fortuna martha lovera
fortuna martha lovera

Va de sentir y vivir fortuna.

Fortuna, según la RAE, significa: “Encadenamiento de los sucesos, considerado como fortuito, circunstancia casual de personas y cosas; suerte favorable y éxito”. Quizás por ello en nuestra sociedad está popularizada que fortuna es que a la gente le vaya bien, porque se identifica con la acepción de “éxito”. Sin embargo, al parecer, su significado es variado, tanto como personas hay. ¿Y cómo llegué a esta conclusión? Os lo cuento.

Hace unos días un conocido y yo debatíamos acerca de lo que significa ser afortunado. De esa conversación concluimos que es algo tan subjetivo como el concepto de felicidad, depende de lo que para quien es prioritario. Esa persona insistía en que para él la fortuna era tener dinero. Al escucharlo me pregunté ¿para qué? También dijo que fortuna era tener un buen trabajo y yo volví a preguntarme en mi interior: ¿para qué? Y así, con cada una de sus respuestas, me fui sumergiendo en la reflexión acerca del significado que le doy a la fortuna, porque como muchas cosas en la vida, creo que una cosa por sí misma no tiene mayor significado que el que le otorgamos.

En esa reflexión descubrí que para mí la fortuna no va unida a lo material. No es tener doce cifras en una cuenta bancaria, una casa enorme frente a la playa o un costoso deportivo. Fortuna para mí es no tener que esperar al fin de semana para disfrutar de tu familia y amigos. Significa no ansiar que lleguen las vacaciones para irte de viaje y no tener que arañarle tiempo a una jornada laboral de ocho, doce, diecisiete o veinticuatro horas para dedicar unos minutos a hacer lo que realmente te apasiona.

Para mí fortuna es decir: “hoy me quedo en casa y en pijama” y poder hacerlo; o que se estropee el frigorífico, el coche o la lavadora y no enloquecer pensando en cómo resolverlo, no porque se cuente con suficiente dinero para solventar imprevistos sino porque se tiene la certeza de que entre las capacidades propias y la red de apoyo construida con vínculos sólidos, cualquier percance será superado.

Para mí fortuna es no tener miedo de enfermar porque se tiene acceso a los servicios sanitarios y a los cuidados necesarios. Fortuna es decir: “voy a echarme la siesta en la playa” y poder hacerlo. Es que te apetezca comer algo y poder comerlo. Es poder vivir de lo que te gusta y hacer lo que te apetezca sin sentirte preso de los condicionamientos o juicios ajenos.

Considero que fortuna es tener agua corriente que sale del grifo. Es tener hambre y poder comer. Es poder andar, respirar y sentir con cada uno de los sentidos. Fortuna es mirar alrededor y sentirse agradecida por esos vínculos que mejoran nuestra vida y transforman un día cualquiera en maravilloso después de preguntar: “¿qué haces? ¿Paseamos?” Y que ese paseo se transforme en desayuno y charlas animadas frente al mar; y risas y abrazos donde una se siente mirada, nutrida y feliz porque son un refugio donde repararse.

Según mi forma de ver, fortuna es poder convertir un miércoles en domingo y escabullirse del ajetreado ritmo de la ciudad para perderse paseando en la naturaleza, porque según mi visión, la fortuna se viste de cotidianidad cuando no se teme perder la vida entre disparos y bombas, o a consecuencia de una enfermedad; cuando no se corre peligro por caminar de la mano de la persona que se ama; cuando no se siente miedo a ser capturada, amordazada, apaleada, violada o vendida al mejor postor.

En mi opinión, la fortuna no tiene nada que ver con lo fortuito aunque sea uno de sus significados. Tampoco es casual ni está relacionada con la suerte. Para mí la fortuna es algo que se siente, se ejercita y se construye, y que conste que no estoy hablando de dinero, que también.

¿Y ustedes? ¿Cuándo fue la última vez que sintieron la fortuna en vuestros días?

vulnerable martha lovera
vulnerable martha lovera

Va de sentirse vulnerable

Hace unos días que pienso acerca de lo que significa ser vulnerable, acerca de la vulnerabilidad y en cómo muchas personas huimos de ella. Vulnerable, según la RAE, significa: “Que puede ser herido o recibir lesión, física o moralmente”.

Y sí, queramos o no, nos guste o no, todas y todos en algún momento somos diana de algo o alguien que termina por herirnos. Sin embargo, pese a ese daño, considero que hay algo hermoso y difícil de explicar en la vulnerabilidad, y es que esta se define como una cualidad; “elemento o carácter distintivo de la naturaleza de algo o alguien”; entonces la vulnerabilidad es la cualidad de ser vulnerable, y los seres humanos nacemos con esa distinción, está en nuestra naturaleza desde que existimos. En mi opinión no hay nada más potente y a la vez más frágil que un embrión abriéndose paso a la existencia. Reconozcámoslos de una vez, somos vulnerables hasta la médula y hasta el día de nuestra muerte, aunque nos desvivamos por negarlo y ocultarlo.

Pienso que quizás nuestro problema con la palabra vulnerable viene porque la confundimos con debilidad, y nada más lejos de la realidad; considero que para mostrar las costuras hay que ser fuerte y valiente, porque significa rasgarse las vestiduras y mostrar nuestro interior. Cuando mostramos nuestra fragilidad nos volvemos más amables, y no porque nos tornemos complacientes o afectuosos, -es más que probable que cuando nos percibimos en situación de vulnerabilidad seamos algo hostiles-, sino más bien, como la misma palabra indica, porque nos volvemos “digno de ser amado.

