sosten martha lovera

Va del sostén que damos y nos dan.

sosten martha lovera

En Venezuela, mi país de origen, la palabra sostén se utiliza con demasiada frecuencia solo en una de sus acepciones, la de: “prenda interior femenina para ceñir el pecho”, lo que viene siendo el sujetador español. De adulta, y estando aquí en España, descubrí que esa palabra tenía más usos en el día a día. Y es que en Venezuela no sostenemos, sujetamos ni cogemos las cosas las cosas, ¡las agarramos!; así que no pasaba por mi mente utilizar esa palabra, sostén, para otra cosa que no fuera referirme a la pieza de lencería femenina.

Según el diccionario de la Rae, sostén, también significa: “acción de sostener; persona o cosa que sostiene; apoyo moral, protección”. También de adulta descubrí la hermosa aplicación que puede tener una palabra como esa cuando se lleva a la acción. Me tocó aprender que cuando escuchaba en silencio a alguien que lloraba frente a mí le estaba sosteniendo; que cuando una amiga, sabiéndome de bajón, elegía dar una paseo a mi lado sin decir palabra alguna lo que hacía era sostenerme. ¡Qué bonito es sostener y qué hermoso es ser sostenida!

Día a día trabajo con la fragilidad del ser humano y veo cómo una enfermedad puede acabar con todo lo que dábamos por sentado, afectos incluidos y, durante estos años ejerciendo la medicina, he observado que todo ser humano en algún momento de su existencia necesita de sostén, y es evidente que no hablo de la prenda de vestir, hablo del apoyo, soporte, cuidado, cariño y el mimo que se necesitan en momentos duros, esos en los que parece que se abre el suelo bajo nuestros pies o cuando la vida decide caernos encima como la enorme piedra de la foto. Seguro ya sabéis de qué hablo.

Hay estadísticas que señalan que una persona se enfrentará a una media de entre ocho a diez situaciones de ese tipo a lo largo de su vida. Una ruptura amorosa, el distanciamiento de un amigo, la pérdida de un trabajo, la muerte de un ser querido o una enfermedad grave suelen ser el tipo de vivencias en las que se requiere sostén pero, ¿cuándo se aprende esto si a la mayoría nos enseñan que caer no es bueno, que mostrarse vulnerable es malo?

El sostén de nuestra existencia es algo que solemos colocar fuera de nosotros, como esas barras de hierro con las que se apuntalan los edificios a punto de derrumbarse o la malla que se tiende bajo unos trapecistas mientras actúan, sin embargo, considero que nos deberían enseñar desde muy temprana edad que, el mayor sostén de nuestra alma, está en nuestro interior.

La red sólida y flexible de vínculos que responden y apoyan a lo largo de la vida a veces se estira y encoje según las circunstancias, pero en ciertos vínculos, la función sostenedora, es algo que suele darse por sentado; familia, pareja y amistades íntimas suelen estar a la cabecera de quienes “deben” ejercer esa función, como si cada persona de nuestra vida viniera, irremediablemente unida como un pack indivisible e inmutable, a una función que se espera según el tipo de relación que se forja con ella, pero ¿todas las familias sostienen a sus miembros? ¿Todos los amigos están siempre a nuestro lado para apoyarnos? ¿Todas las parejas se apoyan mutuamente?

Lamentablemente no es así. Durante mi experiencia profesional y personal no han sido pocas las situaciones en las que he sido testigo de personas que, teniendo amistades, familias y parejas, de pronto se encuentran transitando una situación dolorosa y crítica en soledad, convirtiéndose en un mal llamado “problema social”. De hecho, existe lo que se denomina “cuidador no válido”, personas que, por alguna razón que a veces escapa a su voluntad, carecen de la capacidad o habilidad para sostener a otra.

Hay quienes, en esas situaciones, eligen permanecer solos, aislados, por el mismo amor que sienten por sus afectos: “es que no quiero hacer que mi gente lo pase mal”, he escuchado varias veces. A otros, sabiendo que necesitan ayuda, apoyo, compañía y sostén, el orgullo, la soberbia o el pánico les impide solicitarla expresamente: “No soy inútil. Yo solo puedo con esto”. Hay quien sorprende y, tras pocos días de interacción, sostienen como si estuvieran toda la vida a nuestro lado. Y también hay quienes, en su necesidad de ser apoyados, delegan en otros lo que solo a ellos corresponde utilizando, abusando, machacando, exigiendo y quemando a quienes prestan su apoyo de forma natural.

También están con quienes la vida ha sido tan cruel que no se fían ni de su propia sombra y se niegan a ser sostenidos. Y otros que, por más que deseen, no logran sostener nada ni a nadie y huyen dando la espalda. ¿Egoísmo, falta de consciencia o falta de empatía? A saber, quizás nunca pudieron aprender el privilegio del sostener. Y luego están, en el extremo contrario, los “dadores” o “sostenedores natos”; personas que dan y dan y dan hasta quedar exhaustas; quienes pueden llegar a olvidar sus propias necesidades con tal de erigir su particular cruzada por sostener lo insostenible… ¡Qué agotador!

El caso es que todas y todos somos vulnerables, por más que no disguste y, en cualquier momento y de la forma más absurda, la vida puede cambiarnos y es cuando, en el dolor de la vulnerabilidad, se agradece contar con nuestros sostenes. Créanme cuando os digo que suele ser una situación muy dolorosa, tanto necesitar sostén y no tenerlo, como ofrecer sostén a un ser amado que lo rechaza. Así que, en mi opinión, lo mejor es tener las cosas claras desde el principio, hablar las cosas y llegar a acuerdos ¿Puedo contar contigo si ocurriera algo grave o solo para tomarnos unas cañas los viernes? Es cierto, no es una pregunta que se haga de forma habitual a nuestras relaciones, independientemente del tipo de relación que sea, sin embargo, ¿no os parece que estaría bien saber desde el principio a qué atenerse?

