Confianza

confianza martha lovera

Va de sentir confianza y de ser confiable.

confianza martha lovera

Sentir confianza no siempre es sencillo, porque para llegar a confiar en algo o en alguien hay que creer en ello y esto no siempre es posible. Hace unos días, paseando con uno de mis sobrinos por una escarpada cala, fui testigo de un gesto que considero la escenificación de la confianza. El peque es un niño acostumbrado a pasear por la montaña. Desde muy temprana edad ya iba de senderismo envuelto en una mochila pegadito al pecho de su padre o de su madre. Recuerdo cómo con ojos bien abiertos, de esos que hablan de las ganas de comerse el mundo, aún siendo muy pequeño capturaba con curiosidad e ilusión todo lo que su inocente mirada alcanzaba a ver. El caso es que ahora con apenas cuatro años es un pequeño niño de la selva, un explorador todo terreno. Es fascinante verlo descalzo saltar por las rocas de calas en las que más de un adulto, presos del miedo y la inseguridad, trastabillamos y tropezamos con destreza.

El caso es que hace unos días nos escapamos su madre, él y yo a una de esas calas escondidas. Como buen explorador, el pequeño es de madrugar y a eso de las doce del mediodía, cuando emprendimos la retirada, su pequeño cuerpecito no daba más de sí. Intentó caminar pero las piernecitas le fallaban y sus ojitos empezaban a estar a media asta. En un momento del trayecto llegamos a un desnivel considerable que fui la primera en sortear y, para mi sorpresa, el pequeño se abalanzó hasta mi ubicación y se dejó caer en mis brazos a la vez que soltaba la mano de su madre que servía de apoyo. Eso para mí es la confianza. Se sintió seguro, tuvo la certeza de que no lo dejaríamos caer y se dejó llevar. Simplemente confió. Ese gesto, que me pilló por sorpresa por la altura y forma del desnivel en el que estábamos, me hizo reflexionar sobre el momento en que dejamos atrás esa certeza y empezamos a desconfiar.

Confianza, según el diccionario de la RAE, significa: esperanza firme que se tiene de alguien o algo; seguridad que alguien tiene en sí mismo. Al leer el concepto me pareció curioso que, cuando se habla de confianza, si se refiere a un tercero se define como esperanza, pero cuando se enfoca a la propia persona se habla de seguridad. A mi modo de ver, coincidiendo con las palabras de Alex Rovira, la confianza es un valor, ese que nos hace CREER y la única condición sine qua non para CREAR. La limitante que veo en ella es que la confianza no admite grados, es binaria; o se tiene o no se tiene; o está o no está.

La confianza se gana con esfuerzo y se pierde con facilidad y esto la torna frágil. Creo que la confianza vincula, llena de intimidad a cualquier relación porque con ella nos sentimos respetadas y respetados, reconocidas y reconocidos… nos sentimos a salvo. Sintiéndonos en confianza tenemos la certeza de que podemos dejar nuestro corazón en la mano de nuestro ser confiable porque sabemos que todo estará bien. Es cierto que no toda persona es digna de confianza. Hay quien, escudándose en la confianza y a sabiendas del daño que puedan ocasionar sus actos, muestra con desparpajo su parte más abusiva y descarada. También están quienes se afanan en cometer “errores” (así entre comillas porque considero que un error que es hábito poco tiene de error) y, bajo el amparo de la confianza de tanto errar y equivocarse terminan por perder la confianza depositada en ellos. Quizás de allí el dicho popular que reza: “la confianza da asco”. Así que sí, es verdad, no toda persona es confiable pero, ¡cuan maravilloso es encontrarse con una que sí lo es!

Siento que en estos tiempos que nos está tocando vivir el modo de poner en acción la confianza debe pasar por sentir seguridad con quienes nos rodean, tener la certeza de que a su lado estamos a salvo y que esas personas lo están en nuestra compañía. Quizás así podamos dejar de lado la esperanza, que está muy bien sentirla, sin olvidar que no deja de ser “un estado de ánimo que aparece cuando lo deseable se torna alcanzable”. La confianza requiere consciencia y responsabilidad. Es un acto de ejercicio diario porque no se puede ser confiable un día y al otro no.

Hablando de confianza, seguro conocéis alguna de esas dinámicas de grupo en las que hay que dejarse dirigir de un sitio a otro con los ojos tapados o dejarse caer hacia atrás con los ojos vendados para ser sostenido por quien está a nuestra espalda. ¿A cuántos se os ha puesto el cuello tenso de solo de pensarlo? A mí desde luego que sí. Pues los expertos dicen que así se trabaja la confianza. Sin embargo, según mi punto de vista, la única forma de cultivar la confianza es a base de ser confiable, ¿Cómo confiar en una persona que no se comporta de forma confiable?

Creo que la confianza, como todo valor, se demuestra con hechos. No se puede fingir con palabras, ni transmitir con la sola intención. No se puede forzar. La veo como una reluciente pieza de cerámica, valiosa y hermosa pero, una vez se rompe, por más que se usen mil filigranas para unir sus trozos, jamás volverá a ser como era.

¿Y ustedes?, ¿son confiables?, ¿ cuándo fue la última vez que dejaron su corazón en la mano de otra persona?

Libertad para volar juntos

libertar para volar martha lovera

Va de volar juntos para llegar a la libertad.

libertar para volar martha lovera

En estos tiempos de confinamiento mucho se está hablando de libertad. Se nos llena la boca con esa palabra de la que quizás no hayamos leído el significado. Así que, como de costumbre, me fui al diccionario de la RAE a buscarlo. Me fascinó la cantidad de acepciones y aplicaciones para ese vocablo. Una de ellas es: “Facilidad, soltura, disposición natural para hacer algo con destreza”. Palabras que juntas, según mi puntos de vista, evocan los movimientos de un animal alado que surca el cielo. Quizás por eso la mayoría de personas cuando pensamos en la libertad, la imagen que se dibuja en nuestras cabezas es la de un ave en pleno vuelo. De hecho, el símbolo por excelencia asociado con la libertad es el de una paloma blanca suelta por el aire.

