Estos días, durante una conversación con un paciente, este me soltó a bocajarro una frase que se quedó resonando en mi interior durante días. De hecho, es la que me impulsa a escribiros hoy. Creo que con la distancia de los días no fue tanto lo que dijo, sino la forma en la que lo hizo. A llanto vivo, con un quejido desgarrado que salió desde lo más hondo de su pecho.
Me dijo: “no pude despedirme”. Y al terminar de verbalizar esas palabras, terminó de romperse la coraza que llevaba tiempo apretándolo. Un enorme y en apariencia basto, rudo y fornido hombretón, acaba de derrumbarse frente a mí. Me quedé inmóvil, callada, y con la piel erizada respiré su dolor. Le ofrecí mi silencio compasivo mientras notaba que sus lágrimas se comunicaban con las que en ese instante decidieron atrincherarse en mi garganta. Sabía perfectamente de lo que hablaba, yo también he transitado ese mismo dolor. El dolor de quien, por el motivo que sea, no ha podido despedirse.
A veces no podemos despedirnos porque asumimos que el mañana se abrirá paso para ofrecernos una nueva oportunidad. Otras veces es porque creemos que habrá una ocasión o lugar mejor. Otras porque carecemos del coraje suficiente para decir adiós, otras porque la vida decide sorprendernos y nos arrebata la ocasión que hasta ese momento dábamos por sentada.
A veces no podemos despedirnos porque creemos que no hay comunicación posible con el destinatario de esa despedida. Otras veces creemos que es la distancia la que nos niega esa posibilidad. En todas ellas se queda una sensación de soslayo revoloteando en nuestra alma. La mente pide un cierre, como si en ese adiós concediera permiso al alma para atravesar ese dolor y transformarlo.
Despedirse no es fácil, nunca lo es. Parece que perdemos una parte de nosotros mismos y la entregamos a eso de lo que nos despedimos. Y en cierto modo creo que es así. Que quien se despide de algo o de alguien deja de estar de algún modo completo. Pese a ello y gracias a los eventos del pasado 24 de junio en mi amada Venezuela, y aún cuando el pasado 23 de abril me pasé por aquí para hablaros de renunciar, pérdidas y cierres, hoy prefiero no quedarme con la despedida entre pecho y espalda.
Me despido de ustedes, lectoras y lectores, espero que de forma temporal (aunque no pueda asegurar que así sea). Deseo que esta despedida no sea definitiva, que solo sea un paréntesis para seguir explorando y construyendo, y también para dar espacio al descanso y al barbecho.
Durante todos estos años compartiendo letras con ustedes, gracias a mi versión escritora, he aprendido que, por más que ame la escritura, no siempre es posible estar en fase de creación.
Ahora, con la metamorfosis que la integración de todas mis facetas, de todas mis versiones, de todas mis partes está provocando, este espacio también cambiará. No sé cómo, lo único que sé es que ahora, en este instante vital, personal, y profesional, marthalovera.com no puede seguir siendo un espacio solo para mi versión escritora. Aunque esa versión siga escribiendo, aunque siga buscando la manera de publicar su última novela “El cuerpo cautivo”.
En esta despedida sigo apostando por la unión, coherencia y ecuanimidad de cada una de mis partes. Porque cada una de ellas tenga su tiempo y su espacio. No quiero despedirme de ninguna. Ya comprobé en mis propias carnes que desatender alguna de nuestras partes es la antesala a la enfermedad. Sin duda alguna.
Gracias por tantos años. Gracias por vuestra acogida, por vuestra amabilidad y generosidad en dedicar tiempo para leerme y con ello, propiciarme la hermosa oportunidad de escribir mi historia mientras me leía el alma al escribiros. Ha sido un hermoso regalo que atesoraré siempre.
Ahora mismo, mi versión médica quiere hacerse con este instante. Os quiere invitar a a que os paséis a echar un vistazo a lo que está creando. Hace tiempo que gracias a esa parte de mí comprendí que como médica no tenía ni idea de salud ni bienestar. Que sabía mucho de enfermedades, de fármacos, pero muy poco de cómo favorecer y mantener la salud. Tuve que enfermar para aprenderlo.
De esa experiencia y todo lo estudiado durante años nace CULTIVAy también, con ese recorrido nace una nueva forma de hacer medicina, con una mirada más coherente con mi forma de entender la salud y la enfermedad, y también, con una forma más amable con la necesidad de la mayoría de las y los pacientes. Una mirada compasiva centrada en la persona.
En fin, que no os quito más tiempo. Que espero seguir contando con ustedes como lectores, como pacientes, como compañeras y compañeros de camino en este andar lleno de aprendizaje.
Por cierto: ¿Dé quién o de qué no habéis podido despediros?
Hace tiempo que no me paso por aquí. De hecho, la última vez fue hace más de dos años a propósito de mi viaje a mi amada Venezuela en octubre de 2023. Recuerdo que sucedió tras un año de silencio elegido. Ahora, como siempre, vengo a abrirme de pecho, a dejaros mirar nuevamente en mi interior con la honestidad, sencillez y pragmatismo que me caracterizan.
Ante todo vengo a agradeceros estos 7 años de compartir desde la literatura. Sin duda ha sido revelador y enriquecedor. Mi versión escritora os lo agradece profundamente. En segundo lugar y no menos importante, vengo a poneros al día de los caminos transitados durante esta ausencia —aunque mantuve mi presencia y voz en las RRSS—.
Quienes me seguís en IG con el perfil de @marthaloveraescritora bien sabéis de la envergadura de lo vivido estos últimos 4 años, de cómo he ido mostrando cada uno de mis yoes (escritora, música, venezolana, inmigrante, lesbiana, médica, friki, rebelde, reivindicativa), y de cómo se ha ido transformando ese perfil a lo que es hoy, una mezcla perfecta, a veces un tanto caótica y visceral, de todas las yoes que me habitan.
Durante estos 4 años han pasado muchas cosas a nivel personal, profesional y laboral. He estudiado mucho, muchísimo, más que siempre —aunque al sistema no le sea suficiente porque no ha sido por la vía opresiva del MIR—, a veces toca elegir entre hacer currículum, sumar créditos y aprender lo que realmente te apasiona. Durante este tiempo también he llorado, he roto vínculos que creí indisolubles, he aprendido una barbaridad sobre el ecosistema vivo que somos los seres humanos; me he despedido de personas a las que amaba y de partes de mí que se fueron con ellas para nunca más volver… o sí, ¡Qué sabe nadie!
He cambiado de piel varias veces, he escrito muchísimo —aunque haya compartido pocas de esas letras–. He probado caminos laborales que creía impensables y que dejaron grandes aprendizajes, y sobre todo, he estado mucho conmigo y mis amores, en quietud y silencio, aquietando a mi versión inmigrante que día a día me pide moverme, escuchando a mi versión arraigada que me pide quedarme.
Superé (creo) un burnout, forjé a pulso una nueva manera de vivir la profesión en lo cotidiano, en un intento desesperado por reconciliarme con mi vocación después de estar a punto de colgar la bata. Superé una crisis personal que me mostró formas más serena, amables y honestas de vincularme y me uní a un movimiento poderoso que nació de la convicción por mejorar las condiciones laborales de los médicos en España comandado por la Dra. Tamara Contreras de @uci_para_todos y que me dio el regalazo de conocer y compartir con personas extraordinarias (gracias Carmen, Kramer, Ale y María).
Por cierto, mi parte reivindicativa ahora grita: si apreciáis un poco vuestra salud y os importa que se mantenga la asistencia médica de calidad y con seguridad, os recomiendo que entréis a filmin y veáis con detenimiento el documental a mi quien me cuida. Creedme, esto os importara más de lo que creéis.
Volviendo a estos 4 años, mientras todo eso sucedía, además y mientras tanto, también sucedían la vida, los vínculos, el día a día (con su IPC, su inflación y su tensión). Sucedía lo social, lo político, lo colectivo, lo económico y lo ideológico, que amenazan con boicotear la cordura, la integridad y la dignidad. Mientras tanto un país que a días me recuerda demasiado al que dejé en 2005, y otro país que es promesa, esperanza, llanto, coraje y clamor. Mientras tanto una perrita senil que me muestra el hermoso privilegio de dejarnos atravesar por la vida, y de habitar con calma y serenidad el presente.