En mi opinión, definir, concretar y llegar a acuerdos en las relaciones no solo es necesario, sino que es sano, y es responsabilidad de cada persona cultivar e invertir en su red de apoyo, en esos vínculos que, durante una crisis, terminarán fortificando los cimientos de la propia vida hasta, en algunos casos, evitar nuestro derrumbe o al menos hacer menos doloroso el declive y apoyarnos a recoger los escombros, pero para ello no se puede dar nada por sentado, hay que comunicarse y preguntar de forma amorosa un ¿cuento contigo?, porque puede ser igual de doloroso esperar el sostén de quien, por alguna razón, no quiere o no puede darlo, como intentar sostener a quien no desea ser sostenido.

Ojalá nuestra sociedad avance lo suficiente como para que, por tradición, cultura y sin darlo por sentado, seamos capaces de crear redes para sostener a las personas más vulnerables; que aprendamos desde peques a crear vínculos de apoyo y cuidado amoroso; relaciones honestas, serenas y equilibradas en las que la reciprocidad sea la norma, porque más que nunca son tiempos de cuidarnos y sostenernos les unes a les otres.

¿Y ustedes? ¿Cuándo fue la ultima vez que necesitaron sostén? ¿Y la última vez que sostuvieron?

enredarse martha lovera

Va de enredarse y enredar.

enredarse martha lovera

Me fascinan las enredaderas; la forma con que se enredan y adhieren a las superficies y forman un tejido firme que les permite sostenerse y también, por qué no, lucir bellas. En botánica también las denominan plantas trepadoras, pero este término me gusta menos, porque significa que se encaraman sobre algo (vivo o muerto) y lo parasitan de forma mecánica para competir por la luz del sol. Bien se sabe la connotación que tiene que una persona sea calificada de “trepadora”.

El caso es que, volviendo a las plantas, me gusta ver las enredaderas. Disfruto al observar con detenimiento su recorrido. ¿Mis favoritas? La buganvilla, el jazmín (¡qué olor, por favor!) y la hiedra, que cambia de color según la estación; a veces tan verde y otras tan roja. Las enredaderas tapizan todo a su paso llenándolo de color y, según la especie, de flores. Pero como sabéis la capacidad de enredar y enredarse no es única de las plantas.

Enredar, según la RAE, significa: “prender con red; tender las redes o armarlas para cazar. Enlazar, entretejer, enmarañar algo con otra cosa”. También significa: “meter discordia o cizaña; meter a alguien en obligación, ocasión o negocios comprometidos o peligrosos; entretener, hacer perder el tiempo; revolver, inquietarse, travesear”.

Enredarse es sinónimo de confundirse o aturdirse al decir o hacer algo y también, cómo no, meterse en algo complicado, y las personas podemos ser muy diestras en ello. Podemos complicarlo todo hasta límites insospechados, de forma tal que llega un momento en el que nos descubrimos dentro de una maraña invisible que son nuestras propias decisiones y elecciones, y a veces, a consecuencia de ellas, terminamos por enredar a otras personas.

Sin embargo, no todo enredo es negativo, hay tejidos que, teniendo forma de red, liberan en lugar de atrapar. Por ejemplo, la red de vínculos que nos sostienen día a día. Esas personas maravillosas que nos aman y a las que amamos; con quienes discutimos y nos enfadamos (porque a veces también nos enredamos) pero que, cual trepadora, salva los obstáculos a su paso con tal de lucir su verdor. También está la red que tejemos profesionalmente, o gracias a nuestras aficiones, que nutren nuestra parte intelectual y nuestra curiosidad.

¿Y qué decir de las miles de millones de células de nuestro cuerpo? Están literalmente en red y se comunican con el único objetivo de mantenernos con vida. ¡Qué maravillosa es la naturaleza! Neuronas, células musculares, y el hermoso colágeno están dispuestos dentro de nuestros cuerpos a modo de red y, con sus funciones, nos permiten vivir.

Es cierto que muchas veces, en nuestro afán humano de establecer vínculos, de relacionarnos y de hacer red (se nos da de forma natural, es una de nuestras necesidades básicas), nos enredamos en sentimientos que lejos de conectarnos con otras personas terminan por aislarnos. Nos dejamos enredar en pensamientos que cual trama despiadada condiciona nuestros sentimientos y modifican nuestra actitud (y a veces, merma nuestras aptitudes). ¡Cuánto cuesta zafarse de ese enredo! Pues, como a las plantas, de tanto en tanto, también toca podarlos.

Pienso que las redes son necesarias, vitales, sin embargo, considero que mucho nos queda por aprender para dejar de enredarnos y así evitar enredar a los demás. Hay que aprender a zafarse de predadores que desean lanzar su red sobre nosotres. Pues sí, aceptémoslo, hay quienes van al acecho y en sus manos llevan redes invisibles que oprimen, capturan, siegan e inmovilizan; redes que nos alejan de nuestra esencia disfrazándolo de amor. Esas redes aíslan y alejan de quienes, siendo fieles testigos del daño del que no somos conscientes, intentan desenredarnos.

A días me siento enredada, y a días me reconozco parte esencial de una red tan grande y elevada que abarca el universo entero. Feliz de la red que, sin ser muy consciente hasta ahora, he ido tejiendo durante años. A días siento pena porque se me fue uno que otro hilo de esa red (como el hilo de una media panty que corre deprisa pierna abaja).