Otra de las acepciones de libertad, la que más llamó mi atención, es: “Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos. No entraré en el lenguaje inclusivo ausente de esta frase porque eso da para otra entrada. Llamó mi atención porque relaciona libertad con responsabilidad. Relación que muchas personas, en mi opinión, no tienen muy presente en estos tiempos. Defendemos, profesamos y exigimos a todas horas libertad. Libertad de culto, libertad de circulación, libertad para amar, y la que más nos gusta, la libertad de expresión. Pero en muchas ocasiones no nos responsabilizamos de ello ni por ella. Salimos a la calle en manadas. Gritamos ¡libertad!, ¡libertad! Y es que hay tantas formas de ser libre que me entristece que la única que ejerzamos con destreza sea precisamente la de no hacernos responsables.

Hay quien, abanderando su libertad de expresión, usa los gritos como cobertura de las palabras transformándolas en cuchillas que hieren, humillan y degradan a quienes son proyectadas con la excusa de hacerse oír. Hay quienes, profesando el amor libre y en defensa de su “libertad”, (sí, así entre comillas), someten a varias personas al tormento de la espera, jugando con la ilusión de quien desea ser elegido, eludiendo la responsabilidad que los daños que ese amor a cuentagotas pueda causar. Luego están los que por defender su libertad de culto llegan a utilizar la violencia para imponer su Dios a otros. Y no olvidemos a quienes practican el amor como un acto de libertad condicional; permiten al ser que dicen amar saborearla de a poquito, forzando el cumplimiento de ciertas condiciones con la amenaza de regresarle a prisión. Libertad, libertad. ¡Cuánto te queremos y qué poco te respetamos y valoramos!

Con todo esto en mi mente me pregunto: ¿es la nuestra una sociedad libre?, ¿somos conscientes de la responsabilidad que implica ser libres y de lo frágil que es la libertad? Creo que no. A mi modo de ver, es necesario que la libertad vaya de la mano de la responsabilidad por el simple hecho de que donde empieza la libertad de otras personas es donde debe terminar la propia. O dicho de otro modo, quien pretenda someter a otra persona a los actos que ejecute en defensa de su propia libertad no está siendo responsable. Con esto bullendo en mi pecho pensé en el vuelo de las aves. Recordé esas bandadas que danzan con hermosa sincronía por los cielos. ¿Habéis visto alguna vez a los estorninos volando juntos? ¿Cómo se las ingenian para moverse tantos a la vez y sin chocarse? ¿Sabéis que esto es posible gracias a que ellos, los estorninos, buscan imitar la dirección y velocidad de los siete compañeros más cercanos? Sin embargo, cada uno va a su ritmo. Fascinante, ¿a que sí? El caso es que estos animales se juntan de esa manera por razones primitivas y que compartimos. Protegerse del frío, sentir la seguridad del otro e intercambiar información valiosa como la localización de alimentos. Y me pregunto ¿Cómo unos animales menos evolucionados que nosotros pueden mantener la libertad propia al servicio de la grupal y así conseguir sus objetivos y el bien común?

Ellos como nosotros también son gregarios y migrantes. En uno de esos estudios se observó que durante esa maravillosa organización en bandadas estas aves, de forma individual, “deben moverse en la misma dirección que su vecino, permanecer cerca de ellos y evitar choques”. Tres premisas que siento que en esta era colmada de individualidad nos cuesta bastante a las personas. Como soy un poco friki seguí leyendo y encontré que al parecer durante este espectáculo se secreta un neuropéptido que los mamíferos tenemos en común a esas aves, la oxitocina (mesotocina en los alados), que es responsable del reconocimiento social, el comportamiento sexual y el emparejamiento. ¿Quizás por eso tendemos a confundir libertad con libertinaje? Quizás tenemos que aprender mucho de los estorninos y re-aprehender a volar juntos en la misma dirección, con el mismo propósito, ese que nos hace humanos. Quizás solo así podamos ser verdaderamente libres.

Hablando de libertad y vuelo, ¿Cuántas personas se creen libres solo porque vuelan en una jaula muy grande? ¿Cómo están vuestras alas?

Allí os lo dejo. Que tengáis un feliz vuelo.

Presa y Detenida

lavanda presa en una mano martha lovera
lavanda presa en una mano martha lovera

Va de estar presa y quedar detenida.

Hace unos días en el trabajo experimenté eso de estar presa, legalmente detenida. No es lo que imagináis, no he cometido delito alguno. Os explico. Tuvimos que acudir a un domicilio y la Policía Local nos trasladó en el coche patrulla, uno especial que hasta entonces no conocía. La agente nos advirtió con amabilidad: “no es nada cómodo, lo siento”. No comprendí a lo que se refería hasta que subí y me di cuenta que en lugar de asientos un plástico rígido cubría la zona donde estos debían estar; además, una pantalla de metacrilato transparente separaba al “pasajero” de quienes iban delante. En el centro de esta lámina un par de ventiladores, parecidos a los que refrescan los ordenadores, con un ruido nada agradable hacían el intento de bajar la temperatura de aquel espacio que cual pecera me contenía junto a una compañera.

Los baches del camino hicieron saltar nuestros riñones de sus fosas en un par de ocasiones y el calor, junto con la sensación de indefensión, hizo asfixiante el trayecto durante los primeros minutos. Poco después bajaron las ventanillas y volvimos a respirar. Y es que el mismo plástico que sin lograrlo jugaba a servir de asientos también recubría las puertas y tapaba el espacio destinado al sistema de apertura de estas y el de subir o bajar los cristales. Tampoco había alfombrillas. Eso sí, la seguridad que no falte, los cinturones de seguridad emergieron perfectos de sus anclajes. Durante los casi treinta minutos de traslado me sentí en el interior de una cápsula de café, a la espera de ser rociada por el agua hirviendo hasta diluirme y reflexioné acerca de las personas que, por una u otra causa, terminan allí, presas y detenidas.

Según la RAE, la palabra presa tiene varios significados: “dicho de una persona que sufre prisión”, “dominado por un sentimiento, estado de ánimo”; “cosa apresada o robada”, “animal que es o puede ser cazado”, “acequia o zanja de regar”, “muro grueso de piedra u otro material que se construye a través de un arroyo para almacenar su curso fuera del cauce”. Interesante ¿a que sí? Cuando terminé de leer esos significados me di cuenta de que una persona sea o esté presa (o detenida), sin haber hecho ninguna triquiñuela o haber infringido la ley, es relativamente sencillo, de hecho, considero que es algo que experimentamos a diario.