Sería maravilloso mostrar la vulnerabilidad sin tapujos ¿a qué sí?, pero en una sociedad que sigue educando en la competencia y la rivalidad, donde se sigue inculcando que gana el más fuerte, que las lágrimas se guardan y que se debe estar bien a toda costa parece complejo. En una sociedad que aboga por la cultura del esfuerzo (a veces desmedido), de atropellar a quien encontremos en el camino con tal de conseguir nuestro objetivo; una sociedad que ha extraviado valores como el respeto, el amor al prójimo y la ética, y para mi gusto con demasiados indiferentes e ignorantes sueltos que andan por allí mirando solo sus ombligos, se hace cuesta arriba dar libertad a eso que nos hace frágiles, mostrarnos sin reservas y entregarnos desde el alma.

Aún con todo, según mi punto de vista, nos deberían enseñar desde pequeños a abrir el pecho con mayor frecuencia y sin tanto recelo; a mostrar y compartir nuestra vulnerabilidad (sobre todo a los chicos, que lo tenéis peor) y así recordaríamos que está presente en todo ser humano, incluso en todo viviente (¿cuán vulnerable es una flor?); el solo hecho de estar vivos nos hace vulnerables, aunque insistamos en desconocer la fragilidad de la vida y miremos de reojo nuestra finitud. Es cierto, mostrándola se corre el riesgo de que nos dañen, pero en todo caso, ocultarla no evita ese daño. ¿Cuántas veces, sin querer, terminamos siendo heridos por quienes dicen amarnos, que es a quienes solemos mostrarnos a corazón abierto? Y ¿Qué pasa? Al final solo lloramos, rabiamos, culpamos, nos aterramos, sanamos y en el proceso aprendemos.

Algo curioso que he observado en la vulnerabilidad es que por desgracia pocas veces nos encontramos con ella desde el amor; en su lugar lo hacemos desde la rabia, la impotencia y la frustración de vernos desnudos e indefensos, o de ver a quienes amamos en situación de vulnerabilidad. Quizás porque no se ha tenido la suerte de vivir esa vulnerabilidad en compañía del amor, o porque de algún modo otros se han aprovechado o burlado de ella.

Quizás por eso cuesta tanto reconocerse vulnerable y aprender a serlo con la serenidad, solemnidad y respeto que en mi opinión amerita, porque ignoramos que cuando la vulnerabilidad y el amor bailan juntos se crea el más hermoso de los vínculos.

¿Y ustedes? ¿Cuándo fue la última vez que os vivisteis vulnerables?

optimismo martha lovera

Va de entrenar el optimismo

optimismo martha lovera

Llevo varios días dándole vueltas a cuál sería el tema adecuado para iniciar las entradas del blog este año y, gracias a mi primera lectura de esta recién estrenada vuelta al sol, di con la clave: el optimismo. Una de mis personas es, en mi opinión, la personificación del optimismo. Ella es capaz de reír a boca llena y ver el lado positivo en las peores circunstancias, y es algo que admiro de ella. Hay quienes como ella nacen con ese don corriendo por sus venas, otros en cambio debemos esforzarnos por practicarlo.

Según la RAE, el optimismo no es más que “la propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable”. En mi opinión, dadas las circunstancias, necesitamos elevadas dosis de optimismo. La palabra, proveniente del latín “optimun” (el mejor), fue utilizada por primera vez por allí en 1710 por un filósofo alemán. Al investigar me di cuenta que el optimismo, como doctrina, ha tenido durante años muy mala prensa. Se tilda de soñadores, ilusos e ingenuos a quienes lo practican. Y me pregunto, ¿qué tiene de malo pensar y creer que las cosas son favorables e irán a mejor?

Lo que la ciencia dice al respecto es que para la mente y para el cuerpo todo son ventajas. Al parecer quienes investigan desde hace décadas el optimismo y la felicidad -y no son pocos quienes están en ello-, han comprobado que todo lo que se produce en nuestra mente (pensamientos y sentimientos) viaja a través del sistema nervioso y endocrino hasta nuestro cuerpo, y esa química altera, para bien o para mal, el ritmo del corazón, la presión arterial, el sistema inmune y otras funciones del organismo.

Así lo confirma Luis Rojas Marcos, un prestigioso psiquiatra, en su último libro “Optimismo y salud”; en él, el doctor Rojas Marcos, también da pistas de los peligros de no ejercer el optimismo y cataloga de “venenos del optimismo” a la indefensión crónica y al pesimismo maligno. En la misma línea Pascal habló de la esperanza como aliada del optimismo y en el mismo sentido Russel citó al humor y el entusiasmo, pero ¿cómo se practica esto en el día a día?, ¿cómo mantener el talante optimista con la que está cayendo? ¿Cómo ser optimista cuando te obligan a cerrar el negocio que sustenta tu familia o cuando un ser querido está ingresado en un hospital?

Los expertos dicen que tener esperanza es esencial, así como también lo es pensar que las cosas están en nuestras manos y recordar lo bueno que hemos vivido y logrado. En mi opinión quizás serviría de algo enfocarse en la belleza, la alegría de lo sencillo y lo bonito de lo cotidiano. Sabemos que esto no siempre es fácil de lograr, sin embargo, ¿habéis visto cómo funcionan los niños? Sonríen sin saber a veces ni por qué, no se preocupan, ni se dejan angustiar por el pasado ni por el futuro, simplemente están y son… NIÑOS; seres cargados de inocencia que se limitan a existir en su eterno presente sin más pretensiones. ¿Será la inocencia la clave? A saber.

