña, una diminuta constelación en el universo infinito, hasta que un día se desvaneció volviendo a ser el polvo que era en su nacimiento. Los médicos, felices, dieron la noticia a Jimena y a sus padres. Cáncer se había ido, no sabían si más tarde regresaría o si se había ido para siempre. De momento, ya no estaba dentro de Jimena y aquello era una gran noticia, un verdadero triunfo. La vida de la cangrejita se hizo cada vez más difícil porque los seres humanos se unieron para buscar fórmulas, elixires y pócimas para que nunca más volviera a cambiar la vida de ninguna persona. Jimena volvió a jugar feliz con sus amigos y sus padres fueron felices al verla crecer al igual que su cabello.

Esta historia es de esas que nunca jamás deberían comenzar. Es una toma de consciencia de la dolorosa realidad que produce la omnipresencia de una enfermedad como el cáncer; de cómo, nos guste o no, todas y todos somos pacientes en potencia y sobretodo, es un homenaje a quienes día a día son tocados por el cáncer, a quienes día a día beben la pócima para superar la enfermedad.

Esta historia es para ti Jimena, mi querida niña de ojos dulces.