Todas las personas hemos estado/sido/caído presas alguna vez, algo o alguien nos ha detenido en algún momento o hemos sido presa de alguien o algo. Quizás hemos formado una presa al torrente de emociones que amenazan con desbordarse desde nuestro interior, un muro fortificado invisible que nos hace ser presas de nosotras mismas. Otras veces quedamos paralizadas, inmóviles por nuestros sentimiento y otras veces nos han hecho presa, dejándonos de algún modo atrapadas en una situación, en una persona o en pensamientos y sentimientos, deteniendo lo que somos, poniendo en pause la vida que teníamos hasta entonces. ¿Os suena de algo todo esto, verdad?

Esa tarde en la patrulla pensé en las personas que, siendo apresadas, habían estado allí, en ese mismo habitáculo. ¿En qué pensaban mientras sus manos, esposadas a la espalda, rozaban el plástico? ¿En lo vivido? ¿En lo sufrido? ¿En si había merecido la pena? Pensé en todo lo que es capaz de detener a un ser humano: el dolor, el miedo, un error; estar en el momento y lugar equivocado, incluso el amor, a veces el mal amor.  El caso es que durante ese servicio me detuve, aun cuando todo seguía moviéndose a su ritmo, y comprendí que a veces para quienes estamos presas de un sentimiento o deseando salir de una situación que nos convierte en una presa indefensa, la única opción posible para transformarnos es quedarnos detenidas y eso, tal y como dijo la agente ese día, no es nada cómodo. Romper la presa que nos aprisiona para dejar de ser una presa nunca es cómodo.

¿Y ustedes? ¿Cuándo fue la última vez que caísteis presos, que tuvisteis que quedaros detenidos?

Tormentas de verano

tormenta de verano dénia martha lovera 1

Va de acaloradas tormentas de verano.

tormenta de verano dénia martha lovera 1

Amo las tormentas de verano, me encanta su olor, su sonido y su luz. Tengo preciosos recuerdos enmarcados por acaloradas tormentas de verano, porque en mi tierra cuando llueve siempre es verano. Es lo que tiene el caribe, su calor constante, por eso durante mi infancia no recuerdo ningún aguacero con menos de treinta grados. También amo el verano, es la época del año en la que más libre me siento porque tengo la oportunidad de estar mucho más tiempo en la naturaleza. Además, es la época del año que más me conecta con la tierra que me engendró, con mi amada Venezuela; mentalmente vuelvo a sumergirme en ese cálido, cristalino y hermoso Mar Caribe que tanto me dio y que en mis labios, con agua mediterránea, ahora es menos salado.

Adoro levantarme y salir corriendo a darme un chapuzón en el mar, o pasar el día “salada” como dice mi chica. Y es que hay días en los que no toco el agua dulce ni por equivocación, me parece un desperdicio teniendo tantos litros de Mediterráneo donde zambullirme y mantenerme limpita, salada pero limpia. Por eso y porque paso el día de casa al mar y viceversa. Pero eso de ni oler el agua dulce lo hago sobre todo cuando me descuido con el protector solar, que suele suceder en esos días en los que me siento saturada y en un intento por repararme desato mi lado más salvaje hasta perder la noción del tiempo, hago la exploradora entre las rocas y las olas con el resultado obvio de una indeseable insolación, eritema en la piel, leve dolor de cabeza y ardor corporal incluidos. Entonces huyo del agua dulce, lo aprendí por allí en el año noventa y ocho del siglo pasado (qué fuerte suena eso ¿a qué si?) cuando, estando en la Isla de Margarita, llegué con senda insolación a donde me alojaban y allí me recibió una entrañable señora a la que quiero y admiro profundamente, Bellus (Mercedes es su nombre de pila), la abuela de unos amigos; En su momento Bellus me dijo que ni loca me quitara el agua salada, que el agua dulce era la peor enemiga de las insolaciones. Esa noche lo comprobé, dormí con las perlas del salitre rozando y sanado mi imprudencia y al día siguiente estaba como si nada. Fue cuando descubrí que es cierto eso que dicen que todo en la vida se cura con agua salada: lágrimas, sudor o el mar y a veces, las tres a la vez.

Volviendo al tema, del verano también amo esos días que vienen cerrados de nubes y cargan de humedad la atmósfera, cuando bajan de golpe y trompazo las temperaturas y aparece ese característico olor a tierra mojada, el petricor. Me encanta esa palabra, me fascina ese aroma, ¿sabéis que hasta el momento no se ha logrado sintetizar en laboratorio y que es producto de la unión del agua con los aceites producidos por las plantas y la geosmina secretada por unas bacterias? Lo sé, soy muy friki y os lo tengo dicho. En fin, que me maravilla que en todas partes del mundo el “olor a lluvia” sea el mismo, y el gustazo que se siente al dejarse envolver por él supongo que también será global.

Este verano está siendo bastante diferente, algo “atormentado” por no decir tormentoso. Vino lleno de su olor característico producto del desinfectante y el tan famoso gel hidro alcohólico, y lo de llevar media cara detrás de un trozo de tela/papel quirúrgico caminando por la calle a más de treinta grados tiene su aquel, sin embargo, eso no me impide seguir amando los días largos, sudar, vestirme con ropa corta e incluso ir ligera de ella y sobre todo, no me impide seguir agradeciendo tener la oportunidad de dejarme sorprender por una inesperada tormenta de verano, porque significa que aún sigo aquí, ¡VIVA!

Y es que las tormentas son al verano lo que las situaciones adversas a la vida: llegan de repente oscureciendo nuestra clara y soleada realidad para rodearnos con su humedad hasta casi sentir que nos ahogamos; a veces nos hacen experimentar la frustración por tener que renunciar al “perfecto plan veraniego” o nos obligan a quedarnos en casa oyendo llover; o maldecimos encontrar la ropa que creíamos limpia, lavada esa mañana, una vez más empapada cuando debería estar seca. A veces vienen cargadas de fulminantes bolitas de hielo que golpean todo lo cultivado hasta ese momento haciendo creer que se perderá la cosecha, que no se recogerá lo sembrado, que se derrumbará lo construido. Pero luego, cuando pasan, cuando cesan los rayos y los truenos, cuando se valoran los daños, el aire parece más ligero, todo queda más limpio, nuevamente sale el sol y con suerte hasta nos regalan un arcoíris.