Con todo esto en mente y transitando por este enero que llegó como un déjà vu tengo una propuesta, ¿os animáis a ejercitaros conmigo en el optimismo? Podemos iniciar con una tabla muy sencilla de ejercicios diarios: 1- Mirar al cielo unos segundos. 2- Crear belleza con lo que sea que hagamos y 3- Sonreír sin motivo (que el cerebro termina creyéndoselo). ¿Qué os parece?

Sé que habrá días en los que la realidad nos alcanzará como una apisonadora, días en los que creeremos que las circunstancias son nefastas, que no hay salida y las lágrimas rodarán por nuestras mejillas y cuando eso pase ¿qué haremos?, ¿dejarnos vencer? No creo que sea la mejor opción.

Prefiero apostar por volver a ser niñas y niños y olvidarnos por unos minutos de esa realidad que nos causa daño; desdibujarla tras un telón que cual carpa de un enorme circo nos lleve a experimentar la alegría del juego aunque sea durante unos minutos, porque ver la realidad de lo que sucede, con su crudeza y sus matices oscuros, no está reñido con elegir libre y conscientemente esforzarnos por mejorarla, con apostar por una actitud que nos lleve hacia la consecución de la felicidad de cada cual, que terminará siendo la del conjunto porque, como dijo el gran Gabo, “no hay medicina que cure lo que no cura la felicidad”.

¿Os apuntáis conmigo a este gimnasio gratuito y al aire libre o tenéis un mejor plan que aprender a estar sanas y sanos?

luces y sombras martha lovera

Va de mirar las luces y sombras.

luces y sombras martha lovera

Para mí este año ha estado repleto de luces y sombras, y en esa dicotomía he pasado días pensando en un título para la última entrada de este accidentado año. En busca de la idea más acertada me fui a la última entrada del 2019, ¿la recordáis? “Llega el 20/20 con su visión óptima”. En ella pedí y deseé para todas y todos precisamente eso, una visión nítida, claridad… ¡Y vaya si la hemos tenido! De golpe y porrazo nos quitaron la venda de los ojos y la situación nos retó -y sigue haciéndolo- a mirar lo que es, tal y como es, y eso, según mi punto de vista, nunca en sencillo.

Mi sensación ha sido como de ir corriendo a toda pastilla y de repente sufrir un apagón. ¿Os ponéis en situación? En mi caso, y creo que en la mayoría, supongo que en una situación así la reacción inmediata sería detener la carrera, permanecer quieta y esperar a que las pupilas se ajusten a la oscuridad, para así retomar el camino a otro ritmo. Esa escena me ha conectado con una de mis pasiones, la fotografía.

Según el diccionario de la RAE, fotografía significa “procedimiento o técnica que permite obtener imágenes fijas de la realidad mediante la acción de la luz sobre una superficie sensible o sobre un sensor”, para ello esa luz debe pasar por un diafragma; una especie de pupila que está en el interior del lente, parecido a la pupila humana con la diferencia que la nuestra se ajusta de manera automática.

La pupila, de forma natural, se abre cuando todo está muy oscuro y se cierra cuando hay demasiada luz, sin embargo, en el diafragma de una cámara ese movimiento de apertura y cierre es regulable con una valor llamado velocidad de obturación y es lo que hace posible hacer magia en la oscuridad porque permite capturar imágenes con poca luz.

¿Habéis visto alguna vez esas hermosas fotografías en las que se ve la vía láctea, las estrellas o el agua como algodones? Pues son producto de permanecer inmóvil (la cámara debe estar sobre un trípode), de tener paciencia (porque la foto, literalmente, se está tomando durante un rato) y regular la cantidad de luz que entra. Si hay algo que me gusta en la vida son las fotografías, verlas y hacerlas. Tener ese poder casi sobrenatural de hacer eterno un instante, de parar el tiempo en una imagen me parece sencillamente sublime. Ese juego es posible gracias a un adecuado manejo de la luz y la oscuridad.

Para mí este año que nos ha cambiado la vida a todas y todos, ha sido un bajón súbito de la velocidad, un año repleto de luces y sombras en el que a muchas personas se les apagó la luz, a otras nos hizo mirar a los ojos a esa oscuridad que tanto aterra y desde allí, comprendiéndola y ajustando nuestras pupilas, por fin pudimos ver la luz…

¿No había pedido claridad y nitidez? ¡Pues toma claridad! Entonces no sabía que VER a veces puede ser muy doloroso, como cuando miramos un rato hacia el sol. Descubrir que hay personas que ya no estarán, que ya no somos las mismas personas, que un ciclo termina para no volver, eso nunca es fácil, sin embargo hay que seguir generando recuerdos y haciendo fotos, ¿no?

Obviamente también ha habido cosas buenas. Para mí lo bonito de este año es que supe que en la vida, como en la fotografía a baja velocidad (o nocturna), también se pueden crear cosas hermosas desde la oscuridad, de hecho este libro de relatos titulado “Tenemos la cura” surgió en plena oscuridad del confinamiento y es una joya, os animo a leerlo.

Lo que considero que está claro es que para crear en la oscuridad hay que bajar la velocidad, permanecer bien quieta y centrar el foco en lo que se desea. Pienso que la fotografía nocturna habla de eso, de quietud, paciencia y voluntad; una triada que considero necesaria para cualquier cosa en la vida y es lo que deseo para mí y para ustedes el venidero año.