Después de todo lo vivido, el guion exige un nuevo giro en esta trama que es mi vida, que por fortuna, de momento, no está cargada de esa dramaturgia tan venezolana. Este es un giro reflexionado, comedido, sin aspavientos. Un giro que no nace del impulso sino de una necesidad amable y amorosa, cada vez mayor, de vivir en coherencia y congruencia, dando voz y espacio de forma equilibra a cada una de mis versiones.
Por ello, pese a tener la tercera novela hace tiempo acabada, con pena a la par que ilusión, comparto con ustedes queridas y queridos lectores, amigas y amigos, que esta página web también vivirá una profunda transformación.
Honro que nació desde mi versión escritora y todo lo que me ha dado, pero en adelante procurará ser espacio, también, para la versión médica, esa que construye una forma diferente de ejercer su profesión, esa que desea leer y escuchar las historias de vida como parte importante de lo que nos enferma y nos sana. Esa que necesita dar la espalda a la forma reduccionista, con prisas, superficial y fragmentada de tratar el maravilloso milagro que somos las personas.
Deciros que, así como yo he ido cambiando, también veréis cambios por aquí. No os asustéis, no es más que un signo de coherencia, de ser aún más honesta con ustedes y conmigo, porque si de algo estoy convencida es que, desatender y silenciar alguna de nuestras versiones es terreno fértil para el desequilibrio, y de allí, es cuestión de tiempo para que la enfermedad se abra paso.
Sin duda alguna os aseguro que seguiremos compartiendo: escritura, reflexiones, alegrías, tristezas y una forma más serena y sencilla de habitar la vida, desde la confianza absoluta de que las renuncias, las pérdidas, las despedidas y los cierres, como los silencios de una melodía, son necesarios, y dotan de significado a la maravillosa y extraordinaria partitura que somos.
En breve os daré más detalles, por ahora, la Martha médica elige asir de la mano al resto de las Marthas que existen en mí y tomar el mando para dar rumbo hacia los senderos que se abren paso. Senderos que conducen al cultivo del bienestar en cada una de las seis dimensiones del ser humano.
Gratitud infinita y… espero, muy pronto, anunciaros la publicación de la tercera novela…
Y alguna sorpresa más.
Abrazos… Por cierto ¿Cuándo fue la ultima vez que un final os regaló un gran comienzo?
Según el diccionario de la RAE, conciliar, significa: “poner de acuerdo a dos o más personas o cosas, hacer compatibles dos o más cosas o granjear un ánimo o un sentimiento determinados”, y hoy, tras unos días de mi regreso de la tierra que me vio nacer —días en los que sigo sintiendo cómo lo vivido me sigue atravesando—, puedo asegurar con total certeza de que este viaje sirvió para iniciar una etapa para reconciliarme con mi venezolanidad.
Hacía demasiado que estaba peleada con ella y, según lo sentía y vivía, me sobraban motivos para estarlo; motivos que, trascendidos, dejan de tener peso y no merecen ser mencionados en esta entrada. He de reconocer que tuvo mucho que ver la anterior visita a mis tierras, por allí en 2014, que me dejó muy mal sabor de boca y que me impidió incluso extrañar mi tierra, mis raíces y mi cultura, tanto que, hasta que no volví a vivirla con todos mis sentidos, no fui capaz de reconocer cuánto la echaba de menos.
Esta vez, por primera vez en mi existencia como emigrante, regresaría vestida con mi versión de turista, esa que muy joven me arrebató la inseguridad que se apoderó del país. Así que, con la ilusión apaciguada para no irme de bruces, pasé años reflexionando sobre el momento oportuno y adecuado para hacer realidad uno de los sueños de mi vida, subir el Tepuy Roraima, un sueño que se me sembró en el alma cuando tenía 15 años y vi por primera vez la cadena de Tepuyes desde la carretera de la Gran Sabana.
Lo primero, como en todo proyecto de envergadura, fue verbalizar el sueño; aterrizarlo, airearlo, hablarlo, visualizarlo, escribirlo y, lo más importante, compartirlo con otras personas que, igual de entusiastas que una, me impulsaran a hacerlo realidad. Y así lo hice. Se formó entonces un maravilloso clan que, un poco en broma, un poco como deseo y otro poco como reto grupal, dio vida al RDP, el “Roraima Diosas Project”. Tras eso, poco a poco, con la ilusión de quien proyecta el viaje de su vida fui leyendo, investigando, y planificando del proyecto. Un día, durante una comida como quien no quiere la cosa, dijimos: “¡Nos vamos!”.
La inseguridad e incertidumbre no se hicieron de esperar, hacía nueve años que no pisaba suelo venezolano y me había desvinculado totalmente del día a día de mis compatriotas y sus peripecias, básicamente porque, la última vez que fui, por diversas causas, había decretado indignada: ¡No vuelvo para esta M….a! No contaba entonces con que el Roraima, “la madre de todas las aguas” me atraería con su hipnótico poder. Tuve que ponerme al día con los cambios que atravesó el país.
Como en Venezuela lo sencillo puede ser complicado, decidí que debía contar con el soporte de los mejores, total, iba a hacer realidad uno de los sueños de mi vida, la ocasión lo merecía, así que ni corta ni perezosa contacté con la única persona que podía orientarme al respecto, la gran Valentina Quintero, una periodista, activista de protección del medio ambiente con la venezolanidad bien alta y que sigue anclada en mi tierra que además, sin proponérselo ni saberlo, sembró en mi el espíritu aventurero con su programa de televisión que mi versión infantil veía cada domingo. Ella, con la amabilidad, el rigor y la sobriedad que la caracterizan, sin dudarlo ni un segundo me dijo: “Tienes que ir con Odimar López, una mujer montaña y la única mujer guía de la zona”. Así que contacté con ella y su empresa Ecoaventura Tours, y desde el primer instante me sentí acompañada y guiada por ella y Ricardo Flores. Almas grandes y nobles, profesionales que con pasión y entregan dedican sus días a que la experiencia de quienes vamos por esas tierras sea una vivencia extraordinaria, sublime e inolvidable.
Pasó aproximadamente un año de preparativos y gestiones varias. Empezamos por concretar vuelos ya que, según Ricardo, la mejor opción era entrar por Brasil, para lo que echamos mano de una gestora local, Viajes Oceanis, con Verónica como enlace, que se encargó de forma amable e impecable a trazar nuestra ruta desde España hasta Boa Vista en Brasil. Una vez cruzado el Atlántico, debíamos concertar traslados terrestres y vuelos internos para ir a sorprender a mi familia en Valencia, para lo que la ayuda de Ricardo de Ecoaventura Tours y de Luisa y Jesús de Europviajes fue inestimable.
Ordenado todo y, como sucede cuando llega el momento del gran salto, llegó el vértigo, de pronto había pasado un año y nos encontrábamos en el restaurante de Cabañas Friedenau —el hermoso y acogedor alojamiento concertado para el grupo en Santa Elena de Uairén, cuidad al sudeste de Venezuela—, habiendo atravesado una frontera terrestre acompañadas en todo momento por el equipo de Ecoaventura Tours. Nos disponíamos a escuchar de la voz de los propios Ricardo y Odimar las instrucciones para iniciar nuestra travesía al día siguiente. He de confesar que sentí temor, hasta ese momento no había sido del todo consciente de la envergadura de lo que se venía, pero ya no había vuelta atrás y sabía que estaba preparada.
Esa noche con el vértigo recorriendo nuestras venas preparamos mochilas, aligeramos carga, ajustamos equipaje y a las cinco de la mañana estábamos en pie, con los 4×4 a la espera de nuestras mochilas y el delicioso desayuno servido, todo listo para emprender camino.
El primer tramo se hizo hacia el norte durante aproximadamente una hora por la Troncal 10, carretera que une Venezuela y Brasil, vislumbrado el hermoso verdor de la Gran Sabana con sus montes y valles moteados de morichales, hasta un poco antes de llegar a la comunidad indígena de San Francisco de Yuruaní. Desde allí tomamos un desvió que nos llevaría por otra hora y media en carretera de tierra hasta la comunidad de ParayTepuy (Poblado indígena Pemón ubicado a 1400 msnm), donde se encuentra unos de los puntos de accesos al Roraima.