Las tormentas de verano de la vida son esas circunstancias, situaciones o personas que a veces comienzan oliendo a petricor y luego, en una chasquido de dedos y sin saber muy bien cómo ni porqué mutan a cielo gris oscuro preludio de un “palo de agua”, porque llueven palos y no de agua precisamente. Con ellas nuestro cielo se rompe y vacía en millones de gotas, a veces saladas provenientes de nuestros ojos en forma de lágrimas, pero siempre, siempre, como las tormentas de verano, terminan pasando, y suelen tener un para qué, aunque mientras luchamos contra Poseidón no lo comprendamos.

¿Y a ustedes? ¿Cuál fue la última vez que les sorprendió una acalorada tormenta de verano?

Orgullo

eternamente en tus ojos orgullo 2020 martha lovera
eternamente en tus ojos orgullo 2020 martha lovera 1
Eternamente Orgullosa

Va de que hay que sentir orgullo y no tenerlo.

Como sabéis, y si no lo sabéis os lo digo, este es el mes del Orgullo, el orgullo LGTB. Mes durante el que los colores del arcoíris toman las calles en gesto reivindicativo con intensión de hacer visible esa realidad que todavía demasiadas personas quieren obviar, tapar y censurar. Debo confesaros que mi yo inmadura de hace algunos años, bastantes años, no comprendía el motivo de este día, hasta que me di cuenta que había estado siendo una ignorante, y que había sido bendecida con la ausencia de agresión alguna contra mi persona a causa de mi orientación sexual. Toda una fortuna. También es cierto que mientras viví en mi país de origen obvié comentar el “pequeño detalle” de que me gustaban las mujeres, quizás porque ni yo misma comprendía lo que me pasaba y carecía de referentes. Con la metamorfosis producida por la inmigración llegó la oportunidad de, por primera vez, aprender a vivirme y aceptarme al completo, inicié la verbalización de mi orientación sexual con una forma sorprendentemente natural y por fortuna el hecho de ser mujer, lesbiana e inmigrante nunca ha sido la causa de ningún problema para mí, ni en lo laboral ni en lo social. Poco después me tropecé de bruces con la realidad y todos sus matices y reconocí que no pertenezco a la mayoría, y cuánto dolor me causó darme cuenta de ello. Sin ir muy lejos, hace unos días me impactó leer en la prensa una penosa e indignante noticia, uno de esos sucesos que, lamentablemente, se dan con demasiada frecuencia aunque no se divulguen por los medios; una joven activista LGTB egipcia se suicidó después de no poder recuperarse del estrés post traumático provocado por las torturas a las que fue sometida durante tres meses en prisión. Había pasado tiempo de aquello y vivía en Canadá, un país gayfriendly que la habían acogido, sin embargo la profundidad de las heridas sufridas en su psique y su alma no soportaron el peso de lo vivido llevándola a sucumbir en la oscuridad hasta terminar quitándose la vida.  ¿Cuál fue su crimen? Mostrar con orgullo una bandera arcoíris en un concierto.

Según la RAE, orgullo, significa “sentimiento de satisfacción por los logros, capacidades o méritos propios o por algo en lo que una persona se siente concernida”. Así que sí, siento ORGULLO, así en mayúsculas, orgullo de todas y cada una de las personas que no se han doblegado a la exigencia de un mundo enfermo, de una sociedad intolerante, aunque les costase la vida. Siento ORGULLO por todas y cada una de las personas que han sido vejadas, agredidas y pisoteadas por el solo hecho de ser visibles, de no esconderse, de mostrarse al completo y quienes, con sus acciones, sentaron las bases para que muchas y muchos podamos a día de hoy vivirnos en libertad. Pero sabemos que todo lo conseguido es demasiado frágil, basta con un pequeño giro en la política y todo puede acabarse (tengo experiencia en ello, sino observad la Venezuela de los 50 y la de ahora). Cuando digo que todo puede acabar en un abrir y cerrar de ojos no hablo solo de lo conseguido por el movimiento LGTB; la democracia, la economía y el estado de bienestar son demasiado frágiles, por ello es necesario tener presencia constante en la calle, en la sociedad y defender lo que nos pertenece, no solo al colectivo LGTB, sino todo lo que nos pertenece por ser seres humanos, por ser mujeres, por haber nacido.

Ese es el motivo por el que hay que llenar las calles de arcoíris y mostrar lo que somos con orgullo y defender nuestro derecho de vivir con las mismas condiciones que el resto, ya que tenemos las mismas obligaciones lo mínimo es tener los mismos derechos ¿no? Por eso la necesidad de seguir mostrando a través de la cultura y las artes; la literatura, el cine, la poesía, el teatro y la publicidad, personajes tan diversos como la sociedad plural en la que vivimos, porque aspirar a que un día, espero que pronto, la sociedad no se horrorice por leer la voz de un transexual, las vivencias de una lesbiana bisexual, las peripecias de una familia poliamorosa, las anécdotas de un niño que tiene dos mamás; dos hombres fundidos en un beso o incluso la congoja de un anciano homosexual seropositivo que vive en soledad, no debería ser utopía, sino una aspiración lícita y respetable de querer transformar nuestro mundo en un lugar amable y respetuoso con lo diferente, donde podamos todas y todos sentirnos orgullosos de ser… Humanos. No debería ser un deseo o un anhelo sino una realidad tangible.

¿Y ustedes? ¿De qué sienten orgullo?

Quince años.

tarta cumpleaños quince años martha lovera

Fiesta de quinceañera

tarta cumpleaños quince años martha lovera

En muchos países latinos se celebra la fiesta de quinceañera o, como la llaman en Venezuela, “los quince años”. Es algo muy arraigado en la sociedad y al parecer su objetivo es presentar a la niña en sociedad y despedirla del hogar porque sale a la vida y empieza a aprender “a ser mujer”. A punto de cumplir los quince años, la mayoría de adolescentes venezolanas, están cursando el penúltimo o último año de bachillerato y esto marca el inicio de una nueva etapa con la responsabilidad e independencia de la vida universitaria y todo lo que ella implica. En Europa equivale a las fiestas de debutantes hechas por las altas esferas sociales.