¡A por muchas fotos más! A por un saludable 2021.

oscuridad y sombra martha lovera

Va de sentir compresión.

oscuridad y sombra martha lovera

Presión, según la RAE, es la acción de comprimir o apretar algo. Otras de sus acepciones son: fuerza moral o influencia ejercida sobre una persona para condicionar su comportamiento; acoso continuado que se ejerce sobre el adversario para impedir su reacción y lograr su derrota, y la última, específica de la física, magnitud física que expresa la fuerza ejercida por un cuerpo sobre la unidad de superficie.

Así que considero que hablo por todas y todos cuando digo que llevamos unos meses siendo sometidos a una elevada presión. Una especie de bruma que nos rodea e intenta atraparnos. ¿Cómo no sentirla si todo cuanto conocíamos hasta marzo cambió de forma drástica? Y además, sigue en proceso de cambio veloz y eso, queramos o no, estresa.

Es cierto que la presión a veces da resultados positivos. ¿Cómo se obtiene el delicioso aceite de oliva si no es presionando las aceitunas hasta conseguirlo? O el vino, que en su producción se despachurran las uvas hasta obtener el mosto. También los diamantes pueden ser producidos sintéticamente por un proceso de elevada presión, similar al natural, y el resultado es una pieza hermosa y de elevadísimo valor comercial; el material con la mayor dureza y conductividad existente hasta ahora.

Sin embargo, los seres humanos no estamos diseñados para soportar demasiada presión, al menos no durante mucho tiempo. Nuestro cuerpo físico, mental y emocional es frágil, mucho más de lo que nos gustaría, y aun así actuamos como si no lo fuera y llegamos a embarcarnos en situaciones que terminan apretando, estrujando y aplastando cuerpo, mente y alma hasta límites insospechados; trabajos, relaciones, aficiones y hábitos que estrujan hasta debilitarnos y quizás enfermarnos.

A veces son las circunstancias de la vida las que se presentan y, con esas características, desatan una fuerza que desconocíamos como propia, fuerza que nos empuja hacia la reinvención de nuestra estructura mental y emocional y terminar por cambiar el modo en el que funcionamos. Es cuando entra en acción la resiliencia, que es: “la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos”. O en física, “la capacidad de un material, mecanismo o sistema para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido”.

En estos meses de crisis, que etimológicamente crisis significa separar o decidir e implica un punto inflexión que en medicina se refiere a un cambio brusco o profundo que pudiera llevar a la muerte; en esta crisis y con esta presión considero que es imperativo cambiar la perspectiva, utilizar esa fuerza que el exterior inflige sobre nosotres para valorar lo que nos alimenta, lo que nos hace felices, lo que nos compensa y alejarnos de lo que no. Alejarnos de lo que aumenta la presión ya existente, procurarnos el tiempo y refugio necesarios donde repararnos.

Sí, lo sé, no es sencillo. Para nuestro cerebro es complejo deshabituarse y generar nuevos caminos y alternativas. Sin embargo, como todo proceso, requerirá de tiempo y voluntad, y dependerá de cada una y cada uno de nosotros; de que cada quien asuma su responsabilidad en todo esto.

No sé si cuando finalice todo volveremos al estado inicial, ni si saldremos más fuertes emulando los diamantes, lo que sí deseo es que al menos hayamos sido capaces de aprender y así generar un cambio a favor de nuestro bienestar y el de quienes nos rodean.

¿Y ustedes?, ¿Cómo llevan la presión?

confianza martha lovera

Va de sentir confianza y de ser confiable.

confianza martha lovera

Sentir confianza no siempre es sencillo, porque para llegar a confiar en algo o en alguien hay que creer en ello y esto no siempre es posible. Hace unos días, paseando con uno de mis sobrinos por una escarpada cala, fui testigo de un gesto que considero la escenificación de la confianza. El peque es un niño acostumbrado a pasear por la montaña. Desde muy temprana edad ya iba de senderismo envuelto en una mochila pegadito al pecho de su padre o de su madre. Recuerdo cómo con ojos bien abiertos, de esos que hablan de las ganas de comerse el mundo, aún siendo muy pequeño capturaba con curiosidad e ilusión todo lo que su inocente mirada alcanzaba a ver. El caso es que ahora con apenas cuatro años es un pequeño niño de la selva, un explorador todo terreno. Es fascinante verlo descalzo saltar por las rocas de calas en las que más de un adulto, presos del miedo y la inseguridad, trastabillamos y tropezamos con destreza.

El caso es que hace unos días nos escapamos su madre, él y yo a una de esas calas escondidas. Como buen explorador, el pequeño es de madrugar y a eso de las doce del mediodía, cuando emprendimos la retirada, su pequeño cuerpecito no daba más de sí. Intentó caminar pero las piernecitas le fallaban y sus ojitos empezaban a estar a media asta. En un momento del trayecto llegamos a un desnivel considerable que fui la primera en sortear y, para mi sorpresa, el pequeño se abalanzó hasta mi ubicación y se dejó caer en mis brazos a la vez que soltaba la mano de su madre que servía de apoyo. Eso para mí es la confianza. Se sintió seguro, tuvo la certeza de que no lo dejaríamos caer y se dejó llevar. Simplemente confió. Ese gesto, que me pilló por sorpresa por la altura y forma del desnivel en el que estábamos, me hizo reflexionar sobre el momento en que dejamos atrás esa certeza y empezamos a desconfiar.

