Libertad para volar juntos

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Va de volar juntos para llegar a la libertad.

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En estos tiempos de confinamiento mucho se está hablando de libertad. Se nos llena la boca con esa palabra de la que quizás no hayamos leído el significado. Así que, como de costumbre, me fui al diccionario de la RAE a buscarlo. Me fascinó la cantidad de acepciones y aplicaciones para ese vocablo. Una de ellas es: “Facilidad, soltura, disposición natural para hacer algo con destreza”. Palabras que juntas, según mi puntos de vista, evocan los movimientos de un animal alado que surca el cielo. Quizás por eso la mayoría de personas cuando pensamos en la libertad, la imagen que se dibuja en nuestras cabezas es la de un ave en pleno vuelo. De hecho, el símbolo por excelencia asociado con la libertad es el de una paloma blanca suelta por el aire.

Otra de las acepciones de libertad, la que más llamó mi atención, es: “Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos. No entraré en el lenguaje inclusivo ausente de esta frase porque eso da para otra entrada. Llamó mi atención porque relaciona libertad con responsabilidad. Relación que muchas personas, en mi opinión, no tienen muy presente en estos tiempos. Defendemos, profesamos y exigimos a todas horas libertad. Libertad de culto, libertad de circulación, libertad para amar, y la que más nos gusta, la libertad de expresión. Pero en muchas ocasiones no nos responsabilizamos de ello ni por ella. Salimos a la calle en manadas. Gritamos ¡libertad!, ¡libertad! Y es que hay tantas formas de ser libre que me entristece que la única que ejerzamos con destreza sea precisamente la de no hacernos responsables.

Hay quien, abanderando su libertad de expresión, usa los gritos como cobertura de las palabras transformándolas en cuchillas que hieren, humillan y degradan a quienes son proyectadas con la excusa de hacerse oír. Hay quienes, profesando el amor libre y en defensa de su “libertad”, (sí, así entre comillas), someten a varias personas al tormento de la espera, jugando con la ilusión de quien desea ser elegido, eludiendo la responsabilidad que los daños que ese amor a cuentagotas pueda causar. Luego están los que por defender su libertad de culto llegan a utilizar la violencia para imponer su Dios a otros. Y no olvidemos a quienes practican el amor como un acto de libertad condicional; permiten al ser que dicen amar saborearla de a poquito, forzando el cumplimiento de ciertas condiciones con la amenaza de regresarle a prisión. Libertad, libertad. ¡Cuánto te queremos y qué poco te respetamos y valoramos!

Con todo esto en mi mente me pregunto: ¿es la nuestra una sociedad libre?, ¿somos conscientes de la responsabilidad que implica ser libres y de lo frágil que es la libertad? Creo que no. A mi modo de ver, es necesario que la libertad vaya de la mano de la responsabilidad por el simple hecho de que donde empieza la libertad de otras personas es donde debe terminar la propia. O dicho de otro modo, quien pretenda someter a otra persona a los actos que ejecute en defensa de su propia libertad no está siendo responsable. Con esto bullendo en mi pecho pensé en el vuelo de las aves. Recordé esas bandadas que danzan con hermosa sincronía por los cielos. ¿Habéis visto alguna vez a los estorninos volando juntos? ¿Cómo se las ingenian para moverse tantos a la vez y sin chocarse? ¿Sabéis que esto es posible gracias a que ellos, los estorninos, buscan imitar la dirección y velocidad de los siete compañeros más cercanos? Sin embargo, cada uno va a su ritmo. Fascinante, ¿a que sí? El caso es que estos animales se juntan de esa manera por razones primitivas y que compartimos. Protegerse del frío, sentir la seguridad del otro e intercambiar información valiosa como la localización de alimentos. Y me pregunto ¿Cómo unos animales menos evolucionados que nosotros pueden mantener la libertad propia al servicio de la grupal y así conseguir sus objetivos y el bien común?

Ellos como nosotros también son gregarios y migrantes. En uno de esos estudios se observó que durante esa maravillosa organización en bandadas estas aves, de forma individual, “deben moverse en la misma dirección que su vecino, permanecer cerca de ellos y evitar choques”. Tres premisas que siento que en esta era colmada de individualidad nos cuesta bastante a las personas. Como soy un poco friki seguí leyendo y encontré que al parecer durante este espectáculo se secreta un neuropéptido que los mamíferos tenemos en común a esas aves, la oxitocina (mesotocina en los alados), que es responsable del reconocimiento social, el comportamiento sexual y el emparejamiento. ¿Quizás por eso tendemos a confundir libertad con libertinaje? Quizás tenemos que aprender mucho de los estorninos y re-aprehender a volar juntos en la misma dirección, con el mismo propósito, ese que nos hace humanos. Quizás solo así podamos ser verdaderamente libres.

Hablando de libertad y vuelo, ¿Cuántas personas se creen libres solo porque vuelan en una jaula muy grande? ¿Cómo están vuestras alas?

Allí os lo dejo. Que tengáis un feliz vuelo.