Pero las redes se tejen y se deshacen a un ritmo que parece gobernado por unas manos ajenas a las propias. Supongo que es eso que llamamos vida, ¿no?

¿Y ustedes? ¿Desde cuándo no se enredan? ¿Cuándo fue la última vez que podaron su enredadera?

plantar martha lovera

Va de plantar/se.

plantar martha lovera

Siempre he admirado a quienes tienen habilidad (y paciencia) para plantar y cuidar las matas. No me consideraba perteneciente a ese club de aficionados a la botánica, al menos no hasta este año durante el que, como si de un resorte se tratase, nació desde mis profundidades la necesidad de reverdecer. Quizás fue producto del encierro vivido durante los primeros meses de pandemia lo que impulsó en mí las ganas de verdor. Lo cierto es que hasta hace muy pocos meses creí que las plantas no eran lo mío.

Plantar, según la Rae, tiene diecisiete acepciones. ¡Mira que es bonito el castellano! Y con esos conceptos en mente descubro que mientras unos metemos un vástago en la tierra, otros fundan algo; mientras alguien da un golpe, otro deja esperando o abandona a una persona. Unos plantan al decirle algo a otra persona con tal claridad que los deja aturdidos y sin embargo algunos plantan cuando se resisten a algo. Un dato curioso es que un animal también planta, lo hace cuando se detiene de forma obstinada y, cuando jugamos a las cartas, nos plantamos cuando no queremos más de lo que tenemos. Insisto, qué maravilloso nuestro idioma.

En mi inmersión en el arte de plantar (poblar de plantas un terreno, según la Rae), he aprendido unas cuantas cosas. La primera, que los principiantes, a la mayoría de plantas las matamos ahogadas; las regamos y regamos por miedo a que se sequen, ignorando sus necesidades. La segunda, que la vida vegetal tiene ritmo propio y no vale con apuntarse en un calendario el día de riego y seguirlo a rajatabla. No, no, que eso sería muy sencillo. Resulta que para saber cuándo regar las plantas hay que mirarlas, olerlas y hasta meterles el dedo en la tierra a ver si necesitan agua. La tercera, que aunque al comprarlas nos aseguren que son de exterior (o interior), al parecer la planta cuenta con un sistema de detección de “su lugar adecuado”, me enteré cuando una Cheflera (que se presupone de exterior) se me chamuscó y revivió durante unos días dentro de casa.

Parece que plantar de lo que va es de aprender a bailar con los ciclos de cada especie. ¡Como la vida misma! Esta idea me hizo investigar (ya sabéis que soy muy friki), y al parecer en 1966 a un científico experto en el manejo del polígrafo, Cleve Backster, un día aburrido le dio por colocar electrodos a una planta y ¡sorpresa!, nada más el investigador pensó (sí, habéis leído bien, PENSÓ) en quemar sus hojas, esta reaccionó y produjo un trazado. En otro experimento el trazado obtenido al regar la planta fue similar al que se obtiene en las personas que dicen sentirse felices ¿casualidad? Puede ser, pero de igual manera me maravilla y da que pensar. Si a las plantas les llega nuestras intenciones, ¿qué pasará con los humanos que nos rodean?

No dispongo de un polígrafo y, de momento, no hablo con las plantas —al menos no como si de una amiga se tratase, solo les digo lo guapas que están y lo que las disfruto mientras leo en mi balcón o en el salón de casa, que se ha transformado en un trocito de selva—, el caso es que he aprendido a notar sus cambios, noto si les gusta estar acompañadas de otras especies o no. ¿Como nos sucede a los humanos? Puede ser. Quizás solo sea cuestión de presencia y atención, ¡como nos sucede a los humanos!

Y mientras hay quienes nos dedicamos a plantar esquejes, hojas y hasta semillas para multiplicar la vida, hay quienes se dedican a plantarse ante la vida y enraizar en el sustrato de su dignidad para crecer, o quienes dan plantón y donde dije digo, digo Diego.

Sea cual sea la forma en que cada quien decida utilizar el verbo plantar, lo que a mi modo de ver parece estar claro, es que el momento de plantar/se llega por sí solo, se hace apremiante durante un paréntesis en la vida y de pronto, llega ese día en que se disfruta paseando por un vivero, admirando y oliendo la vida en forma de plantas y también, del mismo modo, si hay algo que sobra, aparece con el mismo apremio, el momento de plantarse.

¿Y ustedes? ¿Cuándo se plantaron por última vez?

cuidado martha lovera
cuidado martha lovera

Va de cuidar(se) y ¿tener cuidado?

¿A quien no le han dicho alguna vez “ten cuidado” o “¡Cuídate!”? Cuando pienso en la palabra cuidado, siento que denota algo que a la mayoría, desde temprana edad, nos enseñan a “tener”, pero a muy pocas personas se nos instruye en lo que considero el arte de cuidar y ser cuidado (que no es lo mismo que tener cuidado).  

Cuidado, según el diccionario de la RAE, tiene las siguientes acepciones: “solicitud y atención para hacer bien algo; acción de cuidar (asistir, guardar, conservar); recelo, preocupación, temor”. También se utiliza para advertir que un peligro está cerca o que hay riesgo de caer en algún error.

Como seguramente habréis experimentado, toda madre que se respete dice a su prole al salir de la casa, como si de una cantaleta se tratase, “ten cuidado”, sobre todo si se trata de una niña. La frecuencia de este gesto se eleva exponencialmente cuando esa niña se vuelve una adolescente y empieza con sus salidas nocturnas. Lo que me produce tristeza es que nuestras madres, aunque estemos en la adultez y casi rondando la cincuentena, sigan sintiendo esa necesidad de advertir a sus hijas de los peligros que acechan a las mujeres y sigan gritando ese “ten cuidado”, pero he descubierto que es su forma de cuidar.