Las fiestas de quinceañera son fiestas exclusivas de las púberes femeninas; una celebración muy importante para la mayoría de ellas que, desde muy pequeñas esperan con ilusión y ansias su gran día. Algunas de esas fiestas son muy pomposas, organizadas con meses de antelación en salones adornados con glamour con los motivos que la agasajada y su madre elijan. Y que no falte la mesa de los embutidos en una zona del salón y en otra la tan admirada mesa de los quesos y la de la fruta. También debe estar presente la barra con ingentes cantidades de bebidas alcohólicas, sobre todo el ovasionado Black Label y nuestro tan preciado ron. La música en vivo no puede faltar, casi siempre ubicada con gran protagonismo frente a una amplia pista de baile que, rodeada de múltiples mesas redondas, será el centro de atención de los asistentes porque es donde, entrada la noche, la quinceañera hará su primer baile; primero con su padre, luego con abuelos, tíos, hermanos, primos y el noviecito si ya lo tiene, pero antes de ese momento manadas de camareros trajeados se pasearán entre las mesas con bandejas repletas de pasapalos: tequeños, bolitas de carne, de queso, camarones al ajillo, entre otros.

Eso era lo deseado por la mayoría de las niñas de mi época durante la década de los noventa. Sin embargo, para mí fue bastante distinto, me negué de lleno a ese tipo de celebración, me pareció un derroche innecesario de dinero, además que hacerla significaba para mí superar muchos estresores: organización, demasiados invitados, llevar vestido (impensable), calzar tacones (más impensable aún), bailar un vals delante de los asistentes y un sinfín de etcéteras que aún a día de hoy, si los pienso, me provoca cierto agobio. Entonces preferí disfrutar desde lejos las fiestas de mis compañeras del colegio -creo que solo fui a dos de esas fiestas-, y celebré mis quince años siendo fiel a mi estilo: con una barbacoa en el patio de casa, acompañada de unos pocos amigos del colegio, la familia más cercana y algún que otro vecino.

Hoy recuerdo todo esto a propósito de que hoy, de algún modo, vuelvo a cumplir quince años, pero estos son diferentes. Tal día como hoy hace quince años me convertí en inmigrante. Fue el 21 de mayo de 2005 cuando por primera vez pisé esta tierra como una inmigrante venezolana y eso implica que, hace quince años, nació la mujer que soy ahora. Así que sí, hoy celebro mis quince años por segunda vez. Creo que todas las personas, aún sin necesidad de migrar físicamente, vamos migrando interiormente durante toda la vida y, en algún momento, vivimos un evento a partir del que nos convertimos en una nueva persona, un antes y un después, un evento que me gusta definir como un renacer y para mí fue ese día. No imaginaba entonces que cruzar fronteras tendría un encanto especial, sobre todo cuando al traspasarlas se va más allá, ya no del territorio vivido como propio desde el nacimiento, que también, sino que se traspasan los límites de lo conocido, los límites de quien se es para crear un nuevo ser humano. Migrar transforma, amplía la perspectiva y las aventuras que se viven, que nunca son demasiado descabelladas porque siempre sucede algo que supera lo anterior, forjan una nueva personalidad y una nueva forma de ver la vida.

Hoy, quince años después de montarme en aquel avión en el Aeropuerto de Maiquetía con su famoso suelo de mosaico obra del gran Carlos Cruz-Diez símbolo del entonces naciente gran éxodo de Venezuela; hoy quince años después de abandonar mi terruño con la maleta cargada de proyectos (muchos de los que por fortuna no se cumplieron) y hecha un mar de lágrimas, aunque estuviera haciendo lo que quería (nunca es fácil emigrar por bien que salga la jugada); os aseguro que la mayor aventura, el mejor máster, el mayor aprendizaje de mi vida hasta ahora ha sido precisamente emigrar e inmigrar, porque no son lo mismo, emigrando se deja, se desarraiga se extraña e inmigrando se llega y se aprende un arraigo nuevo. Creo que los cimientos de quienes migran se forjan cuando se deja todo lo conocido poniendo rumbo hacia un destino, que por más que se programe o diseñe, siempre termina siendo un gran desconocido muy distinto a lo que se proyectó.

Hoy la mujer que soy bailará por primera vez su vals de quinceañera, orgullosa y feliz de haber renacido libre en una hermosa tierra extranjera que amo como propia, aunque anhele día a día volver a ver su tierra venezolana vivir en libertad. Seguiré migrando en mi interior hasta perecer, es lo que hacemos las personas, ¿no? Evolucionar, morir y renacer, aprender y desaprender en un ciclo tan infinito como la vida.

Y a vosotres, ¿cómo os va en vuestra migración? ¿Cuántas veces habéis migrado?

Dolor en los pies.

pies descalzos martha lovera 1
pies descalzos martha lovera 1

Va de cambiar los zapatos

Hace unas semanas, antes que todo esto empezara, vi con extrañeza que la mayoría de mis zapatos de uso diario me provocaban cierto dolor en los pies. No suelen dolerme los pies, ni cuando he hecho tramos del Camino de Santiago. La verdad es que tengo unos pies que no suelen quejarse de las arremetidas que les doy. Quizás tenga que ver con que procuro invertir en zapatos de calidad; me parece que comprar buenos zapatos, una buena cama y una buena almohada, más que gastar es invertir en salud. El caso es que, a propósito de esos episodios de dolor, me dio por mirar con detenimiento mis zapatos. Miré el estado de sus suelas, las plantillas, contrafuertes, lengüetas, punteras y arcos —yo tampoco sabía las partes de un zapato pero, como soy una friki, las investigué para esta entrada— lo cierto es que los inspeccioné al milímetro y observé, con cierto asombro, que un par estaba agrietado por el centro de la suela con esta apenas gastada; otros estaban deformados hacia la supinación (parte lateral externa) y el otro par había perdido firmeza en el contrafuerte dejando a mis pies bailar. Como podéis imaginar eso no sucede de la noche a la mañana. El desgaste es algo progresivo, sin embargo hacía un par de semanas que sentía ese dolor agudo, a veces en el empeine, otras en las plantas y en otras ocasiones fueron los talones los que se quejaron.