A nuestra llegada, la comunidad estaba expectante a nuestra espera. Se orquestó un fantástico y coordinado despliegue de medios que parecía la perfecta ejecución de una hermosa coreografía para descargar todo lo necesario para nuestra expedición. Finalizado el baile, Ricardo y Odimar nos presentaron al equipo de porteadores que sería nuestro sostén, apoyo y guía durante siete días. Me maravilló la serena presencia, la firme determinación, la extraordinaria fuerza, el coraje, el respeto y la abnegada entrega que esos pequeños cuerpos de no más de metro sesenta emanan con su andar pausado y silencioso. No sabía entonces que viviría una de las experiencias más excitantes y exigentes a nivel físico, mental y emocional, que se convertiría con diferencia en una de las mejores experiencias de mi vida, y que sin duda recomiendo a quienes amen el senderismo y deseen perderse en paisajes de ficción.
La travesía, según lo viví, consta de 3 partes. La primeraetapa, de un total de dos días, en la que se alternan tramos de caminata en la sabana con ascensos y descensos no demasiado pronunciados, atravesando ríos, durante la que jugueteamos con un clima inestable que, lo mismo nos ahogaba de calor que al poco nos empapa a causa de un inesperado aguacero. El primer tramo se hace desde ParayTepuy hasta Río Ték donde, nada más llegar, nos regalamos nuestro primer baño de rio y pasamos la primera noche con el Roraima y el Kukenan al fondo. ¡Qué espectáculo! Viéndolo tan cerca y tan grande impactaba aún más. El segundo día, con mayor ascenso, cruzamos varios ríos (Ték y Kukenan), nos detuvimos para comer en un lugar en la sabana llamado “Campamento militar”, donde tuve mi primer contacto con los mosquitos que me acompañarían hasta llegar a la cumbre, y seguimos hasta Campamento Base, con un ascenso de mayor inclinación y exigencia que, nada más superarlo, nos recibió la imponencia de “La Pared” que me dejó sin habla.
La segundaetapa, consta de un total de cuatro días. Inicia el tercer día de caminata con un ascenso por la famosa rampa que en 1884 Im Thurn y Perkins utilizaron para hacer cumbre por primera vez. Es, según mi experiencia, la etapa de mayor exigencia porque el terreno irregular, resbaladizo, repleto de rocas puntiagudas, raíces y la humedad hacen de las suyas y ponen a prueba la determinación y la concentración, y a la vez la vegetación invita a darse un respiro para contemplar su belleza. Confieso que durante ese tramo hubo instantes de miedo, me pregunté qué hacía allí, para qué lo hacía. Supongo que es lo que tiene aventurarse a hacer realidad un sueño, que exige esfuerzo y sacrificio. También os digo que en todo momento me sentí acompañada por la fuerza del equipo, liderado por nuestro guía Andrés, Odimar —que también nos acompañó—, y cada una de las y los porteadores que se cruzaban con nosotros. Ese día apoyé mi frente en “La Pared” y con la piel erizada, el alma apretada y lágrimas en los ojos pedí permiso al Roraima para acceder a ese espacio sagrado. La fuerza de esas tierras me atravesó y un llanto desgarrado reventó mi pecho. Fue conmovedor y fascinante dejarme abrazar por la madre de todas las aguas que nos recibía amorosa.
Superado el impacto del ascenso por el “Paso de las lágrimas”, toqué el cielo al llegar a la cumbre, cuando volvió a invadirme la algarabía hasta el llanto y donde me abracé a Odimar plena de gratitud por cuanto olía, veía y sentía. Durante 3 días estuvimos alojados en el Hotel Principal, un saliente en la roca con vistas privilegiadas al Maverick (punto de mayor altura) que cobijó nuestras tiendas y nos protegió de los inesperados cambios de clima. Una constante durante la travesía fue encontrar el campamento (tiendas, baños y cocina) montado para nuestra llegada. No sé cómo lo hacían, parecía que esos pequeños hombres y mujeres se teletransportaban de forma sigilosa por la montaña a fin de hacer nuestra experiencia lo más agradable posible.
Durante las 3 noches que permanecimos en la cumbre hubo espacio para explorar parte de los 30 km2 que da vida a la formación geológica más antigua del planeta, que inspiró a Sir Arthur Conan Doyle a escribir su famosa novela “El Mundo Perdido”. Paseamos por paisajes lunares, nos sumergimos en las aguas de los famosos jacuzzis, nos dejamos atrapar por el vértigo que provocan las vistas desde “La Ventana”, nos tumbamos a descansar sobre varios metros de cuarzo en “El valle de los cristales”, y pare de contar. Sin duda, la travesía al Roraima es una experiencia que atraviesa no solo los sentidos sino el alma.
La tercera y última etapa se completa en dos días, con un descenso, a mi modo de ver, igual de exigente que el ascenso, que se hace de un tirón desde la cumbre hasta el campamento de Río Ték, con un más que merecido baño en el río como premio de cierre y se culmina con una última pernocta a los pies de los colosos Roraima y Kukenan, que dan su protección mientras se reponen fuerzas para la caminata del día siguiente hasta ParayTepuy, que nosotras, como diosas que nos decretamos en este viaje, decidimos aventurarnos a hacer en moto.
Para esas fechas ya había superado los primeros diez días de mi viaje a Venezuela, el sentido de comunidad, la amabilidad, la disposición constante y afable, la atención amorosa y respetuosa de Odimar, Ricardo y el resto del equipo de Ecoaventura Tours, quienes nos atendieron con mimo en todo momento, empezaba a reconciliarme con mi venezolanidad. Estaba por finalizar el primer tramo del viaje y tocaba la parte mas exigente a nivel emocional, llegar a Valencia para reencontrarme con mi gente que, hasta mi llegada, no me sabían por territorio venezolano.
En esta segunda parte del viaje no faltaron las aventuras. La primera, atravesar en coche la Troncal 10 rumbo al norte del país hasta la ciudad de Puerto Ordaz. Son 605km los que separan Santa Elena de Uairén de Puerto Ordaz, sin embargo, debido al lamentable estado de la carretera, que a partir del Km 88 es zona minera, un trayecto que debería poder hacerse en 8 a 9 horas, se transformó en una travesía de 14 horas sorteando baches y agujeros que parecían el socavón de un meteorito impactado en tierra. Conecté con la pobreza crítica de las personas que, lamentablemente, deben dedicarse a la minería por ser la única opción que tienen para sobrevivir.
Atravesamos un total de 15 alcabalas encontrándonos con todo tipo de funcionarios militares que, en su mayoría para mi sorpresa, tuvo un trato correcto con las turistas que éramos. Algunos también fueron muy amables y algún que otro resabiado (el que menos) tuvo una actitud de soberbia omnipotencia que he de confesar, me exasperó. Hubo que cruzar una barricada que hacía 48 horas se había instalado en Tumeremo, y volver a pagar parte del trayecto por el que ya habíamos pagado, ya que, para nuestra suerte, solo dejaban pasar a mujeres y niños a pie. Por fortuna nuestro chófer, Miguel Martínez, de la Cooperativa Tucanes Viajes de Santa Elena de Uairén —cuidadosamente elegido por Ricardo de Ecoaventura Tours—, nos hizo sentir seguras en todo momento y, consciente de que la barricada era un imprevisto que le impedía finalizar su trabajo y llevarnos hasta nuestro destino final, amablemente contactó con otro chófer de la cooperativa de taxis de Tumeremo, José Alexander Sánchez (“Margarito” para los amigos), que se encontraba al otro lado de la barricada, y que amablemente nos llevó sanas y salvas hasta Puerto Ordaz.
Superadas las 14 horas en carretera y el estrés vivido, esa noche en Puerto Ordaz nos encontramos con la otra realidad del país, haríamos noche en el ostentoso e impecable Hotel Eurobuilding, prohibitivo para la mayoría de Venezolanos y que sin embargo pudimos disfrutar gracias a una oferta y al cambio de moneda que desde Europa nos favorecía. Así es mi amada Venezuela, territorio donde conviven tantas realidades como venezolanos existen, y donde un día el pueblo se aventuró a dolarizar el país, lo que ha permitido irse reconstruyendo poco a poco desde la pandemia, lo que me llenó de asombro a la par de orgullo.