Cuidar a veces no es sencillo, porque en el intento de hacerlo, en ocasiones, se causa daño. En mi caso por ejemplo, en mi afán por “cuidar” mis plantas, sin querer terminaba ahogándolas de tanto regalas. (Aplíquese esta frase a relaciones al igual que a las plantas). Así que me ha tocado aprender a cuidar de otra forma, aprender que a veces cuidar es dejar de regar.

En este aprendizaje (que parece no acabar) me di cuenta de que me era/¿es? sumamente difícil recibir cuidados porque me incomodaba, me hacía sentir que necesitaba de otras personas. Sabéis de lo que hablo, ¿a que sí? Así que en este proceso he comprendido que cuidar, igual que dejarse cuidar, es un arte, y que como todo arte se puede aprender y entrenar; y que hay tantas formas de hacerlo como personas hay en el mundo.

Hay quienes cuidan enviando un mensaje inesperado preguntando “cómo estás”; otros hacen de comer, otros abrazan. Hay quienes para cuidar minan el teléfono de emojis sonrientes. Otros llaman una vez por semana y otros improvisan un secuestro exprés a modo de paseo. A algunos les da por hacerte reír hasta el llanto y hay quienes regalan silencios nutricios de esos que acompañan. Lo que he observado es que para cuidar, según mi punto de vista, hay que querer. Y no hablo de querer como el acto de sentir amor, que también, sino de tener la voluntad de hacerlo, de resolver y tener la determinación de transformar la palabra en acción.

En el otro extremo están los que, a sabiendas de que necesitan ser cuidados, se resisten, luchan, agreden y se ponen a la defensiva o incluso desaparecen con tal de no sentirse vulnerables. También están los que crecieron creyendo que los golpes, los celos y los insultos son una forma de cuidar y querer. “Si ese niño te golpea es porque te quiere” ¿os suena? (menuda locura) Y también existen quienes se vuelven adictos a que otras personas los “cuiden” y se olvidan del acutocuidado. ¡Qué bonita palabra y qué tarde se la conoce!

El caso es que considero que, antes de enseñarnos a tener cuidado o a cuidar deberían enseñarnos a practicar el autocuidado para así poder cuidar y dejarnos cuidar de forma consciente y ecológica; porque también están los que desde temprana edad confunden cuidar con oprimir y tiranizan un acto de amor con exigencias.

Quienes saben de psicología dicen que quienes elegimos profesiones como la medicina, los servicios sociales o la misma psicología somos “cuidadores natos”; como si hubiera un gen que predisponga a quien lo porta a cuidar (lo mismo es así y no lo sé) y además ya si eres una mujer (que se siente como tal) parece que socialmente el cuidar está dentro de tus deberes (casi obligaciones) y la razón de ser tu existencia.

Considero que, repitiendo una frase que me fascina de Alex Rovira “amar es cuidar”, quien sea capaz de sentir amor (y todes tenemos esa capacidad) también tiene no solo la capacidad, sino la responsabilidad de cuidar; independiente del sexo o el rol que elija, pero hay que empezar por cuidarse a una misma/o, sin embargo ¿a quién le enseñan esto en la escuela?

¿Y ustedes? ¿Cómo llevan eso del autocuidado?

fortuna martha lovera
fortuna martha lovera

Va de sentir y vivir fortuna.

Fortuna, según la RAE, significa: “Encadenamiento de los sucesos, considerado como fortuito, circunstancia casual de personas y cosas; suerte favorable y éxito”. Quizás por ello en nuestra sociedad está popularizada que fortuna es que a la gente le vaya bien, porque se identifica con la acepción de “éxito”. Sin embargo, al parecer, su significado es variado, tanto como personas hay. ¿Y cómo llegué a esta conclusión? Os lo cuento.

Hace unos días un conocido y yo debatíamos acerca de lo que significa ser afortunado. De esa conversación concluimos que es algo tan subjetivo como el concepto de felicidad, depende de lo que para quien es prioritario. Esa persona insistía en que para él la fortuna era tener dinero. Al escucharlo me pregunté ¿para qué? También dijo que fortuna era tener un buen trabajo y yo volví a preguntarme en mi interior: ¿para qué? Y así, con cada una de sus respuestas, me fui sumergiendo en la reflexión acerca del significado que le doy a la fortuna, porque como muchas cosas en la vida, creo que una cosa por sí misma no tiene mayor significado que el que le otorgamos.

En esa reflexión descubrí que para mí la fortuna no va unida a lo material. No es tener doce cifras en una cuenta bancaria, una casa enorme frente a la playa o un costoso deportivo. Fortuna para mí es no tener que esperar al fin de semana para disfrutar de tu familia y amigos. Significa no ansiar que lleguen las vacaciones para irte de viaje y no tener que arañarle tiempo a una jornada laboral de ocho, doce, diecisiete o veinticuatro horas para dedicar unos minutos a hacer lo que realmente te apasiona.

Para mí fortuna es decir: “hoy me quedo en casa y en pijama” y poder hacerlo; o que se estropee el frigorífico, el coche o la lavadora y no enloquecer pensando en cómo resolverlo, no porque se cuente con suficiente dinero para solventar imprevistos sino porque se tiene la certeza de que entre las capacidades propias y la red de apoyo construida con vínculos sólidos, cualquier percance será superado.

Para mí fortuna es no tener miedo de enfermar porque se tiene acceso a los servicios sanitarios y a los cuidados necesarios. Fortuna es decir: “voy a echarme la siesta en la playa” y poder hacerlo. Es que te apetezca comer algo y poder comerlo. Es poder vivir de lo que te gusta y hacer lo que te apetezca sin sentirte preso de los condicionamientos o juicios ajenos.