Hice memoria en un intento de localizar cuándo los había comprado y no hacía tanto, uno de ellos no llegaban a dos años, ¿tanto había caminado con ellos? Sí, les llamo zapatos “de uso diario”, pero al ser varios pares no los utilizo todos los días, los voy intercambiando. Me dio la sensación de que esos zapatos habían durado menos de lo esperado. Ver mis zapatos deformes, gastados y agrietados me conectó con el camino recorrido durante esos dos años, con los paisajes compartidos, las experiencias vividas sobre sus suelas, los terrenos transitados y pensé que ese desgaste parecía una muestra de los tantísimos cambios experimentados en tan poco tiempo; solo dos años que, coincidiendo con los relatados por las personas más cercanas a mi vida, me hizo pensar que ese desgaste era algo experimentado por muchas personas a mi alrededor durante el mismo margen de tiempo.

Tal vez, antes de esta pausa obligada, íbamos muy deprisa, y las cosas sucedían a tal velocidad que nos pillaban demasiado distraídos como para sentir lo que esos cambios provocaban en nuestro organismo. Dolores sin causa aparente, brotes de llanto o rabia sin estímulo reconocible, cansancio, falta de concentración, de sueño o incluso de ilusión. ¿Os suenan esos síntomas? Si os digo que la mayoría de los pacientes que acude a urgencias lo hace por uno o varios de ellos, ¿me creeríais? Pues así era, así era en nuestra vida de entonces; veloz, sin pausa, a lo loco y es ahora, con esta pausa obligada que a muchas personas nos pilló como a esos zapatos, desgastados, cuando nos estamos dando cuenta. Creo que de forma generalizada los dos últimos años fueron especialmente complicados, años de despedidas, de rupturas (reales o metafóricas) y puede que necesitábamos detenernos para valorar el global de todo lo ocurrido. Os animo a hacer un balance de vuestros dos últimos años de existencia, pre pandemia, seguro que pasasteis por algo similar.

Albert Espinosa dice que “todas las pérdidas son ganancias” y que “los errores son aciertos fuera de contexto”. Creo que tiene razón, pero mientras lo aprendemos, toca transitar este terreno de incertidumbre, cambios inesperados y pérdidas como mejor se pueda y para eso hay que tener los zapatos adecuados, ¡que no se puede ir a la montaña en tacones!, y en mi caso, por el bien de mis dientes, no voy en tacones a ningún sitio. Necesitamos zapatos buenos y adecuados; a veces también toca plantearse la posibilidad de ponerse en los zapatos de otras personas, empatía le llaman. Al parecer estos días están siendo una oportunidad para aprenderla y ejercitarla, ¿días de perdernos para encontrarnos?

Cuando caminamos vemos pasar todo a nuestro alrededor: paisajes, personas u objetos, a nuestro ritmo si están inmóviles o al múltiplo de nuestra velocidad y la suya si son animados y eso a veces es complejo de encajar. La mayoría de mortales pasamos media vida intentando adecuar nuestro andar, en velocidad y trayectoria, a las circunstancias o al andar de las personas que amamos y eso, en algún momento, termina desgastándonos. ¿Os suena? Seguro que sí. Nunca es sencillo seguir nuestro propio camino y hacerlo a nuestro paso; nunca es sencillo dejar atrás y seguir el rumbo propio aunque implique caminar en solitario. Días antes de esta pausa acompañé a una amiga a sacar sus pertenencias de su taquilla y transportarlas en cajas hasta su coche. Habíamos compartido once años de trabajo y a fuerza de ese compartir y de muchas noches de guardia, que las noches dan para mucho, se transformó en una gran amiga. Se marchaba del trabajo y aunque fui feliz por ella, me sorprendí con un nudo en la garganta; sentí pena porque nuestros caminos se bifurcaban, sus huellas, al menos laboralmente, se alejaban de las mías y encajar cosas como esa siempre es difícil.

Volviendo a los zapatos, todas y todos tenemos ese par que se adapta como un guante a nuestros pies, que son ligeros, nos gustan estéticamente y que curiosamente van a juego con la mayoría de nuestra ropa. Zapatos que forman parte de nuestro día a día, testigos de miles de historias, algunas salpicadas por agua de mar, de lluvia, lágrimas o barro. Y de pronto, esos zapatos provocan daño dificultando nuestro andar. Cuando eso me sucede lo primero que hago es buscar un modelo exacto para sustituirlos, pero la mayoría de las veces no existe así que debo elegir unos nuevos, con otras características, otro color y, lo más complicado al menos para mí, bajar los viejos al contenedor y dejarlos atrás. Ahora os pediré un favor. Volved a leer el párrafo y cambiad la palabra zapatos por: trabajo, relaciones, vivencias. ¡Uf!

La situación actual nos ha cambiado el paisaje, el terreno por donde caminar, nos ha detenido en seco durante una temporada, viviendo los días con las pantuflas de andar por casa o descalzos. Seguro que cuando volvamos a pasear, que espero sea pronto, lo haremos de otra forma. Ojalá sea con consciencia, mayor disfrute y saboreando cada paso como si fuera el primero y a la vez el último. Volviendo a lo esencial, a lo sencillo, caminando como cuando aprendimos a hacerlo siendo bebés: maravillados, con curiosidad y… descalzos.

A veces es necesario, por un tiempo, caminar sin zapatos y cambiar de rumbo.

La clave está en la lectura

lectura de clave martha lovera
lectura de clave martha lovera

Va de aprender a leer en la clave adecuada.

Muchos de ustedes saben que, a parte de la escritura, otra de mis aficiones es la música, y en este mundillo no basta con tener buen oído o ser un haz con el ritmo para ser música; hay que saber leer partituras; saber leer en clave y, no siendo bastante complicado aprender este que considero un nuevo idioma, existen varias claves; que si la de Sol en segunda, la de Fa en cuarta, la de Do en tercera. Todas ellas notas musicales que, según en qué línea del pentagrama se aposente, dará su nombre a dicha línea. Por tanto, el mismo pentagrama con las mismas figuras musicales tiene un código, una lectura y un sonido considerablemente distinto que solo depende de la clave que domina la partitura. Por tanto, lo que para mí es un Fa para otras persona puede ser un Do, o un Re. Complejo ¿verdad? Pues no lo es tanto, una vez que se le pilla el truco y sabiendo que, como todo en la vida, la música es cuestión de dedicación, práctica, paciencia y también de reconocer, como dice el título, que la clave está en la lectura.