Habiendo descansado y repuesto fuerzas de la experiencia minera, a las 7am despegábamos en el cuarto vuelo de nuestra aventura rumbo al Aeropuerto Internacional de Maiquetía en La Guaira, donde nos esperaba Anderson Crespo, un hombre dicharachero, gentil y trabajador que forma parte del personal de Europviajes en Venezuela, y que fue el encargado no solo de trasladarnos en coche, unos 189Km hacia el sur oeste del país hasta mi Valencia natal, sino que se dedicó amablemente a ponerme al día de todos los cambios experimentados en mi terruño en casi una década de ausencia, entre ellos, el más llamativo, las múltiples devaluaciones del Bolívar con sus respectivos cambios en la denominación de los billetes. Me mostró cómo conviven los “billetes viejos” con los actuales y además con el dólar estadounidense. Honestamente me explotó el cerebro y admiré aún más si cabía la capacidad de adaptación, el espíritu de superación y la creatividad del pueblo venezolano, que le hace sortear cuanto obstáculo aparece en su cotidianidad —y creedme, no son pocos, algo tan sencillo como repostar gasolina puede convertirse, según la zona del país, en una labor titánica—, con tal de superarse.
Me encontré con los vendedores ambulantes míticos de los peajes que ahora están organizados en cooperativas perfectamente identificados con numeración y uniformes, y que siguen vendiendo las famosas Panelas de San Joaquín, ahora por 10$ el paquete, lo que me pareció excesivo y terminé por no acceder a la oferta a la baja que hizo mientras corría al lado del coche durante nuestro paso por el peaje. Otra cosa que me sorprendió fue el regreso del cobro en los peajes, ahora transformados en enormes estructuras super modernas con telepago incluido y una tarifas descabelladas, unos 15Bs el turismo (unos 0.42$). Es una de las pocas cosas para lo que aún se puede utilizar la moneda local.
Una vez en valencia, llegamos a la Posada La Pastora, una hermosa casona colonial de 200 años gestionada por la maravillosa Odéisis, Mamá O, una entrañable mujer que nos hizo sentir como en casa y que fue cómplice de uno de mis hermanos para sorprenderme. A partir de ese momento empezaría el aluvión de encuentros y la sacudida interior que suponía para mí volver a encontrarme con mi gente y sobre todo, encontrarme con la triste realidad de que, esta vez, no abrazaría a algunos de mis seres queridos. Sin embargo, era muy consciente de que este viaje iba de cierres y despedidas, y así me permití hacerlo. Me encontré con una Valencia distinta a la de hace 9 años, una Valencia que me hizo sentir segura mientras deambule por sus calles llenas de recuerdos. Una Valencia que intentaba parecerse a la que viví durante mi infancia, llena de luz y actividad, repleta de personas amables y un ambiente calmo parecido al que viví durante mi adolescencia.
Una Valencia que se reconstruye gracias al ímpetu de su juventud que, según me contaron, tras la pandemia, comenzó a emprender de tal forma, que hasta las famosas cadenas de comida rápida McDonald’s y Burger King se están quedando sin clientela debido a la extraordinaria oferta y variedad de comida callejera que ahora se ha organizado en hermosos y cuidados locales, con una fusión gastronómica a precios de saldo, ¡alucinante!
Me satisfizo ver que quizás una parte de las y los venezolanos ha despertadoy empieza a ser consciente del poder que tienepara cambiar su realidad. También es cierto que aún queda mucho por hacer y que los mayores lo tienen muy difícil, pero ver ese pequeño cambio me hizo sentir esperanzas.
Como los días disponibles eran los que eran y todo emigrante venezolano que se respete, al volver a Venezuela, no puede dejar de pasarse un día de la playa, nada más amaneció, como es costumbre venezolana, nos pusimos en marcha rumbo a Chichiriviche, a 130km y dos horas de camino. Nos llevó un amable y nostálgico Canario, emigrante en Venezuela hace demasiado, cuya mirada se ilusionó al escuchar el acento Español. Rafael, de Amana Tour, nos condujo con destreza y alegría entre cocoteros. Hicimos la parada reglamentaria en “El Palito” y paladeamos las explosivas empanadas y arepitas dulces de sus famosos e históricos puestos ambulantes. El día había comenzado con una lluvia poco habitual para esas fechas y sobre las 10: 00 llegábamos a nuestro destino, donde nos esperaba César de Hokuturismo con su lancha “Pura Vida” a punto en el embarcadero. Qué maravilla y delicia volver a sentir mi amado Mar Caribe salpicando mi cara, con la voz de César y ese sentido del humor entrañable que lo caracteriza, superando el ruido del motor fuera de borda con cada explicación. Visitamos los manglares, la cueva de la Virgen, y la impactante cueva del Indio que, para mi, fue de lo mejor del trayecto, para cerrar comiéndonos un delicioso pargo frito con patacones y ensalada rayada a orillas del mar en Cayo Muerto.
De regreso a Valencia tocó cierre con la familia, como fue y como será, en el patio de casa, llenos de risas, anécdotas, alegría y gratitud y obviamente con una caja de polarcitas frescas que, para mi sorpresa, ahora llegan a domicilio con delivery con hielo incluido por la módica suma de 25$ la caja de 36 quintos (si no tienes vacío). Mientras yo cerraba con mi gente, las otras tres cuartas partes del grupo, para mi ignorancia y sorpresa, disfrutaban de la esencia venezolana asistiendo, de forma sorprendente, a una noche de Mises. Sobre las 19:30 se adentraban en el Teatro Municipal de Valencia como invitadas de honor a la elección de Miss Ecology Venezuela 2023. Podéis imaginaros mi cara al día siguiente cuando me contaron su aventura. Si es que Venezuela es tierra donde el realismo mágico se vive en el día a día, en esa tierra todo es posible.
Antes de dejar Valencia tuve la oportunidad de volver a los sabores de mi infancia con un más que añorado desayuno en la mítica Pastelería Carabobo, donde sus empleadas atendieron risueñas a cada uno de mis antojos. Volví a comer los deliciosos cachitos, los pastelitos, su café marroncito de suave sabor dulce y con bastante espuma (como los hacen en mi tierra), y los profiteroles con cubierta de caramelo, que ya no hacían pero sacaron una hornada especialmente para calmar mi antojo. Qué maravilla volver a mi infancia a través de sus sabores. Tras eso, fue momento de un paseo por el centro, que hacía 18 años que no pisaba y que viví con alegría pues ya era primero de noviembre y, clásico en mi tierra, ese día se inaugura la navidad. El espíritu navideño que empezaba a asomar en la decoración de las calles, y los festivales con niños cantando gaitas en la Plaza Sucre me erizaron la piel.
Después de 48 horas inolvidables e intensas, entre lágrimas dejé mi Valencia natal para embarcarme en la tercera y última etapa de mi viaje de reconciliación, el día jueves 2 de noviembre volábamos desde Maiquetía hasta Canaima. Esta vez visitaríamos la parte este del Parque Nacional donde nos esperaba un cierre por todo lo alto, el maravilloso hospedaje de WaküLodge, un espectacular espacio embutido en plena selva desde cuyo jardín se observa perenne la hermosa Laguna de Canaima con cada uno de sus saltos. Una empresa familiar que ha hecho de esas tierras su hogar y de la atención con excelencia y dedicación al turista su pasión y vocación. Un fabuloso equipo humano, con su atómica dueña Mary a la cabeza, que con presencia infinita está al tanto de que cada una de las personas que habitemos el alojamiento nos sintamos a gusto, cuidadas, y confortables. Un lujo de lugar con exquisita atención. Además de las maravillosas habitaciones, los hermosos espacios comunes, el trato cortés y amable de su equipo y la deliciosa gastronomía que se degusta. La experiencia en WaküLodge es insuperable por la coordinación y la gestión de cada una de sus actividades. Paseos en curiara por la laguna con entrada al interior de las cascadas del salto Sapo y Hacha, la amorosa explicación de sus guías, y el top de su oferta, la pernocta a los pies del Salto Ángel, sin duda alguna hizo de este cierre un digno final para esta travesía.
No puedo sentirme más satisfecha, plena y agradecida por todo lo vivido durante estos 21 días. Regreso a mi hogar sintiéndome llena de vitalidad, de orgullo por mi tierra y su gente, que siguen manteniendo vivo el espíritu comunitario y el modo colaborativo que tanto hemos olvidado por estos lares. Cierto, aún falta mucho por avanzar y una parte de mí sigue sintiendo que un día, por allí a mediados de los noventa, me robaron un país y no me lo han devuelto, pero también sé que el pueblo venezolano seguirá reconstruyéndose y superará los obstáculos que le vengan.
Escribo esta entrada con el único propósito de compartir mi experiencia en mi tierra, deseando que muchas y muchos, como yo, os animéis a vivirla, porque Venezuela y su gente, lo merece.
¿Cómo no iba a terminar reconciliándome con mi venezolanidad habiéndome impregnado de esta manera de mi tierra y su gente?