Considero que fortuna es tener agua corriente que sale del grifo. Es tener hambre y poder comer. Es poder andar, respirar y sentir con cada uno de los sentidos. Fortuna es mirar alrededor y sentirse agradecida por esos vínculos que mejoran nuestra vida y transforman un día cualquiera en maravilloso después de preguntar: “¿qué haces? ¿Paseamos?” Y que ese paseo se transforme en desayuno y charlas animadas frente al mar; y risas y abrazos donde una se siente mirada, nutrida y feliz porque son un refugio donde repararse.

Según mi forma de ver, fortuna es poder convertir un miércoles en domingo y escabullirse del ajetreado ritmo de la ciudad para perderse paseando en la naturaleza, porque según mi visión, la fortuna se viste de cotidianidad cuando no se teme perder la vida entre disparos y bombas, o a consecuencia de una enfermedad; cuando no se corre peligro por caminar de la mano de la persona que se ama; cuando no se siente miedo a ser capturada, amordazada, apaleada, violada o vendida al mejor postor.

En mi opinión, la fortuna no tiene nada que ver con lo fortuito aunque sea uno de sus significados. Tampoco es casual ni está relacionada con la suerte. Para mí la fortuna es algo que se siente, se ejercita y se construye, y que conste que no estoy hablando de dinero, que también.

¿Y ustedes? ¿Cuándo fue la última vez que sintieron la fortuna en vuestros días?

vulnerable martha lovera
vulnerable martha lovera

Va de sentirse vulnerable

Hace unos días que pienso acerca de lo que significa ser vulnerable, acerca de la vulnerabilidad y en cómo muchas personas huimos de ella. Vulnerable, según la RAE, significa: “Que puede ser herido o recibir lesión, física o moralmente”.

Y sí, queramos o no, nos guste o no, todas y todos en algún momento somos diana de algo o alguien que termina por herirnos. Sin embargo, pese a ese daño, considero que hay algo hermoso y difícil de explicar en la vulnerabilidad, y es que esta se define como una cualidad; “elemento o carácter distintivo de la naturaleza de algo o alguien”; entonces la vulnerabilidad es la cualidad de ser vulnerable, y los seres humanos nacemos con esa distinción, está en nuestra naturaleza desde que existimos. En mi opinión no hay nada más potente y a la vez más frágil que un embrión abriéndose paso a la existencia. Reconozcámoslos de una vez, somos vulnerables hasta la médula y hasta el día de nuestra muerte, aunque nos desvivamos por negarlo y ocultarlo.

Pienso que quizás nuestro problema con la palabra vulnerable viene porque la confundimos con debilidad, y nada más lejos de la realidad; considero que para mostrar las costuras hay que ser fuerte y valiente, porque significa rasgarse las vestiduras y mostrar nuestro interior. Cuando mostramos nuestra fragilidad nos volvemos más amables, y no porque nos tornemos complacientes o afectuosos, -es más que probable que cuando nos percibimos en situación de vulnerabilidad seamos algo hostiles-, sino más bien, como la misma palabra indica, porque nos volvemos “digno de ser amado.

Sería maravilloso mostrar la vulnerabilidad sin tapujos ¿a qué sí?, pero en una sociedad que sigue educando en la competencia y la rivalidad, donde se sigue inculcando que gana el más fuerte, que las lágrimas se guardan y que se debe estar bien a toda costa parece complejo. En una sociedad que aboga por la cultura del esfuerzo (a veces desmedido), de atropellar a quien encontremos en el camino con tal de conseguir nuestro objetivo; una sociedad que ha extraviado valores como el respeto, el amor al prójimo y la ética, y para mi gusto con demasiados indiferentes e ignorantes sueltos que andan por allí mirando solo sus ombligos, se hace cuesta arriba dar libertad a eso que nos hace frágiles, mostrarnos sin reservas y entregarnos desde el alma.

Aún con todo, según mi punto de vista, nos deberían enseñar desde pequeños a abrir el pecho con mayor frecuencia y sin tanto recelo; a mostrar y compartir nuestra vulnerabilidad (sobre todo a los chicos, que lo tenéis peor) y así recordaríamos que está presente en todo ser humano, incluso en todo viviente (¿cuán vulnerable es una flor?); el solo hecho de estar vivos nos hace vulnerables, aunque insistamos en desconocer la fragilidad de la vida y miremos de reojo nuestra finitud. Es cierto, mostrándola se corre el riesgo de que nos dañen, pero en todo caso, ocultarla no evita ese daño. ¿Cuántas veces, sin querer, terminamos siendo heridos por quienes dicen amarnos, que es a quienes solemos mostrarnos a corazón abierto? Y ¿Qué pasa? Al final solo lloramos, rabiamos, culpamos, nos aterramos, sanamos y en el proceso aprendemos.

Algo curioso que he observado en la vulnerabilidad es que por desgracia pocas veces nos encontramos con ella desde el amor; en su lugar lo hacemos desde la rabia, la impotencia y la frustración de vernos desnudos e indefensos, o de ver a quienes amamos en situación de vulnerabilidad. Quizás porque no se ha tenido la suerte de vivir esa vulnerabilidad en compañía del amor, o porque de algún modo otros se han aprovechado o burlado de ella.

Quizás por eso cuesta tanto reconocerse vulnerable y aprender a serlo con la serenidad, solemnidad y respeto que en mi opinión amerita, porque ignoramos que cuando la vulnerabilidad y el amor bailan juntos se crea el más hermoso de los vínculos.