Cuando no se sabe leer partituras al inicio es más difícil, pero poco a poco, a base de conocer el código: las diversas figuras, símbolos, alteraciones, modulaciones y mucha práctica, seremos capaces de comunicar con soltura través de la música. ¿Os suena de algo todo esto? ¿No os parece similar a nuestro sistema de comunicación convencional? El hablado y escrito. En él también debemos conocer los códigos, en este caso los del lenguaje, para logar comunicarnos de forma efectiva. Por eso cuando no hablamos el mismo idioma que nuestro interlocutor (no leemos en la misma clave) es casi imposible la comunicación, aunque dicen los que saben que siempre terminamos comunicando, aún sin hablar, que para eso están los gestos, pero mejor no meternos allí.

Estamos en un momento complejo, sin precedente, en el que la realidad nos golpea a todos por igual y eso pasa muy pocas veces en la vida. Por primera vez nos sucede lo mismo a todos por igual y, a propósito del confinamiento, quienes estamos en el mundo de las letras, estamos animando a la gente a leer. Siento que, como sociedad, esto nos va a cambiar a mejor aunque sé que después de todo aún quedará mucho por hacer, porque tenemos mala memoria y es más que probable que en cuanto pase la tormenta que ha supuesto esta dura realidad colectiva, quizás cada uno vuelva a sumergirse en su realidad individual, porque es la tendencia, tendemos a leer cada uno en su clave, según sus códigos (creencias y valores) y, casi siempre por inercia nos cerramos a la existencia de otros códigos en pro de abrir debates que nos ayuden a solucionar los colaterales que para cada cual deriven de esta pandemia. Es muy probable que después de todo dejemos de pensar en colectivo y eso imposibilitará la buena comunicación. Sucede cuando estamos enfadados, tenemos miedo o nos sentimos vulnerable, cada una de las partes, toda digna y con todo el derecho del mundo, se mantiene en su escaque, sin reconocer que, lo que para mí es un Fa, para la otra persona puede ser un Do, volviendo a separarnos de la otra persona. Y es justo en ese momento en el que tenemos que volver a todo lo aprendido durante este tiempo de encierro y de esta situación.

Estamos aprendiendo solidaridad, empatía, compasión; a funcionar como un solo ser, estamos volviendo a lo esencial, a conectar con lo realmente importante, y estamos dejando de lado lo urgente, porque no siempre coincide con lo importante. Esta situación nos está haciendo ajustarnos, afinar el ojo y el oído para que la melodía que toquemos a partir del día que todo pase, salga sin disonancia, como una hermosa sinfonía perfectamente compuesta, la melodía de la vida. Pero solo lo lograremos si sacamos una lectura adecuada de todo esto. Así que sí, la clave está en la lectura, y en la lectura está la clave.

Sé que ahora es imposible leer con claridad todo lo que este dichoso virus nos ha traído para aprender, pero lo haremos, ya lo estamos haciendo. Muchas personas estamos reflexionando sobre la forma en la que leemos nuestros pensamientos, sentimientos, acciones… nuestra vida. ¡Ya era hora!, y ¿en qué clave creéis que leemos cuando estamos tristes, frustrados, decepcionados o agobiados? En una clave que nos vuelve grises, que opaca la tesitura de nuestra melodía interior e incluso nos apaga, y eso termina afectando nuestro organismo y lo que hacemos. Si algo he aprendido de la música y la medicina es que nuestro cerebro es como un niño inocente, siempre termina creyéndose lo que le contamos, lo que leemos, así que cuidado con lo que leamos en esta temporada, que aún nos queda de encierro.

Estos días de estar más tiempo en casa son días de poner el ojo en nuestra forma de leer; días de reconocer y modificar, si hace falta, nuestros códigos; y por qué no, darle otra lectura a esta situación que nos afecta a todas y todos. Una lectura que nos mejore, que nos lleve a escuchar y ver nuestro lado más oscuro para mejorarlo, que nos conecte con nuestra verdad y la de quienes nos rodean, porque solo así creceremos como seres humanos y nos transformaremos en una nueva y mejorada humanidad.

Os deseo una nutricia lectura durante los días que quedan.

Abrazos, fuerza, y sobre todo, quedaros en casa, elegid un buen libro y a leer.

Lo no perfecto

rosa con espinas martha lovera
rosa con espinas martha lovera 1

El encanto de lo que no es perfecto.

Este título, lo no perfecto, lo elijo a propósito de que hace poco terminé de leer un libro llamado: Wabi Sabi, aprender a aceptar la imperfección, de un psicólogo llamado Tomás Navarro y que encontré por “casualidad”. Sí, así entre comillas, porque cada vez creo menos en las casualidades. Pero ese es tema para otra entrada.

Wabi Sabi es un término japonés que describe una visión que abraza la belleza de la imperfección y suele ir de la mano de una técnica, también japonesa, llamada Kintsugi (de hecho, el libro en su portada la muestra). Esta técnica, literalmente significa, reparación de oro. Se trata de cubrir con una mezcla de resina y polvo de oro, plata o platino, las roturas sufridas por un objeto. Al igual que Wabi Sabi, es una filosofía de vida que plantea que las roturas y reparaciones forman parte de la historia de un objeto haciendo hermoso lo imperfecto, mostrándolo. Si no habéis oído hablar de ello os animo a investigar un poco que es muy interesante esa visión, creedme, que los japoneses son muy listos. Bueno, a lo que iba. En el libro Tomás Navarro habla, en clave de psicología, de muchas verdades una de ellas de cómo podemos enloquecer buscando la perfección. Hace algunos años que este tipo de lecturas llaman poderosamente mi atención porque siento la necesidad de comprender cómo funcionamos las personas, por qué hacemos lo que hacemos y por qué nos duelen o alegran las cosas, aunque a muchos les pueda sonar a autoayuda o a “magufadas” como dice un amigo. Lo cierto es que necesito comprender el porqué de las cosas aunque muchas no tengan explicación alguna y terminen pasando porque sí. De cualquier manera, todo lo que nos ocurre termina transformándonos, incluso las roturas, y me fascina la capacidad de transformación que, para bien o para mal, tenemos los seres humanos y cómo cambiamos constantemente aunque, incluir esos cambios en nuestra rutina diaria hasta integrarlos, suponiendo que así se quiera, solo nos lo planteamos cuando algo o alguien pone frente a nuestros ojos la manera que tenemos de reaccionar, pensar, sentir y actuar; cuando nos hacen mirar nuestras grietas, dejándonos en evidencia y haciendo que nos cuestionemos.