¿Y ustedes?, ¿a qué esperan para hacer realidad sus sueños?
Una espiral, sobre todo cuando la veo en la naturaleza, me provoca fascinación. Observarla me cautiva de forma tal que parece que me sumerjo en una especie de hipnosis. Esa curva, perfectamente trazada que gira sobre ángulos tan precisos hasta el infinito, se adueña de mi atención hasta desconectarme de lo que me rodea.
Hace algún tiempo, investigando acerca de esa maravillosa perfección, di con una famosa fórmula matemática, la secuencia de Fibonacci, una sucesión infinita de números naturales de la que resulta la espiral áurea. ¿Habéis oído hablar de ella? Resulta que, hace muchos años, en la India, un tal Pingala descubrió la secuencia matemática. Más tarde, Leonardo de Pisa, la daría a conocer en occidente a propósito de la cría de unos conejos. ¡Lo que dieron de sí esos animalitos!
La secuencia de Fibonacci se trata de una secuencia numérica en la que cada número corresponde a la suma de los dos anteriores. Lo hermoso es que la espiral perfecta generada por esa secuencia está presente en múltiples configuraciones biológicas, por ejemplo: la distribución de las ramas de los árboles, de las hojas en un tallo, de las semillas en un girasol y en la concha de un nautilus.
Y os preguntaréis, ¿por qué os suelto este rollo? Pues porque uno de los dignificados que el diccionario de la RAE da a espiral es: “sucesión creciente de acontecimientos” y, ¿Cuántas veces nos descubrimos inmersos en espirales absurdas de caos? ¿En trabajos que nos consumen, en discusiones que giran y giran sin llegar a una solución, en relaciones que nos centrifugan el alma hasta acabar con nuestra alegría y nuestras ganas?
Sin embargo, para el propósito que me trae hasta esta entrada, prefiero enfocarme en el significado de la fórmula matemática, porque para mí, ese concepto lo deberíamos tener muy pero que muy en cuenta en nuestro día a día, ¡somos la suma de los dos anteriores!
Nuestra existencia, según lo veo, es una espiral de la que no somos conscientes; una estructura perfectamente diseñada en la que cada uno de nosotros forma parte de sistemas (humanos) que oscilan en un caos perfecto dentro de un universo infinito. Venimos cargados de información que transmitimos, casi por ósmosis, a quienes se cruzan en nuestro camino y, a modo de impacto emocional, vibración o intercambio energético, altera para siempre aquello con lo que nos relacionamos.
Nos modificamos unos a otros de forma constante, a veces imperceptible, implacable e irrevocable, y creamos una danza en apariencia caótica en la que, por más inverosímil que se nos antoje, hay un orden, el orden de lo que algunas religiones tildan de divino, y que corresponde a las leyes de ese enigmático “campo” que la física cuántica describe cada vez con mayor precisión; un campo que, cual enorme biblioteca, está pleno de información; un campo cuya materialización quizás aspira al número áureo, definido como: “número irracional que representa la igualdad entre la proporción de dos segmentos de diferente longitud, y el cociente de la suma de ellos y el segmento con más longitud”.
Y aquí viene lo que reverbera en mi mente y mis sentidos hace días, lo verdaderamente fascinante: ¡qué maravilloso sería ejercitarnos día a día en darle cabida a la magia y el misticismo de las proporciones!; a crear espacio en nuestra cotidianidad para recibir (y respetar) la igualdad que reside entre dos diferencias. A mi modo de ver, es lo que verdaderamente enriquece los sistemashumanos.
Lo lamentable, que hay sistemas que no practican ni la proporción, ni dan espacio (respeto o escucha) a la diferencia y esa, en mi opinión, es la verdadera condena de cualquier sistema, llámese matrimonio, amistad, familia, empresa o equipo; lo quetermina empujándolo hacia una espiral de fracaso que impide cualquier transformación y evolución hacia la excelencia.
Hoy he querido utilizar esta reflexión para despedirme, momentáneamente, de este blog. ¿El motivo? No quiero que este espacio se convierta en una espiral sin sentido que gire “porque sí” o “porque toca”.
Al contrario, deseo darle el tiempo necesario para que se autorregule, y que tenga la libertad de cambiar y evolucionar tanto como me ha inspirado a mí a hacerlo.
Me despido del blog durante un tiempo indeterminado, agradecida de cada una de las curvas que habéis transitado conmigo a través de mis letras. Obviamente seguiré escribiendo, y seguiré a vuestro alcance a través de las redes pero, de momento, se vienen curvas de cambios en mi vida que requieren mayor (y mejor) atención por mi parte.
Seguiremos encontrándonos en esta espiral eterna que es la vida. Mientras tanto, os animo a reflexionar sobre las espirales que tenéis activas en vuestras vidas, esas que os restan os consumen y os quitan la libertad de ser. Y, si podéis, salid de allí corriendo. Si por el motivo que fuera no podéis, os recomiendo buscar ayuda. A veces resulta muy difícil salir de una espiral.
¿Cuántas versiones nos habitan? Hoy quiero empezar la entrada con esta pregunta, me ronda estos días a propósito de que alguien me dijo una frase muy sonada: «¡No conocía esa versión tuya!», refiriéndose a mi versión de escritora. ¿Somos capaces de reconocer todas nuestras versiones? ¿Cuál de ellas es nuestra mejor versión?
Según la Rae, versión, significa: «modo que tiene cada uno de referir un mismo suceso», o también: «cada una de las formas que adopta la relación de un suceso, el texto de una obra o la interpretación de un tema». Si ese suceso es nuestra vida, o ese tema es nuestra existencia, ¿Cuántas versiones propias hemos conocido? La de hija o hijo, la de hermana o hermano, la profesional; la versión de pareja, la forma de amiga, y sí, también nuestra versión infantil que, de vez en cuando se hace oír con alguna pataleta.
Versiones cada cual con sus peculiaridades porque, no es igual nuestro comportamiento en el trabajo que en la intimidad con un grupo de amistades. A veces exteriorizamos nuestra versión alegre, otras la pesimista; en ocasiones es nuestra versión más caótica la que se hace con el mando y otras sale a la luz la ecuánime y nos salva. Parece que dentro de nuestra alma y nuestra mente habitan múltiples versiones, como si de personajes de una obra de teatro se tratase. Se mueven a sus anchas dentro del continente que es nuestro cuerpo (y nuestra mente), y a veces sucede que les da por pelearse, y cada una tira hacia su lado sumergiéndonos en un conflicto. Cuando pasa, el lio está servido, pero eso da para otra entrada.
Volviendo a las (per)versiones, muchas de esas versiones son socialmente aceptadas. La versión deportista, la versión amable, la versión honesta. ¿Qué pasa con las que no lo son tanto? Nuestra versión iracunda, la versión reivindicativa (esa que escuece en estamentos como el laboral, el político o el social). ¿Qué sucede cuando nuestras prácticas sexuales, nuestra expresión de género, nuestra identidad o nuestra manera de relacionarnos afectivamente no calzan con lo frecuente?
Lamentablemente, la sociedad donde vivimos puede ser muy hostil y poco amable con esas versiones, incluso aún son tildadas de perversiones (acción o efecto de pervertir, según la Rae). Hay lugares y espacios en los que aún, las personas que amamos a una persona de nuestro mismo sexo, o quienes se visten como una chica siendo un chico, o quien elige –de forma ética y consensuada–, tener varios vínculos sexo-afectivos (y lo hace saber, porque si lo oculta y es infiel está hasta bien visto), somos catalogados de pervertidos.
En el diccionario de la Rae, pervertir, significa:«viciar con malas doctrinas o ejemplos las costumbres, la fe, el gusto, etc.» o «perturbar el orden o estado de las cosas» y ¡cómo fastidia a quienes se creen en superioridad moral –por el solo hecho de pertenecer al grupo de lo frecuente y habitual (que abanderan como «lo normal») –, que les muevan las convicciones con otras formas de estar en el mundo. Es razonable, el statu quo se les tambalea y, cuando eso sucede, son empujados contra una realidad para la que no están preparados.
En mi opinión, vivirnos en diferentes versiones nos hace conocer nuestro interior, experimentar de lo que somos capaces, aporta herramientas para enfrentarnos a ese statu quo que a veces huele a rancio (y salir de él si no somos felices),. Vivir y explorar todas y cada una de nuestras versiones puede conectarnos con la empatía, la compasión, y ser más amables con la diversidad, interior y exterior. ¿Qué hay de malo en ello?
