Quince años.

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Fiesta de quinceañera

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En muchos países latinos se celebra la fiesta de quinceañera o, como la llaman en Venezuela, “los quince años”. Es algo muy arraigado en la sociedad y al parecer su objetivo es presentar a la niña en sociedad y despedirla del hogar porque sale a la vida y empieza a aprender “a ser mujer”. A punto de cumplir los quince años, la mayoría de adolescentes venezolanas, están cursando el penúltimo o último año de bachillerato y esto marca el inicio de una nueva etapa con la responsabilidad e independencia de la vida universitaria y todo lo que ella implica. En Europa equivale a las fiestas de debutantes hechas por las altas esferas sociales.

Las fiestas de quinceañera son fiestas exclusivas de las púberes femeninas; una celebración muy importante para la mayoría de ellas que, desde muy pequeñas esperan con ilusión y ansias su gran día. Algunas de esas fiestas son muy pomposas, organizadas con meses de antelación en salones adornados con glamour con los motivos que la agasajada y su madre elijan. Y que no falte la mesa de los embutidos en una zona del salón y en otra la tan admirada mesa de los quesos y la de la fruta. También debe estar presente la barra con ingentes cantidades de bebidas alcohólicas, sobre todo el ovasionado Black Label y nuestro tan preciado ron. La música en vivo no puede faltar, casi siempre ubicada con gran protagonismo frente a una amplia pista de baile que, rodeada de múltiples mesas redondas, será el centro de atención de los asistentes porque es donde, entrada la noche, la quinceañera hará su primer baile; primero con su padre, luego con abuelos, tíos, hermanos, primos y el noviecito si ya lo tiene, pero antes de ese momento manadas de camareros trajeados se pasearán entre las mesas con bandejas repletas de pasapalos: tequeños, bolitas de carne, de queso, camarones al ajillo, entre otros.

Eso era lo deseado por la mayoría de las niñas de mi época durante la década de los noventa. Sin embargo, para mí fue bastante distinto, me negué de lleno a ese tipo de celebración, me pareció un derroche innecesario de dinero, además que hacerla significaba para mí superar muchos estresores: organización, demasiados invitados, llevar vestido (impensable), calzar tacones (más impensable aún), bailar un vals delante de los asistentes y un sinfín de etcéteras que aún a día de hoy, si los pienso, me provoca cierto agobio. Entonces preferí disfrutar desde lejos las fiestas de mis compañeras del colegio -creo que solo fui a dos de esas fiestas-, y celebré mis quince años siendo fiel a mi estilo: con una barbacoa en el patio de casa, acompañada de unos pocos amigos del colegio, la familia más cercana y algún que otro vecino.

Hoy recuerdo todo esto a propósito de que hoy, de algún modo, vuelvo a cumplir quince años, pero estos son diferentes. Tal día como hoy hace quince años me convertí en inmigrante. Fue el 21 de mayo de 2005 cuando por primera vez pisé esta tierra como una inmigrante venezolana y eso implica que, hace quince años, nació la mujer que soy ahora. Así que sí, hoy celebro mis quince años por segunda vez. Creo que todas las personas, aún sin necesidad de migrar físicamente, vamos migrando interiormente durante toda la vida y, en algún momento, vivimos un evento a partir del que nos convertimos en una nueva persona, un antes y un después, un evento que me gusta definir como un renacer y para mí fue ese día. No imaginaba entonces que cruzar fronteras tendría un encanto especial, sobre todo cuando al traspasarlas se va más allá, ya no del territorio vivido como propio desde el nacimiento, que también, sino que se traspasan los límites de lo conocido, los límites de quien se es para crear un nuevo ser humano. Migrar transforma, amplía la perspectiva y las aventuras que se viven, que nunca son demasiado descabelladas porque siempre sucede algo que supera lo anterior, forjan una nueva personalidad y una nueva forma de ver la vida.

Hoy, quince años después de montarme en aquel avión en el Aeropuerto de Maiquetía con su famoso suelo de mosaico obra del gran Carlos Cruz-Diez símbolo del entonces naciente gran éxodo de Venezuela; hoy quince años después de abandonar mi terruño con la maleta cargada de proyectos (muchos de los que por fortuna no se cumplieron) y hecha un mar de lágrimas, aunque estuviera haciendo lo que quería (nunca es fácil emigrar por bien que salga la jugada); os aseguro que la mayor aventura, el mejor máster, el mayor aprendizaje de mi vida hasta ahora ha sido precisamente emigrar e inmigrar, porque no son lo mismo, emigrando se deja, se desarraiga se extraña e inmigrando se llega y se aprende un arraigo nuevo. Creo que los cimientos de quienes migran se forjan cuando se deja todo lo conocido poniendo rumbo hacia un destino, que por más que se programe o diseñe, siempre termina siendo un gran desconocido muy distinto a lo que se proyectó.

Hoy la mujer que soy bailará por primera vez su vals de quinceañera, orgullosa y feliz de haber renacido libre en una hermosa tierra extranjera que amo como propia, aunque anhele día a día volver a ver su tierra venezolana vivir en libertad. Seguiré migrando en mi interior hasta perecer, es lo que hacemos las personas, ¿no? Evolucionar, morir y renacer, aprender y desaprender en un ciclo tan infinito como la vida.

Y a vosotres, ¿cómo os va en vuestra migración? ¿Cuántas veces habéis migrado?