¿Y ustedes? ¿Cuándo fue la última vez que os vivisteis vulnerables?

optimismo martha lovera

Va de entrenar el optimismo

optimismo martha lovera

Llevo varios días dándole vueltas a cuál sería el tema adecuado para iniciar las entradas del blog este año y, gracias a mi primera lectura de esta recién estrenada vuelta al sol, di con la clave: el optimismo. Una de mis personas es, en mi opinión, la personificación del optimismo. Ella es capaz de reír a boca llena y ver el lado positivo en las peores circunstancias, y es algo que admiro de ella. Hay quienes como ella nacen con ese don corriendo por sus venas, otros en cambio debemos esforzarnos por practicarlo.

Según la RAE, el optimismo no es más que “la propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable”. En mi opinión, dadas las circunstancias, necesitamos elevadas dosis de optimismo. La palabra, proveniente del latín “optimun” (el mejor), fue utilizada por primera vez por allí en 1710 por un filósofo alemán. Al investigar me di cuenta que el optimismo, como doctrina, ha tenido durante años muy mala prensa. Se tilda de soñadores, ilusos e ingenuos a quienes lo practican. Y me pregunto, ¿qué tiene de malo pensar y creer que las cosas son favorables e irán a mejor?

Lo que la ciencia dice al respecto es que para la mente y para el cuerpo todo son ventajas. Al parecer quienes investigan desde hace décadas el optimismo y la felicidad -y no son pocos quienes están en ello-, han comprobado que todo lo que se produce en nuestra mente (pensamientos y sentimientos) viaja a través del sistema nervioso y endocrino hasta nuestro cuerpo, y esa química altera, para bien o para mal, el ritmo del corazón, la presión arterial, el sistema inmune y otras funciones del organismo.

Así lo confirma Luis Rojas Marcos, un prestigioso psiquiatra, en su último libro “Optimismo y salud”; en él, el doctor Rojas Marcos, también da pistas de los peligros de no ejercer el optimismo y cataloga de “venenos del optimismo” a la indefensión crónica y al pesimismo maligno. En la misma línea Pascal habló de la esperanza como aliada del optimismo y en el mismo sentido Russel citó al humor y el entusiasmo, pero ¿cómo se practica esto en el día a día?, ¿cómo mantener el talante optimista con la que está cayendo? ¿Cómo ser optimista cuando te obligan a cerrar el negocio que sustenta tu familia o cuando un ser querido está ingresado en un hospital?

Los expertos dicen que tener esperanza es esencial, así como también lo es pensar que las cosas están en nuestras manos y recordar lo bueno que hemos vivido y logrado. En mi opinión quizás serviría de algo enfocarse en la belleza, la alegría de lo sencillo y lo bonito de lo cotidiano. Sabemos que esto no siempre es fácil de lograr, sin embargo, ¿habéis visto cómo funcionan los niños? Sonríen sin saber a veces ni por qué, no se preocupan, ni se dejan angustiar por el pasado ni por el futuro, simplemente están y son… NIÑOS; seres cargados de inocencia que se limitan a existir en su eterno presente sin más pretensiones. ¿Será la inocencia la clave? A saber.

Con todo esto en mente y transitando por este enero que llegó como un déjà vu tengo una propuesta, ¿os animáis a ejercitaros conmigo en el optimismo? Podemos iniciar con una tabla muy sencilla de ejercicios diarios: 1- Mirar al cielo unos segundos. 2- Crear belleza con lo que sea que hagamos y 3- Sonreír sin motivo (que el cerebro termina creyéndoselo). ¿Qué os parece?

Sé que habrá días en los que la realidad nos alcanzará como una apisonadora, días en los que creeremos que las circunstancias son nefastas, que no hay salida y las lágrimas rodarán por nuestras mejillas y cuando eso pase ¿qué haremos?, ¿dejarnos vencer? No creo que sea la mejor opción.

Prefiero apostar por volver a ser niñas y niños y olvidarnos por unos minutos de esa realidad que nos causa daño; desdibujarla tras un telón que cual carpa de un enorme circo nos lleve a experimentar la alegría del juego aunque sea durante unos minutos, porque ver la realidad de lo que sucede, con su crudeza y sus matices oscuros, no está reñido con elegir libre y conscientemente esforzarnos por mejorarla, con apostar por una actitud que nos lleve hacia la consecución de la felicidad de cada cual, que terminará siendo la del conjunto porque, como dijo el gran Gabo, “no hay medicina que cure lo que no cura la felicidad”.

¿Os apuntáis conmigo a este gimnasio gratuito y al aire libre o tenéis un mejor plan que aprender a estar sanas y sanos?

luces y sombras martha lovera

Va de mirar las luces y sombras.

luces y sombras martha lovera

Para mí este año ha estado repleto de luces y sombras, y en esa dicotomía he pasado días pensando en un título para la última entrada de este accidentado año. En busca de la idea más acertada me fui a la última entrada del 2019, ¿la recordáis? “Llega el 20/20 con su visión óptima”. En ella pedí y deseé para todas y todos precisamente eso, una visión nítida, claridad… ¡Y vaya si la hemos tenido! De golpe y porrazo nos quitaron la venda de los ojos y la situación nos retó -y sigue haciéndolo- a mirar lo que es, tal y como es, y eso, según mi punto de vista, nunca en sencillo.

Mi sensación ha sido como de ir corriendo a toda pastilla y de repente sufrir un apagón. ¿Os ponéis en situación? En mi caso, y creo que en la mayoría, supongo que en una situación así la reacción inmediata sería detener la carrera, permanecer quieta y esperar a que las pupilas se ajusten a la oscuridad, para así retomar el camino a otro ritmo. Esa escena me ha conectado con una de mis pasiones, la fotografía.