No, no es un error ortográfico, aunque en un primer momento el cerebro quiera hacernos creer que es así. Abrasar es un verbo que, a mi modo de ver, tiene mucha fuerza y, a propósito del calor y el fuego que hemos vivido en la comarca durante este agosto, he decidido hablar de él.
Abrasar, según la RAE, tiene diez acepciones, alguna que desconocía por completo, como: «Destruir, consumir, malbaratar los bienes y caudales». Otro de sus significados parece una obviedad. Se trata de: «reducir a brasa, quemar».
Cuando pienso en algo que abrasa, mi mente me lleva a algo arrollador, descontrolado, arrebatador y puede que hasta agresivo. Esas sensaciones a veces se asocian a lo que produce en nuestra mente, cuerpo y alma la pasión, o a la voracidad de algo que consume con violencia, como el fuego, ¿o el amor?, o más bien ¿el enamoramiento? Porque es innegable que ese intenso subidón de química –el enamoramiento–, da un golpe de estado en nuestro cerebro y abrasa nuestra razón.
Estos días el interior de nuestra comarca ha sido abrasado por un fuego voraz. Mientras ardían hectáreas y hectáreas del verdor de nuestros valles (Vall d’ Ebo y Vall de Gallinera, os animo a visitarlos cuando todo esto termine), muchas personas observábamos con dolor las montañas cercanas mientras eran consumidas. Algunos pueblos tuvieron que ser desalojados, y cientos de personas tuvieron que salir de sus casas con lo puesto. Mi abrazo y apoyo para esas personas.
Y mientras unos eran obligados a dejar sus viviendas y se alejaban de la zona catastrófica obligados, empujados por el fuego, otros se dirigían hacia allí con paso firme y decidido. Batallones de hombres y mujeres, valientes e incansables, quienes se enfrentan con gallardía a las llamas y tienen como el sino de su existencia negociar con el fuego, se encaminaban hacia nuestros montes con el único objetivo de extinguirlo, y reducir a cenizas lo que ardía. Mi respeto y admiración para ellas y ellos.
Observar desde lejos ese fuego, presenciar cómo, durante días, la ciudad era cubierta por una lluvia de cenizas y el cielo se cubría de gris a causa de la bruma densa producto del humo que nacía a menos de treinta kilómetros, me hizo conectar con todo lo que, en un momento dado, puede abrasarnos.
Se dice que nos abrasan –y abrazan ¡cómo no!– las pasiones, en especial el amor, pero también nos abrasan esas cosas que nos avergüenzan o dejan resentidos. ¿Puede el amor ser una de ellas? ¿Algo que nos deje llenos de vergüenza y resentimiento?
Coincidiréis conmigo en que sí, porque a veces ese sentimiento arrebatador, intenso y sublime, avanza inclemente e implacable por nuestro continente con la soberbia del fuego, y puede que no solo nuestras venas ardan con el calor que emana, sino que también puede abrasar nuestras convicciones, nuestros valores y principios y, de algún modo, puede que dejemos de ser quienes somos y hagamos cosas que jamás pensamos que haríamos.
También abrasan algunos alimentos y, a mi modo de ver, algunos los pensamientos. Creo que pocas cosas hay tan inflamables como un pensamiento dañino, de esos que debilitan y que, por desgracia, suelen aparecer en bucle si no prestamos atención. Son ese tipo de pensamientos los que abrasan nuestras certezas y, si no tenemos a mano un buen cortafuego mental, pueden transformarnos en seres inseguros, con miedo a ser y hacer; a existir y a vivir.
También hay seres que pueden llegar a abrasar nuestra autoconfianza, o la fe que depositamos en el ser humano. A esos conatos de incendio es mejor no avivarlos. ¿Sabéis que el fuego se aviva con el oxígeno? Pues mejor respirar lejos de ese tipo de personas, porque al final, sin darnos cuenta, podemos dejarnos arder.
Estos días las ideas acerca de la nueva novela están abrasando con más intensidad mi mente, encienden una llama que espero pronto os de calor. Mientras ese momento llega sigo sintiendo el sofoco de este agosto y deseo que los valles del interior, muy pronto, regresen a su verdor.
Ayer reconocí mi bloqueo. Después de muchos días frente al papel sin resultados satisfactorios, ayer tuve que reconocer que, por primera vez desde que nació este blog, estaba bloqueada en la búsqueda del texto para esta entrada. No lograba dar con un tema del que me apeteciera hablar por aquí, y mirad que hay temas e historias, pero nada. Supongo que tenía que pasar en algún momento. He de confesar que me sentí muy extraña.
No me reconocía así, quizás esto tenga que ver con un evento que vivencié hace relativamente poco que provocó, en lo personal, una sensación parecida. Seguro que os ha pasado alguna vez, eso de sentir como si un nudo os ata, eso de querer hacer o decir algo y de repente, quedar inmóvil en blanco.
El caso es que, al parecer, de tanto es tanto, experimentar ciertos bloqueos es hasta normal. Cosas como ir de camino a la cocina y llegar a ella sin saber qué buscabas, tener el teléfono en mano sabiendo que ibas a hacer algo y no saber si se trataba de hacer una llamada, escribir un mail o dejarte abducir por Instagram, son situaciones cotidianas. Creo que la multitarea puede tener que ver. A todas y todos nos pasa alguna vez. Si es muy frecuente os recomiendo acudir a un profesional sanitario.
El hecho es que a veces algo (o alguien) entorpece nuestros procesos, en este caso, mi proceso creativo, y provoca que nos quedemos en blanco. Lo sé, es un rollo y no es nada agradable vivirse en esa tesitura, sobre todo si se trata de una persona de acción, con agilidad mental y verbal como servidora.
Desde que sucedió me dio por reflexionar e investigar sobre esas situaciones, personas o argumentos que tienen ese efecto, una vez más, en un intento por comprender más y mejor cómo proceso la información y qué puedo aprehender de ello, ya que, esto de vivirme en una versión que desconocía en mí, la versión bloqueada, es desconcertante y un poquito estresante.
Como siempre, antes de empezar, me fui al diccionario. Bloquear, según la RAE, tiene varias acepciones. La que viene como anillo al dedo para lo que me gustaría transmitiros en esta entrada es: «entorpecer, paralizar las facultades mentales de alguien». También me valdría esta otra: «interrumpir el funcionamiento normal de algo». Sabiendo esto puedo decir que me bloqueé con todas sus letras. No fui capaz de dar a la situación una respuesta coherente con mi sentir y mi pensamiento.
Ahora, desde la distancia, reconozco lo que originó ese estado –que por fortuna más tarde pude analizarlo, confrontarme, cuestionarme y sacar un aprendizaje–, fue un impacto emocional, el no dar crédito a la situación que tenía frente a mis ojos. Eso provocó una especie de revolución en mis neuronas, y náuseas en mi sistema digestivo.
Investigando sobre el tema, me di cuenta de que hay algo en el funcionamiento de nuestro organismo que cambia, algo que se interrumpe en un momento así, y hace que se esfumen conocimientos, habilidades, destrezas; y nos transformamos en una especie de espantapájaros.
Al parecer, en la mayoría de ocasiones, ese bloqueo sucede porque hay una elevada carga emocional (o estrés) relacionada con el desencadenante, eso provoca que en nuestro cerebro se inhiba nuestra respuesta o, peor aún, nos hace reaccionar en lugar de responder. ¡Error! En otro post os contaré de cuando descubrí la diferencia entre ambas.
En ocasiones lo que nos sucede (o pensamos que puede suceder), activa una zona del cerebro muy primitiva y, por si fuera poco, desactiva la parte más evolucionada, esa que nos hace pensar y discernir. Así que, literalmente, nos vuelve primitivos (a mí me suele pasar cuando tengo hambre; gruño y no atiendo a razones que valgan).
Volviendo al cerebro y sus caprichos, resulta que esa parte secuestra nuestra humanidad, privándonos de la autonomía que, en condiciones normales, poseemos para ejecutar con destreza lo que deseamos. Lo llaman secuestro amigdalar, y es como si de repente, algo en nuestro interior desatara el animal salvaje que nos habita, al más puro estilo de Doctor Jekyll y Mr. Hyde, esto nos impide rebuscar (y encontrar) la información necesaria para hacer lo que necesitamos o queremos, lo adecuado y propicio. ¡Menuda faena!, ¿a que sí?
