Me despido.

Estos días, durante una conversación con un paciente, este me soltó a bocajarro una frase que se quedó resonando en mi interior durante días. De hecho, es la que me impulsa a escribiros hoy. Creo que con la distancia de los días no fue tanto lo que dijo, sino la forma en la que lo hizo. A llanto vivo, con un quejido desgarrado que salió desde lo más hondo de su pecho.
Me dijo: “no pude despedirme”. Y al terminar de verbalizar esas palabras, terminó de romperse la coraza que llevaba tiempo apretándolo. Un enorme y en apariencia basto, rudo y fornido hombretón, acaba de derrumbarse frente a mí. Me quedé inmóvil, callada, y con la piel erizada respiré su dolor. Le ofrecí mi silencio compasivo mientras notaba que sus lágrimas se comunicaban con las que en ese instante decidieron atrincherarse en mi garganta. Sabía perfectamente de lo que hablaba, yo también he transitado ese mismo dolor. El dolor de quien, por el motivo que sea, no ha podido despedirse.
A veces no podemos despedirnos porque asumimos que el mañana se abrirá paso para ofrecernos una nueva oportunidad. Otras veces es porque creemos que habrá una ocasión o lugar mejor. Otras porque carecemos del coraje suficiente para decir adiós, otras porque la vida decide sorprendernos y nos arrebata la ocasión que hasta ese momento dábamos por sentada.
A veces no podemos despedirnos porque creemos que no hay comunicación posible con el destinatario de esa despedida. Otras veces creemos que es la distancia la que nos niega esa posibilidad. En todas ellas se queda una sensación de soslayo revoloteando en nuestra alma. La mente pide un cierre, como si en ese adiós concediera permiso al alma para atravesar ese dolor y transformarlo.
Despedirse no es fácil, nunca lo es. Parece que perdemos una parte de nosotros mismos y la entregamos a eso de lo que nos despedimos. Y en cierto modo creo que es así. Que quien se despide de algo o de alguien deja de estar de algún modo completo. Pese a ello y gracias a los eventos del pasado 24 de junio en mi amada Venezuela, y aún cuando el pasado 23 de abril me pasé por aquí para hablaros de renunciar, pérdidas y cierres, hoy prefiero no quedarme con la despedida entre pecho y espalda.
Me despido de ustedes, lectoras y lectores, espero que de forma temporal (aunque no pueda asegurar que así sea). Deseo que esta despedida no sea definitiva, que solo sea un paréntesis para seguir explorando y construyendo, y también para dar espacio al descanso y al barbecho.
Durante todos estos años compartiendo letras con ustedes, gracias a mi versión escritora, he aprendido que, por más que ame la escritura, no siempre es posible estar en fase de creación.
Ahora, con la metamorfosis que la integración de todas mis facetas, de todas mis versiones, de todas mis partes está provocando, este espacio también cambiará. No sé cómo, lo único que sé es que ahora, en este instante vital, personal, y profesional, marthalovera.com no puede seguir siendo un espacio solo para mi versión escritora. Aunque esa versión siga escribiendo, aunque siga buscando la manera de publicar su última novela “El cuerpo cautivo”.
En esta despedida sigo apostando por la unión, coherencia y ecuanimidad de cada una de mis partes. Porque cada una de ellas tenga su tiempo y su espacio. No quiero despedirme de ninguna. Ya comprobé en mis propias carnes que desatender alguna de nuestras partes es la antesala a la enfermedad. Sin duda alguna.
Gracias por tantos años. Gracias por vuestra acogida, por vuestra amabilidad y generosidad en dedicar tiempo para leerme y con ello, propiciarme la hermosa oportunidad de escribir mi historia mientras me leía el alma al escribiros. Ha sido un hermoso regalo que atesoraré siempre.
Ahora mismo, mi versión médica quiere hacerse con este instante. Os quiere invitar a a que os paséis a echar un vistazo a lo que está creando. Hace tiempo que gracias a esa parte de mí comprendí que como médica no tenía ni idea de salud ni bienestar. Que sabía mucho de enfermedades, de fármacos, pero muy poco de cómo favorecer y mantener la salud. Tuve que enfermar para aprenderlo.
De esa experiencia y todo lo estudiado durante años nace CULTIVA y también, con ese recorrido nace una nueva forma de hacer medicina, con una mirada más coherente con mi forma de entender la salud y la enfermedad, y también, con una forma más amable con la necesidad de la mayoría de las y los pacientes. Una mirada compasiva centrada en la persona.
En fin, que no os quito más tiempo. Que espero seguir contando con ustedes como lectores, como pacientes, como compañeras y compañeros de camino en este andar lleno de aprendizaje.
Por cierto: ¿Dé quién o de qué no habéis podido despediros?