Según el diccionario de la RAE, fotografía significa “procedimiento o técnica que permite obtener imágenes fijas de la realidad mediante la acción de la luz sobre una superficie sensible o sobre un sensor”, para ello esa luz debe pasar por un diafragma; una especie de pupila que está en el interior del lente, parecido a la pupila humana con la diferencia que la nuestra se ajusta de manera automática.

La pupila, de forma natural, se abre cuando todo está muy oscuro y se cierra cuando hay demasiada luz, sin embargo, en el diafragma de una cámara ese movimiento de apertura y cierre es regulable con una valor llamado velocidad de obturación y es lo que hace posible hacer magia en la oscuridad porque permite capturar imágenes con poca luz.

¿Habéis visto alguna vez esas hermosas fotografías en las que se ve la vía láctea, las estrellas o el agua como algodones? Pues son producto de permanecer inmóvil (la cámara debe estar sobre un trípode), de tener paciencia (porque la foto, literalmente, se está tomando durante un rato) y regular la cantidad de luz que entra. Si hay algo que me gusta en la vida son las fotografías, verlas y hacerlas. Tener ese poder casi sobrenatural de hacer eterno un instante, de parar el tiempo en una imagen me parece sencillamente sublime. Ese juego es posible gracias a un adecuado manejo de la luz y la oscuridad.

Para mí este año que nos ha cambiado la vida a todas y todos, ha sido un bajón súbito de la velocidad, un año repleto de luces y sombras en el que a muchas personas se les apagó la luz, a otras nos hizo mirar a los ojos a esa oscuridad que tanto aterra y desde allí, comprendiéndola y ajustando nuestras pupilas, por fin pudimos ver la luz…

¿No había pedido claridad y nitidez? ¡Pues toma claridad! Entonces no sabía que VER a veces puede ser muy doloroso, como cuando miramos un rato hacia el sol. Descubrir que hay personas que ya no estarán, que ya no somos las mismas personas, que un ciclo termina para no volver, eso nunca es fácil, sin embargo hay que seguir generando recuerdos y haciendo fotos, ¿no?

Obviamente también ha habido cosas buenas. Para mí lo bonito de este año es que supe que en la vida, como en la fotografía a baja velocidad (o nocturna), también se pueden crear cosas hermosas desde la oscuridad, de hecho este libro de relatos titulado “Tenemos la cura” surgió en plena oscuridad del confinamiento y es una joya, os animo a leerlo.

Lo que considero que está claro es que para crear en la oscuridad hay que bajar la velocidad, permanecer bien quieta y centrar el foco en lo que se desea. Pienso que la fotografía nocturna habla de eso, de quietud, paciencia y voluntad; una triada que considero necesaria para cualquier cosa en la vida y es lo que deseo para mí y para ustedes el venidero año.

¡A por muchas fotos más! A por un saludable 2021.

oscuridad y sombra martha lovera

Va de sentir compresión.

oscuridad y sombra martha lovera

Presión, según la RAE, es la acción de comprimir o apretar algo. Otras de sus acepciones son: fuerza moral o influencia ejercida sobre una persona para condicionar su comportamiento; acoso continuado que se ejerce sobre el adversario para impedir su reacción y lograr su derrota, y la última, específica de la física, magnitud física que expresa la fuerza ejercida por un cuerpo sobre la unidad de superficie.

Así que considero que hablo por todas y todos cuando digo que llevamos unos meses siendo sometidos a una elevada presión. Una especie de bruma que nos rodea e intenta atraparnos. ¿Cómo no sentirla si todo cuanto conocíamos hasta marzo cambió de forma drástica? Y además, sigue en proceso de cambio veloz y eso, queramos o no, estresa.

Es cierto que la presión a veces da resultados positivos. ¿Cómo se obtiene el delicioso aceite de oliva si no es presionando las aceitunas hasta conseguirlo? O el vino, que en su producción se despachurran las uvas hasta obtener el mosto. También los diamantes pueden ser producidos sintéticamente por un proceso de elevada presión, similar al natural, y el resultado es una pieza hermosa y de elevadísimo valor comercial; el material con la mayor dureza y conductividad existente hasta ahora.

Sin embargo, los seres humanos no estamos diseñados para soportar demasiada presión, al menos no durante mucho tiempo. Nuestro cuerpo físico, mental y emocional es frágil, mucho más de lo que nos gustaría, y aun así actuamos como si no lo fuera y llegamos a embarcarnos en situaciones que terminan apretando, estrujando y aplastando cuerpo, mente y alma hasta límites insospechados; trabajos, relaciones, aficiones y hábitos que estrujan hasta debilitarnos y quizás enfermarnos.

A veces son las circunstancias de la vida las que se presentan y, con esas características, desatan una fuerza que desconocíamos como propia, fuerza que nos empuja hacia la reinvención de nuestra estructura mental y emocional y terminar por cambiar el modo en el que funcionamos. Es cuando entra en acción la resiliencia, que es: “la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos”. O en física, “la capacidad de un material, mecanismo o sistema para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido”.

En estos meses de crisis, que etimológicamente crisis significa separar o decidir e implica un punto inflexión que en medicina se refiere a un cambio brusco o profundo que pudiera llevar a la muerte; en esta crisis y con esta presión considero que es imperativo cambiar la perspectiva, utilizar esa fuerza que el exterior inflige sobre nosotres para valorar lo que nos alimenta, lo que nos hace felices, lo que nos compensa y alejarnos de lo que no. Alejarnos de lo que aumenta la presión ya existente, procurarnos el tiempo y refugio necesarios donde repararnos.