Por si fuera poco, estos bloqueos, además de ser impertinentes (aparecen cuando menos los esperamos sin ser invitados) y dejarnos en KO técnico, baja nuestro ánimo a la altura del rodapié, porque de inmediato, nuestro cerebro se pone en modo tirano a decirnos: ¡cómo es posible que no hayas dicho tal!, ¡vaya tela con no saber de qué escribir!, ¡tendrías que haber respondido esto otro! ¡Había que hacer esto otro en vez de aquello!
Menos mal que en mi caso, duró poco. Con mi parte creativa bastó con compartir lo que me pasaba con alguien que, con suficiencia, me soltó: ¡Habla del bloqueo! ¡Y zas! El engranaje se puso en marcha y ¡habemus post!
Con el otro bloqueo, el emocional, tuve que esforzarme más. Me fui al mar, medité, eché mano de silencio y, como de costumbre, eché mano de pluma y papel. Dediqué tiempo a escribir un listado de posibles causas, escribí cómo me sentí (emocional, mental y físicamente) y redacté con lujo de detalle lo que haría si se daba el caso de encontrarme nuevamente en la situación que me bloqueó.
Según algunos psicólogos, hay bloqueos que son tan intensos y profundos que ignoramos su existencia, para resolverlos recomiendan hacer terapia. En otras ocasiones menos complejas, basta con anticipar la situación, recrearla en nuestra mente, estructurar de forma detallada nuestra respuesta deseada, aprendérnosla y, a base de exposición –imaginaria o real–, y repetición, llega un momento en que la respuesta forma parte de nosotros, sale de forma natural y el bloqueo desaparece.
En mi caso obtuve buenos resultados.Pude plantarme firme, segura y decidida, y logré expresar con serenidad lo que realmente deseaba y pensaba, pese a presiones externas, y actuar según mi necesidad. Eso no lo hizo menos desagradable. A veces, decir no, violenta. Sin embargo, en ocasiones es necesario, sobre todo cuando la propia salud está en juego.
Antes de despedirme, os quiero hablar de otra herramienta que me sugirió una neuropsiquiatra que sabe bastante de procesos mentales y emocionales, tiene que ver con otro de los significados de la palabra bloquear, se trata de: «interceptar, obstruir o cerrar el paso». Un significado que, con la llegada de la mensajería instantánea y las redes sociales, se ha instalado en nuestro lenguaje cotidiano. Frases como: «menganito me bloqueó», «¿por qué no bloqueas a fulanita?», ¿os suenan? Seguro que sí.
Pues, muy a mí pesar, me he visto en esa necesidad, la de bloquear. Era algo impensable para mí y me violentó mucho, sin embargo, hay situaciones que requieren que seamos implacables, sobre todo si se trata de nuestra salud mental y emocional. Tenedlo en cuenta, por infantil e inmaduro que os quieran hacer creer, a veces hablando las personas no logramos entendernos, hay veces que las palabras se utilizan como puñales, o como laberintos donde pretenden enredarnos, es cuando se hace necesario adoptar medidas extraordinarias para asegurarnos nuestro espacio seguro de autocuidado y protegernos.
¿Y ustedes?, ¿alguna vez se han bloqueado? ¿Alguna vez han tenido que bloquear a alguien?
Desde pequeña necesito escribir. Sí, necesito. Es una necesidad porque para mí todo pasa por la escritura. Desde lo más básico como hacer el listado de cosas pendientes, pasando por la lista de pros y contras a la hora de tomar una decisión, hasta lo más complejo como un trabajo de investigación, o las novelas y relatos.
En mi opinión escribir nos da claridad, perspectiva, y permite que aterricemos ideas y proyectos para que, sobre el papel, se transformen hasta finalmente hacerse realidad.
Cuando escribimos pasan cosas fascinantes en nuestro cerebro, cosas de las que prefiero no hablaros porque corro el peligro de quedarme en bucle y alejarme del tema de esta entrada, escribir, ese maravilloso arte que ha transformado a la humanidad. Eso sí, os animo a investigar sobre el tema.
Gracias a la escritura la humanidad ha compartido conocimientos e información que ha superado el paso del tiempo en forma de papiros, libros y enciclopedias. También nos hemos mantenido en contacto con nuestros afectos. Se nos olvida que en la actualidad todo es muy sencillo e inmediato gracias a las aplicaciones de mensajería instantánea, pero no hace mucho dependíamos de las cartas escritas y del correo postal para tener noticias de quienes estaban lejos.
Os voy a contar una anécdota que os facilitará comprender cuan importante veo la escritura en el día a día. Hace algún tiempo, en un libro de finanzas, di con un concepto que me pareció fascinante. El autor decía que venimos al mundo con nueve monedas de diez años cada una, y que debíamos elegir muy bien en qué las invertimos. Interesante, ¿a que sí?
El caso es que, aunque me encantan los números, decidí llevar el concepto hacia a mi terreno, el de las letras. Desde entonces pienso que cada persona es un libro que, con suerte y en el mejor de los casos, tendrá nueve capítulos de diez años cada uno, y que somos responsables de escribir cada uno de esos capítulos. ¿Qué aventuras contaremos? ¿Qué personajes aparecerán como protagonistas o secundarios? ¿Cuántas páginas dedicaremos a un evento desafortunado?
Es una metáfora que comparto con los y las alumnas cuando imparto la charla «Historia de vida» en los institutos. En ella insisto en la importancia de ser conscientes de que este libro que somos debe ser escrito por nosotros mismos. Y les advierto de lo sencillo de que no sea así. Si no prestamos atención podemos caer en la trampa de dejar nuestro boli y papel en manos de otras personas –padres, madres, maestros, jefas, hermanos, amistades, parejas, etc. –, y que terminen siendo ellas y ellos quienes escriban el guion de nuestra historia. Así que atentas y atentos.
En esa línea de ideas, hace unos días una persona muy querida me pidió que tuviera con otra un gesto que no salía de mi corazón. De solo imaginarlo me provocó cierta repulsión, rechazo y angustia. ¿Alguien intentaba por mí escribir unas páginas en mi libro? Todo apuntaba a que sí. El caso es que, con esa metáfora en mente, por segunda vez en un par de años, me senté boli y papel en mano e hice el listado de pros y contras de hacer o no aquel gesto. Necesitaba poner orden a mis sentimientos y pensamientos, y asegurarme de que no se trataba de un arrebato, una pataleta o del tan peligroso orgullo.
¿El resultado? Fui consciente de que, en mi historia de vida, hay personajes que se merecen pocas páginas. Páginas que permití fueran impregnadas de dolor, indiferencia, falta de empatía, interés y falso amor. Personas que, pese a ello, aportaron a mi historia lo necesario para mi aprendizaje porque, sin duda alguna, de todo se aprende. La mejor enseñanza fue darme cuenta de que ciertos personajes/personas no merecen más páginas en el libro de mi vida. Así que opté por dejarlos de escribir.
Evidentemente cada persona, situación o suceso de nuestra vida, y cada una de nuestras acciones, se imprimen en la trama que es nuestra historia vital y, cuando no son de nuestro agrado no podemos arrancar las páginas sin más, por más que nos gustaría. Forman parte de la evolución de la persona que somos.
Es cierto, a veces nos vemos cautivas en historias que ocupan demasiadas páginas, a merced de los caprichos y vaivenes de la historia de otros personajes que, en realidad, son secundarios. Hasta que volvemos a adueñarnos de nuestro boli y nuestro papel (dignidad y amor propio), y conectamos con que los y las verdaderas protagonistas de nuestra historia, somos nosotras y nosotros mismos.
Y ustedes, ¿qué personajes tenéis en la historia de vuestra vida? ¿Qué aventura estáis contando en ella?
Según el diccionario de la RAE, laberinto significa: «lugar formado artificiosamente por calles y encrucijadas, para confundir a quien se adentre en él, de modo que no pueda acertar con la salida». También puede ser: «cosa confusa y enredada».
Hace un par de años tuve la oportunidad de vivir esa experiencia, la de adentrarme en un entramado de elevados setos que se erigen como paredes que trazan callejuelas que parecen no ir a ningún sitio. Fue en el norte, específicamente en Villapresente, Cantabria.