Confianza, según el diccionario de la RAE, significa: esperanza firme que se tiene de alguien o algo; seguridad que alguien tiene en sí mismo. Al leer el concepto me pareció curioso que, cuando se habla de confianza, si se refiere a un tercero se define como esperanza, pero cuando se enfoca a la propia persona se habla de seguridad. A mi modo de ver, coincidiendo con las palabras de Alex Rovira, la confianza es un valor, ese que nos hace CREER y la única condición sine qua non para CREAR. La limitante que veo en ella es que la confianza no admite grados, es binaria; o se tiene o no se tiene; o está o no está.

La confianza se gana con esfuerzo y se pierde con facilidad y esto la torna frágil. Creo que la confianza vincula, llena de intimidad a cualquier relación porque con ella nos sentimos respetadas y respetados, reconocidas y reconocidos… nos sentimos a salvo. Sintiéndonos en confianza tenemos la certeza de que podemos dejar nuestro corazón en la mano de nuestro ser confiable porque sabemos que todo estará bien. Es cierto que no toda persona es digna de confianza. Hay quien, escudándose en la confianza y a sabiendas del daño que puedan ocasionar sus actos, muestra con desparpajo su parte más abusiva y descarada. También están quienes se afanan en cometer “errores” (así entre comillas porque considero que un error que es hábito poco tiene de error) y, bajo el amparo de la confianza de tanto errar y equivocarse terminan por perder la confianza depositada en ellos. Quizás de allí el dicho popular que reza: “la confianza da asco”. Así que sí, es verdad, no toda persona es confiable pero, ¡cuan maravilloso es encontrarse con una que sí lo es!

Siento que en estos tiempos que nos está tocando vivir el modo de poner en acción la confianza debe pasar por sentir seguridad con quienes nos rodean, tener la certeza de que a su lado estamos a salvo y que esas personas lo están en nuestra compañía. Quizás así podamos dejar de lado la esperanza, que está muy bien sentirla, sin olvidar que no deja de ser “un estado de ánimo que aparece cuando lo deseable se torna alcanzable”. La confianza requiere consciencia y responsabilidad. Es un acto de ejercicio diario porque no se puede ser confiable un día y al otro no.

Hablando de confianza, seguro conocéis alguna de esas dinámicas de grupo en las que hay que dejarse dirigir de un sitio a otro con los ojos tapados o dejarse caer hacia atrás con los ojos vendados para ser sostenido por quien está a nuestra espalda. ¿A cuántos se os ha puesto el cuello tenso de solo de pensarlo? A mí desde luego que sí. Pues los expertos dicen que así se trabaja la confianza. Sin embargo, según mi punto de vista, la única forma de cultivar la confianza es a base de ser confiable, ¿Cómo confiar en una persona que no se comporta de forma confiable?

Creo que la confianza, como todo valor, se demuestra con hechos. No se puede fingir con palabras, ni transmitir con la sola intención. No se puede forzar. La veo como una reluciente pieza de cerámica, valiosa y hermosa pero, una vez se rompe, por más que se usen mil filigranas para unir sus trozos, jamás volverá a ser como era.

¿Y ustedes?, ¿son confiables?, ¿ cuándo fue la última vez que dejaron su corazón en la mano de otra persona?

libertar para volar martha lovera

Va de volar juntos para llegar a la libertad.

libertar para volar martha lovera

En estos tiempos de confinamiento mucho se está hablando de libertad. Se nos llena la boca con esa palabra de la que quizás no hayamos leído el significado. Así que, como de costumbre, me fui al diccionario de la RAE a buscarlo. Me fascinó la cantidad de acepciones y aplicaciones para ese vocablo. Una de ellas es: “Facilidad, soltura, disposición natural para hacer algo con destreza”. Palabras que juntas, según mi puntos de vista, evocan los movimientos de un animal alado que surca el cielo. Quizás por eso la mayoría de personas cuando pensamos en la libertad, la imagen que se dibuja en nuestras cabezas es la de un ave en pleno vuelo. De hecho, el símbolo por excelencia asociado con la libertad es el de una paloma blanca suelta por el aire.

Otra de las acepciones de libertad, la que más llamó mi atención, es: “Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos. No entraré en el lenguaje inclusivo ausente de esta frase porque eso da para otra entrada. Llamó mi atención porque relaciona libertad con responsabilidad. Relación que muchas personas, en mi opinión, no tienen muy presente en estos tiempos. Defendemos, profesamos y exigimos a todas horas libertad. Libertad de culto, libertad de circulación, libertad para amar, y la que más nos gusta, la libertad de expresión. Pero en muchas ocasiones no nos responsabilizamos de ello ni por ella. Salimos a la calle en manadas. Gritamos ¡libertad!, ¡libertad! Y es que hay tantas formas de ser libre que me entristece que la única que ejerzamos con destreza sea precisamente la de no hacernos responsables.

Hay quien, abanderando su libertad de expresión, usa los gritos como cobertura de las palabras transformándolas en cuchillas que hieren, humillan y degradan a quienes son proyectadas con la excusa de hacerse oír. Hay quienes, profesando el amor libre y en defensa de su “libertad”, (sí, así entre comillas), someten a varias personas al tormento de la espera, jugando con la ilusión de quien desea ser elegido, eludiendo la responsabilidad que los daños que ese amor a cuentagotas pueda causar. Luego están los que por defender su libertad de culto llegan a utilizar la violencia para imponer su Dios a otros. Y no olvidemos a quienes practican el amor como un acto de libertad condicional; permiten al ser que dicen amar saborearla de a poquito, forzando el cumplimiento de ciertas condiciones con la amenaza de regresarle a prisión. Libertad, libertad. ¡Cuánto te queremos y qué poco te respetamos y valoramos!