Los expertos en psicología aseguran que los seres humanos también tenemos una capacidad abismal para evadirnos y auto-engañarnos, por eso es necesario darnos de bruces con las verdades que nos traen este tipo de lecturas, porque nos aportan información sobre nuestros complejos mecanismos inconscientes. Al menos a mí me sirve para procurar conocerme cada día un poco más, comprender y aprender. He de reconocer que en eso de “abrazar la imperfección” estoy en pañales. Tengo una tendencia más que elevada hacia el perfeccionismo que, acompañada de la auto-exigencia, me puede envolver en unos berenjenales nada agradables, pero estoy trabajando en ello, me estoy quitando el vicio. A propósito de esto recuerdo cuando recibí el libro Wabi Sabi, lo abrí ilusionada porque fue uno de mis regalos de cumpleaños del año pasado. El caso es que al retirar el precinto y abrirlo, noté que tenía un defecto, una de sus páginas estaba mal cortada, como si el papel se hubiera plegado sobre sí mismo, y el resultado fue una página ilegible. No sé si se trataba de un experimento sociológico del autor, pero tardé poco en ir a la librería y cambiarlo. Hay imperfecciones que pueden ser como piedrecitas en los zapatos y, al menos yo, de momento, no estoy preparada para abrazarlas. Hay otras que pueden llevar a resultados catastróficos, ¿imagináis a un mecánico abrazando la imperfección mientras repara los frenos de un coche? O ¿A un cirujano permitiéndoselo mientras opera un corazón? No sé yo…

El caso es que en un capítulo de Wabi Sabi el autor habla de las redes sociales y de cómo colocamos en ellas solo lo que nos gusta, nos llena o lo bonito de nuestros días. De inmediato eché un vistazo a mi cuenta personal de Instagram, que hoy cuenta con casi cinco mil imágenes y, efectivamente Tomás está en lo cierto. Al parecer acotamos nuestras vidas mostrando solo lo extraordinario y bonito de nuestra realidad, cubriendo de aparente perfección algo que es todo menos perfecto. Eso puede llevar a interpretaciones erróneas por parte de quienes observan esas imágenes, que pueden ir desde pensar que quien las protagoniza es una/un engreído que se cree la última Coca-Cola del desierto, pasando por la ilusión de que no tiene problemas o preocupaciones, hasta llegar a asegurar que es una especie de cruzada que se hace para “restregar” su “buena vida” a quienes lo observan. Creo que nada más alejado de la realidad, pienso que simplemente se trata de poner el foco en lo agradable, en todas esas cosas, situaciones, momentos y personas que nos nutren y mejoran como seres humanos y, ser felices compartiéndolo. Una especie de grito al estilo de: ¡Espabila! Que aunque las cosas parezcan torcidas, también hay cosas bellas.

Como bien sabéis otra de mis pasiones es la fotografía, me gusta capturar instantes y compartirlas con mis amigas y amigos, cuidándome de no perderme un amanecer por verlo tras una pantalla o a través del objetivo de mi cámara. Sin embargo, después de leer Wabi Sabi, caí en cuenta de que igual me gusta tanto la fotografía porque con ella se hace eterno una fracción de segundo pudiendo recurrir a esa imagen siempre que se desee o también porque me permite poner el enfoque en lo bonito y lo agradable de todo cuanto me rodea y así camuflar lo que no lo es tanto, lo que escuece, lo que duele. ¿Cómo no hacerlo? Como a la mayoría de mortales prefiero lo bueno a lo malo, la abundancia a la escasez, la risa al llanto y la vida a la muerte. Sin embargo, como en la foto de la cabecera, las rosas también tienen espinas y… ¿No es todo parte de lo mismo? ¿Las dos caras de una misma moneda llamada vida? Y, al menos la mía, es de todo menos perfecta pero… ¡qué bien sienta vivirla!, porque significa que estoy viva.

¿Y ustedes? ¿Cómo llevan la imperfección?

Llega el 20/20 con su visión óptima.

feliz año 2020 cartilla snellen martha lovera

20/20. Esto va de visión óptima:

Esta vez, valiéndome de la numeración del año entrante, el 2020, nos quiero desear una visión óptima, de 20/20. Os explico… La foto de la cabecera es la cartilla estándar de Snellen, utilizada en el sistema anglosajón para medir la agudeza visual, es decir, la claridad o nitidez de la visión. En oftalmología, la visión 20/20 corresponde a una visión óptima, y es a lo que se aspira cuando nos corrigen con gafas, lentillas o cirugía.

Así que este es mi deseo para el venidero año. Una visión 20/20 para todas y todos. Que venga con la nitidez y claridad necesarias para darnos mejor perspectiva, esa que nos permita tomar decisiones acertadas y adecuadas. Que nos permita mantener el enfoque en todo lo que amamos y, sobre todo, en cómo lo amamos. Nos deseo visión 20/20 para discernir lo que nos falta (y buscarlo) y también lo que nos sobra (y dejarlo atrás). Visión 20/20 para mirar lo que deseamos mejorar y lo que debemos aceptar; lo que está a nuestro alcance y podemos modificar y lo que no lo está y así “perderlo de vista”.

Nos deseo que, agudizando la vista, tomemos contacto con la mejor versión de nosotras y nosotros mismos.

Nos deseo una visión limpia, sin lágrimas que empañen nuestras córneas manteniéndolas bien transparentes para que nuestros cristalinos puedan enfocar lo que queda atrás, lejos, a distancia de un recuerdo y así seguir evolucionando con lo aprendido y también, para enfocar lo que tenemos más cerquita y poder seguir aprehendiendo. Y si por algún motivo tienen que llegar las lágrimas que sirvan para limpiar nuestras lentes y ajustar el ángulo de visión a uno que nos mantenga moviéndonos por la vida mirando más que viendo. Porque ver no es lo mismo que mirar, aunque erróneamente se utilicen de forma indistinta.

Nos deseo una visión global, de gran angular, sin puntos ciegos, con una buena acomodación y con enfoque óptimo para vosotras y vosotros mismos y para lo que nos rodea.

Feliz Noche Vieja y un nítido y enfocado 2020.