Al inicio fue excitante. Mi parte más competitiva se afanó en no perder la orientación dentro de aquel lugar que parecía salido de una película de ficción. Intenté utilizar una estrategia para encontrar el centro para, después, intentar salir de él. La primera opción, girar solo hacia la derecha, no me fue de mucha utilidad. Aquellono me llevaba a ningún lugar. Cada rincón era igual al anterior y pronto descubrí que tocaba regresar al punto de inicio para tomar una ruta alternativa. Volví a la casilla de salida habiendo perdido tiempo y algo de paciencia.
Entonces desconocía que el laberinto ha sido asociado, a lo largo de la historia de la humanidad y por diversas culturas, con lo espiritual, que representa de algún modo la búsqueda del centro personal, una búsqueda a la que solo se puede acceder superando diversas pruebas.
Recuerdo que aquella tarde dentro del Laberinto de Villapresente –lugar que os recomiendo visitar–, después de intentar mi primera y fallida estrategia, la segunda opción que se me ocurrió fue prestar muchísima atenciónal camino. Mirar con detalle los setos. Observar si alguna rama sobresalía más que otra, encontrar alguna flor, algún espacio hueco entre los árboles. Cualquier cosa que me fuera útil para orientarme. ¿no sucede lo mismo con el camino del búsqueda interior?
Entonces recordé el famoso mito griego del Minotauro, relacionado con el laberinto de Creta. El mito habla de que el laberinto fue construido por Dédalos para esconder al Minotauro. Teseo, en su empeño, abatió al Minotauro y logró salir del laberinto gracias al hilo de Ariadna, que lo guio hasta la salida.
Dentro de aquel laberinto en el que me adentré de forma voluntaria y lúdica, reflexioné sobre las ocasiones en las que nos encontramos en situaciones parecidas. Circunstancias plenas de encrucijadas, de callejones que parecen no tener sentido alguno. Damos vueltas sobre nuestros pasos sin saber qué camino elegir. Nos enfrentamos a elecciones que, o bien nos permiten avanzar y superar el entramado para salir de él, o nos dejan inmovibles y abatidos sin saber cómo encontrar la salida. ¿Derecha o izquierda?, ¿avanzar o detenerse?, ¿tomar o dejar?, ¿quedarse o marcharse?, ¿sí o no? ¿Sostener o soltar?
Fue cuando me di cuenta de que, en ocasiones, la vida se asemeja en un laberinto en el que a veces, con suerte y si prestamos la suficiente atención, encontramos una señal que, cual hilo de Ariadna en la famosa historia griega, nos guíe hacia la salida.
En mi opinión, creo que ese hilo es la intuición. Ese sexto sentido que todas y todos poseemos y del que a veces nos desconectamos. Porque, según lo veo, cuando prestamos atención, sucede algo dentro de nuestro cuerpo que, de forma aparentemente absurda e ilógica, nos da la información de lo adecuado en ese momento, como si gritase desde dentro lo que hacer o decir, y con ello nos regalase alguna pista de la mejor opción disponible.
Hasta que me puse a investigar, no sabía que existían varios tipos de laberintos, y los que más fascinación me producen, porque lo experimenté en mis propias carnes, son los llamados multiviarios. En ellos, para llegar a su centro y salir, existen varios caminos posibles. Algunos correctos y otros incorrectos. ¡Como la vida misma!
Observo el transcurrir de la vida como un laberinto multiviario. Nos encontramos con encrucijadas, callejuelas que, sin orden aparente, nos confrontan con la impaciencia, la desesperación, la frustración y la incertidumbre. El dolor, la rabia y la determinación de probarnos.
Lo cierto es que, la única forma de salir de un laberinto, es avanzar. Y fue lo que hice aquella vez, avanzar manteniendo la calma en intentando disfrutar de la experiencia entre risas. Después de 37 minutos. Estaba fuera, observando el trazado desde una plataforma. Contenta de haber superado aquella prueba.
¿Y vosotros? ¿Cuándo fue la última vez que os sentisteis como en el interior de un laberinto?
Por cierto, os recomiendo el libro «Laberinto» de Eley Grey. Os atrapará y da para mucha reflexión.
Muchas personas nacen con lo que llamo el gen del compartir. Y es que compartir lo que tienen les salede forma natural. A otros en cambio les cuesta la vida misma. Hay quienes insisten en aprender día a día este arte, y quienes dejan este mundo sin haber experimentado la fortuna de compartir.
Compartir, según la RAE, significa: «Dicho de una persona: hacer a otra partícipe de algo que es suyo» o «Dicho de una persona: tener con otra algo en común». Lo reconozco, de pequeña había muchas cosas que no estaba dispuesta a compartir, por ejemplo: la espectacular gelatina de colores que hacía mi mamá para los cumpleaños o las tajadas (lajas de plátano maduro frito) que muchas veces servían de guarnición para comer.
De adulta también tuve que esforzarme por compartir ciertas cosas porque temía que, al hacerlo, otros las perdieran o no las cuidaran tanto como yo. ¿Qué puedo deciros? Crecí con la frase de «quien no cuida lo que tiene, a pedir se queda». ¿Os suena? Seguro que sí.
Sin embargo, cuando se trata de información de utilidad me sucede lo contrario. Desde muy joven he sido consciente de los beneficios de compartir la información que sabemos puede ser de utilidad a otras personas. ¿De qué sirve saber algo útil si no se comparte? Reconozco que en otras ocasiones no me es tan sencillo compartir, por ejemplo, a la hora de compartir mi espacio vital, mi tiempo y mi hogar. He tenido que aprender poco a poco, a ejercitarme y practicar día a día y, aun así, soy bastante recelosa al respecto.
Hablando de compartir, esta semana ha ido de compartir la información que tras mucha lectura y vivencias he ido atesorando durante mi existencia; información que valoro sobremanera y que me habría gustado que alguien, durante mi adolescencia, me hubiese facilitado. Hablo de información de aquellas cosas que nos condiciona la vida, no de conocimientos que aparecen en los libros de texto que mandan en el cole o el instituto. Hablo de lo que, lamentablemente, sigue sin aparecer en los programas de estudios.
Antiguamente esa información (la de utilidad para la vida), era transmitida de generación en generación a través de cuentos, durante las noches de silencio y quietud cuando las familias y amistades reposaban del duro día de trabajo sentados al reflejo de una hoguera. ¿Nació así eso que llamamos sabiduría popular? Puede ser.
El caso es que disfruto compartiendo con otras personas todo lo que llega a mis manos, a mi mente y mi alma que, de algún modo, me cambia la perspectiva, me da un chute de energía o incluso ha llegado a cambiarme la vida, cosas como la importancia de las palabras y el uso que le damos, la importancia de ser consciente y coherente en nuestro día a día, en nuestros actos, en el uso de nuestro verbo; y ¡cómo no!, la importancia de aprender a relacionarnos de manera equilibrada y ecológica. ¿Fácil? No, claro que no. Fácil no es, pero al menos no es imposible.
Os garantizo que compartir solo trae beneficios, cuando se hace desde la voluntad de aportar valor. Pero para ello considero que hay que estar en disposición de aprender con humildad, de reconocer nuestros errores, de empaparnos de vivencias y explorarnos en diversas formas y situaciones a fin de acumular el rodaje que dará forma a nuestra sabiduría.
Lo curioso es que hay quienes, en el afán de compartir y compartirse, se olvidan de sus propias necesidades y límites hasta desdibujar sus fronteras y quedar vacías y vacíos. Según lo veo, esto no tiene mucho sentido. Es como perderse para que otras personas se encuentren.
En el otro extremo hay personas que insisten en capturar momentos, personas, objetos, experiencias; encarcelan los amores y la información a fin de acumularlos, para pasearlos delante de otros en un intento desesperado porque les vean, por sentirse en superioridad moral; para creerse más importantes y al final, se ahogan, se empachan, se vuelven un contenedor sin sentido de información que termina siendo inútil porque solo existe en sus cabezas y nadan en un mar de soledad, aislados en su propia información, en toneladas de conocimiento. Una pena.
De momento, seguiré compartiendo, con quienes puedan y deseen recibirla, toda la información verdadera, útil y buena (como decía Sócrates) que llegue a mis manos. De eso va mi proyecto «Historia de vida» en el que, a modo de Biblioteca Humana, hablo que cuanto he aprendido durante mi existencia, y comparto con las y los alumnos de los institutos información acerca de diversidad, inmigración, respeto y responsabilidad afectiva.
Espero podamos seguir compartiendo, a través de las letras, lo que nos hace mejores, y quizás así un día el mundo sea un lugar más amable.
Por cierto, ¿Qué tal se os da eso de compartir?
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