Con todo esto en mi mente me pregunto: ¿es la nuestra una sociedad libre?, ¿somos conscientes de la responsabilidad que implica ser libres y de lo frágil que es la libertad? Creo que no. A mi modo de ver, es necesario que la libertad vaya de la mano de la responsabilidad por el simple hecho de que donde empieza la libertad de otras personas es donde debe terminar la propia. O dicho de otro modo, quien pretenda someter a otra persona a los actos que ejecute en defensa de su propia libertad no está siendo responsable. Con esto bullendo en mi pecho pensé en el vuelo de las aves. Recordé esas bandadas que danzan con hermosa sincronía por los cielos. ¿Habéis visto alguna vez a los estorninos volando juntos? ¿Cómo se las ingenian para moverse tantos a la vez y sin chocarse? ¿Sabéis que esto es posible gracias a que ellos, los estorninos, buscan imitar la dirección y velocidad de los siete compañeros más cercanos? Sin embargo, cada uno va a su ritmo. Fascinante, ¿a que sí? El caso es que estos animales se juntan de esa manera por razones primitivas y que compartimos. Protegerse del frío, sentir la seguridad del otro e intercambiar información valiosa como la localización de alimentos. Y me pregunto ¿Cómo unos animales menos evolucionados que nosotros pueden mantener la libertad propia al servicio de la grupal y así conseguir sus objetivos y el bien común?

Ellos como nosotros también son gregarios y migrantes. En uno de esos estudios se observó que durante esa maravillosa organización en bandadas estas aves, de forma individual, “deben moverse en la misma dirección que su vecino, permanecer cerca de ellos y evitar choques”. Tres premisas que siento que en esta era colmada de individualidad nos cuesta bastante a las personas. Como soy un poco friki seguí leyendo y encontré que al parecer durante este espectáculo se secreta un neuropéptido que los mamíferos tenemos en común a esas aves, la oxitocina (mesotocina en los alados), que es responsable del reconocimiento social, el comportamiento sexual y el emparejamiento. ¿Quizás por eso tendemos a confundir libertad con libertinaje? Quizás tenemos que aprender mucho de los estorninos y re-aprehender a volar juntos en la misma dirección, con el mismo propósito, ese que nos hace humanos. Quizás solo así podamos ser verdaderamente libres.

Hablando de libertad y vuelo, ¿Cuántas personas se creen libres solo porque vuelan en una jaula muy grande? ¿Cómo están vuestras alas?

Allí os lo dejo. Que tengáis un feliz vuelo.

lavanda presa en una mano martha lovera
lavanda presa en una mano martha lovera

Va de estar presa y quedar detenida.

Hace unos días en el trabajo experimenté eso de estar presa, legalmente detenida. No es lo que imagináis, no he cometido delito alguno. Os explico. Tuvimos que acudir a un domicilio y la Policía Local nos trasladó en el coche patrulla, uno especial que hasta entonces no conocía. La agente nos advirtió con amabilidad: “no es nada cómodo, lo siento”. No comprendí a lo que se refería hasta que subí y me di cuenta que en lugar de asientos un plástico rígido cubría la zona donde estos debían estar; además, una pantalla de metacrilato transparente separaba al “pasajero” de quienes iban delante. En el centro de esta lámina un par de ventiladores, parecidos a los que refrescan los ordenadores, con un ruido nada agradable hacían el intento de bajar la temperatura de aquel espacio que cual pecera me contenía junto a una compañera.

Los baches del camino hicieron saltar nuestros riñones de sus fosas en un par de ocasiones y el calor, junto con la sensación de indefensión, hizo asfixiante el trayecto durante los primeros minutos. Poco después bajaron las ventanillas y volvimos a respirar. Y es que el mismo plástico que sin lograrlo jugaba a servir de asientos también recubría las puertas y tapaba el espacio destinado al sistema de apertura de estas y el de subir o bajar los cristales. Tampoco había alfombrillas. Eso sí, la seguridad que no falte, los cinturones de seguridad emergieron perfectos de sus anclajes. Durante los casi treinta minutos de traslado me sentí en el interior de una cápsula de café, a la espera de ser rociada por el agua hirviendo hasta diluirme y reflexioné acerca de las personas que, por una u otra causa, terminan allí, presas y detenidas.

Según la RAE, la palabra presa tiene varios significados: “dicho de una persona que sufre prisión”, “dominado por un sentimiento, estado de ánimo”; “cosa apresada o robada”, “animal que es o puede ser cazado”, “acequia o zanja de regar”, “muro grueso de piedra u otro material que se construye a través de un arroyo para almacenar su curso fuera del cauce”. Interesante ¿a que sí? Cuando terminé de leer esos significados me di cuenta de que una persona sea o esté presa (o detenida), sin haber hecho ninguna triquiñuela o haber infringido la ley, es relativamente sencillo, de hecho, considero que es algo que experimentamos a diario.

Todas las personas hemos estado/sido/caído presas alguna vez, algo o alguien nos ha detenido en algún momento o hemos sido presa de alguien o algo. Quizás hemos formado una presa al torrente de emociones que amenazan con desbordarse desde nuestro interior, un muro fortificado invisible que nos hace ser presas de nosotras mismas. Otras veces quedamos paralizadas, inmóviles por nuestros sentimiento y otras veces nos han hecho presa, dejándonos de algún modo atrapadas en una situación, en una persona o en pensamientos y sentimientos, deteniendo lo que somos, poniendo en pause la vida que teníamos hasta entonces. ¿Os suena de algo todo esto, verdad?