Sí, lo sé, no es sencillo. Para nuestro cerebro es complejo deshabituarse y generar nuevos caminos y alternativas. Sin embargo, como todo proceso, requerirá de tiempo y voluntad, y dependerá de cada una y cada uno de nosotros; de que cada quien asuma su responsabilidad en todo esto.

No sé si cuando finalice todo volveremos al estado inicial, ni si saldremos más fuertes emulando los diamantes, lo que sí deseo es que al menos hayamos sido capaces de aprender y así generar un cambio a favor de nuestro bienestar y el de quienes nos rodean.

¿Y ustedes?, ¿Cómo llevan la presión?

confianza martha lovera

Va de sentir confianza y de ser confiable.

confianza martha lovera

Sentir confianza no siempre es sencillo, porque para llegar a confiar en algo o en alguien hay que creer en ello y esto no siempre es posible. Hace unos días, paseando con uno de mis sobrinos por una escarpada cala, fui testigo de un gesto que considero la escenificación de la confianza. El peque es un niño acostumbrado a pasear por la montaña. Desde muy temprana edad ya iba de senderismo envuelto en una mochila pegadito al pecho de su padre o de su madre. Recuerdo cómo con ojos bien abiertos, de esos que hablan de las ganas de comerse el mundo, aún siendo muy pequeño capturaba con curiosidad e ilusión todo lo que su inocente mirada alcanzaba a ver. El caso es que ahora con apenas cuatro años es un pequeño niño de la selva, un explorador todo terreno. Es fascinante verlo descalzo saltar por las rocas de calas en las que más de un adulto, presos del miedo y la inseguridad, trastabillamos y tropezamos con destreza.

El caso es que hace unos días nos escapamos su madre, él y yo a una de esas calas escondidas. Como buen explorador, el pequeño es de madrugar y a eso de las doce del mediodía, cuando emprendimos la retirada, su pequeño cuerpecito no daba más de sí. Intentó caminar pero las piernecitas le fallaban y sus ojitos empezaban a estar a media asta. En un momento del trayecto llegamos a un desnivel considerable que fui la primera en sortear y, para mi sorpresa, el pequeño se abalanzó hasta mi ubicación y se dejó caer en mis brazos a la vez que soltaba la mano de su madre que servía de apoyo. Eso para mí es la confianza. Se sintió seguro, tuvo la certeza de que no lo dejaríamos caer y se dejó llevar. Simplemente confió. Ese gesto, que me pilló por sorpresa por la altura y forma del desnivel en el que estábamos, me hizo reflexionar sobre el momento en que dejamos atrás esa certeza y empezamos a desconfiar.

Confianza, según el diccionario de la RAE, significa: esperanza firme que se tiene de alguien o algo; seguridad que alguien tiene en sí mismo. Al leer el concepto me pareció curioso que, cuando se habla de confianza, si se refiere a un tercero se define como esperanza, pero cuando se enfoca a la propia persona se habla de seguridad. A mi modo de ver, coincidiendo con las palabras de Alex Rovira, la confianza es un valor, ese que nos hace CREER y la única condición sine qua non para CREAR. La limitante que veo en ella es que la confianza no admite grados, es binaria; o se tiene o no se tiene; o está o no está.

La confianza se gana con esfuerzo y se pierde con facilidad y esto la torna frágil. Creo que la confianza vincula, llena de intimidad a cualquier relación porque con ella nos sentimos respetadas y respetados, reconocidas y reconocidos… nos sentimos a salvo. Sintiéndonos en confianza tenemos la certeza de que podemos dejar nuestro corazón en la mano de nuestro ser confiable porque sabemos que todo estará bien. Es cierto que no toda persona es digna de confianza. Hay quien, escudándose en la confianza y a sabiendas del daño que puedan ocasionar sus actos, muestra con desparpajo su parte más abusiva y descarada. También están quienes se afanan en cometer “errores” (así entre comillas porque considero que un error que es hábito poco tiene de error) y, bajo el amparo de la confianza de tanto errar y equivocarse terminan por perder la confianza depositada en ellos. Quizás de allí el dicho popular que reza: “la confianza da asco”. Así que sí, es verdad, no toda persona es confiable pero, ¡cuan maravilloso es encontrarse con una que sí lo es!

Siento que en estos tiempos que nos está tocando vivir el modo de poner en acción la confianza debe pasar por sentir seguridad con quienes nos rodean, tener la certeza de que a su lado estamos a salvo y que esas personas lo están en nuestra compañía. Quizás así podamos dejar de lado la esperanza, que está muy bien sentirla, sin olvidar que no deja de ser “un estado de ánimo que aparece cuando lo deseable se torna alcanzable”. La confianza requiere consciencia y responsabilidad. Es un acto de ejercicio diario porque no se puede ser confiable un día y al otro no.

Hablando de confianza, seguro conocéis alguna de esas dinámicas de grupo en las que hay que dejarse dirigir de un sitio a otro con los ojos tapados o dejarse caer hacia atrás con los ojos vendados para ser sostenido por quien está a nuestra espalda. ¿A cuántos se os ha puesto el cuello tenso de solo de pensarlo? A mí desde luego que sí. Pues los expertos dicen que así se trabaja la confianza. Sin embargo, según mi punto de vista, la única forma de cultivar la confianza es a base de ser confiable, ¿Cómo confiar en una persona que no se comporta de forma confiable?

Creo que la confianza, como todo valor, se demuestra con hechos. No se puede fingir con palabras, ni transmitir con la sola intención. No se puede forzar. La veo como una reluciente pieza de cerámica, valiosa y hermosa pero, una vez se rompe, por más que se usen mil filigranas para unir sus trozos, jamás volverá a ser como era.

¿Y ustedes?, ¿son confiables?, ¿ cuándo fue la última vez que dejaron su corazón en la mano de otra persona?