Esa tarde en la patrulla pensé en las personas que, siendo apresadas, habían estado allí, en ese mismo habitáculo. ¿En qué pensaban mientras sus manos, esposadas a la espalda, rozaban el plástico? ¿En lo vivido? ¿En lo sufrido? ¿En si había merecido la pena? Pensé en todo lo que es capaz de detener a un ser humano: el dolor, el miedo, un error; estar en el momento y lugar equivocado, incluso el amor, a veces el mal amor.  El caso es que durante ese servicio me detuve, aun cuando todo seguía moviéndose a su ritmo, y comprendí que a veces para quienes estamos presas de un sentimiento o deseando salir de una situación que nos convierte en una presa indefensa, la única opción posible para transformarnos es quedarnos detenidas y eso, tal y como dijo la agente ese día, no es nada cómodo. Romper la presa que nos aprisiona para dejar de ser una presa nunca es cómodo.

¿Y ustedes? ¿Cuándo fue la última vez que caísteis presos, que tuvisteis que quedaros detenidos?

tormenta de verano dénia martha lovera 1

Va de tormentas de verano.

tormentas de verano dénia martha lovera

Amo las tormentas de verano, me encanta su olor, su sonido y su luz. Tengo preciosos recuerdos enmarcados por acaloradas tormentas de verano, porque en mi tierra cuando llueve siempre es verano. Es lo que tiene el caribe, su calor constante, por eso durante mi infancia no recuerdo ningún aguacero con menos de treinta grados. También amo el verano, es la época del año en la que más libre me siento porque tengo la oportunidad de estar mucho más tiempo en la naturaleza. Además, es la época del año que más me conecta con la tierra que me engendró, con mi amada Venezuela; mentalmente vuelvo a sumergirme en ese cálido, cristalino y hermoso Mar Caribe que tanto me dio y que en mis labios, con agua mediterránea, ahora es menos salado.

Adoro levantarme y salir corriendo a darme un chapuzón en el mar, o pasar el día “salada” como dice mi chica. Y es que hay días en los que no toco el agua dulce ni por equivocación, me parece un desperdicio teniendo tantos litros de Mediterráneo donde zambullirme y mantenerme limpita, salada pero limpia. Por eso y porque paso el día de casa al mar y viceversa. Pero eso de ni oler el agua dulce lo hago sobre todo cuando me descuido con el protector solar, que suele suceder en esos días en los que me siento saturada y en un intento por repararme desato mi lado más salvaje hasta perder la noción del tiempo, hago la exploradora entre las rocas y las olas con el resultado obvio de una indeseable insolación, eritema en la piel, leve dolor de cabeza y ardor corporal incluidos. Entonces huyo del agua dulce, lo aprendí por allí en el año noventa y ocho del siglo pasado (qué fuerte suena eso ¿a qué si?) cuando, estando en la Isla de Margarita, llegué con senda insolación a donde me alojaban y allí me recibió una entrañable señora a la que quiero y admiro profundamente, Bellus (Mercedes es su nombre de pila), la abuela de unos amigos; En su momento Bellus me dijo que ni loca me quitara el agua salada, que el agua dulce era la peor enemiga de las insolaciones. Esa noche lo comprobé, dormí con las perlas del salitre rozando y sanado mi imprudencia y al día siguiente estaba como si nada. Fue cuando descubrí que es cierto eso que dicen que todo en la vida se cura con agua salada: lágrimas, sudor o el mar y a veces, las tres a la vez.

Volviendo al tema, del verano también amo esos días que vienen cerrados de nubes y cargan de humedad la atmósfera, cuando bajan de golpe y trompazo las temperaturas y aparece ese característico olor a tierra mojada, el petricor. Me encanta esa palabra, me fascina ese aroma, ¿sabéis que hasta el momento no se ha logrado sintetizar en laboratorio y que es producto de la unión del agua con los aceites producidos por las plantas y la geosmina secretada por unas bacterias? Lo sé, soy muy friki y os lo tengo dicho. En fin, que me maravilla que en todas partes del mundo el “olor a lluvia” sea el mismo, y el gustazo que se siente al dejarse envolver por él supongo que también será global.

Este verano está siendo bastante diferente, algo “atormentado” por no decir tormentoso. Vino lleno de su olor característico producto del desinfectante y el tan famoso gel hidro alcohólico, y lo de llevar media cara detrás de un trozo de tela/papel quirúrgico caminando por la calle a más de treinta grados tiene su aquel, sin embargo, eso no me impide seguir amando los días largos, sudar, vestirme con ropa corta e incluso ir ligera de ella y sobre todo, no me impide seguir agradeciendo tener la oportunidad de dejarme sorprender por una inesperada tormenta de verano, porque significa que aún sigo aquí, ¡VIVA!

Y es que las tormentas son al verano lo que las situaciones adversas a la vida: llegan de repente oscureciendo nuestra clara y soleada realidad para rodearnos con su humedad hasta casi sentir que nos ahogamos; a veces nos hacen experimentar la frustración por tener que renunciar al “perfecto plan veraniego” o nos obligan a quedarnos en casa oyendo llover; o maldecimos encontrar la ropa que creíamos limpia, lavada esa mañana, una vez más empapada cuando debería estar seca. A veces vienen cargadas de fulminantes bolitas de hielo que golpean todo lo cultivado hasta ese momento haciendo creer que se perderá la cosecha, que no se recogerá lo sembrado, que se derrumbará lo construido. Pero luego, cuando pasan, cuando cesan los rayos y los truenos, cuando se valoran los daños, el aire parece más ligero, todo queda más limpio, nuevamente sale el sol y con suerte hasta nos regalan un arcoíris.

Las tormentas de verano de la vida son esas circunstancias, situaciones o personas que a veces comienzan oliendo a petricor y luego, en una chasquido de dedos y sin saber muy bien cómo ni porqué mutan a cielo gris oscuro preludio de un “palo de agua”, porque llueven palos y no de agua precisamente. Con ellas nuestro cielo se rompe y vacía en millones de gotas, a veces saladas provenientes de nuestros ojos en forma de lágrimas, pero siempre, siempre, como las tormentas de verano, terminan pasando, y suelen tener un para qué, aunque mientras luchamos contra Poseidón no lo comprendamos.

¿Y a ustedes? ¿Cuál fue la última vez que les sorprendió una acalorada tormenta de verano?

eternamente en tus ojos orgullo 2020 martha lovera
eternamente en tus ojos orgullo 2020 martha lovera 1
Eternamente Orgullosa

Va de que hay que sentir orgullo y no tenerlo.

Como sabéis, y si no lo sabéis os lo digo, este es el mes del Orgullo, el orgullo LGTB. Mes durante el que los colores del arcoíris toman las calles en gesto reivindicativo con intensión de hacer visible esa realidad que todavía demasiadas personas quieren obviar, tapar y censurar. Debo confesaros que mi yo inmadura de hace algunos años, bastantes años, no comprendía el motivo de este día, hasta que me di cuenta que había estado siendo una ignorante, y que había sido bendecida con la ausencia de agresión alguna contra mi persona a causa de mi orientación sexual. Toda una fortuna. También es cierto que mientras viví en mi país de origen obvié comentar el “pequeño detalle” de que me gustaban las mujeres, quizás porque ni yo misma comprendía lo que me pasaba y carecía de referentes. Con la metamorfosis producida por la inmigración llegó la oportunidad de, por primera vez, aprender a vivirme y aceptarme al completo, inicié la verbalización de mi orientación sexual con una forma sorprendentemente natural y por fortuna el hecho de ser mujer, lesbiana e inmigrante nunca ha sido la causa de ningún problema para mí, ni en lo laboral ni en lo social. Poco después me tropecé de bruces con la realidad y todos sus matices y reconocí que no pertenezco a la mayoría, y cuánto dolor me causó darme cuenta de ello. Sin ir muy lejos, hace unos días me impactó leer en la prensa una penosa e indignante noticia, uno de esos sucesos que, lamentablemente, se dan con demasiada frecuencia aunque no se divulguen por los medios; una joven activista LGTB egipcia se suicidó después de no poder recuperarse del estrés post traumático provocado por las torturas a las que fue sometida durante tres meses en prisión. Había pasado tiempo de aquello y vivía en Canadá, un país gayfriendly que la habían acogido, sin embargo la profundidad de las heridas sufridas en su psique y su alma no soportaron el peso de lo vivido llevándola a sucumbir en la oscuridad hasta terminar quitándose la vida.  ¿Cuál fue su crimen? Mostrar con orgullo una bandera arcoíris en un concierto.

Según la RAE, orgullo, significa “sentimiento de satisfacción por los logros, capacidades o méritos propios o por algo en lo que una persona se siente concernida”. Así que sí, siento ORGULLO, así en mayúsculas, orgullo de todas y cada una de las personas que no se han doblegado a la exigencia de un mundo enfermo, de una sociedad intolerante, aunque les costase la vida. Siento ORGULLO por todas y cada una de las personas que han sido vejadas, agredidas y pisoteadas por el solo hecho de ser visibles, de no esconderse, de mostrarse al completo y quienes, con sus acciones, sentaron las bases para que muchas y muchos podamos a día de hoy vivirnos en libertad. Pero sabemos que todo lo conseguido es demasiado frágil, basta con un pequeño giro en la política y todo puede acabarse (tengo experiencia en ello, sino observad la Venezuela de los 50 y la de ahora). Cuando digo que todo puede acabar en un abrir y cerrar de ojos no hablo solo de lo conseguido por el movimiento LGTB; la democracia, la economía y el estado de bienestar son demasiado frágiles, por ello es necesario tener presencia constante en la calle, en la sociedad y defender lo que nos pertenece, no solo al colectivo LGTB, sino todo lo que nos pertenece por ser seres humanos, por ser mujeres, por haber nacido.

Ese es el motivo por el que hay que llenar las calles de arcoíris y mostrar lo que somos con orgullo y defender nuestro derecho de vivir con las mismas condiciones que el resto, ya que tenemos las mismas obligaciones lo mínimo es tener los mismos derechos ¿no? Por eso la necesidad de seguir mostrando a través de la cultura y las artes; la literatura, el cine, la poesía, el teatro y la publicidad, personajes tan diversos como la sociedad plural en la que vivimos, porque aspirar a que un día, espero que pronto, la sociedad no se horrorice por leer la voz de un transexual, las vivencias de una lesbiana bisexual, las peripecias de una familia poliamorosa, las anécdotas de un niño que tiene dos mamás; dos hombres fundidos en un beso o incluso la congoja de un anciano homosexual seropositivo que vive en soledad, no debería ser utopía, sino una aspiración lícita y respetable de querer transformar nuestro mundo en un lugar amable y respetuoso con lo diferente, donde podamos todas y todos sentirnos orgullosos de ser… Humanos. No debería ser un deseo o un anhelo sino una realidad tangible.

¿Y ustedes? ¿De qué sienten orgullo?